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domingo, 22 de abril de 2018

[Cine] Crítica: 'Espías en el cielo' (2015), de Gavin Hood

Crítica: 'Espías en el cielo' (2015), de Gavin Hood

Hace una semana el mundo, o la parte de él al que este tipo de noticias le afectan, se estremecía por el ataque de Estados Unidos, en coalición con Francia y Reino Unido, sobre Siria. Aunque el bombardeo se saldó, hasta donde se sabe, sin víctimas civiles ni militares, se desconoce el riesgo real que existió para soldados y civiles sobre el terreno. Lo que sí es casi evidente es que el riesgo para los atacantes fue muy bajo. Esa es la tónica habitual en una gran cantidad de operaciones militares en la actualidad, en la que los misiles teledirigidos o lanzados desde drones han permitido que el peligro para quienes aprietan el botón sea casi inexistente. 

Esto, que podrían ser buenas noticias cuando quien dispara es “de los buenos” –no hay comillas suficientes para remarcar esto–, plantea una serie de dilemas éticos muy importantes. Esos dilemas son los que 'Espías en el cielo' ('Eye in the Sky', 2015) pone sobre la mesa.

La película narra una operación de captura dirigida por el ejército británico, en colaboración con las fuerzas armadas estadounidenses y kenianas, sobre terroristas de Al Shabbaab en Nairobi (Kenia). Sin embargo, un cambio de circunstancias obliga a que el objetivo de la misión pase a ser matar a los terroristas. El protagonismo recaerá entonces sobre los pilotos del dron, que actúan desde Estados Unidos y que serán quienes deban efectuar el lanzamiento del misil, y sobre el gabinete, con presencia de un ministro, reunido en Londres, que será quien deba decidir si se da luz verde al operativo.

en esa cadena de decisiones entran en juego diversos conflictos militares, políticos, legales y, sobre todo, morales. Decisiones que deben ser tomadas con celeridad y bajo una inmensa presión, sabiendo que hay muchos intereses, además de vidas inocentes, en juego. Pero la obra de Gavin Hood no se posiciona con claridad, intentando reflejar la complejidad de las decisiones militares que se toman a miles de kilómetros y el error que supone utilizar argumentos simplistas o totales en esos debates. 

Crítica: 'Espías en el cielo' (2015), de Gavin Hood

Una lección de humildad a todos los que alaban o critican sin el conocimiento y la empatía suficientes sobre un asunto mucho más complejo y lleno de aristas de lo que la mayoría de la población pueda suponer. 

Pero también una lección de cine. Primero, por la interpretación de sus magníficos actores, sobre todo Helen Mirren ('La dama de oro') y Alan Rickman. Segundo, por su construcción del suspense, siguiendo la lección de Hitchcock y la bomba bajo la mesa, solo que aquí la bomba no está bajo la mesa, sino en un misil que cae de un avión no tripulado. Y tercero, por el control de la narración y su estructura, que ayuda a construir la tensión, a transmitir la complejidad de la cadena de mando y de asunción de responsabilidades y a profundizar en la discusión sobre las nuevas formas de hacer la guerra.

Una discusión que queda premeditadamente inconclusa, porque la operación se cierra, con mayor o menor éxito, pero el dilema permanece abierto. Mientras tanto, los espías seguirán en el cielo. Y los inocentes, saltando por los aires. 

Lo mejor: su tensión y el debate moral que plantea 
Lo peor: que puntualmente recurra a algún truco para ganar efectismo
Nota: 8,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 26 de enero de 2018

Crítica: 'La última bandera' (2017), de Richard Linklater


La última película de Richard Linklater, que se estrena el 16 de febrero, narra la historia de tres veteranos de la Guerra de Vietnam que se reúnen para enterrar al hijo de uno de ellos, fallecido en la Guerra de Irak.

Censurar el comportamiento de los dirigentes políticos que envían a soldados, a críos, a morir en tierras lejanas en nombre de un país es algo bastante frecuente en el cine. Comparar la Guerra de Irak con la Guerra de Vietnam tampoco es particularmente novedoso. No obstante, es una temática lo suficientemente compleja y relevante como para seguir tratándolo si se hace con la intensidad y profundidad adecuadas. La última bandera se queda en la falta de novedad, cayendo en algunos tópicos, y sin ahondar tanto como para resultar atractiva. Porque potencial hay, pero ya no vale con lograr una obra correcta, sino que hace falta escarbar y buscar argumentos y explicaciones que vayan más allá de lo que ya conocemos.

La crítica a la guerra, a los dirigentes o a las instituciones militares está presente, con algunos argumentos inteligentes, aunque cayendo en la obviedad en ocasiones y con cierta ambigüedad en otras, lo cual tampoco es malo, pues no todo es blanco o negro y plantear un debate más que una crítica feroz es una postura muy válida. Pero sí que supone quedarse sin orientación en determinados aspectos, sin llegar a encontrar una voz o un mensaje claro. Y también quedándose sin personalidad.

Porque ese es el mayor problema de La última bandera, su falta de personalidad, algo no muy propio de Linklater. El estilo de la película no tiene nada de particular, al contrario, resulta convencional y correcto. No corre riesgos, ni entrando en críticas excesivamente lacerantes ni con un dramatismo y un dolor exagerado. De hecho, incluye toques de comedia que la aligeran y, aunque le restan intensidad, sí que funcionan como metáfora de la necesidad de conciliar el dolor con, en este caso, el humor. Algo que se tematiza en la película con las decisiones que los protagonistas, tres veteranos de Vietnam, han tomado para purgar sus remordimientos.


Esos protagonistas, de hecho, son lo más destacado de la cinta, con unos Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishbourne más que correctos. Es gracias a su presencia en pantalla que la película se hace llevadera, mas no consiguen evitar que sus dos horas de metraje se hagan un poquito largas por momentos. Y es que, con una narración lineal y sencilla y con una trama que no explota por completo su contenido, es cierto que la película se alarga sin necesidad. No es pesada, en realidad tiene tramos que podríamos considerar muy entretenidos y con bastante emoción, pero sí que podría haberse aprovechado mejor. La historia, el director y los actores lo permitían. Quizás sean los detalles los que lo impidan.

Lo mejor: las interpretaciones protagonistas y algunas licencias cómicas, sobre todo a cargo del personaje de Cranston
Lo peor: que no tenga una personalidad ni estilo propios
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 22 de enero de 2018

Five Came Back: Hollywood y la II Guerra Mundial a través de cinco maestros del cine


Que en la actualidad la series están desplazando al cine como el producto audiovisual por excelencia es algo que ya se lleva sabiendo desde hace bastante tiempo. Que, al mismo tiempo, sobre todo gracias a plataformas como Netflix, el documental está viviendo una edad dorada es algo que también se conoce. Sin embargo, el interés que estos últimos han despertado en los medios ha sido mucho menor. Por eso en Los Lunes Seriéfilos estamos dispuestos a prestar un poquito más de atención a este género, casi siempre percibido como menos comercial o entretenido que la ficción, aunque con un potencial incuestionable. 

En este contexto, Five Came Back podría considerarse un paradigmático metadocumental que, además de reunir varias de las características del actual boom del género, trata sobre algunos de los documentales más famosos de la historia del cine, como Why We Fight. Producido por Netflix, narra en tres episodios cómo cinco de los cineastas más importantes de la historia –Frank Capra, John Ford, William Wyler, George Stevens y John Huston– abandonaron sus carreras en Hollywood para poner sus cámaras al servicio de una causa mayor: retratar la II Guerra Mundial y cambiar los designios de la batalla con su obra. Está narrada por Meryl Streep y comentada por Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Guillermo Del Toro, Paul Greengrass y Lawrence Kasdan.

La obra no plantea grandes innovaciones en el apartado visual, pues aprovecha los planos fijos de los comentadores y las imágenes de archivo y las propias obras de los protagonistas, que es lo más valioso. Tampoco lo hace en su narración, cronológica, aunque con detalles y elementos muy interesantes –como los créditos iniciales–. Se trata, en general, de una construcción sencilla, pero sin fallos, sabiendo que el verdadero interés está en el contenido. Un contenido tan potente, tan interesante y tan relevante que, solo con él, las posibilidades de hacerlo mal son casi nulas.

Aunque es cierto que el ritmo no siempre se mantiene y que los tres capítulos resultan parcialmente irregulares: el primero es el más sencillo, con unos personajes que, en su mayoría, todavía no eran las estrellas que llegarían a ser y con una contienda todavía en ciernes; la segunda parte llega a resultar monótona, centrada en el desarrollo del conflicto y en lo que cada uno de esos cinco realizó en pro de la propaganda o de narrar la guerra; y la tercera, la más emocionante, incluye la liberación de las ciudades tomadas por los nazis, la llegada a los campos de concentración, el fin de la guerra y el regreso de los directores a Hollywood.


La emotividad de esta tercera parte, con un montaje más interesante que en las anteriores, y con una carga dramática mucho mayor, la convierten en la mejor de las tres. De hecho, el título original, Five Came Back, hace alusión precisamente a este episodio. Más allá de la relevancia de sus obras durante el conflicto, lo verdaderamente interesante del documental es ver ese cambio que estos cinco directores habían experimentado en la guerra, así como comprobar que el Hollywood al que volvieron tampoco era el mismo.

Y el actual tampoco es como el de entonces. Muchas cosas han cambiado. Y, por suerte, se ha conseguido la suficiente perspectiva para contar esta historia en la que, tal vez, solo tal vez, falte cierta crítica, pero que consigue abrir un debate sobre la propaganda, la industria y el reflejo de la guerra y el enemigo. Y hacerlo no desde una óptica moralista actual, sino desde el reconocimiento cinematográfico y humano a esas producciones y esos directores, tiene un valor superior si cabe.

Pero es posible que no lo necesite. Solo con la historia que se narra y sus protagonistas, el atractivo de Five Came Back es innegable. Y debería ser de obligado visionado tanto para los amantes de la historia como, y sobre todo, para los amantes del cine. Porque es posible que no estemos ante una obra maestra, pero sí que trata sobre auténticos maestros.

Lo mejor: la perspectiva que se adopta
Lo peor: que resulte irregular
Nota: 8

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 29 de mayo de 2017

Máquina de guerra (2017), de David Michôd


Quizá la única forma de retratar algo tan absurdo como la guerra sea una comedia absurda. Máquina de guerra aspira, a través de la sátira, a criticar las operaciones militares que Estados Unidos ha llevado a cabo en el exterior como represalia por los atentados del 11-S. Estrenada por Netflix el pasado 26 de mayo, está dirigida y escrita por David Michôd, adaptando la novela The Operators, de Michael Hastings. La trama se centra en el periodo que el general Stanley A. McChrystal estuvo al frente de las tropas estadounidenses y de la coalición internacional en Afganistán.

Con una amplia carrera militar y acreditado como el responsable de haber dado muerte al líder de Al-Qaeda en Irak, Abu Musab al-Zarqawi, McChrystal fue destinado a Afganistán en junio de 2009 para desatascar una guerra en la que Estados Unidos llevaba inmerso ocho años sin progreso aparente. Determinado a ganar esa guerra, McChrystal solicitó un importante aumento en el número de tropas e inició la mayor ofensiva de la coalición desde los primeros meses de conflicto. Un año después de asumir el puesto, sus críticas a altos cargos de la administración Obama, incluido el vicepresidente Joe Biden, publicados en un extenso reportaje en la revista Rolling Stone, forzaron su dimisión y su retirada de la vida militar.

Estos sucesos, que para el público español pueden resultar lejanos o casi desconocidos, supusieron un importante terremoto en la vida pública estadounidense, tanto a nivel mediático como político y militar. Y lo más curioso es que lo que desencadenó la polémica fue algo que podríamos considerar simple, como el hecho de que esas declaraciones se publicaran en esa revista, cuando el problema que yace detrás de todo ello es mucho más dramático y relevante.

Esa es precisamente la crítica de Máquina de guerra: lo absurdo que resulta centrarse en un polémico reportaje cuando hay una guerra mucho más absurda en marcha. Y es que, si todas las guerras son un sinsentido, lo son más si cabe aquellas en las que no parece haber una solución estable, ni a través de una victoria ni a través de la retirada. En dichos conflictos, el empecinamiento de los generales y los dirigentes políticos en alargar el combate cuando las opciones de victoria son nulas resulta casi patético.

Por eso War Machine reparte las culpas: McMahon (como McChrystal), obcecado en conseguir una victoria imposible; el presidente Obama, que busca retirar las tropas con el conflicto inconcluso y dejando a medias el esfuerzo de más de ocho años; el presidente Karzai, presentado como un monigote ridículo en manos de los estadounidenses; los políticos y diplomáticos, como burócratas preocupados únicamente por salvar su puesto; y la propia sociedad e historia estadounidenses, convencidas de que su país es el garante único de la libertad en el mundo. Pero en ese intento de reprobar a todos y a todo, la película pierde fuerza, divagando por muchos aspectos sin llegar a profundizar en ninguno.

Por encima de eso, el problema de esta cinta es que no sabe muy bien cómo definirse. Hay que reconocerle un puñado de elementos y secuencias muy divertidas, su honestidad en el retrato de algunos aspectos de la guerra y cierta emoción en los momentos de combate. Mas el conjunto y la suma de todos ellos no nos depara ni una comedia verdaderamente mordaz ni una crítica y análisis fundados. Más interesada en recrearse en la actuación de Brad Pitt o en jugar con la banda sonora que en estructurar la trama, la narración resulta a menudo confusa y superficial.

Sin embargo, sí parece quedar claro que, detrás de la sátira, subyace un verdadero drama, retratado en ocasiones con impresionante realismo, y se intuyen una serie de responsabilidades que deben ser asumidas. Cabe destacar igualmente la interpretación, intencionadamente excesiva, de un Brad Pitt que tuvo que acabar el rodaje con la garganta machacada de forzar la voz. También Ben Kingsley realiza una paródica y muy divertida interpretación del expresidente afgano Hamid Karzai.


Pero son elementos sueltos que no dotan de la suficiente estructura y coherencia a la obra. Lo que podría haber sido una importante denuncia de los responsables detrás de la guerra más larga en la que Estados Unidos ha participado, se queda en un intento de film antimilitarista del que es difícil extraer conclusiones.

(Publicado en Culturamas)

lunes, 17 de abril de 2017

Crítica: 'Las sandalias del pescador' (1968), de Michael Anderson


Domingo de Resurrección. Finaliza la Semana Santa. Hoy el Papa Francisco se ha asomado al balcón de la basílica de San Pedro para ofrecer la bendición Urbi et Orbi.

Podemos considerar a Francisco como un papa atípico. Como también lo era Kiril I, el protagonista de Las sandalias del pescador. Un antiguo prisionero político en los campos de trabajos soviéticos en Siberia, enviado a Roma como asesor por el Presidente de la URSS, que había sido su antiguo carcelero. En Roma, y con la Guerra Fría amenazando con desatar un conflicto armado de dimensiones inimaginables, será nombrado cardenal poco antes de la muerte del hasta entonces papa. 

Rodada en 1968 y ambientada en la misma época, con personajes ficticios pero con una misma Guerra Fría en curso, se aleja de las superproducciones épicas que hemos abordado en días pasados. Se distancia de las obras basadas en pasajes bíblicos o ambientadas en el Oriente Medio de la Antigüedad, para situarse en la –entonces– contemporánea Europa. Huye de los efectos especiales para aprovechar en su lugar las majestuosidad de los decorados de Roma y el Vaticano. Y cambias las pomposas y teatralizadas interpretaciones por actores mucho más comedidos, sobre todo un Anthony Quinn que logra una intimísima y sentida actuación.

También se pasa de un discurso unidireccional y casi propagandístico de promoción de la Biblia y la religión a otro mucho más reflexivo. La visión de la Iglesia y sus instituciones es contradictoria, denunciando su opulencia y su desvío del mensaje de Dios, pero intentando comprender sus causas y defendiendo sus buenas intenciones. La película incluye igualmente una cierta carga de propaganda antimarxista, comprensible y habitual en los filmes estadounidenses de esos años; no obstante, es también un juicio moderado y más razonado de lo que solía suceder. Todo esto demuestra que estamos ante una película madura, capaz de realizar una crítica respetuosa y argumentada, aunque poco desarrollada dada la abundancia de tramas.


Cuatro, en concreto: pues a la historia principal de Kiril Lakota en Roma se suman el debate interno y externo de un sacerdote con una lectura heterodoxa de la doctrina católica, el conflicto chino-soviético y el drama matrimonial entre un periodista y una doctora. Finalmente ninguna parece culminarse, en todas se echa en falta algo, aunque todas consiguen aportar algo. Incluso la crisis de pareja de los Faber, la más vacía de estas tramas secundarias, ayuda a humanizar el personaje de Lakota y a ilustrar el funcionamiento y los entresijos del Vaticano.

Lo más llamativo de Las sandalias del pescador es algo que no tiene –que se sepa– ninguna relación con la cinta. En realidad, se trata de eventos que tendrían lugar más adelante y que, de alguna forma, habían sido anticipados en esta obra. Por un lado, el rechazo a la ceremonia de coronación y la imposición de la tiara papal por parte de Juan Pablo I en 1978, diez años después del estreno de la película. 

Poco después, debido al corto pontificado de este, fue elegido papa el polaco Karol Wojtyla; como Kiril Lakota, se convertiría en el primer papa no italiano tras cuatro siglos. Conocido como Juan Pablo II, Wojtyla se caracterizó por su participación en la caída del comunismo y en la llegada de la democracia tras la Guerra Fría, algo que también podemos intuir en la figura del protagonista de este filme.

Por último, quizá sea la figura de Francisco la que más se asemeje a la del ficticio papa Kiril. Francisco ha participado como mediador en diversos conflictos internacionales y su imagen puede recordar a la del papa interpretado por Anthony Quinn.

Todo esto otorga una nueva dimensión a la cinta dirigida por Michael Anderson, que goza de por sí de una brillante dirección artística, con una música, fotografía o vestuario muy cuidados, y con interpretaciones magníficas. Tanto los elementos inherentes a la película como aquellos que vienen impuestos no hacen sino reforzar el valor de una obra que puede distanciarse de las superproducciones bíblicas o romanas, pero que no queda por detrás de ellas en épica y religiosidad.


Lo mejor: su respetuosa pero certera crítica a Iglesia católica
Lo peor: que las distintas tramas no estén más desarrolladas
Nota: 8

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Turquía: conflictos internos y externos en 2016

Tras el atentado con coche bomba que el pasado 4 de diciembre mató a más de 40 personas en Estambul, Turquía ha vuelto a estremecerse con otro acto terrorista. En esta ocasión ha sido contra un autobús militar en la ciudad de Kayseri, en el centro del país, y la cifra de muertos asciende a trece. Estos han sido los últimos, pero no los únicos ataques terroristas contra el país otomano este año.

FOTO: EP
Aunque menos mediáticos que los de Francia o Bélgica, los ataques terroristas en suelo turco han generado un fatídico flujo informativo, tanto por su reiteración como por la diversidad de los terroristas. Han sido hasta 16 los atentados de consideración que han sacudido Turquía este año (la mayoría contra policías y centros turísticos), perpetrados no solo por los yihadistas del ISIS y grupos afines, sino también por grupos kurdos, con los que el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan mantiene una intensa confrontación.

Precisamente el conflicto kurdo es una de las causas detrás del intento de golpe de estado que en julio intentó derrocar al gobierno turco. Aunque ha habido voces que lo consideran un movimiento para justificar una importante represión política, con detenciones y suspensiones de empleo masivas, parece que el golpe fue auténtico, a pesar de la existencia todavía de vacíos informativos en un suceso que se saldó con más de 250 muertos.

El retroceso del Estado de derecho que siguió a la asonada militar, y que ya se había hecho patente en meses anteriores, ha sido uno de los puntos de mayor tensión entre Turquía y la Unión Europea. Sobre todo, porque en marzo, Bruselas y Ankara habían firmado un pacto que permitía devolver a Turquía a demandantes de asilo llegados a países europeos sin permiso. A cambio, se prometía a los otomanos un acercamiento a la Unión Europea y compensaciones económicas.

Migrantes

Las llegadas de migrantes a países miembros de la UE han caído, pero las muertes en el mar han aumentado, pues los refugiados se han visto obligados a optar por la ruta del Mediterráneo Central entre Libia e Italia, mucho más peligrosa. El que ha sido denominado por muchos como “Pacto de la Vergüenza” ha permitido a Europa lavarse las manos, externalizando el problema a otros países de dudoso respeto a los Derechos Humanos. Sin embargo, en los últimos meses han crecido los reparos a seguir negociando con Turquía. Así, la Eurocámara votó a finales de noviembre por congelar esas negociaciones, a lo que el gobierno turco respondió amenazando con dejar pasar a Europa a los refugiados que se encuentran en suelo otomano.

A la cabeza del veto a Turquía se encuentra Austria. La relación entre ambos países hace mucho que no es sencilla y la convivencia entre la población turca en Austria y los ciudadanos locales tampoco es un camino de rosas. El papel de los medios en el país alpino, sobre todo de aquellos de corte sensacionalista, tampoco ha facilitado las relaciones entre ambos países. La escalada diplomática, que se ha reavivado en los últimos días, ha tenido al ministro de Asuntos Exteriores turco, Mevlüt Çavusoglu, y a su homologo austriaco, Sebastian Kurz, como protagonistas, y en ningún modo parece estar cerca de solucionarse.

Desde países como España se contemplan estos eventos sin demasiado interés. Se observa la deriva autoritaria de Erdogan y su participación activa en la guerra de Siria, pero nadie parece querer implicarse demasiado con un país y unos conflictos que resultan más lejanos de lo que en realidad son.

Y es que el país otomano volverá a jugar en 2017 un papel clave en la compleja situación de Oriente Medio. No solo como ruta de paso de refugiados procedentes sobre todo de Siria, sino por la trascendencia de sus decisiones en la guerra civil de este país. Ahora que Estados Unidos parece querer mantenerse al margen, el protagonismo de Turquía y Rusia -o lo que es lo mismo, de Erdogan y de Putin- hace presagiar un año complejo. Un año en el que el mundo volverá a estar pendiente de Turquía, tras haber sido pieza clave en la geopolítica de este 2016.

(Publicado en bez.es)

martes, 25 de octubre de 2016

"Working" refugees

Three days ago we talked about the entrepreneurship story of the founder of Inditex, the matrix of Zara. We mentioned the shadows that this company had, but we didn’t get into any detail. BBC has done it for us. They broadcasted on Sunday a program about how Turkish factories employ Syrian refugee kids to make clothes. Zara was, together with other big chains like Marks & Spencer, one of the retails that would afterwards distribute those clothes.

Marks & Spencer labels shwon in the program
What BBC’s Panorama showed was the conditions in which refugees, both adults and children, are “employed” in some Turkish factories; they had access to contracts stablishing a payment of one euro per hour. Also, the working conditions, the safety measures and the number of daily hours were far from meeting any decent standard. At least not ours, maybe those standards are not far from Turkish ones, but that’s what happens when you pay a country to get all the refugees you don’t want, because Turkey is already safe, no Human Rights are violated there. Right, Europe?

Let’s get back to the topic. The big Europeans brands that are using these companies are suppliers have already said that they are investigating or that they didn’t know because it was a supplier of a supplier. Of course, they condemn child labor and the exploitation of refugees, some of them already explained that they are collaborating with NGOs to stop that… But these companies are getting millions every day, and in order to do that, being completely fair and caring is not always their most profitable way.

But hey! We are all furious now… go and check your closest Zara or Marks & Spencer shop… I bet it’s not empty. So, who’s the last responsible?

We have always heard that the problem of migration is in the origin, that we have to act there. And it’s true, the drama of these people is not because they want to arrive to Europe; it’s because they don’t want to leave their countries. But there is not much to do for regular citizens about it. Also not many chances for us to leave our jobs and studies to go to the Mediterranean and help. But we do have a power where we are. And it’s bigger than we think.


This case that BBC unveiled has had a big media effect, mainly because the firms involved are the ones we use every day and because we feel it close enough. But it’s just a tiny extra problem in the life of Syrian refugees. And for them it might not be even a problem, because in their conditions, finding a job like that, even if it’s completely unfair and unsafe, it’s the only option to keep surviving.

But this problem goes much further than Syrian refugees. They are usually the most dramatic and present cases, but there is much more out there about the migration topic, also if we don’t know about it. Therefore, our “Migration: From challenge to opportunity” will try to bring some light into one of the most complex of today’s challenges.

(Published in the Blog of Aspire. Manufactury of Change to promote the  Aspire Conference 2016)

sábado, 24 de septiembre de 2016

El arte en los tiempos del cólera

Que entre las virtudes de Meryl Streep están cantar y bailar nos lo había demostrado en ¡Mamma Mia! La película (Mamma mia!) o en la más reciente Ricki (Ricki and the Flash). Pero ahora hemos descubierto que también sabe cantar mal. Y eso es, posiblemente, más meritorio aun, como demuestra en Florence Foster Jenkins, en la que interpreta a la que muchos consideran la peor soprano de la Historia.

Florence Foster Jenkins (1868-1944) fue una rica heredera estadounidense, devota de la cultura y de la música, que aspiró durante toda su vida a convertirse en soprano. Aunque totalmente falta de talento y oído musical, su marido y sus círculos más íntimos nunca contradijeron su convencimiento de que poseía una voz providencial. A esa fantasía contribuyó el público, que acudía en masa a sus conciertos para comprobar en persona si de verdad la voz de la excéntrica soprano era tan mala como se decía.

Ya el año pasado vio la luz la francesa Madame Marguerite (Marguerite), inspirada en esa historia, pero ambientada en el París de los años 20. Dirigida por Xavier Giannoli y protagonizada por una excelsa Catherine Font, recibió cuatro Premios César del cine francés, destacando el de Mejor Actriz. Esta semana llega a nuestras pantallas una versión con toques más próximos al cine hollywoodiense, aunque provenga del Reino Unido. Stephen Frears dirige a un reparto encabezado por la citada Meryl Streep, a la que acompañan unos notables Hugh Grant y Simon Helberg (conocido por su papel de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory).

Más allá de la película, entretenimiento al estilo clásico de Hollywood con el trasfondo de una historia de amor poco convencional, hay un aspecto de gran interés en esta cinta: a pesar de transcurrir en 1944, en plena II Guerra Mundial, la mayor preocupación de los protagonistas es la promoción y defensa de la música. Y nuestra querida Florence llega a afirmar en un punto de la película que, a pesar de que el arte y la música puedan parecer algo frívolo debido a la guerra, es precisamente gracias a ella que se convierten en algo aun más necesario.

No fueron pocos los movimientos artísticos que evitaron el arte por el arte en una época tan oscura como fue la primera mitad del siglo XX. O en casos más cercanos en el tiempo, la declaración de un luto oficial en un país tras un ataque terrorista implica la suspensión de conciertos y otros eventos culturales. Sin embargo, la música, la literatura, el cine, la pintura...; el arte en general, con su belleza y libertad, nos ayuda a lidiar con el dolor y a demostrar que la vida tiene sentido tras el desastre.

La música sirve en la película para consolar, alegrar y agradecer a los soldados que regresan del frente. Pero el arte puede ir mucho más allá. También es una herramienta para conocer y decubrir esos dramáticos sucesos en nuestro pasado o en nuestro presente y así poder corregirlos. El arte es también, aunque resulte irónico, una de las armas más poderosas y la única que de verdad merece la pena y que no debe ser regulada.

¿No puede una canción levantarnos el ánimo en los días malos? ¿No puede una exposición fotográfica recordar a los asesinados por un grupo terrorista? ¿No puede una película conmovernos lo suficiente para animarnos a luchar por una causa justa? En esa capacidad reside también su belleza. Si no, ¿por qué se molestan los terroristas del Daesh en destruir tesoros artísticos? ¿No será que esa libertad y belleza que caracterizan al arte son contrarias a todo los que ellos defienden?

Por eso, en los momentos más oscuros es cuando más necesitamos la luz que nos proporcionan un buen libro, una alegre melodía o una cuidada escultura. Porque, al fin y al cabo, ¿no es un cuadro de Picasso el motivo principal por el que mucha gente conoce que se produjo un dramático bombardeo en un municipio vasco en abril de 1937? ¿Y no es ese mismo cuadro un poderoso alegato contra la brutalidad de la guerra y, al mismo tiempo, un maravilloso homenaje a sus víctimas?


(Publicado en Neupic)

sábado, 20 de agosto de 2016

La Paz Olímpica

En los Juegos Olímpicos de la Antigüedad era costumbre que, para permitir que los deportistas viajasen a Olimpia para la disputa de los Juegos, se suspendiesen durante ese tiempo todas las guerras que estuvieran teniendo lugar en Grecia. El Comité Olímpico Internacional ha realizado intentos de lograr algo similar a aquella Tregua Olímpica, pero parece que el valor del olimpismo en la Grecia Clásica era mayor que en las sociedades actuales, hasta el punto de que para ellos esa competición deportiva estaba por encima de conquistas y conflictos bélicos, algo que sigue sin suceder en nuestros días. Y es que las guerras no se han parado estas semanas. En Siria, por citar el ejemplo más mediático, se abrieron corredores humanitarios para que la ayuda llegara a las víctimas civiles, pero no tenía nada que ver con los Juegos Olímpicos; y lo que es peor, además de no respetarse, las bombas han seguido cayendo y los inocentes han seguido muriendo.

Efectivamente, los Juegos Olímpicos no disfrutan de un elemento que les haría aun más notables y admirables, pero siguen suponiendo uno de los mejores ejemplos de la grandeza de los seres humanos y de los pueblos. Solo hace falta recordar los valores que defiende el movimiento olímpico: esfuerzo, sacrificio, juego limpio, respeto al contrario y a las normas, superación o deportividad, pero también otros que tienen una dimensión más política, como la reconciliación, el respeto al contrario o la amistad entre naciones.

Hay una serie de imágenes que se han hecho virales estos Juegos y que simbolizan esto a la perfección. Por un lado, el selfie de dos sonrientes gimnastas; una de Korea del Norte y la otra de Korea del Sur. Dos países enfrentados durante décadas, pero que durante unos segundos se reconcilian de la mano de dos chicas que acaban de medirse sobre los aparatos de gimnasia.

Por otro lado tenemos la polémica foto del partido de volley-playa entre alemanas y egipcias; el contraste entre el reducido bikini de las europeas y la prenda que cubría todo el cuerpo de las africanas mostraba un choque cultural que no impedía la disputa de un choque deportivo. Personas de orígenes, culturas y religiones diversas que ponen sus diferencias a un lado para golpear un balón.

Esta foto también abría un debate muy necesario sobre el velo islámico, sobre la libertad y sobre el sexismo en el vestuario de las deportistas, tanto de las que se ven obligadas a taparse como a destaparse. Este debate no es inherente a los Juegos Olímpicos, pero sí se lo debemos a su disputa, pues sin ella no habría sido posible esta imagen o, en su caso, habría pasado desapercibida para los medios de comunicación de masas. Porque, aunque la brecha aun sea excesivamente elevada, los JJOO son la única oportunidad del deporte femenino de lograr una atención mediática mínimamente comparable al deporte masculino.

Dicho todo esto, no olvido que el COI, como la mayor parte de altos organismos deportivos nacionales e internacionales, es una institución podrida por la corrupción. Tampoco que los valores y las bondades de los Juegos Olímpicos son una mera excusa, detrás de la que se hallan intereses económicos y políticos. Ni que el juego limpio solo lo practican unos cuantos, pues el dopaje y las trampas campan a sus anchas por la villa olímpica. Tampoco olvido que merece más admiración quien lo deja todo para irse a un campamento de refugiados en Grecia o a una misión en Sierra Leona a ayudar a los demás que quien gana una medalla olímpica. O que los Juegos Olímpicos modernos no son capaces de parar guerras y que ya no existe la Paz Olímpica.

Aun así, necesitamos unos valores en los que creer y una utopía a la que aspirar. Y eso es, al fin y al cabo, lo que nos proporcionan los Juegos Olímpicos.

(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

domingo, 8 de mayo de 2016

Viaje al rincón más oscuro de nuestra memoria

La visita al campo de concentración de Mauthausen-Gusen nos obliga a reflexionar sobre los errores que la humanidad no debería repetir 

Vista exterior del campo de concentración de Mauthausen

En Austria se vive estas semanas un intenso debate sobre qué debe hacerse con la casa en la que nació Adolf Hitler. El Estado expropió la vivienda, situada en la localidad de Braunau am Inn, hace unas semanas para evitar que pudiera caer en las manos equivocadas y convertirse en un lugar de peregrinación. Desde entonces, la sociedad austriaca se divide entre quienes defienden la necesidad de empujar al olvido determinados asuntos y quienes entienden que se debe mantener vivo su recuerdo para evitar repetir los mismos errores. La cada vez más restrictiva política de fronteras o la victoria del candidato de extrema derecha Norbert Hofer en las recientes Elecciones Presidenciales nos hacen pensar que la segunda opción todavía resulta necesaria para muchos austriacos. 

De los lugares que rememoran el Holocausto pocos resultan tan impactantes y significativos como un campo de concentración. El de Mauthausen-Gusen, a veinte kilómetros de Linz, capital del Bundesland de Alta Autria, y a menos de doscientos de Viena, fue el más grande de los levantados en Austria y el penúltimo en ser liberado por las tropas aliadas. Allí murieron, entre 1938 y 1945, más de 90.000 personas. Visitarlo supone una reflexión imprescindible para comprender la etapa más oscura del siglo XX en Europa.

Aunque el año está siendo inusualmente cálido en Austria, al llegar a Mauthausen la temperatura es poco superior a los cero grados y la sensación térmica disminuye por el intenso viento. Un día gris y triste que parece dotar de mayor realismo y dureza al escenario de una de las mayores atrocidades de la Historia. 

El pueblo de Mauthausen, a orillas del Danubio, en la frontera entre los Bundesländer de Alta y Baja Austria, resulta idílico; un típico pueblo austriaco lleno de encanto, con sus casas de colores y las plazas llenas de flores. A sus espaldas, sobre una colina, se aprecia el lugar al que inevitablemente está asociado esta población de menos de 5.000 habitantes. La ubicación del campo, visible desde el pueblo y con varias casas directamente en las faldas de la pequeña elevación en la que se asienta, parece contradecir lo que muchos austriacos argumentaron durante décadas para disculparse por el Holocausto: que la población no conocía lo que ocurría. 

Esto me lo explica una austriaca, graduada en Historia, que me acompaña. También me cuenta que todos los colegios e institutos del país llevan a sus alumnos de catorce o quince años a visitar alguno de estos infames campos. Sin embargo, más de un austriaco se extrañó ante el interés de un extranjero por acudir a un campo de concentración; aunque ya no se niega la responsabilidad, el sentimiento de vergüenza todavía está muy presente.

Esta es la filosofía que se sigue en el centro de recepción del Memorial de Mauthausen. Son conscientes de lo que supone ese lugar para la historia del país, por lo que se pretende evitar su frivolización y mercantilización. Así, nos explican que la entrada es gratuita y que únicamente es necesario pagar por las audioguías. Disponibles en varios idiomas, nos permiten hacernos una idea más detallada de las atrocidades cometidas entre aquellos muros. La inclusión de relatos reales nos deja en varios momentos sumidos en el silencio de quien no alcanza a comprender las dimensiones de lo ocurrido en el lugar en el que se encuentra.

Comenzamos la visita fuera del recinto amurallado, sobre la explanada en la que se encontraba el campamento para los enfermos. Al lado, los soldados jugaban partidos de fútbol con los habitantes del pueblo. De nuevo, la excusa del desconocimiento de la existencia del campo parece desmoronarse. 

Bordeando el muro de piedra, llegamos a uno de los puntos más sobrecogedores del recorrido: diversos países, asociaciones y organismos públicos austriacos han erigido aquí sus monumentos en recuerdo de las víctimas. A ellos se suman incontables pequeños homenajes particulares que van desde una foto hasta un trozo de bandera. Pero desde aquí también se divisa la cantera en la que los prisioneros eran explotados, la escalera por la que debían cargar las pesadas piedras que extraían y el barranco por el que eran empujados a capricho de los guardias.

El camino nos lleva a la puerta principal del campo, por donde se accede. A la izquierda se levantaban los barracones. A la derecha, los edificios comunes. Frente a nosotros, el amplio tramo central en el que se realizaban los recuentos y las marchas. 

Casi solos, deambulamos por las distintas zonas del campo de exterminio hasta llegar a la enfermería, donde ahora se ubica el museo. Este, por la inclusión de fotografías, entrevistas y grabaciones de los protagonistas reales, resulta más ilustrativo que el resto del conjunto, pero no alcanza el dramatismo de los edificios reales, vacíos y desnudos. 

Bajo el museo, el crematorio y la cámara de gas. Ese oscuro horno y ese amarillento habitáculo se convierten, por su significado, en uno de los puntos más inquietantes de todo el campo de la muerte.

Ya en el último tramo de la visita, encontramos nuevas muestras espontáneas de dolor y recuerdo. Y junto a ellas, un impresionante monumento con todos los nombres de quienes allí fueron víctimas de la barbarie. 

De regreso al centro de recepción cruzamos la puerta sobre la que se ubicaban la cruz gamada y el áquila imperial que representaban el poder del Tercer Reich. Una de las primera acciones de las tropas estadounidense tras la liberación del campo el 5 de mayo de 1945 fue el derribo, con la ayuda de algunos prisioneros, de estos símbolos. La guerra había terminado y, tras mucho dolor, la libertad llegaba a uno de los rincones que mejor ilustran los errores de nuestro pasado.

Pero el optimismo de esta imagen contrasta con otra que encontramos en el museo. En ella vemos uno de los muros exteriores del campo cubierto por un gran plástico blanco. Bajo él se esconde, según reza el pie de foto, una pintada con expresiones neonazis. La foto fue tomada en febrero de 2009. Y no ha sido el último caso. Esta imagen, a priori mucho más intrascendente e inofensiva que la cámara de gas, el crematorio o las alambradas, se convierte en la más impresionante de la visita. No por lo que muestra, sino por lo que implica: que el extremismo no pertenece únicamente al pasado.

Y es cierto que a la sociedad austriaca le ha costado décadas realizar la tarea de arrepentimiento, de asunción de responsabilidades y de compensación del daño. Pero no es menos cierto que, sobre todo en los últimos veinte años, los austriacos han alcanzado una reconciliación casi total con su memoria. 

Esa reconciliación no se ha logrado olvidando el pasado, sino manteniendo vivo el recuerdo. Y esa es precisamente la labor del Memorial de Mauthausen.

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Mañana Madrid?

Los ataques en Bruselas nos han hecho revivir lo que hace pocos meses habíamos sentido tras la masacre de París. Que no era sino una repetición de lo ocurrido en Londres y en Madrid unos años atrás. Otro ataque que, no por esperado, pudo ser evitado.

Y hoy lloramos a las víctimas y nos solidarizamos con Bélgica. Como seres humanos no podemos hacer otra cosa. Pero tampoco podemos olvidar que más allá de Europa y de Occidente se siguen sucediendo los atentados, tanto o más dramáticos que el de la capital belga. De Turquía a Nigeria, pasando por Siria, Costa de Marfil o Libia. Debemos ser cuidadosos con nuestra eurocéntrica visión de la realidad y luchar para que no nos impida sentir dolor por las víctimas de países lejanos cultural y geográficamente.

Pero sabiendo que ninguna víctima vale más que otra, es cierto que el ataque de ayer no iba únicamente dirigido contra personas, sino también contra valores y principios. Son la solidaridad, la separación entre religión y estado, la seguridad, la libertad o la defensa de los Derechos Humanos. Son los valores que encarna una Unión Europea con sede en Bruselas. Son los valores que en los últimos meses en general, y en los últimos días en particular, nosotros mismos parecemos dispuestos a echar por tierra.

La política de rechazo a los refugiados, el cierre de fronteras o la islamofobia no hacen sino fomentar el odio de unos y otros. No se trata de levantar alambradas para que no entren los terroristas, porque solo frenan a otras personas que están huyendo del mismo o de otro terror. De lo que se trata es de evitar que nuestros propios ciudadanos o aquellos que se vuelven a nosotros en busca de ayuda sean discriminados, marginados y criminalizados. Se trata de evitar que aquellos que viven o quieren vivir con nosotros se conviertan en blanco fácil de la propaganda de unas organizaciones que consiguen lavar el cerebro a jóvenes a quienes nuestra sociedad ha dejado de lado.

El ataque de esta mañana a la mezquita de la M30 por radicales de extrema derecha nos muestra lo fácil que es dejarnos llevar por el odio y el miedo. Y por la ignorancia y la estupidez. Quienes acuden a esa mezquita a rezar no tienen nada que ver con quienes ayer pusieron bombas en Bruselas. Quienes acuden a esa mezquita a rezar tienen tantas posibilidades de ser víctimas en un posible ataque a Madrid como quienes vilmente lanzaron bengalas sobre el templo y desplegaron un cartel con el texto "Hoy Bruselas, ¿mañana Madrid?".

Los que lanzaron botes de humo y bengalas a la mezquita y los que ayer colocaron bombas en los medios de transporte bruselenses tienen muchas similitudes. Ambos fomentan el odio, se retroalimentan. El ataque de Bruselas hace soñar a los extremistas xenófobos europeos, porque ven un escenario en el que pescar votos para sus partidos políticos. El ataque de la mezquita madrileña hace sonreir a los terroristas, porque ven cómo se crea un caldo de cultivo ideal para captar más adeptos. Y tanto unos como otros tienen algo básico en común. El miedo. Son unos cobardes.

Por eso no podemos ceder al miedo. Debemos celebrar la vida, ser felices, viajar, reir y amar. Debemos ser libres y valientes. Eso no lo entienden los locos que quieren imponer su odio y su extremismo intransigente. Tienen miedo a la libertad. Por eso no podemos perderla cuando quieran imponernos su terror.

Rezo para que no haya más víctimas de la sinrazón. Y ojalá los dirigentes, la comunidad internacional y los cuerpos de seguridad del mundo consigan evitar futuras masacres. Pero la posibilidad de que puedan producirse no puede condicionar nuestra vida. No podemos ceder ante su chantaje. ¿Que esto es una guerra? Sed felices, generosos, respetuosos y valientes. Sed libres. Ellos no pueden ni soñar con esas armas.


(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

sábado, 14 de noviembre de 2015

Hijos de una generación que no se va a dejar intimidar


La noche del 23 de febrero de 1981, la noche en la que se produjo el infame intento de golpe de estado en España, es popularmente conocida como la Noche de los Transistores. Recuerdo a mi madre explicarme el porqué de esta denominación: muchas personas siguieron los sucesos que tenían lugar en Madrid y en otros puntos de la geografía española a través de la radio. Esa noche muchas personas no durmieron sabiendo que la democracia volvía estar en peligro en España.

Hoy comprendo mejor a esa generación de jóvenes a la que pertenecían mis padres y que vivió aquellos hechos con el miedo de que la todavía reciente e insegura democracia volviera a derrumbarse. Hoy yo estoy viviendo una noche similar, en la que la democracia, la libertad y la seguridad han vuelto a ser atacadas.

Todos somos hijos e hijas de nuestra generación, forjados por la Historia que nos toca en suerte. Y lo que hoy yo vivo con miedo, nerviosismo e impotencia, es lo que vivieron otros jóvenes cuando Londres, Madrid o Estados Unidos fueron atacados por grupos terroristas el 7 de julio de 2005, el 11 de marzo de 2004 y el 11 de septiembre de 2001, respectivamente. La misma experiencia de quienes siguieron el desarrollo del 23-F a través de los transistores.

Hoy esta generación experimenta vulnerabilidad ante la facilidad con la que se puede sembrar el caos en una de las principales urbes del planeta. Y siente miedo ante la posibilidad de que la seguridad que tomamos por garantizada deje de estarlo. Esta noche todos hemos sentido miedo porque hemos visto que nuestra libertad se ha visto atacada de forma inesperada, bárbara, sangrienta y violenta. De forma irracional, inútil y cobarde.

Eso es lo que los monstruos querían: que el miedo campara a sus anchas por el mundo entero igual que los terroristas habían campado a las suyas por las calles de París. El miedo ha sido un sentimiento esencial esta noche en todo Occidente. Pero conviene recordar algo muy importante que leí en Facebook hace un momento, y es que el terror vivido esta noche en París es el terror que hace huir a quienes muchos quieren negar la entrada en nuestras fronteras.

Ese es el desafío que se plantea ahora: responder al terror con entereza y justicia, diferenciando a los verdaderos responsables, a los fanáticos, del resto de las personas, y sabiendo que el Islam, el de verdad, es todo lo contrario a lo que unos locos pretendieron imponer esta noche.

Ahora nos toca demostrar que seguimos siendo libres, que siempre vamos a serlo y que lucharemos hasta que todas las personas del mundo lo sean. Y cantaremos la Marsellesa, y nos manifestaremos, y escribiremos mensajes de repulsa en las redes sociales, y rezaremos por las víctimas y sus familias, y abriremos las puertas de nuestras casas a quienes huyan de la barbarie. Haremos todo lo que sea necesario hasta que quienes quieren imponer con las armas su locura descubran que no tienen nada que hacer.

Somos los hijos de una generación que hoy se sorprende, se asusta y se escandaliza por lo ocurrido en París. Somos los responsables de que nadie tenga que seguir viviendo esa tragedia, ni en París, ni en Alepo, ni en Kabul. Porque las víctimas de París no valen más que las víctimas que se suceden sin parar en ciudades donde el terror ya no es noticia.

Esta noche, además de las dolorosas víctimas, han atacado nuestra libertad. Pero los radicales no se dan cuenta de eso. Ellos solo conocen la violencia como medio para imponer ideas y creencias. Ellos no saben lo que significa la palabra “libertad”. Es hora de que lo aprendan.

(Publicado en Neupic)

jueves, 5 de noviembre de 2015

Un ejemplo. El futuro


Mañana viernes 6 de noviembre se estrena en los cines españoles Él me llamó Malala (He Named Me Malala, Davis Guggenheim 2015), la historia de Malala Yousafzai, que el año pasado recogió el Nobel de la Paz "por su lucha contra la supresión de los niños y jóvenes y por el derecho de todos los niños a la educación", convirtiéndose así en la persona más joven en recibir el prestigioso galardón en cualquiera de sus categorías.

A sus diecisiete años, Malala ya contaba con una historia tan dramática como inspiradora: con once años había comenzado a escribir un blog para la BBC denunciando la imposibilidad de las niñas de su región, en el Valle del Swat pakistaní, de asistir a la escuela. Este mensaje, y los que siguieron desde entonces, no gustaron a los talibanes, que atentaron contra ella un día cuando regresaba a su casa del colegio. Tenía quince años. Este ataque estuvo a punto de costarle la vida, pero tras una larga y compleja recuperación, Malala se recuperó. Lejos de acallar sus denuncias, el ataque logró que Malala se convirtiera en una de las voces más destacadas en la lucha por la educación de los niños y niñas de todo el mundo. En la actualidad, con dieciocho años, Malala reside en el Reino Unido con su familia y asiste a clase a diario en su colegio de Birmingham. Ella y su padre siguen amenazados de muerte por haber luchado por una causa justa.

El documental que mañana llega a los cines se adentra en esta historia, tan extraordinaria que, más que un documental, debería haberse reflejado en una auténtica película de superheroínas. Y es que esa es la única definición posible para esta niña, para esta mujer valiente que se enfrentó a siglos de injusticia y pidió, sin que le temblara la voz, que las niñas también tuvieran acceso a la educación en su Pakistán natal.

Allí, como en muchos otros lugares, los radicales, los cobardes quisieron callarla de la única forma que saben: con un disparo. Pero esos retrasados no fueron capaces de prever que su intento de asesinato y sus amenazas multiplicarían el eco de una voz que tiene la calma y la seguridad de quien se sabe responsable del futuro de millones de niños y niñas. Una voz que no se entrecorta cuando tiene que reclamar, ante las personas más poderosas del planeta, los derechos básicos de las más debiles. La voz de Malala no es estridente, no grita ni interrumpe, pero tampoco titubea ni se amedrenta. Esa voz no es importante por sí misma, sino por su mensaje y por su ejemplo, porque ella muestra el camino para quienes quieren cambiar el mundo. Y porque es la voz de aquellos a quienes no les dejan tenerla. Una voz que habla de perdón, de educación, de igualdad y de futuro.

Porque eso es lo que representan Malala y su fundación: el futuro. Un futuro para los niños y niñas del mundo que solo se abre a través de la educación y la igualdad de oportunidades. Un futuro que todavía no se vislumbra para muchos niños y, sobre todo, niñas de este planeta. Un futuro que es todavía un sueño.

Un sueño en el que los niños y las niñas de todos los países del mundo tienen acceso a la educación. Un sueño por el que han luchado muchas personas antes que Malala y por el que seguirán luchando muchas más hasta que se haga realidad. Porque este sueño, el sueño de una niña de once años que quería ir al colegio, es un sueño por el que vale la pena luchar.

(Publicado en Neupic)