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lunes, 23 de octubre de 2017

Especial Halloween 2017. Crítica: 'Una serie de catastróficas desdichas' (2004), de Brad Silberling


Es todo un clásico, así que este año vuelve el especial de Halloween de Los Lunes Seriéfilos. Desde hoy, y hasta el día 31, podréis encontrar en nuestra web críticas y reviews de películas y series de terror y todo lo que asociamos a estas fechas tan tenebrosas.

Y para los cobardes a los que nos da verdadero pavor el cine de terror, pero aun así queremos disfrutar de Halloween, el cine de Tim Burton y los especiales de “terror” de universos de animación, como Shrek o Disney, han sido siempre nuestra salvación. Sin ser ninguna de las dos, vamos a arrancar nuestro especial con Una serie de catastróficas desdichas –vamos a hablar de la película de 2004, aunque también existe una serie con Neil Patrick Harris de este mismo año–, que puede ser un buen sustituto o complemento para este Halloween, sobre todo por sus semejanzas con el cine burtoniano.

Y esto es así por su estética steampunk y un tanto gótica, por la presencia constante de la muerte, la fantasía y el misterio, por el protagonismo de unos niños peculiares y por la complicación extrema de la trama, que no obstante acaba alcanzando un final casi completamente feliz. En definitiva, el resumen de (casi) cualquier película de Tim Burton que se nos pueda ocurrir.

La dirección artística es extraordinaria; no olvidemos que es una película de hace ya más de una década, con técnicas menos desarrolladas y sin referentes más allá del propio Burton. La oscuridad, el juego de colores y la fotografía de Lubezki, unidos al maquillaje, el vestuario y la banda sonora, dan lugar a un espectáculo visual muy atractivo.


Le falta cierta profundidad en la trama, con un guion un tanto irregular y con personajes más flojos de lo que cabría desear. Son, en realidad, caricaturas, con todo lo bueno y lo malo que esto implica. En especial el protagonista, el Conde Olaf al que da vida un Jim Carrey haciendo el mismo exagerado y excéntrico papel de siempre. De nuevo, con todo lo bueno y lo malo que esto implica. Sí hay que destacar la interpretación de los jóvenes Emily Browning y Liam Aiken, que sobresalen en un reparto cargado de quilates –Timothy Spall, Billy Connolly, Meryl Streep o Catherine O’Hara– pero lastrado por personajes premeditadamente estereotipados que impiden aprovechar todo ese talento.

Especialmente porque, como ocurre con la historia, todo queda subordinado al componente audiovisual y estético. Y puede que sea muy meritorio y atractivo, pero no es suficiente. Tal vez sí para verla con niños (valientes o ya algo mayores) o para disfrutar en Halloween con esa estética tan apropiada en estas fechas, mas no para poder hablar de una auténtica sustitución, y mucho menos superación, de las fantásticas y únicas obras de Tim Burton.

Lo mejor: la dirección artística y los créditos finales
Lo peor: que Jim Carrey llega a resultar pesado 
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 27 de febrero de 2017

Análisis de la 89° Edición de los Oscars - Que cinco minutos no eclipsen cuatro horas


Nadie duda que el error al anunciar el premio a la Mejor película eclipsó cualquier otro galardón o instante de la 89° edición de los Oscar, pero dejemos de lado ese sorprendente final para analizar qué más nos deparó la ceremonia, que para algo hubo cuatro horas más de gala.

Cuatro horas que no se hicieron pesadas gracias a un maestro de ceremonias que supo desenvolverse bien. Aunque Jimmy Kimmel no es un magnífico monologuista, sabe ‘liarla’ y generar momentos memorables. Uno de ellos fue la visita de un grupo de sorprendidos turistas que, sin saberlo, fueron conducidos al interior del Dolby Theatre de Los Ángeles, donde se hicieron selfies con los actores de las primeras filas.



Muy comentado fue también el tuit que el presentador envió a Donald Trump, pues “preocupado” por la falta de actividad del Presidente en Twitter, decidió mandarle un “u up?” para saber si estaba despierto. Del mismo modo, habló con ironía de lo “sobrevalorada” que está Meryl Streep y de su intención de vetar a medios de comunicación con los que Trump ha tenido encontronazos. La presencia de la política estadounidense fue constante pero indirecta, sin llegar nunca a convertirse en la protagonista. 

Carga política en los premios

Tras las críticas del año pasado por la falta de diversidad racial, la Academia parece haber buscado un lavado de imagen en una velada en la que numerosos premios y nominaciones cayeron en manos no blancas. Podemos dudar si el aspecto político pesó más que las cuestiones puramente cinematográficas, pero la intención de rebelarse contra el nuevo equipo de gobierno estadounidense y contra la etiqueta de #OscarsSoWhite es innegable.

‘El viajante’, de Asghar Farhadi, fue elegida Mejor película extranjera por delante de la favorita ‘Toni Erdmann’. El director iraní había anunciado su intención de no acudir a la ceremonia por respeto a los afectados por el veto migratorio del gobierno estadounidense. El discurso de agradecimiento leído en su nombre fue uno de los instantes más reivindicativos de la noche.

Por su parte, el colectivo afroamericano estuvo notablemente representado con los premios a Mahershala Ali como Mejor actor de reparto en ‘Moonlight’, Viola Davis como Mejora ctriz de reparto por su papel en ‘Fences’, el Mejor documental que ganó la miniserie de Netflix sobre OJ Simpson y los reconocimientos a Mejor guión adaptado y Película de ‘Moonlight’.

Galardones muy repartidos

Es discutible si lo de ‘La La Land’ lo consideramos fracaso. Aspiraba a trece estatuillas -contaba con catorce nominaciones, pero dos coincidían en una misma categoría-, por lo que seis galardones, sobre todo tras perder la de Mejor película pueden saber a poco. Mas en esa media docena encontramos algunos de los principales: dirección, actriz principal, fotografía, banda sonora, canción y diseño de producción. No es una cosecha menor, aunque sí menor de lo esperada, lo que permitió que los premios se repartieran.

El equipo de ‘Moonlight’ puede estar más que satisfecho. Sus tres premios, incluyendo Mejor película, junto a guión adaptado y actor de reparto, son un magnífico resultado. También contentos estarán los responsables de ‘Manchester frente al mar’ -Mejor actor para Casey Affleck y Mejor guión original- y de ‘Hasta el último hombre’ -Mejor sonido y, por sorpresa, montaje-.


Curioso encontrar blockbusters como ‘Escuadrón Suicida’, ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’ o ‘El libro de la selva’ entre las premiadas, pero en las categorías técnicas el presupuesto influye mucho. ‘El libro de la selva’, por cierto, se sumó a ‘Zootrópolis’ y ‘Piper’, que consiguieron los premios en las categorías de animación, dejando a Disney con tres galardones.

‘La llegada’ y ‘Fences’ -merecido y esperado Oscar para Viola Davis como Mejor actriz de reparto- se fueron solo con uno, mientras ‘Lion’ no se llevó ninguno. Aunque no se trate de sorpresas, es lo más cercano a “decepciones” que podemos mencionar.

También un poco decepcionados nos quedamos en España al saber que ‘Timecode’, de Juanjo Giménez, no se llevaba el premio a Mejor cortometraje de ficción, que se iba para la húngara ‘Sing’. La nota española la puso un Javier Bardem que, tras alabar el trabajo de Meryl Streep en ‘Los puentes de Madison’, presentó junto a ella uno de los premios de la noche.

El balance final se puede calificar como justo, a pesar de no producirse el esperado dominio de ‘La La Land’ y de algunos premios que, aunque puedan considerarse políticos, no son para nada inmerecidos. Todo eso en una gala bastante entretenida, que, por un garrafal error final, es ya Historia del Cine.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 9 de enero de 2017

`La La Land´ y Meryl Streep se imponen en los Globos de Oro

Como cada año por estas fechas, el mundo del cine celebra sus grandilocuentes entregas de premios. Son actos de autocomplacencia que, más que seleccionar quiénes han sido los mejores del año, lo que buscan es reivindicarse como industria. Naturalmente, dan pistas al espectador sobre qué productos son más recomendables y reconocen el saber hacer de quienes hacen posibles las películas, pero, al final, estas galas no son sino un producto más que les reporta beneficios y publicidad adicionales.

FOTO: REUTERS/Mario Anzuoni
Un Oscar o un Globo de Oro pueden premiar un gran trabajo de un actor, que se sentirá reconocido y agradecido, pero en último término, también aportan a una película un nuevo argumento para su estrategia de promoción.

No obstante, hoy es un día para hablar de los premiados en los Globos de Oro, entregados esta madrugada por la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, y que encumbraron a La La Land, que consiguió los siete galardones a los que optaba, convirtiéndose así en la película más premiada de la historia de los Globos de Oro. Dentro de la categoría de drama fue Moonlight la que se llevó el premio a mejor película. La actriz Meryl Streep recibió el premio Cecil B. De Mille a su carrera y dejó un discurso plagado de mensajes a través del contexto político y social.


Ninguna de las dos se ha estrenado todavía en España: La La Land lo hará este viernes y Moonlight hará lo propio el 10 de febrero. De hecho, de las diez películas que, en uno o en otro grupo, estaban nominadas a mejor película, solo cuatro habían llegado ya a los cines españoles. Esto se debe al interés de las productoras que se ven con opciones de rascar algo de estrenar sus películas al final del año, de forma que estén frescas en la memoria de los jurados que deben votarlas. Así, dado que el doblaje precisa tiempo, estas películas suelen llegar a los mercados internacionales un tiempo más tarde. Además, estos reconocimientos pueden utilizarse como atractivo comercial, por lo que las productoras pueden posponer su estreno y aprovechar ese tirón comercial que aportan los premios. De hecho, es habitual ver reestrenos de películas que ya habían desaparecido de las carteleras si estas triunfan en las grandes entregas de premios.

La televisión también estuvo presente

Si en cine hubo una clara dominadora y pocas sorpresas, algo distinto sucedió entre las series de televisión. Fue The Crown, la producción de Netflix sobre los primeros años del reinado de Isabel II, la elegida como mejor serie de drama, imponiéndose a Game of Thones o Stranger Things, que a priori partían como favoritas. Mientras tanto, entre las series de comedia la galardonada fue Atlanta. De las mencionadas, ninguna se emite en abierto; es más, de las diez nominadas entre ambas categorías ocho son propiedad de plataformas de pago como Netflix, HBO o Amazon Prime.

No es coincidencia que estas tres, que llegaron a España en los últimos meses, acaparen la mayoría de nominaciones en las categorías de series. Estamos viviendo una época dorada para este formato, que cada vez atrae a un mayor número de actores y directores de cine y que está generando una auténtica revolución en la forma de consumir televisión. Los canales tradicionales están perdiendo cuota de mercado en favor de estas nuevas plataformas de vídeo bajo demanda. En Estados Unidos, la televisión por cable, de la que HBO es uno de los mayores exponentes, lleva mucho tiempo contando con una presencia importante, pero en los últimos años Netflix y Amazon, de vocación puramente digital, han aparecido para desatar la competencia. Y es precisamente esa lucha entre ellas la que impulsa productos de una calidad cada vez mayor.

Además, estas series, al ser las más exitosas y conocidas, también se acaban colando en entregas de premios como los Globos de Oro, pues es evidente que las series y películas presentes en ellas no son casi nunca productos marginales, sino que cuentan con un mínimo nivel de éxito. Así, la propia ceremonia se vuelve más atractiva, y cuanto más lo sea, más valor tendrá el premio. Porque estas galas nos dicen qué series o películas son buenas, pero por encima de eso, son un eslabón más en esta industria -mágica, pero industria al fin y al cabo- que es el cine.


(Publicado en bez.es)

sábado, 24 de septiembre de 2016

El arte en los tiempos del cólera

Que entre las virtudes de Meryl Streep están cantar y bailar nos lo había demostrado en ¡Mamma Mia! La película (Mamma mia!) o en la más reciente Ricki (Ricki and the Flash). Pero ahora hemos descubierto que también sabe cantar mal. Y eso es, posiblemente, más meritorio aun, como demuestra en Florence Foster Jenkins, en la que interpreta a la que muchos consideran la peor soprano de la Historia.

Florence Foster Jenkins (1868-1944) fue una rica heredera estadounidense, devota de la cultura y de la música, que aspiró durante toda su vida a convertirse en soprano. Aunque totalmente falta de talento y oído musical, su marido y sus círculos más íntimos nunca contradijeron su convencimiento de que poseía una voz providencial. A esa fantasía contribuyó el público, que acudía en masa a sus conciertos para comprobar en persona si de verdad la voz de la excéntrica soprano era tan mala como se decía.

Ya el año pasado vio la luz la francesa Madame Marguerite (Marguerite), inspirada en esa historia, pero ambientada en el París de los años 20. Dirigida por Xavier Giannoli y protagonizada por una excelsa Catherine Font, recibió cuatro Premios César del cine francés, destacando el de Mejor Actriz. Esta semana llega a nuestras pantallas una versión con toques más próximos al cine hollywoodiense, aunque provenga del Reino Unido. Stephen Frears dirige a un reparto encabezado por la citada Meryl Streep, a la que acompañan unos notables Hugh Grant y Simon Helberg (conocido por su papel de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory).

Más allá de la película, entretenimiento al estilo clásico de Hollywood con el trasfondo de una historia de amor poco convencional, hay un aspecto de gran interés en esta cinta: a pesar de transcurrir en 1944, en plena II Guerra Mundial, la mayor preocupación de los protagonistas es la promoción y defensa de la música. Y nuestra querida Florence llega a afirmar en un punto de la película que, a pesar de que el arte y la música puedan parecer algo frívolo debido a la guerra, es precisamente gracias a ella que se convierten en algo aun más necesario.

No fueron pocos los movimientos artísticos que evitaron el arte por el arte en una época tan oscura como fue la primera mitad del siglo XX. O en casos más cercanos en el tiempo, la declaración de un luto oficial en un país tras un ataque terrorista implica la suspensión de conciertos y otros eventos culturales. Sin embargo, la música, la literatura, el cine, la pintura...; el arte en general, con su belleza y libertad, nos ayuda a lidiar con el dolor y a demostrar que la vida tiene sentido tras el desastre.

La música sirve en la película para consolar, alegrar y agradecer a los soldados que regresan del frente. Pero el arte puede ir mucho más allá. También es una herramienta para conocer y decubrir esos dramáticos sucesos en nuestro pasado o en nuestro presente y así poder corregirlos. El arte es también, aunque resulte irónico, una de las armas más poderosas y la única que de verdad merece la pena y que no debe ser regulada.

¿No puede una canción levantarnos el ánimo en los días malos? ¿No puede una exposición fotográfica recordar a los asesinados por un grupo terrorista? ¿No puede una película conmovernos lo suficiente para animarnos a luchar por una causa justa? En esa capacidad reside también su belleza. Si no, ¿por qué se molestan los terroristas del Daesh en destruir tesoros artísticos? ¿No será que esa libertad y belleza que caracterizan al arte son contrarias a todo los que ellos defienden?

Por eso, en los momentos más oscuros es cuando más necesitamos la luz que nos proporcionan un buen libro, una alegre melodía o una cuidada escultura. Porque, al fin y al cabo, ¿no es un cuadro de Picasso el motivo principal por el que mucha gente conoce que se produjo un dramático bombardeo en un municipio vasco en abril de 1937? ¿Y no es ese mismo cuadro un poderoso alegato contra la brutalidad de la guerra y, al mismo tiempo, un maravilloso homenaje a sus víctimas?


(Publicado en Neupic)

viernes, 18 de diciembre de 2015

Sufragistas y cine para un fin de semana de Elecciones


Hoy se produce en los cines de España uno de los estrenos más esperados de los últimos años. No es una película más, sino un auténtico fenómeno cinematográfico, cultural y de marketing. Todo lo que rodea a Star Wars tiene ese aire grandioso y épico del que George Lucas impregnó a una de las sagas imprescindibles en la historia del séptimo arte. Este fin de semana, por lo tanto, las salas se llenarán de aficionados en busca de aventuras galácticas, haciendo que el resto de la cartelera se veaa en serias dificultades. Es frecuente que ante estrenos de este calibre, las cintas con aspiraciones comerciales tienden a evitar el enfrentamiento y busquen otros fines de semana para llevar a cabo sus lanzamientos. Por eso este viernes no habrá gran cantidad de estrenos, siendo la mayoría de ellos de los considerados poco ambiciosos.

Sin embargo, sí hay una película importante que ha decidido desembarcar en nuestros cines este viernes haciendo frente a la maquinaria de promoción desplegada por El despertar de la Fuerza (Star Wars. Episode VII: The Force Awakens, J.J. Abrams 2015). Se trata de Sufragistas (Suffragette, Sarah Gavron 2015), protagonizada por Carey Mulligan, Meryl Streep, Helena Bonham Carter y Brendan Gleeson. En un fin de semana como este, a pesar de sus caras conocidas y del buen hacer de directora, intérpretes y equipo técnico, constituye una apuesta tan arriesgada como valiente.

Valientes. Así eran precisamente las mujeres retratadas en la película. Sus esfuerzos y sacrificios para alcanzar un derecho fundamental, el derecho al voto, fueron descomunales. Se trataba de una lucha desigual en la que la ley y la fuerza estaban contra ellas. Pero las sufragistas, valientes luchadoras, se enfrentaron a la injusticia hasta lograr alzar sus voces sobre al ruido de la ignorancia y la opresión.

En países como el Reino Unido, escenario destacado de este movimiento, hace aproximadamente un siglo desde que aquella lucha se convirtiera en un ejemplo y diera sus primeros frutos. En España, con la figura de Clara Campoamor a la cabeza, las mujeres pudieron acudir a las urnas por primera vez el 19 de noviembre de 1933. Poco tiempo después, el conjunto del país volvió a verse privado de ese derecho. Y solo hace un puñado de décadas que lo recuperamos.

A los jóvenes se nos olvida a veces que algo tan obvio y básico hace no tanto tiempo estaba prohibido. Fue la lucha de muchas personas, que dieron su vida, su sangre o su libertad, la que hoy nos permite gozar de este derecho. Y gracias a estas personas, el domingo volveremos a hablar de la “Fiesta de la Democracia”.

El pueblo será quien decida qué futuro quiere para los próximos cuatro años. Pero ir a votar no sirve solamente para decidir el futuro, sino para honrar y recordar el pasado y a quienes lucharon en él para que hoy seamos los dueños de nuestro destino. Porque el sufragio es una responsabilidad y un honor que todos compartimos, pero también es una deuda con quienes lo hicieron posible. 

Y es que podemos votar de distintos colores, incluyendo el blanco. Podemos incluso no votar. Pero aun en nuestros días hay quienes no tienen esta elección, especialmente entre las mujeres. Es por eso que debemos sentirnos afortunados por poder hacer uso de este derecho. Y precisamente utilizando nuestra libertad –tanto la libertad de voto como la libertad en un sentido más amplio-, estaremos honrando tanto a quienes se sacrificaron por ella, como a quienes aun no pueden disfrutarla.

El domingo, cuando abran las urnas, todos estaremos llamados a ejercer nuestro derecho. Será un día de fiesta. Y como en todas las fiestas, es de buena educación mostrar nuestro agradecimiento a quienes la hicieron posible. Y ese agradecimiento no puede expresarse de mejor forma que disfrutando, por supuesto con responsabilidad, la Fiesta de la Democracia.

Yo, como casi todos, tengo mis favoritos y tengo unas esperanzas depositadas en las urnas. Pero tras la jornada electoral, independientemente de que en unos hoteles y en unos balcones haya más alegría que en otros, me iré a dormir contento porque entre todos habremos decidido que así sea. La democracia -con sus enormes defectos- habrá hablado y todos deberemos aceptar su dictado.

El domingo será también buen momento para mirar atrás y ver el camino que hemos recorrido, agradeciendo a quienes, como las Sufragistas, hicieron posible que hoy estemos donde estamos. Pero, como ellas, también deberemos plantearnos cómo seguir avanzando hacia una sociedad mejor, más justa, próspera e igualitaria. Para ello, haremos bien en seguir el ejemplo de aquellas valientes luchadoras que no aceptaron la injusticia. Que su lucha nos muestre el camino y, ya que estamos, que la Fuerza nos acompañe al recorrerlo.

(Publicado en Neupic)