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lunes, 13 de febrero de 2017

Análisis del presente y el futuro de las ondas en el Día Mundial de la Radio

El 19 de octubre de 2011 la Conferencia General de la Unesco proclamó el 13 de febrero como Día Mundial de la Radio. Hoy hace 71 años desde la creación de la Radio de las Naciones Unidas. Eran los años gloriosos de los transistores, que convivían en armonía con el papel antes de la popularización de la televisión como medio de masas.

Décadas más tarde, ningún medio ha desaparecido por completo, pero el panorama mediático ha cambiado de forma radical tras la irrupción de Internet. Desde luego, la radio también se ha visto afectada por el proceso de redefinición del sistema de medios de comunicación, aunque probablemente sea el que mejor ha sabido capear el temporal.

Un medio cercano y compatible

Las últimas ediciones del Estudio General de Medios (EGM) muestran cómo el imparable ascenso de la penetración de Internet se ha traducido en marcados descensos en el resto de medios. No ha ocurrido lo mismo con la radio, que no solo se mantiene, sino que puede presumir de contar con un porcentaje de penetración cinco puntos superior al que tenía hace veinte años.

Para explicar los motivos, la doctora Yolanda Berdasco, profesora de Periodismo Radiofónico en la Universidad a Distancia de Madrid, menciona tres particularidades en el consumo de radio: “la cercanía, la inmediatez y la posibilidad de utilizarlo como un medio de comunicación y de entretenimiento mientras realizas otras actividades”.

La cercanía de la radio es innegable, especialmente gracias a los espacios de participación. La sensación de reciprocidad y la capacidad de fidelización que produce la participación de la audiencia en un programa en directo son elementos clave a la hora de comprender por qué la relación entre el oyente y su transistor es tan fuerte.

Y a esa cercanía también contribuye la inmediatez de la radio, que permite que la comunicación se produzca sin intermediarios: el oyente siente que su locutor favorito le susurra al oído cada mañana las noticias de la jornada. Por eso, la radio genera un vínculo sentimental con el oyente que otros medios no han logrado.

Con todo, el argumento de mayor peso es la compatibilidad de la radio con nuestras actividades diarias. La radio es el medio que siempre estuvo ahí. En el coche, en la peluquería, mientras hacemos las tareas del hogar, cuando nos duchamos, cuando hacemos deporte... Su presencia en nuestro día a día es muy elevada y, aunque en ocasiones no es más que un sonido de fondo, solo hace falta que se produzca un suceso de última hora o que suene una canción que nos guste para que subamos el volumen y prestemos atención.

Los retos pendientes

Pero la adaptación es imprescindible. Berdasco defiende la necesidad de “nuevos formatos, nuevas voces y nuevos ritmos que se adapten a las nuevas realidades”. Carlos Herrera reunió hoy en su programa Herrera en Cope a Iñaki Gabilondo, José María García y Luis del Olmo que, junto al propio Herrera, son, probablemente, las voces que más han marcado el periodismo radiofónico en España. Sin duda se trata de un momento histórico para este medio, mas no por lo que comienza, sino por lo que termina. Estas personalidades y su forma de hacer radio cada vez tienen menos validez y aceptación entre el público, por lo que se precisa una importante renovación.


Y esta vendrá, en gran medida, de Internet, que ha permitido que muchas personas se lanzaran a hacer radio con menores costes y procesos más sencillos. También los podcast, tanto los que producen las grandes cadenas de radio como los que se generan por grupos ajenos al medio tradicional, están aportando más competencia, diversidad de temáticas y formatos e innovación.

Asimismo, el paso de la radio analógica a la digital parece inevitable. Noruega se convirtió en enero en el primer país del mundo en apagar su señal de Frecuencia Modulada (FM), pero dadas las aparentes ventajas, es probable que otros países se le acaben uniendo tarde o temprano.

Y mientras la radio se adapta para seguir sobreviviendo, aprovechemos el día de hoy para disfrutar, aprender o convivir con un medio que, como nos recuerda la profesora Berdasco, sigue siendo el de mayor penetración en el mundo, sobre todo en las zonas más desfavorecidas.

(Publicado en Neupic)

jueves, 2 de febrero de 2017

La acogedora Canadá, sacudida por el ataque islamófobo a una mezquita


La actualidad del último fin de semana de enero vino marcada por la orden ejecutiva aprobada por el presidente estadounidense, Donald Trump, de no dejar entrar en el país a personas con pasaporte de siete países de mayoría musulmana. A raíz de esta medida, Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, escribía en su cuenta de Twitter: “A los que huyen de las persecuciones, el terror y la guerra, los canadienses os darán la bienvenida, sin importar vuestra fe. La diversidad es nuestra fuerza. Bienvenidos a Canadá”.

Solo unas horas después del mensaje, y con una repercusión mediática muy inferior a la que han recibido otros ataques terroristas en los últimos meses, un tiroteo contra una mezquita en Quebec acababa con la vida de seis personas que se encontraban en su interior rezando.

Inicialmente se detuvo a dos individuos, pero uno de ellos, de origen marroquí, fue puesto en libertad al ser considerado solo un testigo. El otro, un franco-canadiense de 27 años, Alexandre Bissonnette, que se entregó a la policía, está considerado como único autor de la matanza; se trataría de un “lobo solitario”, como lo describió el ministro canadiense de Seguridad Pública, Ralph Goodale, con ideas nacionalistas y antiinmigración.

La mezquita había sido objeto de algunos brotes islamófobos en los últimos meses, mas nunca se habían producido sucesos violentos. De hecho, este es el primer atentado al que se enfrenta el ejecutivo de Trudeau desde que llegara al poder a finales de 2015. Los incidentes de este tipo no son habituales en Canadá -la provincia de Quebec es, no obstante, una de las más complejas en este aspecto dado su mayor sentimiento identitario e independentista-, donde los últimos actos terroristas habían tenido lugar en octubre de 2014, cuando, en menos de una semana, dos ataques de islamistas radicalizados costaron la vida a dos soldados canadienses. En aquel momento, y con un primer ministro conservador como Stephen Harper, la respuesta fue moderada y sin populismos como los que hemos visto tras los atentados en Europa.

En esta ocasión ha sucedido lo mismo y las únicas voces que se han escuchado han sido de condena y unidad, tanto a nivel político -los líderes de los dos principales partidos de la oposición acompañaron a Trudeau en su visita al lugar del atentado- como en el conjunto de la sociedad, que se ha volcado en sus muestras de apoyo a la comunidad musulmana, que supera el millón de personas en un país de 36 millones de habitantes.

Estas reacciones se entienden por la falta de movimientos islamófobos o ultranacionalistas en un país con escasa tradición identitaria, más cercano siempre a la multiculturalidad y con una larga historia de acogida al inmigrante.

Política de brazos abiertos

Canadá acogió 25.000 refugiados sirios entre noviembre de 2015 y marzo de 2016, alcanzando los 39.000 asilados en el conjunto de 2016. En 2017 el plan del gobierno es el de dar refugio a 40.000 personas más. En total, la cifra de inmigrantes recibidos en Canadá el pasado año asciende a unos 300.000, algo que, según los planes gubernamentales, se repetirá en 2017.

Y si las cifras son elocuentes, también lo es el simbolismo. El propio primer ministro recibióen diciembre de 2015 en el aeropuerto de Toronto a los primeros 163 refugiados sirios que llegaron como parte del contingente que el gobierno de Trudeau se había comprometido a aceptar durante la campaña electoral.

También carga simbólica tuvo el nombramiento a finales de 2016 de Ahmed Hussen como Ministro de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía. Hussen había llegado a Canadá procedente de Somalia como refugiado en 1993, por lo que su experiencia será no solo útil al hacer frente al desafío migratorio, sino que sirve como ejemplo para los miles de inmigrantes que llegan a un país en el que parece que sí tienen oportunidades.

Esas oportunidades, la sensación de seguridad y la tradición acogedora y multicultural de Canadá hacen que la convivencia haya sido tan positiva. El atentado islamófobo de esta semana supone un ataque a todos estos valores, pero la respuesta que ha generado demuestra que la integración y la unidad de la sociedad canadiense son más fuertes que en otros países occidentales.

(Publicado en Neupic)

lunes, 30 de enero de 2017

El coche eléctrico acelera en España

FOTO: Acciona
El pasado 14 de enero en Buenos Aires se cerraba una de las ediciones más exigentes del Dakar, en la que la meteorología había afectado a varias de las etapas del recorrido. Pero más allá de la dureza del rally, esta edición se recordará por haber sido la primera en la que un coche totalmente eléctrico terminó la mítica prueba. El Acciona 100% EcoPowered consiguió completar el recorrido sin emitir CO2 y sin utilizar combustible. La hazaña demuestra no solo una creciente concienciación con las energías limpias, sino las posibilidades de una tecnología con cada vez mayores prestaciones.

Esas conclusiones son las mismas que explican el importante crecimiento de las ventas de coches eléctricos en España. En 2016 el mercado de automóviles eléctricos aumentó en un 51,5%, según los datos de la ANFAC, la Asociación Española de Fabricantes de Automóviles. Aquí se incluyen los vehículos eléctricos puros (BEV), de autonomía extendida (E-REV) y los híbridos enchufables (PHEV), mientras los vehículos híbridos, que se contabilizan de forma independiente, han visto sus ventas aumentar en un 68% con respecto al año 2015. En total, las ventas de vehículos de combustión alternativa en España alcanzaron una cuota de mercado del 2,6%.

Estas cifras continúan la tendencia creciente de los últimos años y alcanzan datos nunca vistos. Sin embargo, nuestro país todavía tiene un largo camino por recorrer para equipararse a otras naciones europeas como Francia o Alemania, donde el coche 100% eléctrico supera el 1% de cuota de mercado, mientras aquí no se alcanza el 0,25%. En países como Holanda o Noruega, estos niveles son aun mayores, destacando el 17% del país escandinavo, la referencia a nivel mundial.

Diferencias y desafíos futuros

Aunque la concienciación con el medio ambiente y el nivel de renta de los ciudadanos son argumentos de peso, estas diferencias tienen su origen habitualmente en los incentivos de los distintos gobiernos. En el caso noruego, los vehículos enchufables están exentos de impuestos, tienen acceso al carril bus y a zonas restringidas y disfrutan de gratuidad en los peajes y en los aparcamientos públicos. Alemania, por su parte, incentiva con importantes descuentos a los compradores de vehículos eléctricos. El Gobierno de Angela Merkel también ha anunciado su intención de prohibir la circulación de todos los coches de combustión térmica a partir de 2030.

España intenta recuperar terreno y, a pesar del recorte a muchas de las medidas destinadas a potenciar el coche eléctrico debido a la crisis, el Plan de Impulso a la Movilidad con Vehículos de Energías Alternativas 2017 (MOVEA) pretende fomentar la compra de automóviles “limpios” a través de ayudas. Ese mismo plan aspira también a aumentar el número de puntos de recarga para vehículos eléctricos, otro de los aspectos en los que estamos a la cola de Europa.

Mas, aunque estos esfuerzos estén dando más fruto que en España, la falta de una mayor red de estaciones de recarga sigue siendo uno de los mayores frenos al coche eléctrico a escala global. Por eso, tanto Tesla, que como líder del mercado actúa a menudo de forma independiente, como otros grandes fabricantes de automóviles intentan ahora dotar a Europa de una red de puntos de recarga que hagan más sencilla la circulación con vehículos dependientes de una batería enchufable. BMW, Daimler, Ford y Volkswagen anunciaron a finales de 2016 un plan conjunto con el que buscan construir una red de 400 estaciones de carga por toda Europa.

Pero también hace falta que los coches eléctricos continúen mejorando su tecnología, de modo que la autonomía de sus baterías pueda equipararse a la de un motor de combustión térmica. También será necesario un equilibrio en el precio: los fabricantes se están aplicando en el lanzamiento de modelos eléctricos cada vez más asequibles, pero aun faltan años -se estima 2025- para que se iguale el precio de vehículos eléctricos y tradicionales.

Estas mejoras, unidas a la recuperación económica, los planes gubernamentales y a la creciente preocupación medioambiental, harán que las ventas sigan aumentando en 2017. Y más en España, donde el desembarco de Tesla a lo largo de este año debería suponer el impulso definitivo para el vehículo eléctrico.

(Publicado en Neupic)

lunes, 23 de enero de 2017

Reflexión sobre la igualdad en Hollywood en plena campaña de premios


Natalie Portman, probable candidata al Oscar por su interpretación de Jackie Kennedy en la película Jackie de Pablo Larraín, ha confesado en una reciente entrevista a la revista Marie Claire UK que su compañero de rodaje en la película Sin compromiso, Ashton Kutcher, percibió un salario tres veces mayor que el suyo. Natalie Portman reconoce que en aquel momento no se enfadó lo suficiente ya que lo percibía como algo habitual y a lo que debía resignarse.

Pero estas declaraciones no son ninguna sopresa en Hollywood. En octubre de 2015 era Jennifer Lawrence la que reclamaba cobrar lo mismo que “sus colegas con pene”. A pesar de ser la actriz mejor pagada, Lawrence cobraba un 60% menos que Robert Downey Jr., su equivalente masculino.

El negocio manda

Este tipo de informaciones resultan curiosas: ¿cómo puede ser que Hollywood, que presume de progresismo, tenga diferencias salariales superiores a la media de Estados Unidos? En primer lugar porque Hollywood, posiblemente más que cualquier otra industria cinematográfica occidental, es muy conservadora en lo que a interés comercial se refiere. De ahí se desprende que las producciones vayan a lo tradicional y que no corran demasiados riesgos.

Hay que tener en cuenta también que, aunque directores, intérpretes o guionistas -es decir, los artistas que están detrás de las películas- sí puedan compartir esa tendencia progresista, son finalmente las productoras quienes deciden los salarios. Y para las productoras, que se mueven únicamente por intereses económicos, luchar por la igualdad no es prioritario.

Los hombres protagonizan y dirigen más

Hay que destacar también que el papel principal de un film sigue estando interpretado en la mayor parte de los casos por hombres. El cine de acción, el western, el policíaco, el bélico o el de superhéroes son géneros eminentemente masculinos. Además, dado que la Historia, hasta fechas muy recientes, ha estado protagonizada casi exclusivamente por hombres, la mayor parte de las películas basadas en episodios o personajes históricos tienen una mayor presencia masculina.

En este sentido, el Test de Bechdel, que mide la presencia femenina en las películas, demuestra que todavía en el siglo XXI un alto porcentaje de películas son casi exclusivamente masculinas. De hecho, un 45% de las 108 últimas cintas nominadas a Mejor Película en los Oscar no supera este test al no contar con al menos dos mujeres que dialoguen en algún punto de la película sobre un tema que no sea un hombre.

También detrás de las cámaras encontramos una abrumadora mayoría de hombres. Haca pocos días la Universidad de San Diego, en un informe titulado Techo de celuloide, denunciaba que solo un 7% de las 250 películas más taquilleras de 2016 habían sido dirigidas por mujeres. Son peores datos que los del año 2015 y el panorama no mejora si prestamos atención a otras profesiones detrás de la cámara, como productoras o directoras de fotografía.

Y otro dato: en la historia de los Oscar, solo cuatro mujeres han sido nominadas a la Mejor Dirección, y solo una de ellas, Kathryn Bigelow, ha ganado el premio.

El cine español también debe aplicarse

La situación es solo un poco mejor en España, donde tres directoras han ganado el Goya a la Mejor Dirección en las 30 ediciones de estos premios y cuatro más lo han hecho en la categoría de Mejor Dirección Novel. También en cuanto a protagonismo, el papel de las mujeres ha sido algo más relevante en nuestro cine: por un lado, gracias a las películas de Pedro Almodóvar, frecuentemente centradas en mujeres, y de las que han bebido otros cineastas; por otro, dada la idiosincrasia de la propia industria, que desde el fin del franquismo se ha mostrado más progresista y comprometida que Hollywood.

Aunque en la comparativa con Hollywood España salga bien parada, la realidad es que solo el 36% de las películas cuentan con una mujer como protagonista y sus roles siguen estando muy limitados o subordinados a los de los hombres. Aunque la tendencia es positiva, el avance, también en nuestro país, es todavía muy lento.

Pero ese avance existe. Este año Felicity Jones ha conseguido cobrar por su papel en Rogue One, el spin off de Star Wars, más que sus compañeros varones. Se rompe así no solo la barrera salarial, sino también la de protagonizar una película de una saga como Star Wars, algo que supera muchos de los estereotipos del cine de ciencia-ficción. Esto quizás pruebe que las denuncias de Natalie Portman o Jennifer Lawrence están calando y que dentro de un tiempo esta desigualdad en la gran pantalla -y ojalá también en la sociedad- será algo del pasado.

(Publicado en Neupic)

sábado, 24 de septiembre de 2016

El arte en los tiempos del cólera

Que entre las virtudes de Meryl Streep están cantar y bailar nos lo había demostrado en ¡Mamma Mia! La película (Mamma mia!) o en la más reciente Ricki (Ricki and the Flash). Pero ahora hemos descubierto que también sabe cantar mal. Y eso es, posiblemente, más meritorio aun, como demuestra en Florence Foster Jenkins, en la que interpreta a la que muchos consideran la peor soprano de la Historia.

Florence Foster Jenkins (1868-1944) fue una rica heredera estadounidense, devota de la cultura y de la música, que aspiró durante toda su vida a convertirse en soprano. Aunque totalmente falta de talento y oído musical, su marido y sus círculos más íntimos nunca contradijeron su convencimiento de que poseía una voz providencial. A esa fantasía contribuyó el público, que acudía en masa a sus conciertos para comprobar en persona si de verdad la voz de la excéntrica soprano era tan mala como se decía.

Ya el año pasado vio la luz la francesa Madame Marguerite (Marguerite), inspirada en esa historia, pero ambientada en el París de los años 20. Dirigida por Xavier Giannoli y protagonizada por una excelsa Catherine Font, recibió cuatro Premios César del cine francés, destacando el de Mejor Actriz. Esta semana llega a nuestras pantallas una versión con toques más próximos al cine hollywoodiense, aunque provenga del Reino Unido. Stephen Frears dirige a un reparto encabezado por la citada Meryl Streep, a la que acompañan unos notables Hugh Grant y Simon Helberg (conocido por su papel de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory).

Más allá de la película, entretenimiento al estilo clásico de Hollywood con el trasfondo de una historia de amor poco convencional, hay un aspecto de gran interés en esta cinta: a pesar de transcurrir en 1944, en plena II Guerra Mundial, la mayor preocupación de los protagonistas es la promoción y defensa de la música. Y nuestra querida Florence llega a afirmar en un punto de la película que, a pesar de que el arte y la música puedan parecer algo frívolo debido a la guerra, es precisamente gracias a ella que se convierten en algo aun más necesario.

No fueron pocos los movimientos artísticos que evitaron el arte por el arte en una época tan oscura como fue la primera mitad del siglo XX. O en casos más cercanos en el tiempo, la declaración de un luto oficial en un país tras un ataque terrorista implica la suspensión de conciertos y otros eventos culturales. Sin embargo, la música, la literatura, el cine, la pintura...; el arte en general, con su belleza y libertad, nos ayuda a lidiar con el dolor y a demostrar que la vida tiene sentido tras el desastre.

La música sirve en la película para consolar, alegrar y agradecer a los soldados que regresan del frente. Pero el arte puede ir mucho más allá. También es una herramienta para conocer y decubrir esos dramáticos sucesos en nuestro pasado o en nuestro presente y así poder corregirlos. El arte es también, aunque resulte irónico, una de las armas más poderosas y la única que de verdad merece la pena y que no debe ser regulada.

¿No puede una canción levantarnos el ánimo en los días malos? ¿No puede una exposición fotográfica recordar a los asesinados por un grupo terrorista? ¿No puede una película conmovernos lo suficiente para animarnos a luchar por una causa justa? En esa capacidad reside también su belleza. Si no, ¿por qué se molestan los terroristas del Daesh en destruir tesoros artísticos? ¿No será que esa libertad y belleza que caracterizan al arte son contrarias a todo los que ellos defienden?

Por eso, en los momentos más oscuros es cuando más necesitamos la luz que nos proporcionan un buen libro, una alegre melodía o una cuidada escultura. Porque, al fin y al cabo, ¿no es un cuadro de Picasso el motivo principal por el que mucha gente conoce que se produjo un dramático bombardeo en un municipio vasco en abril de 1937? ¿Y no es ese mismo cuadro un poderoso alegato contra la brutalidad de la guerra y, al mismo tiempo, un maravilloso homenaje a sus víctimas?


(Publicado en Neupic)

domingo, 21 de agosto de 2016

Un biopic matemático

La idea de infinito se nos escapa a casi todos; solo una profunda creencia religiosa o un amplio conocimiento matemático nos pueden acercar a ella. Srinivasa Ramanujan disponía de ambas. El hombre que conocía el infinito (The Man Who Knew Infinity, 2015, Matt Brown), un biopic centrado en la vida de uno de los más trascendentales matemáticos del siglo XX, es precisamente eso, matemático. No por su abundancia de números y demostraciones, que de hecho serán echadas en falta por los conocedores de la materia, sino por su búsqueda de la exactitud, el orden, la simplificación y la pulcritud. No hay artificio en la obra, pero tampoco hay fallos, todo es tan previsible como correcto. El viaje, la guerra, la enfermedad, el choque cultural, el proceso de aceptación, los descubrimientos, el acercamiento y amistad de Hardy y Ramanujan. Nada es novedoso, pero en todo momento encontramos la misma meticulosidad y profesionalidad que las demostraciones matemáticas exigen. Solo al salirnos de las matemáticas, el entrar en la filosofía, nos encontramos con elementos más novedosos o sorpresivos con la figura de Bertrand Russell.

A pesar de que el protagonista es Ramanujan, interpretado por Dev Patel, el actor hindú por excelencia fuera de Bollywood, la cinta se centra en la figura de Hardy, con un notable Jeremy Irons. Comprender los razonamientos y lo que de verdad ocurría en la cabeza de Ramanujan parece imposible, por eso la historia vuelve sus ojos hacia Hardy, en quien podemos identificarnos para intentar comprender al matemático de Madras. Por eso no descubrimos cómo lograba sus fórmulas, sino que vemos cómo Hardy aprende a aceptarlas. Por eso no vislumbramos la verdadera aportación de Srinivasa a las matemáticas, sino que apreciamos la marca que dejó en su mentor.

Gracias a esta cinematográfica aproximación conseguimos acercarnos a una figura de gran complejidad, con una película capaz de despertar nuestro interés por las matemáticas, de entretenernos y de enseñarnos un par de cosas. No es trepidante, pero sí es atractiva para el espectador medio, que es posible que descubra en esta cinta las particiones o la peculiaridad del número 1729.

Y quizás sea una referencia demasiado sencilla por sus protagonistas hindúes y por la presencia de las matemáticas, pero el mayor valor de El hombre que conocía el infinito no es explicarnos quién era Ramanujan ni ilustrarnos (muy someramente) sobre alguna de sus aportaciones, sino conseguir lo que no consigue La vida de Pi (Life of Pi, 2012, Ang Lee); hacernos creer, como a Hardy, en un Dios. Porque, al fin y al cabo, perfección e infinito son valores que solo existen en las matemáticas y la religión.


(Publicado en Neupic)

viernes, 5 de agosto de 2016

Cuando se nos cae el mito

Una de las mayores decepciones que me he llevado tuvo lugar, hace ya algunos años, cuando descubrí que Clint Eastwood era republicano. Tendemos a idealizar a nuestros ídolos, creyendo que todo lo hacen bien y que son similares a nosotros también en su ideología y en su comportamiento. Por eso te llevas un chasco cuando esa idealización se rompe y descubres que tu venerado actor, director, guionista y compositor tiene una ideología opuesta a la tuya. 

Quienes no sabían que Eastwood era miembro del Partido Republicano se habrán despertado este viernes con un gran sobresalto, al leer que el viejo Clint se mostraba favorable a Donald Trump y criticaba la “actual sociedad de nenazas”. Alguno quizás haya celebrado sus palabras, pero un gran volumen de aficionados del veterano cineasta habrán sentido decepción, enfado o tristeza. Algunos quizás hayan jurado no volver a ver sus películas. Todas estas opciones son perfectamente válidas, pero hay que tener en cuenta una serie de puntualizaciones. 

Primero, y quizás sea la base de todo, debemos ir más allá del titular. Dada la necesidad de generar tráfico en las redes sociales y en los portales de Internet, los medios de comunicación (sobre todo digitales) tienden a primar el titular gancho, que solo busca captar la atención del lector. Así, muchos medios españoles han titulado de formas que distan de lo que verdaderamente se extraía de las declaraciones: Eastwood no pide el voto para Trump, más bien critica a Hillary Clinton, pero sin defender al magnate de una forma tan directa o indudable como muchos titulares daban a entender. Por eso, y esto es extendible a todo tipo de informaciones y polémicas, antes de opinar y criticar conviene analizar las palabras originales y su contexto, sin quedarse únicamente con el titular. 

Eastwood opina que lo que dice Trump son tonterías e incorrecciones políticas, pero que eso no implica racismo, añadiendo que cuando él era joven las declaraciones de Trump no se hubieran considerado racistas en absoluto. No podemos olvidar la edad y el origen de Eastwood. Para un español de 24 años como yo, Trump no es solo racista, sino también machista, retrógado y un grandísimo ignorante. Pero creo poder comprender que un estadounidense de 86 años pueda diferir, pues su escala de valores es muy distinta. 

Aquí entra en juego su opinión acerca de la sociedad en la que vivimos, de “maricas” o “nenazas”, según las traducciones. Haya combatido o no, como estadounidense ha vivido abundantes (demasiadas) guerras, además de haber tratado el tema en sus numerosas películas bélicas. Como antes, es comprensible que para este “tipo duro” la sociedad actual parezca de blandos. Comprensible, pero para nada compartido, pues esas afirmaciones son machistas y anticuadas. 

Con todo esto, ¿qué debemos pensar y hacer sus fans? Podemos entristecernos o sentirnos defraudados por nuestro héroe si su ideología es antagónica a la nuestra, pero sin olvidar que su cine no es de menor calidad por el voto que deposita en la urna. En este sentido, su filiación política no parece un motivo suficiente para dejar de ver sus películas, pues son arte, y el arte debería ser valorado solo por sí mismo. 

Decidir qué película vemos en función de la ideología del director es una decisión política perfectamente respetable y admirable, pues muestra una elevada convicción sobre nuestros principios. De la misma forma, dejar de comprar camisetas de Leo Messi o discos de Isabel Pantoja, probados delincuentes, muestra un importante compromiso con la sociedad. El boicot en este caso está mucho más justificado, pero es indudable también que el fútbol del primero y la música de la segunda no van a ser mejores o peores. En cualquiera de estos casos las decisiones no se basan en su trabajo, sino en la personalidad del autor. 

Gran Torino (2008) o Million Dollar Baby (2004) van a seguir siendo tan buenas hoy como cuando se rodaron. Es nuestra opinión sobre su director y protagonista, sobre el hombre detrás de las cámaras, la que puede variar. Y tampoco es que el viejo Clint sea mejor o peor persona que Meryl Streep por apoyar al partido contrario, habrá que valorar una serie de acciones que van mucho más allá de unas declaraciones de contenido político. De hecho, para los simpatizantes del Partido Republicano, la propia Meryl Streep podría estar en entredicho por apoyar sin tapujos a los Demócratas, pero eso no le quita ni un ápice de mérito a sus magníficas interpretaciones. 

Puede que se nos rompa el mito, pero lo cierto es que nuestros referentes cinematográficos no necesitan pensar como nosotros. Basta, y no es poco, con que hagan buenas películas. Y para eso no importa el carnet de militante. ¿Verdad, McCarthy?


(Publicado en Neupic)

domingo, 26 de junio de 2016

Una historia de familia

Hay 197.245 personas que hoy están llamadas a las urnas por primera vez. El 20 de diciembre no tenían aun 18 años, por lo que muchas de ellas se estrenarán durante las próximas horas en el derecho básico de la democracia. En ese derecho no se estrenará mi abuela, pero sí vuelve a ejercerlo tras muchos años ausente de su cita electoral. 

Mis abuelos fueron juntos y llenos de ilusión a votar por Suárez en las primeras elecciones democráticas tras la Dictadura. Era el año 1977 y las únicas nociones de democracia que tenían no eran más que algunos recuerdos de su niñez y la clase acelerada que supusieron los primeros años de la Transición. Mi abuelo hace mucho que no está y mi abuela no ha vuelto a votar. Eso, a pesar de mi insistencia en las últimas convocatorias, en las que siempre me topé con su desencanto y con su “todos son iguales”. 

Pero donde yo fracasé, triunfó mi hermana. Tiene 21 años, acaba de terminar la carrera de Derecho y le gusta salir por la noche; no es especialmente activa en política, pero sí es consciente de lo que significa ejercer sus derechos. Sabe lo que quiere y, sobre todo, sabe lo que no quiere. Por eso, tras votar en su colegio electoral, acompañará a mi abuela al suyo. 

Mis padres también acudirán a las urnas. Ellos han sudado la camiseta toda su vida, trabajando duro, que es lo que tenemos que hacer los que no tenemos cuentas en Suiza ni en Panamá. Son dos personas bien informadas que sé que, elijan lo que elijan, lo harán con coherencia. 

Yo no esperé al domingo. Yo voté el viernes porque resido en otro país y, tras un largo proceso de ruego del voto, acudí a depositar mis papeletas en la urna disponible en la Embajada. Vivo en una capital europea, por lo que en menos de una hora puedo llegar a la Embajada y votar; muchos otros emigrados lo tienen más difícil y, dadas las dificultadas y trabas del proceso, más del 90% de españoles que viven en el extranjero se quedarán sin sufragio una vez más. 

En mi familia vamos a votar de maneras muy distintas, con intereses y nociones diversas, pero siempre intentando acertar en lo que es más adecuado para nosotros, para los nuestros y para todos. Es posible que nuestros votos apoyen candidaturas opuestas, pero eso es la democracia. Lo importante es que todos habremos votado con responsabilidad y raciocinio, considerando nuestras opciones y actuando en consecuencia. 

Nunca he sido muy bueno en lo de las generaciones, pero parece claro que aquí tenemos al menos tres. Tres generaciones que acudiremos a las urnas porque sabemos la importancia que eso tiene. Y junto a las generaciones que nosotros representamos, todas las generaciones del país que están llamadas a votar este 26-J. Ya lo hicimos hace seis meses y ahora debemos volver a hacerlo. O lo que es lo mismo, lo que los ciudadanos decidimos en diciembre fue inútil y nuestros representantes malgastaron nuestro voto, nuestro tiempo y nuestro dinero. 

Volver a las urnas puede considerarse de alguna manera un fracaso. En gran medida, está en nuestra mano que no vuelva a ocurrir. Y para eso hay que ir a votar. Y quizás mañana el panorama no haya cambiado mucho; puede incluso estar peor. Pero será nuestra decisión. Y solo si nosotros hemos cumplido con nuestros deberes podremos exigir a nuestros representantes que hagan lo mismo. 

FOTO: Juan Medina / ATLAS

Los colegios electorales ya están abiertos. Por eso desde este momento, desde todas partes, jóvenes, adultos y ancianos estamos llamados a decidir el futuro de nuestro país. Es nuestro derecho, pero también nuestra responsabilidad. Lo que ocurra a partir de ahora está en nuestras manos.


(Publicado en Neupic)

jueves, 10 de marzo de 2016

La responsabilidad de los acuerdos que firmamos


Turquía fue protagonista en los medios de comunicación el martes tras el acuerdo alcanzado con la Unión Europea, que está dispuesta a pagar 3.000 millones de euros y a hacer importantes concesiones al país otomano para que se quede con los refugiados que no queremos en esta tierra de idílica democracia y de derechos humanos para unos cuantos. Ese mismo día, 8 de marzo, se celebraba el Día Internacional de la Mujer. La llegada a los cines españoles de Mustang (2015, Deniz Gamze Ergüven) este viernes es quizás la mejor reflexión posible sobre ambos asuntos.

Esta cinta, nominada al Oscar y al Globo de Oro a Mejor película de habla no inglesa, ha sido galardonada en numerosos festivales y entregas de premios, además de haber sido alabada por la crítica. Rodada en turco en un pueblo a orillas del Mar Negro, cuenta con un magnífico reparto, sobre todo las cinco jóvenes protagonistas, y con una directora novel que da vida con maestría a un cuidado guion. Mustang narra la historia de cinco hermanas adolescentes que comparten el verano con los chicos de su escuela. Pero su condición de mujeres hará que unos juegos inocentes sean tachados de inmorales y escandalosos. Huérfanas de padre y madre, su abuela y su tío intentarán limitar el despertar sexual y las ansias de libertad de las chicas imponiendo estrictas normas y tratando de convertirlas en lo que se espera que sean: futuras esposas.

Se trata de una magnífica reflexión sobre la condición de la mujer en Turquía: sexualmente reprimida, limitada a su papel de esposa, expuesta a la violencia machista casi sin control y, en definitiva, privada de igualdad y libertad.

No podemos obviar la existencia de países y culturas mucho más discriminatorias hacia la mujer. Lugares en los que el empoderamiento y la rebelión contra el patriarcado –algo que también encontramos en la película- son aun imposibles de concebir, y en las que la violencia contra la mujer no solo no se pena, sino que se incluye en la legislación. Son batallas que también hay que luchar. Pero el caso turco nos toca de lleno y nos convierte en responsables.

Turquía lleva años intentando ser miembro de la Unión Europea. Hasta ahora sin éxito, pero el nuevo acuerdo firmado el martes supone un acercamiento muy importante. Este acercamiento no se ha producido porque Turquía haya dado pasos hacia una mayor democracia, ni hacia una mayor protección de las libertades de expresión e información, ni hacia una mayor igualdad de la mujer como la que se demanda en Mustang. Se produce el acercamiento porque van a quedarse con las personas que no queremos en Europa. Con personas que huyen de la guerra –de las que huyen de la miseria o de conflictos que no sean la Guerra de Siria ni hablamos, porque esas, como dijo el Presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, “que no vengan a Europa”-, y a las que se va a negar el derecho al asilo. En lugar de centrar nuestros esfuerzos en acoger a esas personas, los centramos en financiar a Turquía para que se queden ellos con los refugiados porque consideramos que se trata de un país lo suficientemente "seguro".

En Europa se nos llena la boca al hablar de democracia, de libertad, de igualdad, de derechos humanos... pero esas palabras no concuerdan con el régimen de Erdogan, que gobierna en Turquía con mano de hierro. Esos valores sí concuerdan con la mentalidad de muchos turcos, pero es con sus gobernantes con quienes firmamos los acuerdos. Y son ellos los que no tienen ningún respeto por esos valores sobre los que supuestamente se basa la Unión.

La Unión Europea, una idea que recibió el Nobel de la Paz en 2012, no vale nada si sus principios fundamentales se pueden activar y desactivar, abriendo y cerrando las fronteras, en función de nuestra disponibilidad y nuestro interés en ayudar a las víctimas de una guerra que –de una forma más o menos directa- también estamos alimentando.

Permitimos que el Reino Unido se salte los principios europeos para que no se rompa la Unión. Permitimos que los países miembros sigan levantando vallas y limitando el espacio Schengen para que la situación no se descontrole. Permitimos que Turquía siga violando derechos humanos mientras nos ayude en la contención de la ola de refugiados. Permitimos muchas cosas, pero lo que no permitimos es que personas que huyen de las bombas y los disparos se refugien en nuestros países.

Eso sí, cuando veamos Mustang diremos indignados que “estos moros que no respetan a la mujer no pueden venir aquí”. A lo mejor tenemos más responsabilidad en esa situación de la que pensamos.

(Publicado en Neupic)

viernes, 26 de febrero de 2016

La vida real no garantiza el final feliz


Este viernes llega a los cines españoles Brooklyn (2015, John Crowley), una de las películas que el domingo serán protagonistas en la gala de entrega de los Oscar en Hollywood. Junto a sus tres nominaciones para estos galardones, Brooklyn ha sido elegida Mejor Película Británica en los Premios BAFTA. A además de los numerosos reconocimientos, nominaciones y premios y los halagos de la crítica, cabe destacar la brillante y descomunal interpretación de Saoirse Ronan. La joven actriz estadounidense de origen irlandés, una de las intérpretes femeninas con mayor futuro, llena la pantalla con su presencia y no nos deja otra opción que empatizar con su personaje. Un personaje, Eilis, que en los años 50 decide dejar su casa en Irlanda, donde vive con su madre y su hermana, para emigrar a Estados Unidos en busca de un futuro con más oportunidades que en su deprimido país de origen. La trama se centra en las decisiones que tendrá que tomar entre dos vidas y dos amores a ambos lados del Atlántico.

Pero a esta historia de amor más o menos clásica, debemos añadir la dureza del viaje, la soledad y el inicial desconocimiento de su nuevo hogar, así como la distancia que le separa de su familia y el ingente esfuerzo para poder salir adelante y que el sacrificio haya merecido la pena. Porque al final, no estamos solamente ante un drama romántico, sino ante una conmovedora historia de emigración.

Y la historia se repite. Lo que ocurría a Eilis en la Irlanda de los años 50, le ocurre a otras muchas personas en la España del siglo XXI. Los motivos que impulsan a cada emigrante son incontables, algunos, tan poéticos como el amor. Pero, tras muchos otros, subyace la misma motivación, mucho más prosaica, de la película: la falta de oportunidades y la imposibilidad de vislumbrar un futuro.

En la vida, a diferencia de en las películas de ficción, no podemos elegir el final que queremos. Lo único que podemos hacer es luchar y esforzarnos por que sea lo más feliz posible. Lucha y esfuerzo son esenciales en esta aventura, pero no siempre son suficientes. Y si ese final feliz llega, será tras mucho tiempo: cuando las fronteras se hayan difuminado por completo, cuando no seas un visitante en tu tierra, y cuando el idioma, la cultura, la gastronomía, los valores y las costumbres hayan sido interiorizados hasta el punto de olvidar las comparaciones.

Pero antes de llegar a ese punto habrá que enfrentarse a diferentes obstáculos en el camino. Quizás lo tengamos un poco más fácil que Eilis, pues ya no precisamos días de trayecto en barco, sino unas pocas horas de avión; igual que tampoco necesitamos cartas que tardan semanas en recibir respuesta, sino Whatsapps o videollamadas por Skype que nos conectan con todo el mundo en fracciones de segundo. Pero la distancia, la soledad, las barreras sociales, culturales y linguísticas siguen estando presentes. Y se unen al vértigo, el miedo y la presión inherentes a una aventura como es la de hacer las maletas para probar fortuna en una tierra que no es la tuya. Al final, siempre falta algo, el emigrante no vuelve a estar completo.

Todo esto lo vivió Eilis en los años 50 cuando cambió las verdes praderas irlandesa por la gran urbe neoyorquina. Y también lo vivieron, lo vivimos y lo seguirán viviendo muchísimos españoles que, en busca de ese final feliz de las películas, deciden luchar por un futuro lejos de casa.

Y habrá quienes fracasen y quienes lo consigan sin apenas esfuerzo. Es imposible e injusto generalizar, porque cada caso y cada aventura son diferentes. Pero cuando se trata de compatriotas, a los que sentimos más cercanos, y al igual que ocurría en el caso de Eilis, sus historias consiguen conmovernos y despertar nuestra empatía.

Sin embargo, nos cuesta más empatizar con aquellos cuya historia está cargada por un dramatismo mucho mayor. Es lógico, las diferencias son mayores que con otros españoles. Pero pensad en quienes no contemplan la opción de regresar a casa porque su hogar fue destruido por una bomba, o porque allí son perseguidos, o porque en su país no encuentran más que miseria, desigualdad e injusticias. Pensad en quienes, en lugar de un avión, tuvieron que coger una barcaza a motor y cruzar el Mediterráneo de noche; o en quienes en lugar de cruzar un mero control de seguridad en el aeropuerto, saltaron un alambre de espino intentando escapar de los soldados desplegados en la frontera; o en quienes, en lugar de telefonear a casa para saber cómo va todo, deben hacerlo para saber si su familia sigue viva en medio de la guerra; o en quienes, además de las barreras culturales e idiomáticas, deben enfrentarse a las barreras levantadas por el odio, el miedo y el rechazo.

Pensad que Eilis, con todo el drama que nos muestra esta película, puede considerarse una afortunada. Y pensad que muchos emigrantes españoles de nuestros días, aun con sus penurias, problemas y sacrificios, se ven a sí mismos como privilegiados.

Y ojalá la vida, como en las películas, traiga a todos y todas las Eilis del mundo, el final feliz que buscaban al iniciar su aventura lejos de casa.


(Publicado en Neupic)

jueves, 14 de enero de 2016

¿Cuál es el auténtico debate?


El viernes pasado, tras el encendido debate a raiz de las Cabalgatas de Reyes, hablaba de la importancia de las redes sociales como medio de expresión de la ciudadanía en un sistema democrático. Aunque su uso no siempre sea el adecuado y se caiga con frecuencia en las exageraciones, las simplificaciones y las generalizaciones, la posibilidad que ciudadanos hasta ahora mudos tienen de llegar a una audiencia relativamente amplia me parece un aspecto esencial en una democracia. Mejorable, sin duda, pero esencial.

Hoy el debate se centra en las insólitas imágenes que ayer presenciamos en el Congreso de los Diputados. Si una diputada decide llevar a su bebé al Congreso y darle el pecho allí, sea por autopromoción, sea por concienciación, parece lógico que se hable de ello. De la misma forma, la presencia de diputados con rastas o con vestimentas poco habituales en el hemiciclo ha despertado acaloradas discusiones. Por supuesto cada persona puede vestir como desee, pero es comprensible que la imagen, por su novedad, genere comentarios, tanto a favor como en contra.  

Estas discusiones, además de inevitables, me parecen saludables, pues lo que acontece dentro del Congreso, que pertenece a todos los españoles, es siempre un tema de interés público abierto a la discusión, aunque se trate de actos simbólicos. 

FOTO: EFE
Una vez justificados estos debates, no voy a entrar en ellos. No solo porque ya se ha dicho todo lo que se tenía que decir, sino, y sobre todo, porque hay asuntos más importantes que se deberían debatir con más intensidad y vehemencia. Nos hemos centrado en el chico con rastas, pero poco se ha hablado de un hombre con una vestimenta mucho más formal que también se sentó ayer en la Cámara Baja. 

Este hombre, bien vestido, está siendo investigado por la Audiencia Nacional por un supuesto caso de cobro de comisiones ilegales. Este hombre, con un peinado correcto, había sido repudiado por su propio partido, que le había abierto expediente disciplinario y que durante la campaña electoral le había instado a abandonar las listas. Este hombre, que no llevó a sus hijos a la sesión, accedió al Congreso como número dos en la lista del Partido Popular por Segovia. Este hombre, que ayer no dio mucho que hablar, prometió su cargo como diputado, lo que le otorga condición de aforado, con una especial protección ante la Justicia, y pocas horas después de eso se dio de baja en el Partido Popular. 

También había ayer en el Congreso alguien que en la votación para elegir al Presidente del hemiciclo introdujo una papeleta en la que decía “el bebé de Bescansa”. Este diputado, hombre o mujer, del partido que sea, y vista como vista, es muy gracioso, no cabe duda. Pero lo que sí está en duda es su labor como diputado. Creo que este comportamiento deja bastante más que desear que la elección de un peinado o un atuendo. La política, aunque a veces lo parezca, no es una broma, y menos para alguien que representa la voluntad democrática de la ciudadanía. 

Los medios han hablado de estos asuntos bastante menos que de las cuestiones estéticas que todos conocemos. Se han quedado, en muchos casos, en los gestos simbólicos, sin prestar la suficiente atención a los verdaderos contenidos de la sesión inaugural de ayer en el Congreso de los Diputados. Ocurre a menudo, las formas se vuelven más relevantes que el fondo. 

Pero además de las formas, lo que parece auténticamente relevante es la novedad. Las rastas de un político son más novedosas que la investigación por corrupción de otro, pero eso no les otorga mayor relevancia en una sociedad democrática. Podemos debatir también sobre cuestiones estéticas, pero que haya corruptos en el Congreso tendría que ser el verdadero hecho novedoso, discutido y criticado en los medios de comunicación. 

Y el hecho de que la corrupción no sea novedosa no debería impedir que le demos su verdadera importancia. Igual que debemos dársela a otros muchos asuntos a los que la rutina hace desaparecer del debate de la actualidad una vez que su novedad se agota. Y si queremos discutir sobre estética, hagámoslo, pero que no se nos olviden los temas que de verdad importan a las personas.

(Publicado en Neupic)

viernes, 8 de enero de 2016

La tumba de la inteligencia, el elixir de la democracia

FOTO: EFE

Se ha hablado mucho en los últimos días de las cabalgatas de Reyes. Especialmente (y como siempre) de la de Madrid. Parte de la polémica se ha centrado en el tweet que Cayetana Álvarez de Toledo, antigua diputada del Partido Popular, dedicó a la actual alcaldesa de la capital prometiendo no perdonarle JAMÁS por la vestimenta de los Reyes Magos. Más allá de cuestionables decisiones estéticas, de Reyes y Reinas, de animales, de palcos VIP o de si merecemos carbón o juguetes, lo más interesante del debate no es el contenido, sino el debate en sí mismo. 

Resulta curioso que con el incierto panorama político nacional y catalán, con los conflictos diplomáticos y armados en Oriente Medio y con la infinidad de trascendentales asuntos que deberían ocuparnos, el debate más intenso de las últimas semanas tenga como protagonistas a unas cabalgatas que no deberían traer más que ilusión, magia y caramelos. Quizá nos espante tanto la realidad que nos refugiemos en debates más amables y más sencillos en los que las generalidades y las pasiones son más llevaderas. Además, y esto es muy importante, es casi inevitable utilizar el humor en una discusión sobre los vestidos de los Magos de Oriente; y, por suerte, el humor es inherente a los ciudadanos de este país. 

Aunque parece que no todos gozamos de ese sentido del humor tan patrio. La mencionada Cayetana Álvarez de Toledo parece tomarse estas cosas muy en serio (no me quiero imaginar entonces lo mal que lo pasará ante los casos de corrupción en su partido, la precaria situación socio-económica en la que viven muchas personas en España o las imágenes de los refugiados que arriesgan su vida para huir de la guerra). Álvarez de Toledo no está dispuesta a perdonar a Carmena, pero también se ha enfadado con quienes, a través de las redes sociales, se tomaron a risa su ya famoso: No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás. 

Y es que hoy, la portavoz de Libres e Iguales, ha publicado una columna en el diario El Mundo para opinar sobre quienes la han criticado en Twitter. Estoy de acuerdo con ella: las redes sociales permiten el comentario rápido sin razonamiento detrás, la exageración y la generalización, el insulto sin consecuencias, las teorías conspiranoicas (como las que utiliza la propia Álvarez de Toledo en su columna) y la crítica sin fundamento. Y todo ello amparado en el anonimato de la red. Es cierto que muchos de los internautas que publican en blogs, en Twitter o en otras redes sociales lo hacen sin pensar. Igual que siempre se ha hecho en los bares, pero lo que antes escuchaban cuatro colegas que te reían la gracia, ahora lo pueden leer miles de personas dispuestas a hacer un drama de ello. 

Pero de ahí a referirse a Twitter como “un vertedero, la tumba de la inteligencia” hay un gran trecho. Twitter, las redes sociales en general, son un reflejo de la sociedad, a la que dan voz. Hasta ahora esa voz estaba en manos de políticos (lo de tumba de la inteligencia igual también se puede aplicar aquí), medios de comunicación de masas y personajes famosos. Ahora, la peluquera, la doctora, el profesor, el fontanero, la estudiante o el parado pueden expresarse y llegar a las pantallas de todo el mundo. Y en ocasiones, su formación o su intelecto no les permiten hacer el análisis profundo y detallado, alejado de exageraciones y generalizaciones que realizan (solo de vez en cuando) los tertulianos de los medios de comunicación. 

Pero tanto unos como otros, fomentan el debate. Un debate a veces viciado, otras veces irrelevante, a menudo sacado de contexto y casi siempre inconcluyente. Pero eso no significa que debatir, mejor o peor, de un tema o de otra, sea negativo. Al contrario. Un debate siempre es positivo. Y deberíamos estar agradecidos de poder enfrentarnos dialécticamente, porque hasta hace no demasiados años, estaba prohibido. Sigue estándolo en muchos países, donde Twitter está cerrado por los gobiernos o donde opinar diferente implica la muerte. 

Las redes sociales permiten que el debate se abra a toda la sociedad. Y es posible que los tontos que ahora tienen voz entorpezcan este debate, pero, al contrario de lo que opina Cayetana Álvarez de Toledo, las redes NO están “arrasando con la política y el periodismo cultos, esforzados, incisivos e inteligentes”. Están enriqueciéndolos y planteándoles nuevas oportunidades y desafíos para que sean aun más cultos, más esforzados, más incisivos y más inteligentes.  

Y la plataforma donde me lees no es Twitter, pero este texto es parte de un debate que sí tiene lugar en Twitter, pero también en la calle y en los medios de comunicación. Neupic en sí mismo es un debate incesante; un debate imprescindible en una sociedad que pretende llamarse libre y democrática. Y no solo eso, puesto que si me estás leyendo, seguramente llegaste aquí gracias a Facebook o a Twitter. Por eso espero que, aunque decepcione a Álvarez de Toledo, no te hayas encontrado con un vertedero ni con la tumba de la inteligencia. 

Naturalmente, el respeto, la documentación previa y la responsabilidad deberán ser elementos básicos, pero ni los ciudadanos en Twitter, ni Monedero y Marhuenda en televisión, ni siquiera Pedro Sánchez en los debates electorales lo cumplen. 

Por eso, si la práctica hace al maestro, la única forma para que los debates sean verdaderamente constructivos, útiles y respetuosos es debatiendo. Así que, por el bien de nuestra sociedad, de nuestra libertad y de nuestra democracia, debatamos.

(Publicado en Neupic)