jueves, 24 de diciembre de 2015

Bendita y maldita Navidad

FOTO: Nilüfer Demir

Es difícil encontrar algo más navideño que un villancico interpretado por Raphael. Como cualquiera en este país, yo también he visto con mi familia muchos de los programas especiales que protagoniza casi cada Nochebuena. Con el tiempo he conseguido apreciar el valor de este artista y, aun más importante, he conseguido identificar el significado y la tradición que su música tiene en una noche como la de hoy. Hace ya bastantes años (era todavía un adolescente que se sentía demasiado guay para ver a un viejales cantando lo mismo de siempre) descubrí en uno de estos programas especiales un villancico diferente que llamó poderosamente mi atención. A día de hoy considero que se trata de uno de los reflejos más fieles que podemos encontrar sobre estas fechas. Bendita y maldita Navidad, que así se titula, es totalmente opuesta a lo habitual en una época tan cargada de tópicos.

Estos tópicos están presentes en las felicitaciones y buenos deseos que compartimos con nuestros seres queridos. Tópicos que se repiten en los medios de comunicación, con una programación y unos contenidos sin variaciones de año en año. Tópico es, por supuesto, el mensaje de S. M. El Rey. Y tópicos son también los villancicos. Villancicos populares interpretados por Manolo Escobar o por el propio Raphael. Villancicos clásicos a los que dan voz (y qué voz) Los Tres Tenores o Frank Sinatra. Villancicos modernos en inglés que nos llegan de la mano de Mariah Carey o Michael Buble. 

Todos ellos hablan de alegría y amor, cuentan la historia bíblica que inspira esta Fiesta o se acuerdan de Santa Claus y los Reyes Magos. Frente a esta temática, siempre en tono alegre y, a veces, vacía de contenido, encontramos el villancico que protagoniza este texto. Su propio título nos da pistas sobre los contrastes que se presentan, no solo en la canción, sino en la propia Navidad. Contrastes que no son sino reflejos de nuestro mundo. Contrastes que se acentúan ahora que a nuestros banquetes, fiestas y regalos se opone el sufrimiento de quienes no disfrutarán de ellos. Contrastes entre nosotros y nuestros propios hermanos; seres humanos que, mientras cenamos junto a nuestros familiares y amigos, se resguardarán del frío con cartones, huirán de las bombas que caen del cielo o coserán camisetas en condiciones infrahumanas. 

Este año, en el que el drama de los refugiados y los migrantes nos ha conmovido e impactado, resulta inevitable recordar a esas personas para las que no hay Navidad. Este es un buen momento para pararnos a pensar en una realidad en la que María y José se llaman Miriam y Yusuf, y en la que el niño Jesús, antes de descubrir la vida, ya habrá perdido la suya en el Mediterráneo. 

Por las contradicciones de la Navidad, que son las contradicciones de la vida. Que la alegría de estos días se imponga al miedo y al sufrimiento. Que nuestros buenos deseos borren las fronteras, los contrastes y las barreras. Que el amor de esta noche se desborde e inunde el resto de días del año. Y que esta Nochebuena sea una verdadera Noche de Paz. Para todos.


Feliz Navidad

(Publicado en Neupic)

viernes, 18 de diciembre de 2015

Sufragistas y cine para un fin de semana de Elecciones


Hoy se produce en los cines de España uno de los estrenos más esperados de los últimos años. No es una película más, sino un auténtico fenómeno cinematográfico, cultural y de marketing. Todo lo que rodea a Star Wars tiene ese aire grandioso y épico del que George Lucas impregnó a una de las sagas imprescindibles en la historia del séptimo arte. Este fin de semana, por lo tanto, las salas se llenarán de aficionados en busca de aventuras galácticas, haciendo que el resto de la cartelera se veaa en serias dificultades. Es frecuente que ante estrenos de este calibre, las cintas con aspiraciones comerciales tienden a evitar el enfrentamiento y busquen otros fines de semana para llevar a cabo sus lanzamientos. Por eso este viernes no habrá gran cantidad de estrenos, siendo la mayoría de ellos de los considerados poco ambiciosos.

Sin embargo, sí hay una película importante que ha decidido desembarcar en nuestros cines este viernes haciendo frente a la maquinaria de promoción desplegada por El despertar de la Fuerza (Star Wars. Episode VII: The Force Awakens, J.J. Abrams 2015). Se trata de Sufragistas (Suffragette, Sarah Gavron 2015), protagonizada por Carey Mulligan, Meryl Streep, Helena Bonham Carter y Brendan Gleeson. En un fin de semana como este, a pesar de sus caras conocidas y del buen hacer de directora, intérpretes y equipo técnico, constituye una apuesta tan arriesgada como valiente.

Valientes. Así eran precisamente las mujeres retratadas en la película. Sus esfuerzos y sacrificios para alcanzar un derecho fundamental, el derecho al voto, fueron descomunales. Se trataba de una lucha desigual en la que la ley y la fuerza estaban contra ellas. Pero las sufragistas, valientes luchadoras, se enfrentaron a la injusticia hasta lograr alzar sus voces sobre al ruido de la ignorancia y la opresión.

En países como el Reino Unido, escenario destacado de este movimiento, hace aproximadamente un siglo desde que aquella lucha se convirtiera en un ejemplo y diera sus primeros frutos. En España, con la figura de Clara Campoamor a la cabeza, las mujeres pudieron acudir a las urnas por primera vez el 19 de noviembre de 1933. Poco tiempo después, el conjunto del país volvió a verse privado de ese derecho. Y solo hace un puñado de décadas que lo recuperamos.

A los jóvenes se nos olvida a veces que algo tan obvio y básico hace no tanto tiempo estaba prohibido. Fue la lucha de muchas personas, que dieron su vida, su sangre o su libertad, la que hoy nos permite gozar de este derecho. Y gracias a estas personas, el domingo volveremos a hablar de la “Fiesta de la Democracia”.

El pueblo será quien decida qué futuro quiere para los próximos cuatro años. Pero ir a votar no sirve solamente para decidir el futuro, sino para honrar y recordar el pasado y a quienes lucharon en él para que hoy seamos los dueños de nuestro destino. Porque el sufragio es una responsabilidad y un honor que todos compartimos, pero también es una deuda con quienes lo hicieron posible. 

Y es que podemos votar de distintos colores, incluyendo el blanco. Podemos incluso no votar. Pero aun en nuestros días hay quienes no tienen esta elección, especialmente entre las mujeres. Es por eso que debemos sentirnos afortunados por poder hacer uso de este derecho. Y precisamente utilizando nuestra libertad –tanto la libertad de voto como la libertad en un sentido más amplio-, estaremos honrando tanto a quienes se sacrificaron por ella, como a quienes aun no pueden disfrutarla.

El domingo, cuando abran las urnas, todos estaremos llamados a ejercer nuestro derecho. Será un día de fiesta. Y como en todas las fiestas, es de buena educación mostrar nuestro agradecimiento a quienes la hicieron posible. Y ese agradecimiento no puede expresarse de mejor forma que disfrutando, por supuesto con responsabilidad, la Fiesta de la Democracia.

Yo, como casi todos, tengo mis favoritos y tengo unas esperanzas depositadas en las urnas. Pero tras la jornada electoral, independientemente de que en unos hoteles y en unos balcones haya más alegría que en otros, me iré a dormir contento porque entre todos habremos decidido que así sea. La democracia -con sus enormes defectos- habrá hablado y todos deberemos aceptar su dictado.

El domingo será también buen momento para mirar atrás y ver el camino que hemos recorrido, agradeciendo a quienes, como las Sufragistas, hicieron posible que hoy estemos donde estamos. Pero, como ellas, también deberemos plantearnos cómo seguir avanzando hacia una sociedad mejor, más justa, próspera e igualitaria. Para ello, haremos bien en seguir el ejemplo de aquellas valientes luchadoras que no aceptaron la injusticia. Que su lucha nos muestre el camino y, ya que estamos, que la Fuerza nos acompañe al recorrerlo.

(Publicado en Neupic)

sábado, 14 de noviembre de 2015

Hijos de una generación que no se va a dejar intimidar


La noche del 23 de febrero de 1981, la noche en la que se produjo el infame intento de golpe de estado en España, es popularmente conocida como la Noche de los Transistores. Recuerdo a mi madre explicarme el porqué de esta denominación: muchas personas siguieron los sucesos que tenían lugar en Madrid y en otros puntos de la geografía española a través de la radio. Esa noche muchas personas no durmieron sabiendo que la democracia volvía estar en peligro en España.

Hoy comprendo mejor a esa generación de jóvenes a la que pertenecían mis padres y que vivió aquellos hechos con el miedo de que la todavía reciente e insegura democracia volviera a derrumbarse. Hoy yo estoy viviendo una noche similar, en la que la democracia, la libertad y la seguridad han vuelto a ser atacadas.

Todos somos hijos e hijas de nuestra generación, forjados por la Historia que nos toca en suerte. Y lo que hoy yo vivo con miedo, nerviosismo e impotencia, es lo que vivieron otros jóvenes cuando Londres, Madrid o Estados Unidos fueron atacados por grupos terroristas el 7 de julio de 2005, el 11 de marzo de 2004 y el 11 de septiembre de 2001, respectivamente. La misma experiencia de quienes siguieron el desarrollo del 23-F a través de los transistores.

Hoy esta generación experimenta vulnerabilidad ante la facilidad con la que se puede sembrar el caos en una de las principales urbes del planeta. Y siente miedo ante la posibilidad de que la seguridad que tomamos por garantizada deje de estarlo. Esta noche todos hemos sentido miedo porque hemos visto que nuestra libertad se ha visto atacada de forma inesperada, bárbara, sangrienta y violenta. De forma irracional, inútil y cobarde.

Eso es lo que los monstruos querían: que el miedo campara a sus anchas por el mundo entero igual que los terroristas habían campado a las suyas por las calles de París. El miedo ha sido un sentimiento esencial esta noche en todo Occidente. Pero conviene recordar algo muy importante que leí en Facebook hace un momento, y es que el terror vivido esta noche en París es el terror que hace huir a quienes muchos quieren negar la entrada en nuestras fronteras.

Ese es el desafío que se plantea ahora: responder al terror con entereza y justicia, diferenciando a los verdaderos responsables, a los fanáticos, del resto de las personas, y sabiendo que el Islam, el de verdad, es todo lo contrario a lo que unos locos pretendieron imponer esta noche.

Ahora nos toca demostrar que seguimos siendo libres, que siempre vamos a serlo y que lucharemos hasta que todas las personas del mundo lo sean. Y cantaremos la Marsellesa, y nos manifestaremos, y escribiremos mensajes de repulsa en las redes sociales, y rezaremos por las víctimas y sus familias, y abriremos las puertas de nuestras casas a quienes huyan de la barbarie. Haremos todo lo que sea necesario hasta que quienes quieren imponer con las armas su locura descubran que no tienen nada que hacer.

Somos los hijos de una generación que hoy se sorprende, se asusta y se escandaliza por lo ocurrido en París. Somos los responsables de que nadie tenga que seguir viviendo esa tragedia, ni en París, ni en Alepo, ni en Kabul. Porque las víctimas de París no valen más que las víctimas que se suceden sin parar en ciudades donde el terror ya no es noticia.

Esta noche, además de las dolorosas víctimas, han atacado nuestra libertad. Pero los radicales no se dan cuenta de eso. Ellos solo conocen la violencia como medio para imponer ideas y creencias. Ellos no saben lo que significa la palabra “libertad”. Es hora de que lo aprendan.

(Publicado en Neupic)

jueves, 5 de noviembre de 2015

Un ejemplo. El futuro


Mañana viernes 6 de noviembre se estrena en los cines españoles Él me llamó Malala (He Named Me Malala, Davis Guggenheim 2015), la historia de Malala Yousafzai, que el año pasado recogió el Nobel de la Paz "por su lucha contra la supresión de los niños y jóvenes y por el derecho de todos los niños a la educación", convirtiéndose así en la persona más joven en recibir el prestigioso galardón en cualquiera de sus categorías.

A sus diecisiete años, Malala ya contaba con una historia tan dramática como inspiradora: con once años había comenzado a escribir un blog para la BBC denunciando la imposibilidad de las niñas de su región, en el Valle del Swat pakistaní, de asistir a la escuela. Este mensaje, y los que siguieron desde entonces, no gustaron a los talibanes, que atentaron contra ella un día cuando regresaba a su casa del colegio. Tenía quince años. Este ataque estuvo a punto de costarle la vida, pero tras una larga y compleja recuperación, Malala se recuperó. Lejos de acallar sus denuncias, el ataque logró que Malala se convirtiera en una de las voces más destacadas en la lucha por la educación de los niños y niñas de todo el mundo. En la actualidad, con dieciocho años, Malala reside en el Reino Unido con su familia y asiste a clase a diario en su colegio de Birmingham. Ella y su padre siguen amenazados de muerte por haber luchado por una causa justa.

El documental que mañana llega a los cines se adentra en esta historia, tan extraordinaria que, más que un documental, debería haberse reflejado en una auténtica película de superheroínas. Y es que esa es la única definición posible para esta niña, para esta mujer valiente que se enfrentó a siglos de injusticia y pidió, sin que le temblara la voz, que las niñas también tuvieran acceso a la educación en su Pakistán natal.

Allí, como en muchos otros lugares, los radicales, los cobardes quisieron callarla de la única forma que saben: con un disparo. Pero esos retrasados no fueron capaces de prever que su intento de asesinato y sus amenazas multiplicarían el eco de una voz que tiene la calma y la seguridad de quien se sabe responsable del futuro de millones de niños y niñas. Una voz que no se entrecorta cuando tiene que reclamar, ante las personas más poderosas del planeta, los derechos básicos de las más debiles. La voz de Malala no es estridente, no grita ni interrumpe, pero tampoco titubea ni se amedrenta. Esa voz no es importante por sí misma, sino por su mensaje y por su ejemplo, porque ella muestra el camino para quienes quieren cambiar el mundo. Y porque es la voz de aquellos a quienes no les dejan tenerla. Una voz que habla de perdón, de educación, de igualdad y de futuro.

Porque eso es lo que representan Malala y su fundación: el futuro. Un futuro para los niños y niñas del mundo que solo se abre a través de la educación y la igualdad de oportunidades. Un futuro que todavía no se vislumbra para muchos niños y, sobre todo, niñas de este planeta. Un futuro que es todavía un sueño.

Un sueño en el que los niños y las niñas de todos los países del mundo tienen acceso a la educación. Un sueño por el que han luchado muchas personas antes que Malala y por el que seguirán luchando muchas más hasta que se haga realidad. Porque este sueño, el sueño de una niña de once años que quería ir al colegio, es un sueño por el que vale la pena luchar.

(Publicado en Neupic)

sábado, 3 de octubre de 2015

El AVE, la Renfe y la honradez

FOTO: Claudio Álvarez
Tras varios años de retraso y de promesas incumplidas por gobiernos de distinto color político, el pasado 29 de septiembre, Rajoy y demás personalidades llegaban a León a bordo del flamante AVE para hacerse la foto (las Elecciones se acercan). Ese día se inauguraba el tramo de alta velocidad que une Valladolid con Palencia y León. Estas dos ciudades quedaban conectadas con Madrid a través de la alta velocidad.  

El tema del AVE es uno de los más interesantes que se pueden plantear en un país con unos gobernantes que gustan de lo grandioso de las infraestructuras innecesarias. Llámense trenes o aeropuertos. Como leonés, y para no tirar piedras contra mi propio tejado de pizarra, no voy a entrar en este asunto. En su lugar, este artículo tratará sobre la honradez.

Vayamos por partes: el día 30, cuando la línea de AVE Madrid-León entró en funcionamiento, lo hacía con jugosos descuentos que permiten viajar desde la capital a Palencia por 15 euros y a León por 20. Se trata de una oferta muy llamativa (que no ha hecho gracia, por cierto, a las líneas de autobuses) y para la que, en sus primeros días de campaña, ya se habían vendido 22.000 billetes entre Madrid y León.

Hasta aquí, todo correcto: una jugosa promoción capaz de atraer a viajeros y de dar a conocer la nueva línea. Solo existe un fallo, y es que el tramo de esta línea que ya existía (entre Madrid y Valladolid) ha mantenido sus precios. Por lo tanto, viajar entre Madrid y Valladolid cuesta hasta 60 euros, mientras que un trayecto más largo hasta Palencia o León saldría por bastante menos dinero.

Un viajero que se percató de esto planteó a Renfe la siguiente cuestión a través de Twitter: “¿qué impide a los viajeros en AVE con destino Valladolid comprar un billete a Palencia (mucho más barato) y bajarse antes?” “¿La honradez, por ejemplo?” fue la respuesta del community manager de Renfe.

Han sido numerosos los medios de comunicación locales, regionales y nacionales que ya se han hecho eco de este debate. Por lo general, se ha tratado esta información desde un punto de vista “poco honrado”. En primer lugar, parece que se publica la información para aquellos viajeros a Valladolid que no se hayan enterado del gazapo y se quieran ahorrar un dinero. También se ha criticado la “metedura de pata” de Renfe. Y hasta ha habido burlas por su apelación a la “honradez”. También se ha mencionado, ahora ya con más criterio periodístico, que es posible que muchos asientos para Palencia y León no se cubran por culpa de aquellas personas que, bajándose en Valladolid, hayan adquirido pasajes para un trayecto más largo.

A estas publicaciones se han sumado los comentarios en los propios medios o en otras redes sociales que han criticado la falta de honradez de la propia compañía de trenes por fijar esos precios. He llegado a leer a alguien que censuraba la actuación de quien planteó su duda a Renfe porque así lo que se va a lograr es que quiten la oferta. Otros, los más, decían que pedir honradez en España resulta un tanto cómico, y más si es Renfe quien lo plantea.

Independientemente de si Renfe actúa de forma honrada o no. Independientemente de si consideramos que esta promocion (que no deja de ser una campaña de marketing como otras tantas que se realizan a diario) es correcta o no. Independientemente de si entendemos los precios de AVE como un abuso. Independientemente de todo eso, si quieres ir a Valladolid y te compras un billete para Palencia para ahorrarte dinero, no estás actuando con honradez.

Puede ser justificable y muy necesaria para algún maltrecho bolsillo. Y puede ampararse en la propia culpa de Renfe. Y puede argumentarse que la propia compañía ya contase con ello. Incluso podemos pensar que nadie en su sano juicio pagaría el precio completo si fuera consciente del truco. Podemos plantear mil razones de peso, pero es innegable que se trata de una falta de honradez. Quizá no sea un proceder del todo censurable. Pero sin duda, lo que no es, es honrado.

Este no deja de ser otro ejemplo de esa picaresca española que tanto nos gusta y enorgullece. Común a muchos (incluido quien escribe), y sin mala intención, pero no por ello más honrada. Y que no se nos olvide la próxima vez que critiquemos la poca honradez de los políticos, de los empresarios o de la Renfe. 

Quizá sería bueno empezar a actuar con verdadera honradez para poder después exigir lo mismo a los demás. Pero claro, a ver quién es el listo que paga 60 euros pudiendo pagar 15 sin consecuencia alguna...

(Publicado en Neupic)

sábado, 29 de agosto de 2015

¿Punto de inflexión?

FOTO: APA/Hans Punz

Hoy hace 52 años que Martin Luther King pronunció a los pies del Monumento a Lincoln en Washington su famoso “I Have Dream”. No fue el único discurso de Luther King, ni menos aun, el único discurso del Movimiento por los Derechos Civiles. Pero su relevancia fue tal que impulsó esta lucha más allá de las fronteras estadounidenses y permitió que Luther King se convirtiera en una de las personalidades más influyentes de la Historia. Este discurso supuso un punto de inflexión que cambió para siempre la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos y posibilitó que la ansiada y necesaria igualdad entre negros y blancos se hiciera realidad.

Hace dos días apareció un camión abandonado en el arcén de una carretera austriaca, cerca de la frontera con Hungría. Dentro había 71 personas asfixiadas. No conocemos sus nombres, ni su historia, ni su sufrimiento. Son solamente un número. Pequeño, si lo comparamos con la gran cantidad de refugiados y migrantes que diariamente se juegan (o se dejan) la vida tratando de llegar, de una forma u otra, a un lugar donde existan unas mínimas opciones de tener un futuro.

Aquel discuro, y la marcha que se había producido previamente, afectaba a los dirigentes en Washington más directamente que los enfrentamientos y manifestaciones en los estados sureños. De la misma forma, estos cadáveres en un camión en Austria los sentimos más cercanos que los encontrados el mismo día en un barco en el Mediterráneo. Por eso es posible que sea este número el que nos haga reflexionar lo suficiente para darnos cuenta del drama que estamos presenciando impasibles. Quizá la muerte de estas personas se convierta en el punto de inflexión que nos lleve a encontrar una solución.

Y esa solución no es contruir una valla de alambre en Hungría; ni cancelar los Acuerdos de Schengen; ni movilizar al ejército en la frontera entre Grecia y Macedonia; ni devolver al otro lado a quienes saltan la valla de Melilla. No se trata de mirar nuestros arrogantes y eurocéntricos ombligos e impedir la entrada de personas en nuestros países. No hay que buscar remedio a la inmigración. Sino a la necesidad de emigración y de asilo. Es decir, el problema no reside en que lleguen personas a Europa (Estados Unidos y Donald Trump también pueden darse por aludidos, si quieren), sino en que esas personas se hayan visto forzadas previamente a abandonar sus países de origen por la guerra o la miseria.

Las personas que emigran o huyen a otros países lo hacen impulsadas por su instinto de supervivencia, ese que lleva a muchos españoles a buscarse la vida en otros países europeos ante la falta de trabajo en España. La única diferencia entre quienes murieron en ese camión y quienes se tienen que ir de España es la fortuna o desgracia de haber nacido en un país o en otro y la legalidad o ilegalidad de sus papeles. En España no queremos que nos ofrezcan contratos decentes en Alemania, sino que nos ofrezcan oportunidades en nuestro país. En Siria no quieren que abran las fronteras de Europa, sino que se termine la estúpida guerra que ya lleva más de cuatro años asolando su país.

Y ni la Guerra de Siria se acabará en un día, ni el drama de los refugiados y migrantes se esfumarán con ella. Pero la igualdad entre negros y blancos también necesitó de muchos años y de avances progresivos para alcanzar la situación actual, en la que un presidente afroamericano se sienta en la Casa Blanca. Estamos ante un proceso lento y complejo, pero confío en que el descubrimiento de esos cuerpos en el camión frigorífico en Austria se convierta en el punto de inflexión que impulse la búsqueda de soluciones y que nos acerque al final de este drama.

Y de verdad espero que esto se cumpla. Porque si no, a estas 71 muertes sin sentido seguiremos sumando números: Unos 90 cadáveres y más de 200 desaparecidos frente a las costas de Libia esta misma tarde. 2.500 muertos en lo que va de año en el Mediterráneo. Más de 4.000.000 de refugiados sirios en los países de su alrededor... Y detrás de cada número, un nombre, una historia y un sufrimiento que seguiremos sin conocer.

(Publicado en Neupic)

jueves, 28 de mayo de 2015

Una película sobre sí misma

Supongo que habrá opiniones de todo tipo en lo que se refiere al cine de superhéroes, pero está claro que Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) es ya uno de los argumentos con más peso que se han generado al calor de esta discusión. Una crítica sin piedad a los blockbusters que salvan la taquilla año tras año pero que, salvo honrosas excepciones, siguen sin aportar nada al lenguaje cinematográfico y a la búsqueda del arte.

La propuesta de Iñárritu es tan arriesgada como la aventura en la que se embarca su protagonista, un actor que alcanzó la fama dando vida a un superhéroe en el cine y que ahora desea recuperar el prestigio de su profesión con una obra de teatro en Broadway. Y es arriesgada no solo por el desafío técnico que plantea el rodaje de dos horas de película en un solo plano secuencia, sino por la capacidad que tiene de introducirnos en la mente del actor venido a menos.

Un actor venido a menos en los últimos años era, precisamente, Michael Keaton, que regresa con una fuerza insuperable, logrando la más poderosa interpretación de su dilatada carrera. La elección del que diera vida al Batman de Tim Burton parece el mejor acierto de toda la cinta. Sin desmerecer el trabajo del resto del elenco, destacando a una Emma Stone más profunda y oscura de lo que esa cara de ángel nos da a entender.

No cabe duda de que el peso de la película recae en sus magníficas actuaciones, que destacan aun más dado el minimalismo de la película: un único plano secuencia guiado por el magistral trabajo de Emmanuel Lubezki con la cámara –por algo ha ganado dos Oscar consecutivos a la Mejor Fotografía-, el backstage de un teatro neoyorquino casi como único decorado, sin más vestuario y efectos especiales que los estrictamente necesarios, y una banda sonora que se reduce al efectismo de una batería y un sonido sobrio pero inmejorable. Oposición total a las películas de superhéroes que tan poco parecen gustar a Iñárritu.

Y si el blockbuster está hecho para vender entradas y que los espectadores acudan en masa, de nuevo, Birdman se opone a esta concepción. Explora los límites de la narración, de la interpretación y del guión, pero no es una obra fácil de ver y la conexión con el público no es total. Pero, al fin y al cabo, de eso trata Birdman, de producir obras prodigiosas que consiguen llenar una sala de 800 intelectuales, pero que no logran conectar con los millones de seguidores de un superhéroe con alas de pájaro.

viernes, 22 de mayo de 2015

Para nosotros no hay campaña electoral


Hoy termina la campaña electoral. No voy a criticar el ridículo que han hecho muchos políticos; descalificándose, suplicando votos, montando en bici, repartiendo piruletas a los niños, presumiento de llenar aforos... La campaña, la jornada de reflexión o la pegada de carteles son temas que ya se han tratado y en los que no voy a entrar.

Si no voy a criticar la campaña es, en parte, porque no la he seguido demasiado. ¿Uno de los motivos? Que no puedo votar. Y como yo, muchos españoles emigrantes se han visto privados de ese derecho. La participación entre los ciudadanos españoles que residen en otros países es irrisoria –un 1,84% en las Elecciones Europeas de mayo de 2014-. Y os aseguro no es por falta de interés. Porque las personas españolas con las que más relación tengo aquí no van a votar, pero todas tienen un sentido de la política y de la democracia que quisiera en muchos de los que agitan banderitas en los mítines.

Votar desde el extranjero se convierte en una odisea, por ese motivo, muchas desisten y ni siquiera lo intentan. Otras, se quedan atrapadas entre trámites y fechas de vencimiento, no logrando figurar en las listas definitivas a pesar de haberlo intentado. Otro grupo cumple el laborioso proceso en plazo y forma pero, ¡sorpresa!, la documentación no llega a tiempo o el voto por correo se pierde.

Partimos de la base de que tras la reforma de la Ley Electoral de 2009, se eliminó la posibilidad de que los emigrados votasen en las elecciones locales. Puedo comprenderlo, porque en algunos países puedes votar en las elecciones locales al registrarte, y es lógico que a alguien que vive en Oslo le afecte más la recogida de basuras de la capital noruega que la de su antigua ciudad española.

Pero ese no es el problema. Eso es, de hecho, lo único que siempre tuve claro; que solo iba a poder votar en las Elecciones Autonómicas. El resto de la información es confusa y escasa. No se hacen públicos con claridad ni los plazos, que son demasiado cortos; ni los procesos, que son demasiado complejos. 

Yo me registré en la Embajada Española en Austria en enero, y desde entonces figuro en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (Cera). Pero para estas elecciones de mayo era necesario hacerlo desde antes del 1 de enero, que es cuando se cerraba el censo. Tras eso, necesitaba hacer una reclamación para ser incluido en la lista para poder votar. Bien, hice mi reclamación en plazo –solo existía una semana, ente el 6 y el 13 de abril, para dicho trámite- y forma y al terminar, pregunté: “¿Esto es todo para votar?” “Esto es todo”, me respondieron. Por lo que deduje que el 24 de mayo podría acudir a la Embajada a depositar mi voto. Unas semanas después me llegó una carta de la Oficina del Censo Electoral en León en la que me comunicaban que ya no figuraba allí, sino que mi nuevo distrito electoral era la Embajada de España en Viena. Todo correcto.

Pero no estaba todo correcto. Pues los españoles emigrados debemos “rogar” el voto. Se debe hacer una petición formal para poder votar. Eso no hay que hacerlo si resides en España; es decir, quienes viven fuera tienen que rogar que se les permita ejercer un derecho. ¿No deberíamos ser todos iguales? Podría comprenderlo si supusiera un gran problema de logística, pero no es así.

En caso de haberlo sabido, también hubiera hecho este “ruego”, pero cuando en la Embajada me han dado a entender que la Reclamación “era todo”, supuse que la Reclamación habría servido directamente como ruego. Algo que, por otra parte, parece bastante obvio; ¿por qué otro motivo iba a hacer dicha Reclamación?. El plazo para la solicitar que me permitan ejercer mi derecho al voto terminó el 26 de abril.

Tras hablar con otros compañeros en mi misma situación, descubrí que no podría votar, pues ese día ya había pasado. Acudí a la Embajada para ver si existía alguna posibilidad; quien me atendió no supo decírmelo y tuvo que preguntar. Finalmente me confirmaron que era demasiado tarde para votar en estas elecciones. Y la campaña electoral ni siquiera había empezado...

Hay quienes, habiendo realizado ese ruego a tiempo, no recibieron la documentación en el plazo establecido. No era su culpa, pues los plazos son demasiado cortos contando con los posibles retrasos de los servicios de correos de todo el mundo, pero tampoco van a poder votar. También conozco gente que, en anteriores convocatorias, intentaron votar por correo desde el estranjero y su voto nunca llegó a contabilizarse. 

Yo me considero un emigrado con suerte, pues no he tenido que irme de España porque mi situación laboral fuera insostenible –es evidente que el contexto económico y social han influido en la decisión, pero no ha sido el único elemento-; de la misma forma que yo no culpo al Gobierno de mi marcha. No obstante, hay muchos ciudadanos españoles que sí se han visto empujados a hacer la maleta y muchos de ellos encuentran en las Instituciones Públicas a los culpables de eso. No hace falta un análisis demasiado exhaustivo para pensar que los grandes partidos no son los favoritos entre los emigrantes españoles. Quiero pensar que este proceso no es tan complejo para impidir a predecibles votantes “díscolos” ejercer su derecho. Pero creo que no soy el primero al que se le ha cruzado esta idea.

Nuestro amado Rajoy dice que “son exactamente 24.638” los jóvenes que han abandonado España por la crisis; el INE habla de medio millón más. Empujados por la crisis o no, lo cierto es que la cantidad de españoles en el extranjero, sobre todo jóvenes, es suficientemente grande como para pelear por que sus voces sean escuchadas, y sus votos, tenidos en cuenta. E incluso aunque fuera una sola persona, los organismos públicos deberían esforzarse para que nadie se vea privado de un derecho por el que tanto se luchó y por el que tantas personas dieron su vida.

Pero esta noche contabilizaremos cuántas personas congregó el PP en el Palacio de los Deportes de Madrid o cuántos acudieron a ver a IU en Sevilla. Y ni sumando todos esos, alcanzaremos la cifra de españoles que el domingo no podrán votar porque la burocracia se lo ha impedido.

(Publicado en Neupic)

miércoles, 15 de abril de 2015

No son solamente cifras

FOTO: EFE

Los factores de interés que hacen que un hecho se convierta en noticia vienen marcados por la actualidad, la cercanía y la influencia que pueda ejercer en la sociedad. Parece lógico. Y lo es. Por norma general, nos preocupan más los debates políticos españoles que los de Dinamarca porque tienen mayor influencia sobre nosotros. De la misma forma que 11 periodistas muertos en París tienen más repercusión mediática que 147 universitarios en Kenia. Además de la distancia física y psicológica que nos separa existen otros factores, como el simbolismo que se extrae de cada uno de estos hechos o la posibilidad de acceder a información relevante y contrastada.

La ventaja de no escribir para un medio de comunicación es que puedo saltarme el “agenda setting”, la tematización de la actualidad que realizan los medios de masas, y centrarme en lo que a mí me parezca más interesante. Por eso no voy a tratar ahora una noticia de gran repercusión. Sí se habrá colado en los medios, igual la viste mientras comías o la leíste de pasada en tu smartphone, pero no se ha hecho hincapié en ella. Como periodista, puedo comprenderlo. Como ser humano, no.

Porque unos 400 (¡cuatrocientos!) seres humanos han perdido la vida hoy en aguas del Mediterráneo cuando intentaban alcanzar Italia. La Guardia Costera de este país rescató anoche a 150 supervivientes, que fueron quienes advirtieron de la existencia de alrededor de 400 personas más en la embarcación que había salido el día anterior de Libia. La sitación meteorológica y de la mar ha hecho que solo en los últimos cuatro días, 7000 personas llegasen a las costas italianas. Las 400 últimas no tuvieron esa suerte.

Esos son los datos más importantes de la noticia. Si se indaga un poco en la red se puede encontrar alguna cifra más. Pero solo son cifras. Cifras de inmigrantes, de supervivientes, de víctimas. Cifras de personas.

Igual que una cifra son las 150 personas que murieron en la tragedia aérea de los Alpes el pasado 24 de marzo. Pero a esas personas se les ha puesto cara y nombre. Se ha ido una por una en la lista de pasajeros. Y se han investigado las cajas negras, y se han rendido homenajes, y se ha debatido, y se han buscado responsables, y se seguirá recordando aun durante algún tiempo.

También se sabe que el avión estuvo ocho minutos descendiendo y que los pasajeros eran conscientes de que iban a morir. Pensarlo te hiela la sangre. Pero nadie se ha dado cuenta de que las 400 personas que hoy han desaparecido en el Mediterráneo también eran conscientes de que iban a morir. Y no durante ocho minutos, sino desde siempre. Desde que les tocó nacer en África, en países asolados por la guerra y el hambre.

Estos 400 quedarán en el olvido del periódico de ayer y no se volverá a hablar de ellos. Como datos estadísticos quizás o al hacer balance del año en organismos europeos e italianos. Pero nada más. Porque no son europeos que viajaban en avión. Son pobres negritos africanos, tan desesperados que no les importa embarcarse en ruinosas barcazas a cruzar el Mediterráneo ni trepar por vallas plagadas de cuchillas en Melilla.

Esas personas, a los europeos blancos, nos dan igual. No son relevantes para nuestros medios de comunicación. Y lo peor de todo es que comprendo las razonas por las que, desde el punto de vista periodístico de nuestro país, podría ser correcto no prestar demasiada atención a este desgraciado suceso. Pero quizás deberíamos buscar un periodismo menos académico y más humano en el que la vida de 400 inmigrantes africanos no valga menos que la de 150 viajeros europeos.

(Publicado en Neupic)

martes, 10 de marzo de 2015

"El IVA cultural bajará del 21 al 10%"


O eso publicaba ayer el diario ABC ocupando toda su portada y con un rojo que ni los mejores tomates. Tras esta información, el secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre, declaró que "no hay nada que anunciar" sobre una posible bajada del IVA cultural y Rajoy, desde Nicaragua, ha dicho que “hoy no es posible pero no se descarta para el futuro”. Independientemente de si nos creemos lo que dice ABC, no parece extraño que el Ejecutivo opte por una bajada del IVA cultural en los próximos meses en vista de los comicios que asoman en el horizonte.

La subida del IVA cultural del 8% al 21% supuso un golpe muy duro para un sector que estaba sufriendo con dureza la crisis. La piratería e Internet habían dañado al cine y la música; mientras los altos precios hacían que el teatro y otros espectáculos artísticos se resintieran. En esas estábamos cuando en septiembre de 2012 se produjo ese aumento del IVA en nada menos que 13 puntos. Era más del doble. Y la industria veía peligrar muchos puestos de trabajo.

Pero no afectó a Javier Bardem. Afectó a los pequeños exhibidores, a los grupos de múscia que estaban empezando, a las compañías de teatro más desconocidas... A los de siempre, a la clase media y baja; en este caso de un sector. Y, por supuesto, también tocó el bolsillo del español medio, que tuvo que dejar de ir al cine y de comprar música. Porque había necesidades más acuciantes.

Muchas voces del mundo de la cultura abogaban porque esta subida del IVA era una venganza del Gobierno popular por su posicionamiento contra la Guerra de Irak y que, dicen, acabó costando las elecciones de 2004 al PP. Me cuesta creer esa teoría; me inclino más por la opción de que unas personas con no demasiadas luces adoptaron una serie de medidas que quizás hubieran debido llevarse a cabo de diferente manera. A esto hay que sumar la opinión, un tanto generalizada en nuestro país, de que la cultura es algo prescindible para la sociedad.

Efectivamente, comprar un abrigo en invierno, pañales para un bebé o comer a diario son mucho más importantes que ver una obra de teatro. Pero la cultura, que es el arte, no puede ser despreciada en una sociedad. No se puede dejar de lado un sector que aporta creatividad, educación e identidad a un país. Y, en términos más prosaicos, que mueve grandes cantidades de dinero y que emplea a muchas personas.

Por eso entiendo que el IVA cultural debería bajar. No solo para salvar al sector y que pueda seguir participando de la economía espaola, sino como elemento de creación de riqueza en términos de educación, entretenimiento, creatividad y valores.

Pero esto lo digo siendo consciente de que hay muchos otros productos que deberían ver su impuesto sobre el valor añadido reducido. De hecho, considero que el IVA de artículos de primera necesidad como pañales y compresas, que también se sitúa en el 21%, debería bajar con mayor urgencia que el de la cultura. Pero eso no creo que figuer en la agenda del Gobierno. Y de eso son responsables en gran medida los medios de comunicación, que prestan más atención a las reivindicaciones de los artistas que de las madres, otorgando mayor prioridad a la cultura que a la higiene. Yo mismo reconozco mi modesta parte de culpa y confieso, que de no ser por el dichoso IVA cultural, no habría descubierto que algo tan básico e imprescindible como los pañales o los productos de higiene femenina son grabados también con un 21%.

Pero los bebés no tienen la capacidad de movilización que tienen las estrellas de la gran pantalla. Y el Gobierno sabe que la reducción del IVA cultural llenará más portadas y abrirá más telediarios que el de los pañales. Y eso, con fines electoralistas, se valora mucho. Aun así, todo lo que sea aflojar el cinturón impositivo sobre los ciudadanos será bienvenido. Aunque el único motivo para hacerlo sea seguir apoltronado en el sillón del ministerio.

(Publicado en Neupic)

miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Qué coño pasa con los políticos?

FOTO: EFE

Las declaraciones de Pedro Sánchez desde las comarcas afectadas por las crecidas del Ebro del pasado martes se colaron en todos los medios. Pero no lo hicieron por su contenido, que es más de lo mismo en estas situaciones –el Gobierno no hace nada, pero nosotros hemos venido a ayudar a esta pobre gente porque somos mejores-, sino por la forma. "¿Qué coño tiene que pasar en este país para que Rajoy salga de Moncloa y esté con estos vecinos?" se preguntaba el líder de la oposición.

Y no es que se le escapara como le ha ocurrido a otros muchos cuando se creían a micrófono cerrado; ni fue fruto de un momento de auténtica indignación en el que las palabras salen solas. Son declaraciones medidas. De hecho, repite la frase varias veces, utilizando en tres de ellas el malsonante término. Sánchez fue a visitar esa comarca para poder recriminar al Gobierno su falta de previsión y de respuesta. Y la inclusión de la palabra “coño” le permitió ganar minutos de telediario, pudiendo mostrarse indignado y cercano a los ciudadanos.

Resulta un tanto chocante escuchar a un líder político de primera fila utilizar una expresión como esta. Pero las cosas están cambiando: los políticos españoles ya no quieren ser personajes de otro nivel, que siempre visten traje y que hablan con términos que al resto de la población le cuesta entender. Ahora quieren ser como sus votantes, la gente normal. Saben que para ganar votos deben mostrarse como uno más. Alguien digno de confianza por ser cercano al español medio. Y, como el español medio, también hay que decir palabrotas.

Cualquier cosa vale para no parecer casta y para no ser identificado con los señorones de la vieja política. Últimamente es frecuente que los políticos se quiten la corbata, que se desaliñen un poco –solo hay que ver a Pablo Iglesias-, que se hagan selfies, que pobliquen chorradas en las redes sociales, que lleven mochila, que participen en programas populares o que hagan un uso más vulgar del lenguaje. La clase política se quiere acercar a la ciudadanía. O, al menos, eso quiere aparentar.

Y es lógico que busquen ser identificados como un igual para recuperar la confianza perdida. Porque saben que la sociedad está harta de los políticos que llevan años creyéndose mejores que los ciudadanos y aprovechándose de ellos. Y es posible que esta aparente cercanía no sea mal método. Prueba es la simpatía que despiertan los líderes que se perciben más cercanos como Pablo Iglesias o Albert Rivera. Incluso Pedro Sánchez se puede mostrar satisfecho en ese tipo de encuestas.

Pero lo importante no es cómo vistan, ni qué palabras utilicen, ni si son guapos o feos, jóvenes o viejos. Lo importante es que aporten ideas y soluciones de verdad. Porque yo me pregunto: ¿qué coño tiene que pasar en este país para que empiecen a hacer algo decente de una vez y se dejen de tonterías?

(Publicado en Neupic)

miércoles, 25 de febrero de 2015

Premios y discursos políticos

Tenemos todavía en nuestras retinas las imágenes de la gala de entrega de los premios Oscar el pasado domingo. Y tampoco queda lejos la ceremonia de los Goya. Es buen momento para realizar algunas valoraciones sobre ambas y sobre la presencia de elementos de tinte político en ellas.

Los premios españoles se caracterizaron por un marcado triunfalismo tras un año de récord en el que casi 21 millones de espectadores compraron una entrada para ver una película hecha en España. Los 123 millones de euros recaudados suponían más de un 25% de la taquilla total. Datos muy positivos que se remarcaron una y otra vez durante la interminable gala.

Quizá por ese motivo, salvo en lo referente al IVA cultural del 21%, no hubo excesivas alusiones políticas durante la ceremonia. Al contrario que otros años, de lo que más se habló fue de cine. Eso alegró a gran parte de la audiencia, que veía la gala como aficionados al cine más que a la política. Pero enfadó a algunos sectores que demandan que las estrellas del celuloide actúen como referentes de la sociedad y den voz y denuncien fenómenos como la corrupción política o los desahucios.

En Estados Unidos, por su parte, se llegaba a los Oscar con un año más flojo que el anterior, especialmente debido a una pésima taquilla durante el verano. 2014 había estado marcados por la falta de ideas, con gran cantidad de secuelas y adaptaciones entre las películas más exitosas, y por un considerable descenso de la calidad de las producciones.

En cualquier caso, estos datos tampoco preocupaban a la Academia, que se sabe la reina del mambo y que ve que su liderazgo es incuestionable. No existe una industria cinematográfica como la de Hollywood. Y no se prevé que pueda haberla en un futuro cercano.

Lo que sí preocupa son las acusaciones de racismo y machismo que se han producido recientemente. Hubo actrices que denunciaron la dificultad de las mujeres para encontrar papeles una vez que llenan a la madurez. Y hubo fuertes críticas por la ausencia de intérpretes negros o latinos entre los nominados, así como por la teórica discriminación a la película Selma, centrada en la figura de Martin Luther King.

Quizá por eso este año se tocaron muchos temas controvertidos. Neil Patrick Harris comenzó la gala aludiendo a la exclusión racial en Hollywood. La ganadora del Oscar a Mejor Actriz de reparto, Patricia Arquette, reivindicó la igualdad salarial entre hombres y mujeres. El mexicano Alejandro González Iñárritu recibió de manos de Sean Penn el premio a la Mejor Película por Birdman, por la que había Ganado previamente el Oscar al Mejor Director; tanto Pean como Iñárritu se refirieron al problema de la inmigración. Graham Moore, que se llevó el Oscar a Mejor Guión Adaptado por The Imitation Game -sobre el genial matemático británico Alan Turing-, denunció las dificultades que tanto el protagonista de la película como él mismo habían sufrido por su condición de homosexuales.

Estas referencias, que van más allá de lo meramente cinematográfico, puede que no gustaran a los puretas que quieren que la política no sea protagonista en este tipo de eventos. En la otra cara de la moneda, hubo muchas voces que se mostraron encantadas con estas reivindicaciones.

Entonces, ¿política en las galas de entrega de premios sí o no? Pues hay momentos para cada cosa. Igual que hay personas y formas. ¿Son los Oscar o los Goya un buen momento? ¿Qué personas y de qué formas pueden implicarse?

Cuando el guionista Graham Moore defiende al colectivo de homosexuales, claramente marginado en muchas sociedades, tras ser premiado por una película inspirada en un homosexual, habiendo sido el propio Moore víctima de acoso por su orientación sexual y con un discurso respetuoso, sutil y optimista, yo me quito el sombrero. Estamos ante un claro ejemplo de cómo una reivindicación socio-política puede –y debe- estar presente en una gala cinematográfica.

Pero si Pedro Almodóvar saluda a todos los “amigos del cine y la cultura” y añade que el ministro Wert “no está incluido”, vemos que se da el caso contrario.

Así, mientras en los Goya se miraban únicamente su ombligo reivindicando el cine español y pidiendo que se rebaje el IVA cultural, pero sin apenas referencias a la complicada situación del país, en los Oscar se recordaba a los enfermos de ELA, los homosexuales, los inmigrantes o las mujeres. A la persona de a pie le da prácticamente igual si el cine español va bien o si Almodóvar es un maleducado, pero sí le preocupa que se discrimine a personas por su orientación sexual o que la igualdad salarial todavía no sea un hecho. Y eso hay que denunciarlo. También entre el glamour de las alfombras rojas.


(Publicado en Neupic)

lunes, 16 de febrero de 2015

No tienen futuro

En un vídeo hecho público este domingo los terroristas del autodenominado Estado Islámico advierten a los "cruzados" que solo alcanzarán seguridad en sus sueños. Este aviso lo realizan antes de decapitar brutalmente a 21 cristianos coptos en una playa de Libia.

Cruzados. El término se gestó para referirse a quienes participaron en las Cruzadas, las campañas llevadas a cabo en la Edad Media para enfrentarse a los enemigos de la Cristiandad y recuperar Tierra Santa. Lo cierto es que entonces, como ahora, también se cometieron innumerables salvajadas en nombre de un dios. 

Las semejanzas son abundantes y no parece descabellado comparar aquellas guerras santas cristianas con la guerra santa de los yihadistas actuales. En ambos casos la misión es imponer una religión gracias a las armas -sean espadas o kalashnikovs-. Y en ambos casos esa religión que se impone debe convertirse en ley y regir la vida de todas las personas -sea el derecho canónico o sea la sharia-. Las diferencias residen básicamente en las posibilidades técnicas y el alcance y la repercusión de las matanzas llevadas a cabo por los radicales, ya sea en nombre de una cruz o de una luna.

Con esto se podría afirmar que los terroristas del Estado Islámico y de cualquier fundamentalismo religioso que pretenda imponer sus creencias por la fuerza son no solo salvajes, sino que son RETRASADOS. Y eso es algo que tiene que ser difícil de asumir, porque nadie quiere aceptar que forma parte del pasado. Por eso aprovechan las modernas técnicas propagandísticas y los estudios sobre la materia, la globalización del mundo, el acceso a las redes sociales o las herramientas de rodaje y edición de vídeo para intentar engrosar sus filas y para que sus atrocidades impresionen y asusten a todo el planeta.

Es cierto que en muchos países, sobre todo de mayoría musulmana, todavía es muy importante el poder que acumulan las instituciones religiosas y la influencia de las leyes del derecho islámico. E incluso en los países occidentales hay quienes todavía buscan imponer sus leyes sagradas a los demás. Pero el futuro no les pertenece. Estos comportamientos están condenados a extinguirse porque desde la Ilustración las sociedades tienden hacia la laicidad y el respeto de las libertades, incluyendo la libertad religiosa, de forma que todos podamos profesar nuestras distintas creencias en paz y armonía.

Y es horrible que en la actualidad se decapiten personas en el norte de África, que se dispare a periodistas y policías en Francia o en Dinamarca, que se secuestre a niñas en Nigeria o que se criminalice a los homosexuales en Rusia. Son hechos que reflejan un pasado que, por suerte, se acabará. Por eso los radicales tienen miedo, porque saben que pertenecen al pasado. Porque saben que no tienen futuro. Y quizá habría que demostrárselo.

(Publicado en Neupic)

martes, 27 de enero de 2015

¿Qué vale más que la libertad?

“Parece tenebrosamente surrealista pero es lamentablemente real”

Estos términos utilizaba Carlos Boyero, crítico de cine de El País, para referirse a Timbuktu tras su presentación en Cannes allá por mayo. No vamos a detenernos en la calidad formal de la película, de la misma forma que nadie ha entrado a valorar la calidad artística de las viñetas de Charlie Hebdo. Hay aspectos mucho más importantes que el montaje o los planos utilizados.

Timbuktu es una coproducción entre Mauritania y Francia que muestra las atrocidades de un grupo radical islamista en la ciudad maliense de Tombuctú. Como toda expresión artística o comunicativa que huela a libertad, los grupos extremistas han intentado silenciarla.

Así hacen siempre: amenazan, atacan, asustan... Lo vimos hace unas semanas en París, ocurrió algo similar con Corea del Norte y The Interview. Y aunque no se haya hablado tanto de ellos ni nos hayamos manifestado en masa, también lleva pasando durante demasiado tiempo en Nigeria con Boko Haram o en Kenia con Al Shabab. Los casos son incontables. Aunque parece que únicamente hacemos caso de aquellos que nos tocan más cerca. De los que ocurren en Occidente, como si los de aquí fuéramos más importantes. Como si un dibujante francés valiera más que un minero keniano.

Si comencé hablando sobre Timbuktu es porque hace un puñado de días un festival de cine belga tuvo que ser suspendido por el "particularmente elevado" riesgo de atentado. Aunque no existe una confirmación oficial, se presupone que se debe a la proyección de esta película. Aunque se han buscado soluciones y la película se ha proyectado en otros cines de la ciudad y del país, la libertad de expresión es la que ha vuelto a salir perjudicada.

Y de nuevo, aquí estamos hablando de un festival de cine en Bélgica, olvidándonos de lo que ocurre fuera de Europa y de Estados Unidos.

Quizá sea porque nos sentimos impotentes, sabiendo que nuestras posibilidades de actuar en Kenia, Nigeria o Siria son reducidas, especialmente sin recurrir a los aviones, las bombas y las armas. Quizá sea porque pensamos que es más sencillo defender las libertades que tanto nos ha costado conseguir, demostrando de qué somos capaces cuando estamos unidos. Porque la millonaria tirada de Charlie Hebdo tras el ataque demuestra que no fueron capaces de acobardar a los dibujantes y periodistas. Porque las manifestaciones que llenaron las calles de toda Europa con pancartas a favor de la libertad de expresión y de culto demuestran que no fueron capaces de imponer sus leyes. Porque los espectadores que acudieron a los cines a ver Timbuktu o The Interview tras haber intentado ser censuradas por extremistas demuestran que no fueron capaces de silenciar las expresiones artísticas.

Al fin y al cabo, tampoco es mala forma de luchar. Utilizar nuestra libertad, ser libres, es lo que más duele a quienes intentan imponer sus ideas y sus leyes por la fuerza. Pero no nos olvidemos de aquellos que no pueden utilizar esa libertad. Sencillamente porque no la tienen. Y no se la merecen menos que un francés o un belga.


(Publicado en Neupic)