domingo, 31 de diciembre de 2017

Crítica: 'Bright' (2017), de David Ayer


Si hace un año discutíamos sobre el polémico anuncio de Narcos en la Puerta del Sol, estas navidades los anuncios que han llenado las marquesinas de los autobuses han sido de Las chicas del cable y de Bright. Dejaremos la segunda temporada de la primera series española producida por Netflix para centrarnos ahora en Bright, otra valiente apuesta de la plataforma que, en cierta medida, podría ilustrar lo que Netflix ha significado este año: una amenaza auténtica a las formas tradicionales de ver cine.

Y es que, si las productoras reservan gran parte de sus blockbusters para aprovechar el tirón navideño –Los últimos Jedi no se estrenó hace un par de semanas por casualidad–, también Netflix ha lanzado este año una de sus películas de producción propia más ambiciosas coincidiendo con la llegada de las fiestas. 

Y no se trata de una película menor que no tuviera cabida en las salas, sino de un interesantes y anunciado proyecto protagonizado por Will Smith y Joel Edgerton. Dan vida a una pareja de policías, humano y orco, que patrullan en una ciudad de Los Ángeles habitada por orcos, elfos y humanos. A pesar de sus diferencias y los conflictos del pasado, ambos tendrán que colaborar para proteger a una joven elfa y a una varita mágica de policías corruptos, orcos, pandilleros latinos y elfos maléficos.

Una cinta fantástica con buenas dosis de acción y con una trama a ratos caótica y compleja, a ratos excesivamente previsible. Solo en el desenlace conseguimos comprender, y no por completo, qué es lo que sucede, su por qué y qué busca cada grupo de personajes; tan pronto se introducen elementos o personajes que nunca se desarrollan como se habla de otros que todavía no conocemos. Es demasiado lo que la película quiere introducir en menos de dos horas y, a menudo, sin saber distinguir entre lo importante y lo superficial.

Sin embargo, la película resulta muy entretenida, tanto por las divertidas pullas entre los personajes de Smith y Edgerton como por la incesable acción. Y junto a eso, cabe destacar la originalidad de la premisa y las reflexiones sobre racismo y discriminación que, aunque faltas de profundidad, resultan muy interesantes.


Es cierto que la crítica no ha sido muy entusiasta con Bright, mas el público ha respondido con 11 millones de espectadores en su primer fin de semana –según Nielsen, la única empresa que proporciona datos de audiencia de Netflix, aunque sin total fiabilidad al no poder medir los visionados que no se produzcan en televisiones– y ya se espera una secuela y, tal vez, una saga de largometrajes que sigan combinando criaturas fantásticas y magia, cine policíaco y de acción, chistes y actores carismáticos… Porque Bright no hace sino mezclar los ingredientes que toda franquicia que se precie debe incluir; y en eso no podría ser un producto más típicamente hollywoodiense. Y, no obstante, este estreno está solo disponible para los usuarios de Netflix que, estas navidades, ni siquiera deberán acercarse a una sala para disfrutar de uno de los estrenos más destacados de este último tramo de 2017.

Y es que este que se nos va ha sido el año en el que nos empezamos a dar cuenta de hasta qué punto las plataformas de vídeo bajo demanda están poniendo patas arriba la industria del cine. Y esto no es ni bueno ni malo; es ambicioso, novedoso a pesar de no seguir más que patrones ya existentes y, aunque pueda apuntar hacia la originalidad y la calidad, suele quedarse más en lo comercial. Y esas son, precisamente, las palabras exactas que podríamos utilizar para describir Bright.

Lo mejor: el punto de partida
Lo peor: la farragosa narración
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 8 de diciembre de 2017

Crítica: 'Coco', de Lee Unkrich y Adrián Molina (2017)


No creo que sea posible ni necesario discutir si Coco es la mejor obra de Pixar o no. Mas el hecho de que esta posibilidad se contemple dice mucho, muchísimo, sobre la nueva cinta de la franquicia del flexo.

Y esto no es solo por la conveniencia de realizar una hermosa declaración de amor a la cultura mexicana ahora que Donald Trump se sienta en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Hay que reconocer que esto le añade atractivo, aunque creo que en cualquier otro contexto el resultado hubiera sido parecido. De hecho, seas quien seas y sea cuando sea, es casi imposible no desear sentirse un poquito azteca después de la película.

Una película sobre vivos y muertos. Y también una película sobre la familia, la de Miguel en concreto. Un chico que desea ser cantante como su ídolo, el popular Ernesto de la Cruz, pero su familia rechaza todo tipo de música. En su intento de cumplir su sueño, Miguel cruzará a la Tierra de los Muertos. No es una trama particularmente novedosa, con un joven buscando su destino con la oposición de su familia. Incluso la fiesta del Día de Muertos también se trató hace poco en El libro de la vida (The Book of Life, 2014, Jorge R. Gutiérrez).


Y es que, aunque pueda resultar atractiva, Coco no destaca por su historia, sino por la forma de contarla, pues el film de Lee Unkrich y Adrián Molina ofrece todo un ejercicio de técnica, de colorido y de narración. Técnica para construir y diseñar unos decorados y unos personajes encantadores y cuidados al detalle, con figuras bastante más redondas y sorpresivas de lo que suele suceder con las cintas de animación. Colorido porque entre las cualidades de Pixar está la de crear, probablemente, la mejor animación del cine, y una fiesta como el Día de Muertos es ideal para explotar todo ese componente visual. Y narración porque los giros de guion son continuos, con gran dinamismo y una enorme capacidad de enganchar al espectador.

Son 109 minutos, no es poco para una cinta animada, pero se pasa volando, te deja deseando más. Más música, más cultura, más diversión, más emoción. Porque en realidad ofrece de todo: un ritmo que te hace bailar casi sin parar en la butaca, inteligencia para satisfacer la curiosidad de niños y adultos, unos toques de humor verdaderamente irresistibles y la capacidad para, al final, derramar alguna lagrimilla.


Y al terminar el recuerdo es grato. Sales del cine consciente de haber visto algo especial. Porque Coco es especial. No por una historia apasionante pero poco original. Ni tampoco por una narración y unos elementos formales perfectos que son, no obstante, reproducibles. Es por todo eso y es por nada en concreto. Como los lazos que nos unen a la familia o a los muertos. Lazos invisibles que, en la vida real, muchas veces no significan nada. Pero esto es Pixar, chamacos, y aquí la nada puede serlo todo.

Lo mejor: cada detalle, cada sorpresa
Lo peor: que se nos escapen algunos guiños a la cultura mexicana
Nota: 9

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos

jueves, 7 de diciembre de 2017

Avance de la cuarta temporada de Black Mirror


Ha sido más de un año de espera y, tras la gran acogida de la tercera temporada de Black Mirror, la excitación ante la llegada de la cuarta era inmensa. Las primeras impresiones no defraudan, pero tampoco son exactamente lo que cabría esperar.

La reflexión tecnológica y social que Black Mirror ha sabido destapar con casi todos sus episodios anteriores da paso en esta nueva temporada a ejercicios de estilo de gran calidad formal, pero algo menos intensos en su análisis de la sociedad actual y de las nuevas tecnologías. Tecnologías que siguen siendo protagonistas, pero con postulados menos realistas y, por lo tanto, menos impactantes.

La serie se estrenará el 29 de diciembre y, por supuesto, en Los Lunes Seriéfilos tendremos críticas de cada episodio. Mientras tanto, un pequeño resumen de qué nos espera en los seis capítulos de esta cuarta temporada. 

Arkangel, dirigido por Jodie Foster como un drama indie, narra la historia de una madre y su hija a lo largo de varios años, descubriendo los efectos de la sobreprotección, el excesivo control y la búsqueda de seguridad. Mucho más contenido de lo habitual, llega a resultar predecible y, aunque el debate de fondo es de gran interés, no consigue explotar todo su potencial.


Black Museum, quizás el mejor de la nueva temporada, recuerda en gran medida al espacial navideño emitido en Channel 4 tras la segunda temporada. Ambientado en un museo de carretera con tecnologías fallidas, y a través de tres cortos interconectados, resulta complejo, desagradable y sorprendente a partes iguales. Consigue aterrar e inquietar como pocos episodios.

USS Callister, uno de los más esperados, tiene una estética similar a Star Trek y a los juegos online. Puede que se convierta en uno de los favoritos para los aficionados a estos juegos inmersivos, a las sagas galácticas o para los freaks, en general, pero puede quedarse flojo para el resto. Aunque interesante desde el punto de vista técnico, la narración resulta menos sorprendente que, por ejemplo, Playtesting.


Hang the DJ, con Timothy Van Patten a los mandos, muestra un mundo alternativo en el que un programa indica a cada persona con quién ligar y cuánto debe durar cada cita. Ofrece una de las reflexiones más interesantes de la serie sobre la forma de relacionarnos y sobre la importancia que los coaches o las aplicaciones digitales van cobrando para definir nuestras relaciones amorosas. Como ocurre con Be Right BackThe Entire History of You o San Junipero, cuando Black Mirror se adentra en las relaciones de pareja el potencial es inmenso.

Metalhead, atrevida apuesta rodada por completo en blanco y negro sobre tres personas que, en lo que parece un mundo desolado, son perseguidos por un incansable robot. Como en otras ocasiones, la presencia de los robots y de la inteligencia artificial da mucho juego, pero el capítulo funciona más como tenso thriller que como reflexión tecnológica.

Crocodile, dirigido por John Hillcoat, destaca sobre todo por su fotografía y sus paisajes invernales –fue rodado en Islandia–. Mia es una exitosa arquitecta que esconde un secreto inconfesable, sin embargo, una noche presencia un accidente que le llevará a toparse con una tecnología que permite mostrar los recuerdos al detalle. Independientemente del papel de la tecnología, la calidad del thriller es incuestionable. 


En realidad, es incuestionable la calidad de todos los episodios. Y es que se confirma la tendencia iniciada con la tercera temporada, la primera que produjo Netflix: la serie pierde impacto y capacidad reflexiva, pero gana en los aspectos formales, con presupuestos mayores y la posibilidad de contar historias más grandilocuentes.

Puede que esta temporada no nos empuje de bruces contra la realidad que nos rodea, pero sigue funcionando a la perfección como entretenimiento y como ejemplo de calidad audiovisual.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 24 de noviembre de 2017

Crítica: 'El autor' (2017), de Manuel Martín Cuenca


El mayor mérito de El autor es conseguir mantenernos en tensión a pesar de contarnos una historia más sencilla de lo que la sinopsis puede dar a entender. De hecho, el planteamiento de la historia, extraída de El móvil, la primera novela de Javier Cercas, es, a priori, muy atractivo: Álvaro es un intento de escritor que, tras separarse de su mujer, mucho más exitosa en su carrera literaria, y guiado por su profesor de escritura, decide manipular a quienes le rodean para encontrar inspiración para su novela. Una mezcla de ficción y realidad con buenos resultados y capaz de indagar, aunque sin la suficiente profundidad, en el proceso creativo, en el fracaso del escritor frustrado y en la inutilidad de esos cursos de creación literaria.

Es una base magnífica de la que partir, mas lo que vemos en pantalla se diluye, quedando un tanto vacío de contenido en algunos puntos y llegando a resultar ligeramente lenta por momentos. No obstante, la tensión es continua y la sensación de estar ante algo notable, también. De hecho, aunque sin ser radicales, los giros de guion son constantes e impiden que el ritmo llegue a decaer en ningún momento.

Y eso también es gracias a Javier Gutiérrez. En medio de un elenco bastante acertado, Gutiérrez logra una interpretación muy creíble, con momentos de auténtico desconcierto y siendo capaz de combinar un despliegue actoral inmenso con momentos de tensa contención en una misma secuencia. Así, logra bordar ese papel de escritor frustrado, patético, manipulador y, sobre todo, sudoroso en el caluroso verano sevillano.

Y es que Sevilla también juega un papel destacado en la obra pues, aunque centrada en los personajes que rodean al escritor, su entorno se vuelve paradigmático y capaz de representar a una ciudad viva y abierta, pero al mismo tiempo tradicional y un punto retrógrada. Con esto, la capacidad de añadir cierta crítica social en la película también se vuelve relevante. Solo hace falta ver los comportamientos y, sobre todo, las casas de la portera y el exmilitar, cargados de detalles y de guiños para introducir no solo esa intención crítica, sino también una bienvenida vis cómica.


Pero esas casas demuestran también la habilidad de Martín Cuenca para dominar la imagen, con composiciones y encuadres muy interesantes. De hecho, es en este aspecto en donde encontramos los elementos más novedosos y atrevidos de la película. Muchos de esos planos nos muestran el vacío, físico y metafórico, que rodea a Álvaro.

Y precisamente por eso, por la gran cantidad del tiempo que Gutiérrez se pasa solo delante de la cámara, su actuación tiene aún más valor. Porque, aun sin grandes fallos en el conjunto del film, de no ser por él, el potencial de la novela de Cercas tal vez se habría desperdiciado. Y las buenas historias, y eso sí que nos lo enseña El autor, no pueden desperdiciarse. Sobre todo cuando proceden de la realidad que nos rodea.

Lo mejor: Javier Gutiérrez
Lo peor: Que tal vez le sobren algunos minutos
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Crítica: 'La reina Victoria y Abdul' (2017), de Stephen Frears


La reina Victoria y Abdul es eso, ni más ni menos, la relación de dos personas. Todo lo demás es, o irrelevante, o totalmente dependiente de esa historia principal. Eso podría ser negativo y parecernos poca cosa, pero sabiendo que quien encarna a la reina es Judi Dench y que el experimentado Stephen Frears está detrás de las cámaras, quizá ya no parezca tan poco.

La veterana actriz británica, que de interpretar a reinas a las órdenes de Frears ya sabe bastante, es el argumento, la piedra angular de la película. En torno a ella gira toda la historia; primero, su relación con Abdul Karim, un hombre hindú llegado para ejercer de sirviente entregándole una moneda conmemorativa a la reina y que termina quedándose a su servicio como su tutor personal; segundo, y a mucha distancia, su relación con su hijo Bertie y con el resto del personal, escandalizados por la presencia y los honores que un indio, musulmán, de color y de baja cuna, recibe. 

No es una historia novedosa: un amor o amistad imposible por las barreras raciales/sociales ya lo hemos visto muchas veces, a menudo con reyes y reinas como protagonistas. Y aunque sí es posible hacer aquí una novedosa lectura anticolonialista o aperturista –muy adecuada tras el Brexit–, la profundidad de la misma nunca es suficiente, quedándose en algunos clichés bienintencionados sobre la etapa imperialista.


Pero si la película resulta bastante modesta en la historia, encontramos más cuidado en la ambientación y la fotografía. La decoración de palacios y jardines, así como los espacios abiertos en Escocia e India, jugando con los contrastes, resultan llamativos y visualmente atractivos. Como también lo son, y este es probablemente uno de los puntos fuertes, los divertidos diálogos, sobre todo en la primera mitad de la obra.

Y es que la segunda parte se vuelve más dramática, con mentiras y conspiraciones que, sin tener un verdadero peso en la cinta, consiguen ensombrecer y lastrar un chispeante inicio. Sin llegar a ser pesado, ese segundo tramo, en el que la interacción directa entre la reina y su munshi queda difuminada en favor de los recelos y maquinaciones de los cortesanos, se vuelve algo más tediosa y carente de atractivo. Y eso que cuenta con personajes y actores con gran potencial (como el príncipe heredero o un Michael Gambon que da vida al Primer Ministro), que apenas son explotados.

La película consigue despuntar algo más cuando se sabe centrar en la relación entre dos personajes opuestos, pero reacios a mantener las formalidades y las divisiones que les rodean. Porque puede ser una historia sencilla y convencional, pero sigue siendo suficiente, sobre todo cuando encuentra pequeños detalles que la complementen. Y esto es así porque, al fin y al cabo, la historia que queremos conocer y disfrutar es la de la reina Victoria y Abdul.

Lo mejor: Judi “The Queen” Dench
Lo peor: que no sea más valiente
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

martes, 7 de noviembre de 2017

Crítica: 'Barakah meets Barakah' (2016), de Mahmoud Sabbagh


Arabia Saudí ha estado presente en los últimos días en los medios de comunicación tras la detención de varios príncipes, ministros y empresarios por supuestos casos de corrupción. Lo que se esconde tras este suceso es, en realidad, un golpe de mano de Mohammed bin Salman, hijo del rey Salman bin Abdulaziz y heredero al trono desde que el pasado junio sustituyera a su tío y hermano del actual monarca, Mohammed bin Nayef, al frente de la línea sucesoria. Mohammed bin Salman se caracteriza por su juventud, un treintañero con inmensos poderes en una tradicional gerontocracia y por su ambición y aspiración de modernizar la economía saudí, hasta ahora totalmente dependiente del petróleo. 

También se intuye un cierto progresismo en el país más grande del Golfo Pérsico, un país marcado por el wahabismo y por el integrismo de las doctrinas islámicas que promueve, pero que recientemente ha autorizado –era el único país del mundo que todavía no lo hacía– que las mujeres conduzcan o que acudan a eventos deportivos. Sin embargo, la Policía Religiosa sigue siendo un elemento clave en el país y el respeto por los Derechos Humanos y la libertad sigue brillando por su ausencia.

En ese contexto se produjo el año pasado Barakah meets Barakah, una de las pocas películas que nos llegan de un país en el que el cine está prohibido. Se trata de una divertida comedia sobre un funcionario municipal que vela por el cumplimiento de la normativa local en su ciudad y que se enamora de una famosa video-blogger e instagramer. A pesar de los frenos que la estricta sociedad saudí impone, los jóvenes intentarán concertar una cita. 

La cinta, disponible en Netflix, ha sido censurada en varias ocasiones y vemos como una cintura femenina, un gesto con el dedo corazón o un vaso de alcohol son pixelados; aun así, la crítica es incuestionable. Sobre todo, teniendo en cuenta las cortapisas que las instituciones sauditas pusieron a una película que, por cierto, representó al país en la carrera por los Oscar. También estuvo presente, con bastante buena acogida, en la Berlinale o en el Toronto International Film Festival.

Es cierto que, en un nivel formal y técnico, la obra no es ninguna maravilla, pero no olvidemos los condicionantes y las complicaciones de producir un largometraje como este en un país donde el séptimo arte apenas existe. Mas la pobreza de los encuadres y la narración –tal vez aquí la tijera del censor tenga cierta responsabilidad– se compensan con unas actuaciones bastante notables y carismáticas.

Más allá del valor artístico de la obra, lo más interesante es la posibilidad que ofrece de observar un país del que apenas conocemos un par de generalizaciones. Así, Barakah meets Barakah nos muestra una sociedad, efectivamente, sin libertad, pero en la que una nueva generación comienza a cuestionarse el estado de las cosas. De la misma forma, descubrimos que la situación que se vive en la actualidad no era lo habitual hace unas décadas, en la que el integrismo religioso era más relajado. También alcanzamos a comprender que no todo en Arabia Saudí son megaciudades con enormes rascacielos, aunque tampoco se trata únicamente de un desierto; tampoco todos los habitantes del país petrolero son jeques adinerados y, aunque minoritaria en un país de grandes desigualdades, también existe una, más o menos modesta, clase media. Por último, ni todos los hombres visten siempre túnicas blancas y ghutras, ni todas las mujeres llevan burka en todo momento.


Todo esto permite eliminar algunos estereotipos, pero lo más relevante es la crítica a una sociedad en la que las normas de la sharia siguen rigiendo todos los aspectos de la vida, en la que alcohol, relaciones sexuales y todo tipo de conductas pecaminosas están prohibidas, y en la que los hombres siguen teniendo que representar los papeles femeninos en las obras de teatro.

Solo por eso, la cinta ya merece ser vista. No resulta tan transgresora, valiente, ni cinematográficamente atractiva como su compatriota La bicicleta verde, una de las sensaciones del año 2012, aunque sin duda es necesario asomarse a la ventana que Barakah nos abre en la retrógrada pero optimista Arabia Saudita.

Lo mejor: que la película exista
Lo peor: su debilidad narrativa
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 29 de octubre de 2017

Especial Halloween. Review: 'Una serie de catastróficas desdichas' - 1ª temporada

Hablábamos hace unos días de la película Una serie de catastróficas desdichas, protagonizada por Jim Carrey en 2004. Hoy toca centrarnos en la serie homónima protagonizada por Neil Patrick Harris y que se centra en los cuatro primeros volúmenes de las populares novelas publicadas por Daniel Handler bajo el seudónimo de Lemony Snicket.

Aunque con una atmósfera menos oscura y más alejada del gótico estilo de Tim Burton que caracterizaba a la película, la serie de Netflix también ofrece un sugestivo pasatiempo para disfrutar este Halloween. De hecho, resulta mucho más atractiva y entretenida que el largometraje de Brad Silberling, prestando una atención extraordinaria a los detalles y con interpretaciones mucho mejores.

En especial la de un inspiradísimo Neil Patrick Harris, que consigue dar vida a un Conde Olaf mucho más complejo y expresivo que el de Jim Carrey. Y llama la atención que, aunque ambos actores se ciñen casi por completo a sus particulares y extravagantes estilos, el personaje de Carrey se vuelve repetitivo y pesado, mientras el de Harris despliega una gama mucho mayor de movimientos, juegos de voz y expresiones. También los secundarios tienen papeles más interesantes en la serie, probablemente debido a las mayores posibilidades de desarrollo que ofrecen ocho capítulos de 50 minutos con respecto a una película de 90. Esto permite un mayor aprovechamiento de las peculiaridades y marcados caracteres de unos personajes que en la obra de 2004 se veían demasiado limitados.

Del mismo modo cabe destacar el guion de la adaptación televisiva, pues explota mucho más las tramas complementarias y derrocha ingenio con referencias culturales –tanto tradicionales como contemporáneas– y guiños cómicos que dotan de profundidad y chispa a la historia. Y es que ese es el verdadero punto fuerte de la serie, su clara orientación a la comedia, siendo aquí el aspecto visual mucha más secundario. Es así como Neil Patrick Harris y el inteligente e irónico guion pueden ser completamente aprovechados.

Es cierto que, en el lado negativo de la balanza, debemos mencionar las actuaciones de los tres niños protagonistas, algo más flojas que en la película, y una producción visual que, si bien es llamativa, resulta menos novedosa. También la narración, que mejora de forma notable en comparación con la película, sigue teniendo momentos tediosos. Sobre todo, cuando entra en escena Lemony Snicket, el narrador, que añade otro elemento cómico y original al entremezclarse mucho más con la historia, pero que la ralentiza en exceso. 


Mas, a pesar de estas apreciaciones finales, Una serie de catastróficas desdichas es mucho mejor como serie que como película. Y asumo mi responsabilidad por haber presentado esta crítica como una comparación, pero, igual que el largometraje de 2004 no podía escapar de su condición de heredera del cine de Tim Burton, esta serie no consigue escapar del todo de su predecesora.

No obstante, atractivos le sobran para poder hacerlo y las prometidas segunda y tercera temporadas tienen potencial para conseguir una identidad propia y para seguir mostrándonos con ese toque tan divertido e ingenioso qué misterios se esconden detrás de los Baudelaire y qué artimañas planea el Conde Olaf para continuar esta serie de catastróficas desdichas.




(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 27 de octubre de 2017

Especial Halloween. Crítica: 'O Apóstolo' (2012), de Fernando Cortizo

Galicia es, casi con toda seguridad, la región más mágica, misteriosa y, hasta cierto punto, terrorífica de España. Las Meigas, la Santa Compaña, la Queimada, la cultura del fuego –que tanto hemos tenido que lamentar recientemente–, el peso de la religión, la tradición, el mundo rural… Es difícil encontrar más y mejores ingredientes para un film de terror o, cuanto menos, de misterio y de fenómenos sobrenaturales. Y eso es algo que O Apóstolo (El Apóstol) sabe explotar a la perfección.

Tras escapar de una cárcel, y haciéndose pasar por peregrino, un ladrón llega a un pequeño y misterioso pueblo de Lugo buscando unas joyas que su compañero de fuga había escondido. Pero en el pueblo suceden fenómenos inexplicables: peregrinos que desaparecen, la Santa Compaña reclamando sus almas, condenas eternas…

Todo ello narrado a través de la técnica de claymation, o animación con plastilina, con las voces de pesos pesados como Carlos Blanco, Luis Tosar, Geraldine Chaplin, Jorge Sanz o Paul Naschy. Con un presupuesto que superó los cinco millones de euros y equipos internacionales con amplísima experiencia, tanto en el aspecto técnico y como detrás de la banda sonora, O Apóstolo fue la primera película europea rodada con la técnica de stop-motion estereoscópico.

La novedad de la historia, el cuidado de los detalles, el espectáculo visual y la valentía de una apuesta rompedora en España le valieron premios y reconocimientos en festivales de todo el mundo, siendo aclamada en el Festival de Málaga, y recibiendo el Premio del Público en Annecy y la nominación a Mejor película de animación en los Goya. Y todo galardón sería merecido y, probablemente, escaso, pues se trata de una de las cintas más meritorias que ha dado el cine español, tanto desde el punto de vista técnico como –excepto por un puñado de líneas de diálogo– narrativo.

Y si la trama va de misterio y condenas, la maldición que rodeó al film no se queda atrás. Comencemos por la financiación, y es que fue uno de los primeros proyectos costeados, al menos en parte, gracias al crowdfunding, tan popular en estos momentos pero que cuando se rodó esta obra hace más de ocho años todavía estaba dando sus primeros pasos. 

Tras numerosos cambios de fecha y retrasos, llegó finalmente a las pantallas españolas el 31 de octubre de 2012. Aunque estaba planeado un estreno extenso, la cinta se llegó a proyectar en menos de 30 cines, muchos de ellos minoritarios y con horarios extraños, algo de lo que el director, Fernando Cortizo, responsabilizó a la distribuidora, Aquelarre Films. Esta se defendió argumentando que los cines la habían rechazado porque las copias de la película solo estaban disponibles en digital y dada la competencia de la cartelera –SinisterSkyfall o Lo Imposible–.


El resultado fue una recaudación irrisoria, que no alcanzó los 50.000 euros en España y que internacionalmente, a pesar de las buenas perspectivas iniciales, también acabó haciendo aguas por diversos conflictos comerciales. Todo esto acabó llevando al borde la quiebra a la productora, Artefacto Producciones, y a que la obra haya quedado casi inaccesible para el gran público –en la web http://www.oapostolo.es/ se puede ver online y comprar el DVD–.

Y es una pena, porque hay pocas películas que combinen de una forma tan extraordinaria la comedia, el misterio, las aventuras y el terror. A su vez, los guiños a la cultura gallega, a Tim Burton o a filmes como Nosferatu, la novedosa técnica, la tensa narración, la inquietante atmósfera, la estética onírica, los golpes de humor y hasta la moraleja que se extrae convierten a O Apóstolo en una obra imprescindible. Lástima que haya condenas de las que no se puede escapar.

Lo mejor: el aprovechamiento del enxebre gallego 
Lo peor: que haya sido una producción maldita
Nota: 9,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 23 de octubre de 2017

Especial Halloween 2017. Crítica: 'Una serie de catastróficas desdichas' (2004), de Brad Silberling


Es todo un clásico, así que este año vuelve el especial de Halloween de Los Lunes Seriéfilos. Desde hoy, y hasta el día 31, podréis encontrar en nuestra web críticas y reviews de películas y series de terror y todo lo que asociamos a estas fechas tan tenebrosas.

Y para los cobardes a los que nos da verdadero pavor el cine de terror, pero aun así queremos disfrutar de Halloween, el cine de Tim Burton y los especiales de “terror” de universos de animación, como Shrek o Disney, han sido siempre nuestra salvación. Sin ser ninguna de las dos, vamos a arrancar nuestro especial con Una serie de catastróficas desdichas –vamos a hablar de la película de 2004, aunque también existe una serie con Neil Patrick Harris de este mismo año–, que puede ser un buen sustituto o complemento para este Halloween, sobre todo por sus semejanzas con el cine burtoniano.

Y esto es así por su estética steampunk y un tanto gótica, por la presencia constante de la muerte, la fantasía y el misterio, por el protagonismo de unos niños peculiares y por la complicación extrema de la trama, que no obstante acaba alcanzando un final casi completamente feliz. En definitiva, el resumen de (casi) cualquier película de Tim Burton que se nos pueda ocurrir.

La dirección artística es extraordinaria; no olvidemos que es una película de hace ya más de una década, con técnicas menos desarrolladas y sin referentes más allá del propio Burton. La oscuridad, el juego de colores y la fotografía de Lubezki, unidos al maquillaje, el vestuario y la banda sonora, dan lugar a un espectáculo visual muy atractivo.


Le falta cierta profundidad en la trama, con un guion un tanto irregular y con personajes más flojos de lo que cabría desear. Son, en realidad, caricaturas, con todo lo bueno y lo malo que esto implica. En especial el protagonista, el Conde Olaf al que da vida un Jim Carrey haciendo el mismo exagerado y excéntrico papel de siempre. De nuevo, con todo lo bueno y lo malo que esto implica. Sí hay que destacar la interpretación de los jóvenes Emily Browning y Liam Aiken, que sobresalen en un reparto cargado de quilates –Timothy Spall, Billy Connolly, Meryl Streep o Catherine O’Hara– pero lastrado por personajes premeditadamente estereotipados que impiden aprovechar todo ese talento.

Especialmente porque, como ocurre con la historia, todo queda subordinado al componente audiovisual y estético. Y puede que sea muy meritorio y atractivo, pero no es suficiente. Tal vez sí para verla con niños (valientes o ya algo mayores) o para disfrutar en Halloween con esa estética tan apropiada en estas fechas, mas no para poder hablar de una auténtica sustitución, y mucho menos superación, de las fantásticas y únicas obras de Tim Burton.

Lo mejor: la dirección artística y los créditos finales
Lo peor: que Jim Carrey llega a resultar pesado 
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 18 de octubre de 2017

Crítica: 'Toc Toc' (2017), de Vicente Villanueva


Toc Toc es una película sin personalidad, no hay posibilidad de lecturas secundarias o de desarrollo de la trama y tampoco encontramos una narración inteligente o rompedora. Más bien al contrario, está vacía, sin complicaciones en el nudo, sin avance de ningún tipo y con personajes totalmente planos. Y todo ello, partiendo de una premisa extremadamente simple tomada de una exitosa obra de teatro: un grupo de personas aquejadas con diferentes trastornos obsesivo compulsivos (TOC) reunidas en una sala de espera mientras llega su doctor. No hay nada más.

Pero da igual. Toc Toc es uno de los filmes con los que más me he reído en mucho tiempo. Creo, de hecho, haberme perdido algunos chistes porque la sala entera todavía se estaba riendo a carcajadas del anterior. Y no estamos hablando de un humor elevado, absurdo, surrealista, ni merecedor de ninguna etiqueta. Es un humor muy básico, centrado en los tics y obsesiones de los personajes que se van repitiendo uno tras otro.

Y si algo tan sencillo resulta tan divertido es gracias a un elenco de protagonistas carismáticos, algunos de ellos con interpretaciones muy notables y cuidadas, que hacen que sea imposible no soltar carcajadas cada medio minuto.

Porque ver a Alexandra Jiménez obsesionada con los microbios, a Rossy de Palma santiguándose y comprobando si ha olvidado las llaves una y otra vez o a Óscar Martínez –para mí, el mejor– incapaz de dejar de soltar insultos y obscenidades sin cesar es tremendamente divertido. A ellos se suma un Paco León que no sabe no hacer gracia y unos Adrián Lastra, Nuria Herrero o Inma Cuevas que, aunque menos memorables, complementan perfectamente el grupo.

De no ser por ellos, la obra carecería de sentido, pues no es más que un sketch muy largo del que no podemos sacar conclusiones. Pero el ritmo nunca decae y los mismos chistes siguen siendo tan graciosos en el primer minuto como en el último. Y eso es algo que hay que reconocer, pues lo habitual sería que tanta repetición resultase cansina, mas sucede justo lo contrario: salimos deseando más. Más obscenidades, más aspavientos, más obsesiones…


Y, aunque la película no va a trascender, no va a solucionar ningún gran problema del mundo y no va a cambiar el rumbo del cine, sí que logra dos cosas: por un lado, crear cierta conciencia sobre un problema más o menos común a nuestro alrededor y, aunque invisible, verdaderamente problemático para quien lo sufre; y por otro, hacer reír. Hacer reír mucho, porque la risa es la mejor medicina. 

Y es cierto que el cine puede tener muchas funciones y le podemos exigir una enorme profundidad y riqueza narrativa. Pero de vez en cuando también es necesario ir al cine, reír a mandíbula batiente de algo simple hasta el extremo y sacar nuestro loco a pasear. 

Lo mejor: Óscar Martínez y sus incontrolables exabruptos
Lo peor: que no haya nada más allá del humor
Nota: 7,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 13 de octubre de 2017

Crítica: 'Fe de etarras' (2017), de Borja Cobeaga


'Fe de etarras' se estrenó en Netflix el día 12 de octubre, Fiesta Nacional en España. Y es que la segunda producción española de Netflix precisamente eso, muy española. Y no por caer en los vicios que mucha gente achaca al cine hecho aquí, sino porque logra algo que yo creo que hacemos bastante bien en este país: reírnos de nosotros mismos. Lo vemos en Twitter cada vez que algún político mete la pata en el Congreso o cuando alguien mete ingredientes incorrectos en la paella. En el cine llevamos viéndolo años con 'Torrente', también lo vimos con 'Ocho apellidos vascos' y, con una temática similar, volvemos a verlo ahora.

Es evidente que en la comparación la cinta que dirigía Emilio Martínez Lázaro sale ganando, sobre todo en dos aspectos: su novedad y comicidad. Por una parte, en su novedad porque el film protagonizado por Dani Rovira y Clara Lago rompía el tabú del tópico regional, en particular del vasco, buscando el chiste en aspectos tan divertidos como, a menudo, espinosos. Hay que reconocer, no obstante, que Fe de etarras va mucho más allá, no solo abordando las diferencias locales o el conflicto vasco, sino centrándose en la propia organización terrorista ETA. Eso, además de la polémica con los carteles que suele acompañar a muchas producciones de Netflix, le ha granjeado numerosas críticas, pues el tema sigue resultando complejo y doloroso.

Por otro lado, en la comicidad, porque, aunque Javier Cámara y Julián López saben explotar la divertida historia de Borja Cobeaga y Diego San José –responsables también del guion de 'Ocho apellidos vascos'–, la cantidad de gags verdaderamente graciosos y el juego con los acentos y los tópicos resultan más pobres en esta ocasión. El punto de partida, cuatro etarras encerrados en un piso franco en una ciudad de provincias esperando órdenes para actuar mientras España conquista el Mundial de Fútbol de Sudáfrica en medio de una pasión desenfrenada en todo el país, sí resulta divertido y original, pero las escenas no consiguen explotar ese contexto lo suficiente.

Es cierto que esta cinta busca una mayor reflexión, aunque sin conseguirlo, quedándose en una comedia sin tanta gracia como anticipaba y sin el trasfondo sobre la búsqueda de sentido de lo terroristas a la que parece aspirar. Aun así, sí que consigue ridiculizar una lucha, como casi todas las luchas violentas, totalmente estúpida y carente de sentido. Y es que no se burla del conflicto ni de las víctimas, sino de los propios etarras, simples bufones en un juego que no alcanzan ni a comprender.

La factura técnica no resulta llamativa, sin correr riesgos de ningún tipo, mas sin cometer tampoco errores de bulto. También las interpretaciones y el ritmo son, en términos generales, correctos. Pero todo eso queda relegado a un segundo plano porque lo que da sentido a la obra es su capacidad de lograr que quienes querían imponer el terror ahora sean vistos con toda la ridiculez y patetismo que de verdad escondían.


Por eso considero que 'Fe de etarras', a pesar de su imperfección, es una magnífica noticia. Primero, y esto lo destacamos aquí por tratarse de una web especializada, porque confirma la apuesta de la plataforma estadounidense por el mercado español al realizar un largometraje bastante difícil de exportar, pero con nombres muy conocidos tanto delante como detrás de la pantalla. Y segundo, y muy especialmente, porque ser capaces de reírnos, no ya de nosotros mismos, sino de algo que ha causado tanto dolor, demuestra que la sociedad es cada vez más madura y consciente de que el camino es hacia delante. Porque sí, la risa y la euforia pueden ocultar el ruido de las bombas.

Lo mejor: que se haya podido hacer una película así
Lo peor: que se desaproveche la premisa y no sea más divertida
Nota: 6,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 5 de octubre de 2017

Crítica: 'La Cordillera' (2017), de Santiago Mitre

Existen pocas dudas en torno a Ricardo Darín. El actor argentino es uno de los intérpretes más admirados, aclamados y respetados, tanto en el cine hispano como a nivel global. Es, casi sin excepciones, una garantía de éxito comercial y, con menos excepciones si cabe, un auténtico sello de calidad. No es extraño, por tanto, que las películas que protagoniza estén concebidas para el lucimiento de su personaje. En el pasado Festival de Cine de San Sebastián recibió el Premio Donostia como reconocimiento a toda su trayectoria. Y lo celebró presentando ‘La Cordillera’, otra muestra más de su saber hacer.

El propio Santiago Mitre, que dirige aquí su tercer largometraje, admitía haber levantado la película sobre el actor bonaerense. Y, aunque no le faltan atractivos a este thriller político, es evidente que Darín es el mayor de todos.

Da vida a Hernán Blanco, el recién elegido Presidente de Argentina, que es percibido como un hombre normal, casi incapaz de medirse con los grandes mandatarios sudamericanos, con los que se reunirá en Chile, en un hotel ubicado en una montaña a más de 3000 metros de altitud, para discutir la creación de una organización petrolera para los países hispanoamericanos. Allí, los oscuros entramados políticos y los conflictos con su familia y sus colaboradores llevarán al Presidente a sus límites. Y lo que comienza como un atractivo thriller político va dando paso a un complejo thriller psicológico.

A ello contribuye el personaje de Elena Anaya, una veterana y respetada periodista española que entrevista al Presidente Blanco y al que sería su antagonista, el líder brasileño Oliveira Prete, impulsor de la alianza petrolera. Estas entrevistas persiguen una mayor profundidad de los personajes, sobre todo del protagonista, pero no consiguen del todo su cometido pues, aunque sí amplían y complican la personalidad de Blanco, obstaculizan el desarrollo de las más interesantes y dinámicas tramas principales: la búsqueda del mejor acuerdo para Argentina en la cumbre por un lado y la situación de Marina, la hija del Presidente, por el otro.

Combinadas con acierto, la tensión y la intriga que rodean al Presidente van aumentando a medida que se suceden las escenas. El equilibrio entre la crítica a la corrupción y opacidad de la política y la casi aterradora historia de Marina es el adecuado, haciendo dudar al espectador sobre qué creer y qué es correcto. Sin embargo, el ritmo es lento, quizás incluso más de lo que la construcción del thriller necesitaría; por momentos la narración se hace pesada y da la sensación de que se podría haber prescindido de algunos elementos o secuencias. Pero al mismo tiempo es innegable que todo contribuye a esa tensión creciente y a la extracción de algunas lecturas políticas de notable actualidad.


Mas los distintos niveles y la profundidad del film no serían nada sin el papel de Darín. Y aunque apoyado por la música de Alberto Iglesias y el buen trabajo de los secundarios, siguen siendo la clase de Ricardo Darín y su enigmática y calculada interpretación la que guían y dan toda su fuerza a la obra. Y es que La Cordillera es un argumento de mucho peso, uno más, para comprender por qué Darín es uno de los mejores actores que ha dado el cine en español.

Lo mejor: Darín y la trama política
Lo peor: que pueda llegar a resultar pesada
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 4 de octubre de 2017

Crítica: 'Bye Bye Germany' (2017), de Sam Garbarski


Casi parece imposible que tras tantas películas, series y demás productos audiovisuales sobre el Holocausto sigan apareciendo obras novedosas que aporten matices o aspectos del genocidio nazi que apenas habían sido tratadas. Fue el caso, entre otros, de 'Los falsificadores' (Die Fälscher), el drama austriaco dirigido en 2007 por Stefan Ruzowitzky. Y es también lo que sucede ahora con 'Bye Bye Germany', o Es war einmal in Deutschland… (Auf Wiedersehen Deutschland) en el título original. Ambas cintas aportan, salvando las enormes distancias, visiones menos habituales o realidades menos conocidas dentro de este oscuro tramo de la Historia.

Mucho más dramática y trascendente, 'Los falsificadores' se ocupa de la historia real de un grupo de prisioneros de campos de concentración obligados por los nazis a falsificar libras y dólares a cambio de un trato algo menos inhumano y, en esencia, de su supervivencia. 'Bye Bye Germany' se centra ahora en otro grupo de judíos que ya han sobrevivido al nazismo y que buscan salir adelante en la ciudad de Frankfurt, bajo control estadounidense. Narrada como comedia, consigue reflexionar sobre los sentimientos de culpabilidad de todos los que poblaban esa Alemania de posguerra. 

La culpabilidad que acompañó, y que todavía acompaña, a los alemanes, avergonzados de haber permitido o participado en los crímenes y atrocidades del nacionalsocialismo. Y también la culpabilidad, mucho más visible en el film, de quienes lograron escapar del horror nazi o salieron con vida de los campos de concentración. E incluso se intuye la culpabilidad (más teórica que real) de los aliados que vencieron en la guerra, pero que no evitaron el genocidio y las masacres.

Pero más allá de esa reflexión, o de la que también podemos encontrar sobre los deseos de venganza o del reparto de Alemania entre las cuatro potencias aliadas, lo que destaca es el humor. Y es que Es war einmal in Deutschland es una película divertida y lo suficientemente ligera para hacernos reír sin demasiados complejos sobre tan dramático episodio. Y esto es en gran medida gracias al carisma y la vertiente cómica de Moritz Bleibtreu, que da vida a David Berman, el protagonista que articula la trama y que une la más cómica historia de un grupo de judíos que usan todo tipo de trucos para vender ropa de cama, con la más seria investigación de una oficial estadounidense sobre su sospechosa supervivencia a los campos de exterminio.


Y es en ese difícil equilibrio entre el humor y la tragedia donde la cinta de Sam Garbarski se muestra más débil. El intento de relajar los tramos más duros y la búsqueda de profundidad en los más ligeros impiden una diversión mayor, pero también una verdadera capacidad de trascender, como sí tenía 'Los falsificadores'. Las dos historias paralelas de Berman se entrecruzan con demasiada frecuencia, evitando que el espectador consiga centrarse en ninguna de ellas y sin dejar que disfrute del humor, ni que se conmueva con el horror.

Independientemente de este fallo, que lastra no obstante el conjunto de la obra y que impide que perdure en la memoria, quedándose como un cuento, la película tiene importantes atractivos, desde la riqueza de detalles hasta la banda sonora. Con todo, 'Bye Bye Germany' presenta una interesante, divertida y novedosa historia; un tanto indefinida e indecisa, pero necesaria, accesible y capaz de narrar una historia diferente y un punto optimista sobre el Holocausto. 

Lo mejor: Moritz Bleibtreu y los elementos humorísticos
Lo peor: ese intento (no conseguido) de equilibrar horror y humor
Nota: 7,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 30 de septiembre de 2017

El nacionalismo, el referéndum catalán y Los últimos de Filipinas

Voy a dejar claro desde la primera frase que esto es un ejercicio de abstracción en el que pienso mezclar churras con merinas y que no representa más que una serie de opiniones personales sobre un fenómeno de actualidad sobre el que, como tantos otros, no he conseguido quedarme callado.

Anoche me pareció gracioso y pertinente ver 1898. Los últimos de Filipinas. El suceso histórico que narra la obra de Salvador Calvo supuso la pérdida de las últimas colonias ultramarinas del otrora poderoso Imperio Español. Las semejanzas con lo que sucede estos días en Catalunya son más teóricas que reales, pero la película resulta particularmente interesante en su reflejo de unos sentimientos y unos comportamientos que ayudan a explicar la actualidad.

Los diálogos del film, poco sutiles y casi tópicos en ocasiones, muestran cómo el patriotismo y la idea de la grandeza de un imperio llevan a los hombres no solo a matar, sino a morir, por un país que nada ha hecho por ellos y bajo el mando de unas altas esferas totalmente alejadas de la realidad, ignorantes y cobardes que se sienten seguras y cómodas enviando a otros a morir por ellos. En estos momentos tanto el patriotismo españolista como el catalanista movilizan a importantes volúmenes de personas, no a matar y morir, aunque sí a sacar sus tractores a la calle, a encerrarse en colegios, a despedir a la Guardia Civil con cánticos y banderas o a emitir opiniones incendiarias. Esa gente se convierte así en escudos de unas naciones que no dejan de ser constructos históricos y de unos dirigentes que han mirado más por sus propios intereses que por los de sus ciudadanos. 

Algo que también se aprecia en la película es que los nativos no odian a los españoles, sino a los invasores, por eso la rivalidad con España da lugar más tarde a un enfrentamiento con los nuevos colonizadores, los estadounidenses. Pero para que el regimiento español sitiado en Baler se dé cuenta de esto y descubra que su guerra ha terminado necesita escuchar al otro bando, fiarse de unas noticias que parecen difíciles de creer y arriesgarse a fracasar en su misión. Y eso es en lo que están fallando tanto los nacionalistas de las esteladas como los de las rojigualdas: no están dispuestos a entenderse, las informaciones que deciden recibir solo les reafirma en sus posturas y no permitirán que su misión se frustre, sea esta misión mantener la unidad de España o lograr independizarse de ella.

También llama la atención cómo la obsesión del teniente al mando por seguir las normas al pie de la letra, sin cuestionar el contexto en el que se encuentra, solo alarga el enfrentamiento. Las normas son esenciales para convivir, especialmente en una democracia y especialmente cuando son normas aceptadas e interiorizadas, como ocurre con los códigos militares o la Constitución, pero eso no justifica escudarse en ellas para no aceptar lo que no podemos o queremos comprender. Así, las normas que en Baler llevaron a más muerte y sufrimiento llevan ahora a un enconamiento del conflicto. 

Otra figura interesante en la cinta es el sargento, que impide cualquier raciocinio con aseveraciones taxativas y con órdenes lanzadas a voces. Los “disparad al desertor” o “no podemos fiarnos del otro lado” de ese hombre, siempre enfadado, se sustituyen por los actuales “España nos roba”, “o estás con nosotros o estás contra nosotros”, “están dando un golpe de estado” o “los medios de comunicación están comprados”. Poco importa la veracidad cuando alguien, sobre todo si es un superior o una cierta autoridad, repite determinadas consignas a gritos.


Y como los ánimos están tan caldeados, voy a terminar como empecé, justificándome. Por si acaso. Los párrafos anteriores obedecen a un texto literario en el que predominan las metáforas y las generalizaciones. Por supuesto que hay dirigentes honrados, por supuesto que hay personas dispuestas a entenderse en ambos bandos y por supuesto que el incumplimiento de la ley debe ser el último recurso. Nada debe entenderse de forma literal, porque la crítica no es ni a quienes defienden ni a quienes se oponen al referéndum o la independencia, sino a quienes enarbolan una bandera como argumento definitivo. Porque creo que Los últimos de Filipinas es suficientemente paradigmática como para hacer ver, al que esté dispuesto a verlo, que enfrentarse por motivos nacionalistas es bastante ridículo.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)