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sábado, 31 de agosto de 2019

[Cine] Crítica: 'Kuso' (2017). Repugnante, pero decepcionante

‘Kuso’, promocionada como la película más repugnante jamás rodada, llega a Filmin como un pobre intento de reflexión artística y con menos provocación de lo que cabría esperar 


kuso filmin película

El éxito de ‘The Disaster Artist’, una de las cintas del año 2017, basada en el rodaje de la considerada peor película de la historia, ‘The Room’, sirve en parte como muestra de la relevancia y el atractivo del feísmo en el arte o, al menos, en la cultura. Y es que ‘The Room’, convertido en título de culto gracias, precisamente, a su mala publicidad y a ese dudoso título de peor película de la historia, es quizá el mejor ejemplo de que la mala publicidad es, al fin y al cabo, publicidad y –muy importante– morbo. ‘Kuso’, que llegó el 30 de agosto a España de la mano de Filmin –más allá de mi opinión sobre la película, es de agradecer que una plataforma como esta apueste por un cine no comercial y por títulos marginales–, explota ese atractivo de lo desagradable, de lo feo, de lo grosero, sin miedo a definirse como la película más repugnante jamás rodada. De hecho, su proyección en Sundance provocó la salida de numerosos asistentes de la sala, asqueados, algo que la promoción de la película no ha ocultado, sino de lo que se enorgullecer.

En este aspecto la película de Flying Lotus es provocadora, pero no tanto como ella misma piensa. De hecho, si es algo, es, en general, mala. Me atrae la intención, la posibilidad de explorar fronteras y desafiar a quien mira, como Duschamp y su Fuente, pero creo que no hay ningún tipo de crítica ni reflexión conceptual detrás. Es solo una película repugnante, que explota el morbo que pueda despertar en un sector del público y la libertad absoluta del creador de hacer algo totalmente no convencional.

Así, no hay nada en la película, más allá de 95 minutos de imágenes surrealistas que combinan animaciones con una estética que recuerda a las realizadas por Terry Gilliam para Monty Python, y acción real, con personajes cargados de póstulas y deformaciones. Todo ello, girando siempre alrededor de orificios, secreciones, vómitos, escatología, sexualidad, suciedad y obscenidad. Y con un uso del sonido que acreciente la incomodidad. Aun con esto, la obra de Flying Lotus es más aburrida que repugnante.

Asquerosa reflexión sobre el arte


Esto no significa que no sea desagradable; lo es, y mucho. Pero la propia película es limitada en su intento de asquear, tanto por la utilización de animación como por la mala calidad del maquillaje y los efectos visuales. Desde luego, hay orgullo en esa búsqueda de lo cutre, pero la mala calidad de la imagen y el uso del encuadre limitan algunas de las imágenes más impactantes, restándole fuerza –algo que, por otra parte, agradezco, porque hay secuencias que producen verdadera repulsión–.

Kuso película cartel

Por otro lado, sí hay un cierto debate sobre el arte, sobre qué es arte; incluso en un momento del film alguien comenta “art is garbage”, el arte es una mierda, en una clara referencia metalingüística, pero no hay en ‘Kuso’ una reflexión profunda en torno a esta o, en realidad, ninguna otra materia. De hecho, probablemente sea muy generoso considerar a esta obra como arte. Sería más adecuado considerarla un producto cultural que explora ciertos límites, pero que no lleva más allá ni el arte fílmico ni su práctica. En realidad, hay un ejemplo reciente, ‘Pieles’, de Eduardo Casanova, mucho más rica en su estudio de texturas y en su análisis de lo desagradable, y también mucho más inteligente y sensible en su planteamiento, que hace que el experimento pierda casi todo su valor y capacidad de transgresión.

Kuso’ existe, en definitiva, porque puede, y eso en sí mismo es una buena noticia, pero no tiene ningún fin, no aporta nada. Es bueno que exista, pero es totalmente innecesario verla.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 20 de febrero de 2019

[Cine] Crítica: 'They' (2017), de Anahita Ghazvinizadeh. Sensible normalización

‘They’, presentada en el Festival de Cannes, llega al catálogo de Filmin este viernes, 22 de febrero, con una sutil reflexión sobre la pubertad y la identidad de género


‘They’, presentada como la historia una persona de género fluido que debe dejar de tomar la medicina que frena su pubertad y decidir finalmente cuál es el género con el que debe entrar en la juventud, narra una historia más compleja que esto. Y ese es el elemento clave de la película, pues normaliza la situación y el fenómeno de la fluidez de género y de la búsqueda de identidad, restándole drama y protagonismo para otorgárselo a otros personajes, dejando que esta historia se convierta en el marco, casi el macguffin, de todo el film. De esta forma, las leyes de extranjería de Estados Unidos, el acceso a la sanidad, la interacción entre culturas o la ausencia de un miembro de la familia ganan peso, añadiéndole capas a la obra.

Ellos, pronombre al que responde J, es, no obstante, el personaje central de la narración. Es la ausencia de sus padres la que hace que su hermana y su novio iraní pasen unos días con ellos; y es la decisión que debe tomar sobre su identidad de género la que abre y cierra la película. No existe un elevado grado de dramatismo asociado al personaje, al menos no en su relación con otros, pero sí se percibe su desorientación interna. El reflejo de este aspecto presenta una de las reflexiones más interesantes de la obra: ¿cómo se siente una persona que, cuidada por una familia que la quiere y aceptada por quienes le rodean, no sabe definir quién es? Esto, junto a la tematización de la terminología con la que ellos –el personaje de J– quieren ser referidos, es la mayor aportación del film. 

Poco interés más allá del personaje central 


La película, en términos puramente fílmicos, tiene algunos fallos. La incorporación de una parte más artística y experimental a la narración, con el juego con el foco de la cámara, las flores, la música o la poesía, que sirve en gran medida como leit motiv y como reflejo de las dudas de ellos, resulta solo parcialmente atractiva y no siempre acertada. Y, si bien es cierto que la película no se alarga por este motivo –en total son poco más de 75 minutos–, tal vez se agradecería una mayor profundización en la historia de los personajes que estas referencias más alegóricas. A su vez, los personajes, aunque bien diseñados y con abundantes matices, se ven limitados por algunas líneas de diálogo artificiales y por interpretaciones un tanto mediocres por momentos.


Pero esto es comprensible y excusable, pues se aprecia la sencillez y amataurismo de esta obra presentada en el Festival de Cannes de 2017. Una obra, por cierto, financiada en gran medida por dinero qatarí y escrita y dirigida por la iraní Anahita Ghazvinizadeh, alumna de Abbas Kiarostami. Puede resultar sorpresivo este origen dada la intransigencia religiosa que define a ambos países, no obstante conviene apuntar que la transexualidad está más aceptada y extendida en Irán que en muchos países occidentales.

Más allá de lo que rodea a la obra, más allá incluso de las propias características de la misma, el valor de esta cinta radica en su capacidad de sensibilización y normalización al retratar la realidad de muchas personas que deben descubrir algo tan básico como su identidad. 

Lo mejor: el debate sobre la terminología y el conflicto interno de las personas de género fluido
Lo peor: el nivel de algunas interpretaciones y diálogos 
Nota: 6/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 8 de noviembre de 2018

[Series] 'Regreso a Howards End': precioso y perfeccionista drama de época británico

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

‘Regreso a Howards End’, disponible en Filmin, combina casi todos los elementos del drama de época británico con unas grandes actuaciones para lograr una obra actual, sutil, inteligente, redonda y (tal vez demasiado) bonita


Pocos países cuentan con una producción tan reconocida y reconocible como el Reino Unido. ‘Downton Abbey’ no es ni de lejos el único, aunque sí es el más característico y al que es imposible no recurrir al analizar ‘Regreso a Howards End. Tampoco es posible separarse de la novela de E. M. Forster en la que se basa, ni de la película homónima de James Ivory estrenada en 1992.

La miniserie dirigida por Hettie MacDonald bebe de todos ellos, explotando al máximo los aspectos propios de los dramas de época británicos: tramas familiares, con un drama más bien ligero pero constante; ese humor británico tan popular y tan difícil de comprender; una banda sonora suave y frecuente; paisajes pintorescos y casas hermosas, con recogidos interiores y abiertos exteriores; el exceso de corrección y pompa de la sociedad, sobre el que constantemente se debate; y una profunda reflexión sobre la diferencia de clases, la revolución de la sociedad y la creciente independencia femenina, con el sufragismo como caso paradigmático. Cada uno de estos elementos puede observarse por separado, pues su riqueza es muy notable.

La trama: el camino de los hermanos Schlegel, sobre todo de las dos hermanas mayores, se cruza con el de la adinerada familia Wilcox y de el de la familia de clase trabajadora Bast. Una herencia disputada, un amor frustrado, un matrimonio casi de conveniencia, diversos líos inmobiliarios, dificultades económicas, alguna infidelidad... A pesar de su desigual gravedad, los temas se tratan con calma y sin excesiva gravedad, adentrándose en lo que significan para los personajes que los viven.

El humor: no abunda, pero es constante a lo largo de los cuatro capítulos, con el caprichoso y brutalmente sincero Tibby Schlegel como elemento cómico.

La música: de gran belleza, aparece en numerosos momentos, ayudando a comprender el tono y la sensación de secuencias que, en ocasiones, no resultan tan explícitas. Predomina la cuerda y el piano, también con presencia diegética.

El entorno: tanto la espléndida residencia rural de Howards End como las residencias urbanas son elementos centrales en la trama; tanto los edificios, más o menos lujosos, pero siempre coquetos y hermosos, como los exteriores naturales y urbanos (muy detallista y trabajada la combinación de carruajes y coches en las calles, un tanto sucias y embarradas) suponen uno de los aspectos más atractivos de la serie, gracias en parte a la preciosa fotografía, que cuida cada plano.

El lenguaje: la formalidad y la pompa británicas se tematizan aquí con personajes, sobre todo los tres Schlegel –de ascendencia alemana–, directos y honestos. La distinción entre la forma de hablar de las distintas clases sociales y entre géneros es sobra la que reposa el debate sobre sus desigualdades.

Regreso a Howards End

La reflexión sobre la desigualdad: es un tema recurrente en este tipo de obras, pues reflejan el momento en el que las brutales diferencias de clase y de género comenzaron a venirse abajo. Por supuesto, ese proceso no ha concluido en la actualidad, por lo que, sobre todo el contenido feminista, tiene una gran vigencia en el presente.

Perfección extrema


Cada uno de estos elementos es tratado con mimo, inteligencia y sutileza. De hecho, esa sutileza es la principal característica diferenciadora de esta miniserie, pues la maldad y la bondad son relativas, buscando comprender los motivos de cada personaje, y sin que sea sencillo incluir a cada uno de ellos en compartimentos estancos, pues su complejidad lo impide. Esto resulta especialmente interesante en lo referente a la discusión sobre la desigualdad social y de género, pues no se realiza un juicio desde la perspectiva actual, sino que, se observa desde la propia sociedad de aquel momento.

Así, la serie resulta cautivadora. Sin que esté sucediendo en la pantalla algo extraordinario, la inmersión en la trama es total, gracias en gran medida al lenguaje y carisma de los protagonistas. Sus actuaciones, en especial la de Hayley Atwell, son muy comprometidas y minuciosas.

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

Esto no impide, quizás incluso promueve, que la miniserie resulte excesivamente bonita y perfecta. El cuidado de cada plano, de cada situación y de cada diálogo llega a resultar un tanto empalagoso y a restarle credibilidad. Esto se ejemplifica en el último tramo del último episodio, en el que todo debe quedar resuelto y adornado. Sin embargo, el cierre resulta aséptico y precipitado, sin la profundidad y el nivel de detalle del resto de los capítulos, y con una inverosímil pulcritud.

Ese cierre deja una sensación agridulce, propia también de este tipo de producciones, si bien aquí no es una opción de la historia, sino una discutible decisión narrativa. Tal vez fuera este elemento el único que faltaba a esta miniserie para hacer un arte de todas las características del drama de época británico.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 11 de julio de 2018

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Club Europa' (2017), de Franziska Hoenisch

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Club Europa' (2017), de Franziska Hoenisch

‘Club Europa’, presente en el Atlàntida Film Fest, plantea un retrato interesante, aunque incompleto y pesimista, de una juventud europea individualista y multicultural 


La flexibilidad de las fronteras, las posibilidades económicas de las familias, la mejora de los medios de transporte y comunicación y el conocimiento de idiomas de las nuevas generaciones han facilitado que la movilidad de los jóvenes en los últimos años haya sido elevada, tanto en el contexto europeo, como en otros países considerados occidentales. Uno de los efectos de este fenómeno es el que se observa en ‘Club Europa’. En ella, tres jóvenes de diferente nacionalidad –Martha, una francesa; Jamie, un estadounidense; y Yasmin, una alemana– comparten piso en Berlín. Confrontados con la crisis de refugiados que Europa vive desde hace algunos años, deciden acoger en su piso, y este es el elemento central de la trama, a Samuel, un demandante de asilo procedente de Camerún. 

La integración parece fácil en un entorno multicultural y educado, en el que se utilizan casi de forma indistinta el francés, el alemán y el inglés. Sin embargo, las distintas necesidades de los cuatro jóvenes, que se encuentran en momentos decisivos para su futuro, y las complicaciones que el sistema impone para la acogida de Samuel complicarán la convivencia y tensarán la relación en el piso. 

Se trata de una historia cercana, no muy diferente de la que probablemente se haya vivido en algunas ocasiones en un barrio como el popular y multicultural Kreuzberg, en el que se sitúa la trama, o en otras grandes ciudades europeas. Así, la película es también pequeña e íntima, sin salir apenas del interior de la casa. Una casa, a su vez, sencilla, antigua y con escasa decoración. La iluminación es en general muy tenue y los colores, fríos; se transmite con esto tanto la frialdad del clima berlinés en diciembre como una cierta sensación de melancolía y tristeza. De hecho, incluso los momentos de alegría o diversión se viven con tensión contenida y culpabilidad. 

La fuerza y el potencial de ‘Club Europa’ se diluyen por su visión pesimista y parcial


La cinta tiene una indudable fuerza, pero la carga de negatividad es excesiva. Se incide en la desorientación de los jóvenes ante su futuro, se cuestiona el egoísmo de los tres afortunados y se critica el funcionamiento del sistema. Estos elementos, muy relevantes y necesarios, no se compensan lo suficiente con la otra cara de la realidad: jóvenes muy preparados, concienciados con su realidad social y un sistema que, aunque imperfecto e infinitamente mejorable, ha permitido, como dice la madre de Martha en un momento de la obra, que Samuel haya podido ser acogido, al menos de forma temporal. Más allá de qué versión de la realidad resulte más certera, la película opta por un pesimismo que resulta incompleto.

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Club Europa' (2017), de Franziska Hoenisch

Los personajes, que tienen un enorme potencial y que están interpretados con solvencia, resultan planos y sin evolución a lo largo del film, desaprovechando sus grandísimas posibilidades. Lo mismo ocurre con otros elementos, como la reflexión en torno a los acuerdos de Dublín III –por los que los demandantes de asilo deben solicitar su estancia en el primer país de la UE que los registró– o la decisión de Samuel de comprarse unas zapatillas en lugar de enviar ese dinero a su familia en Camerún. Se abren debates muy interesantes, pero sin un gran desarrollo que permita profundizar en ellos y en sus complejidades. 

Con todo, y a pesar de no explotar toda su riqueza, la cinta de Franziska Hoenisch resulta muy relevante en un momento en el que el debate migratorio en Europa, y con especial fuerza en Alemania, sigue abierto. Hacerlo desde la perspectiva de la generación no solo más afectada por esta situación, sino también la que tiene la posibilidad de solucionarla, resulta un acierto. Aunque incompleto, un magnífico intento de retratar una generación individualista, preparada y multicultural. 

Lo mejor: la temática y los debates que subyacen 
Lo peor: la casi nula evolución de los personajes 
Nota: 6.5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 8 de julio de 2018

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Daha' (2017), de Onur Saylak

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Daha' (2017), de Onur Saylak

'Daha', presente en el Atlàntida Film Fest, se aproxima magistralmente al drama de quienes huyen de la guerra desde la perspectiva del hijo de un traficante de personas en Turquía


En marzo de 2016 entró en vigor un polémico acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para frenar la llegada de demandantes de asilo, procedentes en su mayoría de Siria, a las costas griegas. Aunque cuestionable desde el punto de vista de los derechos humanos, el acuerdo sirvió para disminuir el número de muertes en el mar Egeo y para reducir el número de migrantes que optaban por la conocida como ruta del Mediterráneo oriental. Aunque la acción de las mafias y los traficantes de personas sigue activa, sobre todo en otros puntos del Mediterráneo, su presencia parece menor en las costas turcas. 

Sin embargo, sobre todo entre 2015 y 2016, la relevancia del tráfico de personas en Turquía fue muy notable, con historias dramáticas, por supuesto, para quienes huían de la guerra o del terrorismo y eran tratados como mercancía. Pero también con víctimas colaterales que se vieron afectadas por la brutalidad y el dolor del fenómeno. Una de esas víctimas es Gaza, un joven que vive con su padre, camionero y traficante de personas, al que ayuda mientras culmina sus estudios. 

El comportamiento despótico, violento y primario del padre, Ahad, no siempre consigue hacer mella en el joven Gaza, que encuentra en sus amigos, el hip-hop que escucha en otros jóvenes de su localidad o en el mar junto al que vive la libertad para huir del mundo que le rodea. Sin embargo, Gaza está condenado a acabar convirtiéndose en un monstruo, pues es complicado llegar a ser un ser humano cuando a tu alrededor nunca has observado ni un gesto de humanidad. 

Una obra magistral para un tema doloroso 


La película muestra así una cara más del horror. Y lo hace con fuerza, con una estructura compacta y bien construida y con elementos visuales atractivos. También son extraordinarias las actuaciones protagonistas: la del joven Hayat Van Evk pasa de la inexpresividad y la desorientación a la rabia, convirtiéndose en el personaje desatado, irracional y primitivo que interpreta el veterano Ahmet Mumtaz Taylan. La evolución del protagonista y el análisis de ese proceso son magistrales.

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'Daha' (2017), de Onur Saylak

También lo es la capacidad de incorporar, aunque sea fugazmente, la capacidad de incorporar en una obra pequeña tantos elementos relacionados con la migración de los demandantes de asilo procedentes de Oriente Medio: el viaje en barco de gente que no sabe nadar y que siente pavor ante el agua, el riesgo de naufragios de las barcas sobrecargadas, la inutilidad de chalecos salvavidas relleno de resina, los sobornos y la complicidad de las fuerzas de seguridad, los abusos sexuales que sufren las mujeres, la fragilidad de los menores, el agobio y la falta de aire en el interior de los camiones, la conversión de seres humanos en mercancía con la que negociar, la lejanía e ignorancia de los líderes sobre el conflicto… Así, una historia personal, un improbable Coming of Age, se convierte en una obra mucho más compleja y completa, reflexionando sin victimismos sobre las diversas aristas y víctimas de esta problemática. 

Con todos estos argumentos, ‘Daha’, que en turco significa “más”, consiguió el premio FIPRESCI en la Seminci de Valladolid y formó parte de la sección oficial del prestigioso festival de Karlovy Vary. Sin embargo, su mayor valor no es solo el de contar una historia tan dolorosa como la del tráfico de seres humanos, sino el de hacerlo desde una perspectiva menos habitual, en la que todos los implicados son vistos como víctimas y en el que la maldad no es innata, sino inevitablemente adquirida. Una historia horrible en el fondo y fascinante en la forma que invita a reflexionar e ir más allá en una materia tan dura y complicada. 

Lo mejor: la fuerza de la película gracias al tema y las interpretaciones 
Lo peor: que se pierdan algunos matices al no diferenciar el idioma de los migrantes del turco que hablan los protagonistas 
Nota: 8


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 4 de julio de 2018

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'The Great European Cigarette Mystery’ (2017), de Jeppe Rønde

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'The Great European Cigarette Mystery’ (2017), de Jeppe Rønde

La danesa ‘The Great European Cigarette Mystery’ reabre un polémico caso de lobby en la Comisión Europea con una narración más propia de una entretenida obra de ficción que del documental clásico


En 2012 el Comisario Europeo de Sanidad, el maltés John Dalli, dimitía, presumiblemente presionado por el Presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, por un supuesto caso de corrupción relacionado con un grupo de lobby de la industria tabacalera. ‘The Great European Cigarette Mystery’, una obra danesa que llega ahora a España gracias al Atlàntida Film Fest de Filmin, aspira a indagar en ese tema, pues podría deberse a una oscura maniobra de otros altos cargos, incluyendo al propio Durão Barroso y a Giovanni Kessler, Director general de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude, que buscaban ellos mismos beneficiarse de acuerdos con los lobbies del tabaco. 

Quizás el cine y la televisión, predominantemente provenientes de Hollywood, nos hayan llevado a circunscribir este tipo de historias a décadas pasadas en Washington, mas este fenómeno es mucho más cercano de lo que podríamos pensar. Lo cierto es que Bruselas es, tras la capital estadounidense, el lugar del mundo con una mayor presencia y actividad de lobistas y grupos de presión, y es obvio que el tabaco es uno de los más fuertes y polémicos. Esa es la principal lección que se extrae del documental pues, aunque no arroje ninguna prueba de interés sobre el polémico caso, pone de relieve la importancia de este tipo de actividades, casi siempre ocultas al gran público. 

Y es que, aunque parezcan actividades procedentes de una película de ciencia-ficción o algo casi exclusivo de los gobiernos más corruptos del mundo, el poder de los grupos de presión sigue siendo muy elevado y es interesante sacar a la luz su existencia. ‘The Great European Cigarette Mystery’, no consigue ofrecer sacar conclusiones sobre el tema concreto que proponía, pero sí permite acercarnos a un mundo secreto y oscuro del que probablemente se habla menos de lo que se debería. Y para lograr esto es tan válido un documental como una obra de ficción. 

Más cerca del thriller que del documental


Ese es realmente el debate de la película, que, aunque se distribuye como documental, se aproxima a un thriller político. Observamos a dos periodistas daneses, Mikael Bertelsen y Mads Brügger, que investigan el caso y entrevistan a los protagonistas, principalmente a John Dalli, pero sin que parezcan prestar atención a la cámara. Nunca se dirigen a ella, sino que parecen interpretarse a sí mismos, ajenos al espectador. La acción, a pesar de escenificada y hasta sobreactuada en ocasiones, resulta bastante creíble y comprensible. Y aunque artificial, es una estrategia atractiva, pues además de salirse de algunos patrones más clásicos del documental, se coloca al periodista en el centro, mostrando su proceso de investigación y otorgando dinamismo al relato. No obstante, esta técnica puede llegar a resultar forzada, ya que a través de los diálogos y de la acción se intenta explicar al espectador todo lo que sucede y por qué es relevante, por lo que dichos diálogos resultan artificiales en su intención didáctica.

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'The Great European Cigarette Mystery’ (2017), de Jeppe Rønde

A esto se añade que no se narran los hechos de forma lineal, sino que se reserva información para incorporar más adelante un giro en la trama. Este elemento de sorpresa aproxima la narración, una vez más, al thriller más que al documental, primando el atractivo sobre la veracidad y la verosimilitud. De hecho, incluso suponiendo que todo lo que se narra sea verdadero, lo artificial y artístico de la narración le resta cierta credibilidad. Y, aunque es una herramienta atractiva para comprender el proceso de investigación de los periodistas, es probable que los hechos demandasen otra aproximación. 

Lo que sucede con la película puede resumirse a través de su propio título: ‘The Great European Cigarette Mystery’. Por un lado, resulta decepcionante que el tema del tabaco y de los lobbies de la industria se abandone tan pronto; por otro lado, utilizar la expresión “The Great Mystery”, “El gran misterio” nos da pistas sobre la vocación artística y enigmática de la obra. Así, puede resultar chocante o decepcionante no encontrar exactamente lo que la obra prometía, mas no es una estrategia desacertada y, ante la falta de respuestas, bienvenidas sean las preguntas que plantea. 

Lo mejor: una narración atractiva 
Lo peor: que se aleje tan pronto de los lobbies del tabaco, el tema que inicialmente ofrecía 
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 23 de abril de 2018

[Documental] 'Avicii: True Stories': retrato de una vida que explica una muerte

Tras conocer la muerte del DJ y productor sueco Avicii repasamos el documental 'Avicii: True Stories', estrenado en octubre y que en muchos aspectos anticipa y explica las causas indirectas de su fallecimiento el pasado viernes

 'Avicii: True Stories': retrato de una vida que explica una muerte

Este viernes trascendía la muerte de Tim Bergling, más conocido como Avicii, en Mascate, la capital de Omán. Aunque las circunstancias de la muerte no se conocen con absoluta claridad, parece que se debió a la pancreatitis aguda que sufría desde hace años y que en parte venía derivada de una excesiva ingesta de alcohol. Es un momento muy adecuado para revisar ‘Avicii: True Stories’, un documental estrenado en octubre de 2017 y disponible en Netflix, no solo por la percha informativa, sino porque, independientemente de las causas directas del fallecimiento, el trabajo de Levan Tsikurishvili refleja el contexto y los detonantes que han podido estar detrás del mismo.

‘True Stories’ repasa la carrera del DJ y productor sueco desde sus comienzos en el mundo de la música electrónica hasta su retirada en 2016, pasando por el éxito que alcanzó con ‘Levels’ y que lo convirtió en una estrella, sus giras o sus problemas de salud. Cuenta con testimonios de artistas como David Guetta, Wyclef Jean o Tïesto y con abundante material inédito de Bergling y de su entorno más cercano. Pero el montaje no es demasiado atractivo, pues resulta demasiado básico, sin estilo y sin la suficiente profundidad en muchos aspectos, sobre todo de su música. Y es que el componente musical resulta demasiado escaso para un documental sobre un productor y creador como Avicii. Esto puede deberse a que en último término lo que parecía intentar el documental era justificar las causas de su retirada más que adentrarse en su carrera.

Mas las condiciones han cambiado radicalmente con la noticia de su muerte. Y lo que podría haber sido una biografía más o menos mediocre, se convierte ahora en una ilustración esencial para comprender la industria de la música electrónica de baile y una nueva visión de lo que implica la fama y el éxito.

 'Avicii: True Stories': retrato de una vida que explica una muerte

En un momento del metraje se conecta el ascenso de la música house y dance con el ascenso del propio Avicii en una analogía que no parece descabellada, pues ha sido en los últimos años cuando los grandes hits y los festivales de este tipo han alcanzado cotas de popularidad nunca antes vistas. Y en parte ha sido gracias a Avicii, pues con temas como ‘Levels’, ‘Hey, Brother’ o ‘Wake Me Up’ alcanzó el mainstream y contribuyó al crecimiento no solo de este estilo musical, sino del negocio y la industria que lo rodean.

Y son esa industria y el éxito, que demandan cada vez más shows, más sencillos, más colaboraciones, quienes dieron lugar a esa ansiedad que obligó a Tim Bergling a anunciar su retirada en 2016 y a cancelar eventos durante los meses previos. También es responsable de esta situación la pancreatitis que sufría desde 2013 y que se derivaba de sus adicciones, sobre todo su alcoholismo. En conjunto, un estilo de vida no solo alocado, sino mucho más exigente de lo que el espectador medio pueda imaginar, y que es común a gran cantidad de estrellas, particularmente a las de música electrónica de baile (EDM).

En 2017 las consecuencias de este estilo de vida habían sido la cancelación de varios eventos y la retirada de los escenarios, pero sin abandonar la faceta productora y creadora. De hecho, el documental termina anunciando un trabajo que vería la luz poco después del estreno del film. Así fue y eso podría haber hecho pensar que una vida más relajada podría haber resultado positiva para el artista sueco de 28 años. Sin embargo, su muerte esta semana demostraba que probablemente no había sido suficiente.

Tanto su vida como su muerte son paradigmáticos, no solo para representar el funcionamiento de la industria de la EDM, sino también para mostrar que los ascensos meteóricos y el éxito desbordado siguen suponiendo el sueño y la pesadilla de una larga lista de estrellas fallecidas demasiado pronto y de forma dramática.

Lo mejor: la relevancia que ha ganado el documental para explicar las causas indirectas de la muerte de Avicii
Lo peor: su deficiente montaje y factura
Nota: 6

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 31 de enero de 2018

Dark: el valiente, inteligente y tenso debut de las producciones alemanas en Netflix

Estrenada el 1 de diciembre, Dark se convirtió en un mes en una de las sensaciones seriéfilas de 2017, tanto entre el público como entre la crítica. Comparada con Stranger Things, es una apuesta más adulta y sobria, que demuestra además una gran inteligencia en su trato de algo tan complejo como la multidimensionalidad del tiempo.


Las series, las películas, los libros y, en general, las historias sobre viajes en el tiempo plantean uno de los mayores desafíos a los que se puede enfrentar un escritor, guionista o director. Interstellar, de Christopher Nolan, ofreció en 2014 una de las apuestas más cuidadas y adultas. Dark alcanza ahora un nivel de complejidad y perfeccionismo todavía superior al aprovechar la extensión de una serie para adentrarse y desarrollar con mayor minuciosidad y tensión una trama totalmente adictiva.

La pequeña ciudad alemana de Winden, que vive en gran medida gracias a la planta nuclear ubicada en sus alrededores, se encuentra conmocionada por la desaparición de un menor. En una ciudad anodina en la que nunca pasa nada, la desaparición días más tarde de otro chico y la aparición de un cadáver imposible de identificar hará aflorar los secretos ocultos y las mentiras que los habitantes de Winden llevan callando durante mucho tiempo.

Es cierto que, a priori, no ofrece una sinopsis novedosa, pero el aprovechamiento de unos elementos relativamente sencillos da lugar a un juego intertemporal de una inteligencia admirable. Así, la capacidad de sorpresa, la riqueza de unos personajes que evolucionan entre las distintas épocas y el cuidado en la narración generan una tensión y una capacidad de atracción muy notables.

A eso ayuda una narración intencionadamente compleja, con saltos temporales inesperados, con tramas paralelas, con una información que se entrega al espectador en las dosis oportunas y con unos personajes que no siempre son fáciles de identificar. En especial porque esos personajes son, con frecuencia, los mismos que ya conocemos, solo que en una etapa distinta de su vida y con motivaciones diferentes. Solo con el paso de los capítulos se pueden ir uniendo piezas en un puzzle que, por otra parte, no deja de crecer y complicarse, dejando múltiples interrogantes abiertos para una segunda temporada que ya ha sido confirmada.

Y es que si la primera serie alemana producida por Netflix ha funcionado tan extraordinariamente bien –es la serie original en habla no inglesa más exitosa de la plataforma a nivel mundial– es en parte porque tiene la firma de ambas. Se notan los medios técnicos, la calidad de la producción y la valentía de la apuesta que Netflix permite a sus productos audiovisuales. Pero también se nota una sobriedad y un cierto humor negro muy propios de las obras germanas. En este sentido, tanto la inclusión de la central nuclear –recordemos que el movimiento antinuclear alemán es pionero a nivel mundial– como de Irgendwie, Irgendwo, Irgendwann, –el clásico de Nena, que funciona como leitmotiv de la serie, es una de las canciones más míticas y populares del pop alemán de los 80 y tiene una letra que se ajusta con sorprendente precisión a la trama de la serie– suponen, además de grandes aciertos, interesantes guiños a la sociedad teutona.


Y esos sellos de identidad alemanes permiten que Dark se diferencia de Stranger Things, la exitosa producción de Netflix a la que se presupone casi sucesora. Mucho más contenida y sutil –menos hollywoodiense, podríamos decir–, no es necesario comparar pues, a pesar de sus innegables semejanzas, son series que juegan en ligas distintas. En gran medida porque si la nostalgia ochentera es la clave de Stranger Things, en Dark el elemento que cabría destacar por encima de cualquier otro es la tensión.

Una tensión que no se esfuma ni cuando, en apariencia, no pasa nada en la pantalla. La serie creada por Baran bo Odar mantiene al espectador en continuo estado de alerta sin necesidad de sustos ni efectos de ningún tipo. Sus armas son una banda sonora suave y tenebrosa –gran elección también la de Goodbye, de Apparat, para la intro– y una fotografía siempre arriesgada, con planos a menudo irregulares, oscuros y filtrados por el entorno que rodea la acción. El sonido y la estética apoyan así la atmósfera opresora y deprimente de una ciudad lluviosa, en la que nunca sale el sol y en la que nunca vemos a un personaje reír.

Porque, efectivamente, Dark no está aquí para hacernos reír. Tampoco da miedo, ni compasión. Lo que Dark despierta en nosotros es lo mismo que despierta la oscuridad de su título y de su ciudad: una tensión y un estado de alerta ante lo que pueda venir. Porque, en medio de la oscuridad, no sabemos dónde está el peligro. Ni cuándo.

(Publicado en Culturamas)

martes, 30 de enero de 2018

Crítica Nº 2: 'La llamada' (2017), de Javier Calvo y Javier Ambrossi


Esta crítica de La llamada se justifica ahora por sus cinco candidaturas a los Goya, que se entregan este fin de semana, y por los dos premios Feroz –a Mejor comedia y Mejor tráiler– que se llevó hace una semana. Suponiendo que los premios de verdad valoran la calidad de una película, estamos ante una buena obra. Y lo es, como veremos, pero ese no es, ni de lejos, el valor de la cinta dirigida por “los Javis” –Javier Ambrossi y Javier Calvo–. Su interés reside en su capacidad de servir de himno a una generación. La llamada refleja con precisión muchos de los sentimientos y comportamientos de ese grupo de personas que se encuentran a caballo entre la generación Y, o millennial, y la generación Z.

Música electrónica o electro-latina, con fugaces ídolos de barro moldeados por redes sociales y smartphones; la pérdida de importancia de una religión que, no obstante, sigue presente en muchos aspectos de una sociedad a lo que todavía no pertenecen; una sensación de desorientación, de dudas ante el futuro –este es, seguramente, el aspecto clave y el que mejor refleja la cinta–, que contrastan con la claridad que la generación anterior tenía y que, en ocasiones, condujo a la frustración y el arrepentimiento. Todo eso se reproduce en La llamada sin realizar un estudio en profundidad, pero con la suficiente fidelidad como para convertirse en una de las mejores lecturas que el cine (español) ha realizado hasta ahora de los jóvenes que han (hemos) crecido para ver la explosión de la burbuja económica.


Centrados ya en aspectos fílmicos, la localización se limita casi exclusivamente al entorno del campamento, el número de personajes es reducido y la trama es sencilla: una adolescente (Macarena Gómez) que acude con su amiga (Anna Castillo) a un campamento organizado por monjas (Belén Cuesta y Gracia Olayo) cree ver a Dios. En ese contexto, es en la música y en las interpretaciones donde se logran los mayores méritos de la película. Y de estas, destaca la de Belén Cuesta; similar a la mayoría de sus papeles, el mérito es seguir precisamente fiel a un estilo reconocible y combinar algunas de las reflexiones más profundas sobre las decisiones erróneas y el consiguiente arrepentimiento con los mayores toques de humor del film. Y es que ahí reside otro de los elementos a destacar. En esa vis cómica que, sin embargo, es menor de lo que anticipaba el tráiler. Sí es cierto que el tono general es ligero y alegre, pero, en ocasiones se vuelve intensa y dramática, como si estuviéramos presenciando el derrumbe emocional de personajes que llevan rumiando interiormente esos problemas desde mucho antes de que arrancase la narración.


Inteligente esa visión, como inteligente es también el desarrollo de los acontecimientos, pues, en esa sencillez se esconden algunas sorpresas, así como un contenido y un mensaje más ricos de lo que cabría esperar. Así, La llamada está plagada de atractivos, desde la riqueza de la narración a las interpretaciones, pasando por esa banda sonora tan pegadiza y variada de Leiva que resulta particularmente acertada al estilo y el sentido de la obra. Y junto a dichos atractivos, sus características le hacen trascender la pantalla. Por eso la película ha sido uno de los fenómenos del año. Por eso el musical en el que se inspira lleva tanto tiempo en cartel. Por eso el discurso de Javi Calvo al recoger el Feroz fue tan popular en la redes sociales. Y por eso La llamada es tan relevante para comprender a esta generación. Porque, como ella, es simple y compleja a la vez. 

Lo mejor: cómo captura la desorientación de la adolescencia
Lo peor: que a veces puede llegar a resultar demasiado intensa y forzada
Nota: 8

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 26 de enero de 2018

Crítica: 'La última bandera' (2017), de Richard Linklater


La última película de Richard Linklater, que se estrena el 16 de febrero, narra la historia de tres veteranos de la Guerra de Vietnam que se reúnen para enterrar al hijo de uno de ellos, fallecido en la Guerra de Irak.

Censurar el comportamiento de los dirigentes políticos que envían a soldados, a críos, a morir en tierras lejanas en nombre de un país es algo bastante frecuente en el cine. Comparar la Guerra de Irak con la Guerra de Vietnam tampoco es particularmente novedoso. No obstante, es una temática lo suficientemente compleja y relevante como para seguir tratándolo si se hace con la intensidad y profundidad adecuadas. La última bandera se queda en la falta de novedad, cayendo en algunos tópicos, y sin ahondar tanto como para resultar atractiva. Porque potencial hay, pero ya no vale con lograr una obra correcta, sino que hace falta escarbar y buscar argumentos y explicaciones que vayan más allá de lo que ya conocemos.

La crítica a la guerra, a los dirigentes o a las instituciones militares está presente, con algunos argumentos inteligentes, aunque cayendo en la obviedad en ocasiones y con cierta ambigüedad en otras, lo cual tampoco es malo, pues no todo es blanco o negro y plantear un debate más que una crítica feroz es una postura muy válida. Pero sí que supone quedarse sin orientación en determinados aspectos, sin llegar a encontrar una voz o un mensaje claro. Y también quedándose sin personalidad.

Porque ese es el mayor problema de La última bandera, su falta de personalidad, algo no muy propio de Linklater. El estilo de la película no tiene nada de particular, al contrario, resulta convencional y correcto. No corre riesgos, ni entrando en críticas excesivamente lacerantes ni con un dramatismo y un dolor exagerado. De hecho, incluye toques de comedia que la aligeran y, aunque le restan intensidad, sí que funcionan como metáfora de la necesidad de conciliar el dolor con, en este caso, el humor. Algo que se tematiza en la película con las decisiones que los protagonistas, tres veteranos de Vietnam, han tomado para purgar sus remordimientos.


Esos protagonistas, de hecho, son lo más destacado de la cinta, con unos Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishbourne más que correctos. Es gracias a su presencia en pantalla que la película se hace llevadera, mas no consiguen evitar que sus dos horas de metraje se hagan un poquito largas por momentos. Y es que, con una narración lineal y sencilla y con una trama que no explota por completo su contenido, es cierto que la película se alarga sin necesidad. No es pesada, en realidad tiene tramos que podríamos considerar muy entretenidos y con bastante emoción, pero sí que podría haberse aprovechado mejor. La historia, el director y los actores lo permitían. Quizás sean los detalles los que lo impidan.

Lo mejor: las interpretaciones protagonistas y algunas licencias cómicas, sobre todo a cargo del personaje de Cranston
Lo peor: que no tenga una personalidad ni estilo propios
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 24 de enero de 2018

Crítica: '120 pulsaciones por minuto' (2017), de Robin Campillo


Sobrecogedor. Así es el tema y así es también 120 pulsaciones por minuto. No es una película agradable ni disfrutable, pero tampoco cae en el melodrama de otras obras semejantes, logrando una personalidad propia que le llevó a conseguir el Gran Premio del Jurado en Cannes o reconocimientos y galardones de diversas organizaciones.

Su valor está en conseguir capturar la esencia de lo que supuso el movimiento Act Up Paris y, sobre todo, de lo que supone el drama de ser seropositivo. Y en ambos casos, la cinta de Robin Campillo destaca por su didacticidad y su respeto. Didacticidad al mostrar las acciones del movimiento, su intenso debate interno y el contexto que rodeó a la epidemia de sida en Francia en los años 90. Y respeto porque transmite sin sentimentalismos, pero con humanidad, la dureza de la enfermedad y de lo que implicaba la falta de esperanza de saber que las instituciones públicas y privadas no estaban luchando por salvar la vida de todas las personas contagiadas con el VIH.

Es el componente didáctico el que resulta más interesante, principalmente por su contenido. Así, sobre todo en la primera mitad del film, las escenas con las acciones de Act Up o las asambleas semanales resultan muy ilustrativas y con una capacidad de concienciación muy potente. La segunda parte, más centrada en la enfermedad y la relación sentimental entre los dos protagonistas, a pesar de ser en la que reside el alama de la obra, llega a resultar pesada. Más que pesada, agotadora. Y no por mal hecha, sino por lo sobrecogedor del tema. Es cierto que sus 140 minutos de metraje, unidos a lo doloroso del tema, acaban resultando demasiado largos. Y aunque el espectador es consciente de que no está presenciando ningún pasatiempo intrascendente, la sensación final –con una estrategia en la última secuencia muy adecuada para ello– es de mal cuerpo, resultando más intensa de lo que se podría esperar.


Porque no es esa la tónica general durante el film. Junto a los elementos más dinámicos de las campañas de concienciación y visibilidad, lo habitual es un acusado intimismo con los personajes. Unos personajes magníficamente interpretados, con gran cantidad de matices y capaces de hacer sentir con ellos al espectador.

A eso ayuda una cámara que se les acerca mucho, primando los primeros planos y manteniéndose siempre en movimiento. La sensación es naturalista, captando con gran realismo momentos más o menos trascendentes de la historia, haciendo uso de grandes y no siempre claras elipsis, en ocasiones mostrando acciones sin aparente conexión. Encuentros sexuales en la oscuridad se combinan con rítmicas escenas de fiesta y con luchas a la desesperada por unos tratamientos o una visibilidad que parecen no llegar.

Y, efectivamente, no llegan. No hay sorpresas ni milagros. Somos conscientes, como los protagonistas, del fatalismo de la situación. No hay final feliz. Pero la lucha y el amor quedan. Y quizás eso sea lo más doloroso. Y lo más bonito.

Lo mejor: su combinación de sexo, fiesta y lucha
Lo peor: su excesiva duración
Nota: 7

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 22 de enero de 2018

Five Came Back: Hollywood y la II Guerra Mundial a través de cinco maestros del cine


Que en la actualidad la series están desplazando al cine como el producto audiovisual por excelencia es algo que ya se lleva sabiendo desde hace bastante tiempo. Que, al mismo tiempo, sobre todo gracias a plataformas como Netflix, el documental está viviendo una edad dorada es algo que también se conoce. Sin embargo, el interés que estos últimos han despertado en los medios ha sido mucho menor. Por eso en Los Lunes Seriéfilos estamos dispuestos a prestar un poquito más de atención a este género, casi siempre percibido como menos comercial o entretenido que la ficción, aunque con un potencial incuestionable. 

En este contexto, Five Came Back podría considerarse un paradigmático metadocumental que, además de reunir varias de las características del actual boom del género, trata sobre algunos de los documentales más famosos de la historia del cine, como Why We Fight. Producido por Netflix, narra en tres episodios cómo cinco de los cineastas más importantes de la historia –Frank Capra, John Ford, William Wyler, George Stevens y John Huston– abandonaron sus carreras en Hollywood para poner sus cámaras al servicio de una causa mayor: retratar la II Guerra Mundial y cambiar los designios de la batalla con su obra. Está narrada por Meryl Streep y comentada por Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Guillermo Del Toro, Paul Greengrass y Lawrence Kasdan.

La obra no plantea grandes innovaciones en el apartado visual, pues aprovecha los planos fijos de los comentadores y las imágenes de archivo y las propias obras de los protagonistas, que es lo más valioso. Tampoco lo hace en su narración, cronológica, aunque con detalles y elementos muy interesantes –como los créditos iniciales–. Se trata, en general, de una construcción sencilla, pero sin fallos, sabiendo que el verdadero interés está en el contenido. Un contenido tan potente, tan interesante y tan relevante que, solo con él, las posibilidades de hacerlo mal son casi nulas.

Aunque es cierto que el ritmo no siempre se mantiene y que los tres capítulos resultan parcialmente irregulares: el primero es el más sencillo, con unos personajes que, en su mayoría, todavía no eran las estrellas que llegarían a ser y con una contienda todavía en ciernes; la segunda parte llega a resultar monótona, centrada en el desarrollo del conflicto y en lo que cada uno de esos cinco realizó en pro de la propaganda o de narrar la guerra; y la tercera, la más emocionante, incluye la liberación de las ciudades tomadas por los nazis, la llegada a los campos de concentración, el fin de la guerra y el regreso de los directores a Hollywood.


La emotividad de esta tercera parte, con un montaje más interesante que en las anteriores, y con una carga dramática mucho mayor, la convierten en la mejor de las tres. De hecho, el título original, Five Came Back, hace alusión precisamente a este episodio. Más allá de la relevancia de sus obras durante el conflicto, lo verdaderamente interesante del documental es ver ese cambio que estos cinco directores habían experimentado en la guerra, así como comprobar que el Hollywood al que volvieron tampoco era el mismo.

Y el actual tampoco es como el de entonces. Muchas cosas han cambiado. Y, por suerte, se ha conseguido la suficiente perspectiva para contar esta historia en la que, tal vez, solo tal vez, falte cierta crítica, pero que consigue abrir un debate sobre la propaganda, la industria y el reflejo de la guerra y el enemigo. Y hacerlo no desde una óptica moralista actual, sino desde el reconocimiento cinematográfico y humano a esas producciones y esos directores, tiene un valor superior si cabe.

Pero es posible que no lo necesite. Solo con la historia que se narra y sus protagonistas, el atractivo de Five Came Back es innegable. Y debería ser de obligado visionado tanto para los amantes de la historia como, y sobre todo, para los amantes del cine. Porque es posible que no estemos ante una obra maestra, pero sí que trata sobre auténticos maestros.

Lo mejor: la perspectiva que se adopta
Lo peor: que resulte irregular
Nota: 8

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)