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domingo, 29 de diciembre de 2019

[Series] Review: 'Bauhaus, una nueva era'. Recuerdos para retratar a una escuela rompedora

‘Bauhaus, una nueva era’ se estrenó el 23 de diciembre en Filmin para seguir rememorando el centenario del nacimiento de la Bauhaus, una escuela y movimiento de gran relevancia e influencia


Portada Bauhaus, die neue Zeit

Estamos ya enfilando los últimos días de 2019 y, de todas las efemérides que se han conmemorado este año, seguramente la primera que se nos viene a la cabeza cuando miramos hacia atrás no sea el centenario de la Bauhaus. Sin embargo, la serie que vamos a analizar aquí no es el único producto audiovisual estrenado este año para rememorar el nacimiento de una de las escuelas de arte más relevantes de la Historia. Hace algunos meses hablábamos de ‘Lotte am Bauhaus’, una producción de la televisión alemana que llegaba a España de la mano de Filmin. Dirigida por Lars Kraume y estrenada el pasado 23 de diciembre en la misma plataforma, la serie que hoy nos ocupa, ‘Bauhaus, una nueva era’, es un magnífico complemento. 

En realidad, más allá de cuestiones formales y de las indudables diferencias que se dan entre un largometraje y una serie de seis capítulos, el espíritu de ambas obras es cercano: una intención didáctica que busca transmitir la vocación rompedora de la escuela en un periodo convulso, poniendo en el centro de la trama –probablemente para intentar compensar y denunciar la falta de igualdad en la progresista y revolucionaria Bauhaus– a una figura femenina inspirada en personajes reales. Si en la película de la ARD la figura en la que se basaba la protagonista era Alma Siedhoff-Buscher –Lotte Brendel en la ficción–, en esta serie es Dörte Helm, interpretada por Anna Maria Mühe

A pesar de los méritos artísticos de esta pintora y diseñadora gráfica, la serie pone el foco en su relación con Walter Gropius, fundador y director de la Bauhaus al que da vida August Diehl. De hecho, la serie se estructura en torno a la narración y los recuerdos del propio Gropius, ya anciano, a una periodista en su residencia en Estados Unidos varias décadas después. Es cierto que esto limita el retrato de la escuela y del contexto social, artístico, cultural y político que la rodeaba, pero permite que la narración de los hechos desde la perspectiva de Gropius, recordando cosas diferentes a las que describe a la periodista, juegue con la verdad y la mentira, sin dejar claro cuál fue exactamente la relación entre los dos personajes principales. Por otro lado, la relación –intuimos que violenta– de la periodista con su marido queda también abierta, si bien es cierto que su inclusión no parece estar del todo justificada. El gran peso que tiene el romance de Gropius y Helm también impide en gran medida que la serie se centre en otros aspectos, por lo que no consigue capturar con fidelidad el Zeitgeist de la época de la República de Weimar; se muestra la convulsión política, la lucha de clases, el ascenso del nazismo o el surgimiento de la modernidad tras la Gran Guerra, pero no profundiza ni se adentra suficientemente en ello

Una excusa para describir una escuela 


Sin embargo, la historia de Dörte Helm, presente en aquel trascendental 1919, permite conocer la evolución y los desafíos de la Bauhaus en sus inicios, así como a sus principales protagonistas, incluyendo al propio Gropius, Johannes Itten, Gunta Stölzl o László Moholy-Nagy. Se trata, como ocurría con ‘Lotte am Bauhaus’, de una narración muy pedagógica, que busca justificar continuamente su estructura, intentando con ello transmitir la filosofía y los elementos diferenciales de la Bauhaus. De hecho, y regresando a la comparación con ‘Lotte am Bauhaus’, la mayor duración de la miniserie permite un mayor detenimiento en algunos personajes y momentos clave de la Bauhaus durante sus primeros años de vida, mientras estuvo situada en Weimar, antes de verse obligada a trasladarse por el ascenso del nazismo.

Fotograma 'Bauhaus, una nueva era'

Un elemento muy destacado y atractivo, que sirve como leitmotiv de los seis capítulos de 45 minutos de duración, y como complemento explicativo de lo que simbolizaba la Bauhaus, es la música, casi siempre diegética, proveniente de las fiestas celebradas en la escuela. Una escuela que cambió el arte, el diseño y la arquitectura para siempre, que ejemplificó el espíritu de una época y un país, –la Alemania de Weimar– y que conviene seguir recordando en este año que hemos celebrado el centenario de su nacimiento.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 31 de agosto de 2019

[Cine] Crítica: 'Kuso' (2017). Repugnante, pero decepcionante

‘Kuso’, promocionada como la película más repugnante jamás rodada, llega a Filmin como un pobre intento de reflexión artística y con menos provocación de lo que cabría esperar 


kuso filmin película

El éxito de ‘The Disaster Artist’, una de las cintas del año 2017, basada en el rodaje de la considerada peor película de la historia, ‘The Room’, sirve en parte como muestra de la relevancia y el atractivo del feísmo en el arte o, al menos, en la cultura. Y es que ‘The Room’, convertido en título de culto gracias, precisamente, a su mala publicidad y a ese dudoso título de peor película de la historia, es quizá el mejor ejemplo de que la mala publicidad es, al fin y al cabo, publicidad y –muy importante– morbo. ‘Kuso’, que llegó el 30 de agosto a España de la mano de Filmin –más allá de mi opinión sobre la película, es de agradecer que una plataforma como esta apueste por un cine no comercial y por títulos marginales–, explota ese atractivo de lo desagradable, de lo feo, de lo grosero, sin miedo a definirse como la película más repugnante jamás rodada. De hecho, su proyección en Sundance provocó la salida de numerosos asistentes de la sala, asqueados, algo que la promoción de la película no ha ocultado, sino de lo que se enorgullecer.

En este aspecto la película de Flying Lotus es provocadora, pero no tanto como ella misma piensa. De hecho, si es algo, es, en general, mala. Me atrae la intención, la posibilidad de explorar fronteras y desafiar a quien mira, como Duschamp y su Fuente, pero creo que no hay ningún tipo de crítica ni reflexión conceptual detrás. Es solo una película repugnante, que explota el morbo que pueda despertar en un sector del público y la libertad absoluta del creador de hacer algo totalmente no convencional.

Así, no hay nada en la película, más allá de 95 minutos de imágenes surrealistas que combinan animaciones con una estética que recuerda a las realizadas por Terry Gilliam para Monty Python, y acción real, con personajes cargados de póstulas y deformaciones. Todo ello, girando siempre alrededor de orificios, secreciones, vómitos, escatología, sexualidad, suciedad y obscenidad. Y con un uso del sonido que acreciente la incomodidad. Aun con esto, la obra de Flying Lotus es más aburrida que repugnante.

Asquerosa reflexión sobre el arte


Esto no significa que no sea desagradable; lo es, y mucho. Pero la propia película es limitada en su intento de asquear, tanto por la utilización de animación como por la mala calidad del maquillaje y los efectos visuales. Desde luego, hay orgullo en esa búsqueda de lo cutre, pero la mala calidad de la imagen y el uso del encuadre limitan algunas de las imágenes más impactantes, restándole fuerza –algo que, por otra parte, agradezco, porque hay secuencias que producen verdadera repulsión–.

Kuso película cartel

Por otro lado, sí hay un cierto debate sobre el arte, sobre qué es arte; incluso en un momento del film alguien comenta “art is garbage”, el arte es una mierda, en una clara referencia metalingüística, pero no hay en ‘Kuso’ una reflexión profunda en torno a esta o, en realidad, ninguna otra materia. De hecho, probablemente sea muy generoso considerar a esta obra como arte. Sería más adecuado considerarla un producto cultural que explora ciertos límites, pero que no lleva más allá ni el arte fílmico ni su práctica. En realidad, hay un ejemplo reciente, ‘Pieles’, de Eduardo Casanova, mucho más rica en su estudio de texturas y en su análisis de lo desagradable, y también mucho más inteligente y sensible en su planteamiento, que hace que el experimento pierda casi todo su valor y capacidad de transgresión.

Kuso’ existe, en definitiva, porque puede, y eso en sí mismo es una buena noticia, pero no tiene ningún fin, no aporta nada. Es bueno que exista, pero es totalmente innecesario verla.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 29 de marzo de 2019

[Cine] Crítica: 'Bauhaus' (2019). La mujer en la centenaria Bauhaus

Coincidiendo con el centenario de la institución el 1 de abril, Filmin estrena 'Bauhaus', retrato de una institución y sus mujeres en una época convulsa y apasionante de la Historia alemana



El 1 de abril de 1919 se fundaba en Weimar, de la mano de Walter Gropius, la Bauhaus, una de las escuelas de arquitectura y arte –aunque reducirlo a eso es simplista e injusto– más influyentes de la Historia. Conmemorando el centenario de la institución se estrena en Filmin ‘Bauhaus’ ('Lotte am Bauhaus'), una producción para la televisión alemana basada en la vida de Alma Siedhoff-Buscher, diseñadora de juguetes y mobiliario infantil.

Concebida como una película con vocación didáctica, este largometraje emitido originalmente en la cadena alemana Das Erste, realiza dos reivindicaciones de gran relevancia. Por un lado, el de las mujeres de la Bauhaus y por el otro el de la propia institución. El de las mujeres resulta clave porque, a pesar del progresismo de la escuela, el recientemente adquirido derecho al voto de las mujeres alemanas y la etapa de rebelión y efervescencia socio-cultural que se vivía en esa época en algunas ciudades de Alemania, las mujeres seguían discriminadas, sus talentos, cuestionados, y sus voluntades, sometidas a las de los hombres. Así, la mayoría de nombres que se asocian a esta escuela son los de Walter Gropius, Mies van der Rohe, George Grosz o László Moholy-Nagy –en efecto, todos hombres–, si bien es cierto que la historia y los diseños de Alma Siedhoff-Buscher representan perfectos ejemplos del estilo y el espíritu de la Bauhaus

De la misma forma, y entrando ya en esa segunda reivindicación de la película, la cinta muestra cómo la Bauhaus ejemplificaba de forma idiosincrática el zeitgeist, el espíritu de los tiempos, de la República de Weimar. De hecho, no es pura coincidencia que Gropius fundara la escuela hace justo un siglo en la ciudad que daba nombre al periodo de la historia alemana que transcurre entre su derrota en la I Guerra Mundial en 1918 y la llegada de los nazis al poder en 1933. Esa época de conflictividad política y frecuentes brotes de violencia fue también el escenario para una creatividad artística y de pensamiento que dio lugar a figuras del nivel de Bertolt Brecht, Friedrich Wilhelm Murnau, Thomas Mann o Walter Benjamin y, ampliando el foco a la vecina y hermana Austria, a Stefan Zweig, Fritz Lang o Sigmund Freud. La mayoría de ellos, como los miembros de la Bauhaus, representaban esa apertura de mentes y ese arte "degenerado" que tanto soliviantaban al nazismo. 

Buen producto que no hace justicia a lo que representa


Tanto el papel de la Bauhaus como la situación de las mujeres de la institución, enmarcados ambos elementos en un convulso, aunque apasionante, momento histórico, son retratados en el film de una forma excesivamente convencional. La intención didáctica de la producción tal vez le reste atrevimiento, impidiendo que haga justicia a lo que significó el movimiento. La narración es poco elaborada, sin la fuerza y el dramatismo que demanda la historia. También las interpretaciones resultan correctas, destacando el gran trabajo protagonista de Alicia von Rittberg, pero infrautilizadas, sin explorar la profundidad y evolución de los personajes. En general, se desprende su concepción como producto televisivo masivo, correcto, pero sin complejidad ni sutileza.


La calidad de la obra es innegable, mas no corre los riesgos que sí corrían los rompedores diseños de una escuela que cambió el arte, la arquitectura y el interiorismo para siempre. Quizás la Bauhaus y, en concreto, las mujeres que formaban parte de ella, hubieran merecido algo más. No obstante, bienvenido sea este intento de poner en valor esta institución creada hace ahora 100 años. 

Lo mejor: la trascendencia de la historia 
Lo peor: la narración es sencilla y plana 
Nota: 7.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 26 de noviembre de 2018

[Cine] Obituario: Bernardo Bertolucci, o la violación y los límites del arte

Bertolucci era uno de los directores esenciales del cine italiano y europeo, con títulos fundamentales como ‘El último emperador’ (1987), ‘Novecento’ (1976) o ‘El último tango en París’ (1972). La violación real que tuvo lugar en esta última empaña la película y hasta su carrera, y nos devuelve al debate sobre los límites del arte (curiosamente, el día que Dani Mateo comparece ante un juzgado por “sonarse” con una bandera) 


Bertolucci con su estrella en el Paseo de la Fama. FOTO: AFP

Tras años de lucha contra una larga enfermedad que le había dejado en una silla de ruedas, hoy ha muerto en Roma, a los 77 años de edad, Bernardo Bertolucci. Su excelsa trayectoria fue reconocida en 2007 en Venecia, en 2011 en Cannes y en 2012 en los Premios del Cine Europeo, a lo que se suman los múltiples galardones que recibió por sus casi veinte trabajos como director y guionista. Destacan, por encima del resto, los 9 Oscars que consiguió ‘El último emperador’ en 1988, incluyendo el de Mejor director y Mejor guion adaptado. 

Artista comprometido con sus ideas, nunca escondió su tendencia comunista, como se aprecia en ‘Novecento’. El erotismo de ‘El último tango en París’ le llevó incluso a verse privado de su derecho al voto por ofensas al pudor. La sociedad italiana, uno de los países occidentales en los que el comunismo y la religión católica tienen una presencia más clara, marcaron su biografía y su cine. Hijo de un poeta, su trabajo también ha buscado la belleza, el arte y la libertad

Libertad, que, como concedía a El País Semanal en 2013 con motivo del estreno de ‘Tú y yo’, a menudo ha buscado en espacios cerrados. El mejor ejemplo de ello fue ‘El último tango en París’, en el que dos desconocidos entablan una relación puramente sexual en un piso parisino. Esta obra, que podríamos considerar maestra, es la que, en los últimos años, más polémica ha levantado en torno al genio italiano. 

Los límites del arte 


El propio Bertolucci reconoció años después que Maria Schneider había sido engañada para que la icónica escena de la mantequilla, en la que el personaje interpretado por Marlon Brando sodomiza al de una joven Schneider de 19 años, resultase más realista y que el público pudiera percibir con absoluta veracidad la rabia que sus gritos y su llanto reflejaban. El director defendía, sin mayores remordimientos, que quería que su actriz “se sintiera de verdad violada”, pues "para hacer películas, a veces, tenemos que ser completamente fríos"

La escena de la mantequilla en 'El último tango en París'

Bertolucci argumentaría que eran otros tiempos y que eso sería imposible en la actualidad. Sin dejar de ser cierto, eso no puede ser una justificación. Y menos para el cineasta, crítico o espectador actual. Esto nos lleva a enfrentarnos, una vez más, con los límites del arte. Y lo hace en un día en el que un humorista ha tenido que declarar ante un juez por “sonarse” con un trozo de tela una bandera

La libertad es esencial para crear. El arte, o es libérrimo, o no es. Pero cuando esa libertad choca contra la ley –o, mejor dicho, contra una ley justa que defiende los derechos humanos de las personas–, no hay creación posible. Ninguna obra de arte justifica una violación. Igual que tampoco justifica el asesinato o la violencia de alguien que no quiera ser asesinado o violentado. 

Más cuestionable y borroso puede ser el límite cuando se trata de la utilización de animales, el erotismo y la pornografía, las ofensas a los sentimientos –patrióticos, religiosos, políticos, de clase, regionales, científicos, futbolísticos, cinéfilos...–. La discusión está abierta en todos estos casos. Y es bueno que sea así, porque el arte y el humor deben, al menos de vez en cuando, ofender y provocar

Pero hay otros casos, y ese es el de la violación de Maria Schneider, en los que no puede haber dudas. Y no hay obra de arte que valga más que la vida o la integridad de las personas. Salvo que el creador o el artista se exponga de manera voluntaria y consciente a ello. Lo que excluiría a un torero que arriesga su vida porque así lo desea, lo que excluye a Luis XIV de Francia al convertir su agonía en un espectáculo barroco, lo que excluye a un actor que para meterse en el papel decide por sí mismo someterse a torturas como las que experimenta su personaje o lo que hubiera excluido a Maria Schneider si, voluntariamente, hubiera querido ser víctima de una violación (que en ese caso no sería tal) para dotar de realismo a su personaje. 

¿Qué hacemos con la obra de Bertolucci? 


El debate que surge ahora es qué hacer con los obituarios de Bertolucci y con su legado. Destacar su condición de director imprescindible no quita reconocer esa gigantesca mancha. Lo que ocurre con dicha mancha es que no puede separarse de la obra.

Brando y Schneider conversan con Bertolucci. FOTO: Everett Collection

Pensemos en Kevin Spacey o –presuntamente en este caso– Woody Allen. Es evidente que no podemos enfrentarnos a ‘American Beauty’ o, mucho menos, a ‘Manhattan’ de la misma forma, sabiendo cómo han obrado sus protagonistas en la realidad, aunque sí podemos trazar una línea entre sus trabajos artísticos y entre sus vidas personales. Lo de Bertolucci –y por extensión lo de Marlon Brando y el resto del equipo, aunque hoy no sea su día– es diferente, pues su violación fue un medio para llevar a cabo su arte. Un medio injustificado, pero un medio, al fin y al cabo, una estrategia que probablemente sí otorgó veracidad y fuerza a una de sus películas más trascendentes. Es decir, la obra de Bertoluccci está determinada por un comportamiento despreciable, por lo que es imposible separar ambos

¿Hace eso que toda la carrera de Bertolucci quede mancillada? ¿No debemos aproximarnos a ese comportamiento desde una perspectiva histórica en la que la violación no era percibida en los 70 como lo es hoy (aunque algunos patanes sigan sin haber evolucionado)? ¿Es verdaderamente separable el contexto y la vida privada de un artista como Spacey o Allen de su trabajo? ¿Es posible seguir considerando a ‘El último tango en París’ como una obra maestra? 

Es difícil formular respuestas totales, pero lo que resulta evidente –a mis ojos, porque esto no es ninguna verdad absoluta– es que Bertolucci sigue siendo un genio. Y de la misma forma que algunos genios pusieron su talento al servicio del mal –los extraordinarios documentales de Leni Riefenstahl se realizaron como propaganda nazi–, otros, como Bertolucci, pusieron el mal al servicio de su genio.

Fotograma de 'El último emperador'

Más allá de los límites, más éticos que legales, que debe tener el arte, el genio se mantiene, a veces incluso crece, cuando se asocia con el mal. Al contrario que en el deporte, en el que hacer trampas es claramente malo y está claramente definido, en el arte no hay unas normas establecidas, por lo que tampoco hay trampas y por lo que tampoco hay posibles descalificaciones. Un deportista tramposo puede perder sus medallas. Un artista despreciable no tiene por qué ser menos artista, lo que será es más despreciable.

‘El último tango en París’ se puede comparar, salvando las insalvables distancias, con ‘El nacimiento de una nación’ de David Griffith. Como trabajos artísticos, ambos tienen una calidad indudable, que ni los medios utilizados ni el contexto pueden empañar. Lo que debe ser absolutamente imprescindible es aproximarnos a ellos con todo el cuidado y pudor necesarios, sabiendo la oscuridad que esconden. E igual que estudiamos historia para no caer en errores del pasado, debemos seguir observando, admirando y criticando estas obras maestras para que su arte perdure y para que las barbaridades que las rodean no vuelvan a repetirse

Y en ese sentido, por desgracia y por suerte, Bertolucci y su cine son irrepetibles.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 25 de octubre de 2018

[Cine] Crítica: 'Petra' (2018), de Jaime Rosales: el mal, desnudo y en familia

‘Petra’ refleja el mal en su forma más fría y cruda, sin adornos, guiada por un preciso trabajo en la dirección, las interpretaciones y el guion




Lo más dramático de la muerte o el dolor es cuando dejan de importar, cuando la tragedia de una persona se convierte en algo intrascendente. Lo más horrible de hacer sufrir a alguien es no sentir el menor atisbo de culpabilidad o arrepentimiento. Es entonces cuando el drama está condenado a repetirse y cuando el perdón es el único medio romper el círculo vicioso. 

Ese círculo es el que atrapa a quienes rodean a Jaume, un artista catalán que entiende el proceso creativo únicamente como un medio para hacerse rico. La llegada de una joven, Petra, que sospecha que Jaume podría ser su padre, es solo una pieza más de una tragedia en la que la muerte y el sufrimiento del otro apenas importan. Al menos no a Jaume, interpretado por un Joan Botey que, en su primer papel, dota a su personaje de una frialdad y un desprecio absolutos y casi incomprensibles. El suyo es el más fascinante y adictivo de los personajes, pero equilibrado de una forma magnífica por una Bárbara Lennie que vuelve a estar poderosa y por un reparto impresionante en su contención y precisión. Influye, por supuesto, la notable dirección de actores de Jaime Rosales, que demuestra de nuevo su capacidad para dirigir y contar historias con proposiciones complejas. 


Brutalidad y honestidad en la narración



La construcción del relato, siguiendo parcialmente el estilo de la ‘Rayuela’ de Cortázar, con siete actos montados de forma no cronológica, añade interés y complejidad, pero no confusión. De hecho, la honestidad con el espectador es total, sin trucos ni artificios, y por supuesto, sin ocultaciones. Solamente el constante movimiento lateral de la cámara, que a menudo deja fuera de plano el centro de la acción, juega con la percepción del espectador.



De esta manera, algunos de los diálogos no se muestran en la pantalla, pero no hay posibilidad de engaño, pues se trata de conversaciones verosímiles, directas, ingeniosas y cargadas de contenido. Cuando falta el diálogo, es la música, absolutamente medida, la que ayuda a marcar e intensificar el tono de cada momento. Y bajo el sonido, siempre una hermosa fotografía, acentuada por el movimiento de cámara que ya hemos citado, y con abundantes espacios abiertos y bien iluminados en los que tampoco caben las trampas.

La riqueza del film se aprecia también en el debate que se introduce sobre el arte, la familia y, sobre todo, el perdón y el mal. Porque solo el primero permitirá escapar de la historia circular e insaciable en la que atrapa el segundo. Una historia brutal y salvaje. Porque el mal a veces es directo, frío y no necesita motivación. Y a veces, solo a veces, se puede escapar de él.



Lo mejor: su honestidad y desnudez (y, aunque mucho menos trascendentes, tanto el vestuario de Bárbara Lennie como el catalán de Joan Botey me parecen hechizantes) 
Lo peorque, precisamente por eso, no se explote todo el potencial de sorpresa de la historia 
Nota: 9/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 31 de marzo de 2017

Crítica: 'Paterson' (2016), de Jim Jarmusch


Como un autobús urbano, Paterson nos invita a dar un paseo sin destino, sin buscar el final del trayecto, solo contemplando los detalles a lo largo del camino. Como la poesía, Paterson no gira en torno a una trama, sino a su tratamiento y al placer de contemplar su belleza.

Autobuses y poesía. Los dos elementos que articulan la vida de Paterson, interpretado por Adam Driver. Para un papel tan pequeño, tan íntimo y minimalista hace falta una actuación muy grande, y Driver sabe llenar la pantalla con una expresión casi indescifrable y con escasos e intrasdencentes diálogos. Se trata de un papel complejo, con planos a menudo muy cerrados sobre el protagonista, que se luce más en sus silencios que en sus palabras. Driver es una pieza clave en el engranaje de Paterson, y aunque a menudo sí es lo más destacable, no es lo único, pues esa capa de vacío y sencillez lírica oculta mucho más.


La cinta narra una semana en la vida de Paterson y Laura (Golshifteh Farahani), una pareja joven de la ciudad de Paterson, Nueva Jersey: él, conduciendo un viejo autobús urbano por la decadente ciudad, componiendo poesía en sus ratos libres y sacando a pasear a su perro Marvin todas las noches, momento que aprovecha para tomar una cerveza en el mismo pub de siempre; ella, soñando con convertirse en una estrella del country, diseñando su propia ropa y la decoración de la casa y preparando cupcakes para un mercadillo.

Sin un destino claro y sin complicaciones en la trama, más allá del discurrir diario de la pareja, no parece mucho. Pero la película está impregnada de una belleza y unas dosis de humor irresistibles. Predecible y sencilla en muchos aspectos, el perro robaplanos, las ilustraciones que van componiendo la ciudad como un personaje más, los dulcísimos diálogos de la pareja de enamorados y el constante acompañamiento de la poesía le dotan de una riqueza y un atractivo muy bienvenidos y meritorios.

La repetición de la rutina diaria, con escasas variaciones, no conduce al aburrimiento. Al contrario, la abundancia de detalles (desde la presencia constante de pares de gemelos hasta los diseños de Laura) otorgan al filme un cautivador estilo propio. No hay aventuras imposibles, giros dramáticos o efectos especiales: lo que atrae es la falta de ellos. La intimidad que se construye en torno a figuras tan normales y poco inspiradoras como profundas y entrañables. De la misma forma que Paterson (personaje) compone poemas en un papel sobre una caja de cerillas, Paterson (película) consigue componer poemas en la pantalla sobre esa misma caja de cerillas.

Predomina siempre la calma, la normalidad. Los momentos de conflicto no hacen sino reforzar la idea de que la vida sigue, que el sol saldrá al día siguiente y que nuestros problemas solo necesitan relativizarse con los de aquellos que nos rodean. Los pequeños detalles, esa caja de cerillas, esa exitosa venta de cupcakes, esa agradable cerveza en el bar de siempre, son los que articulan toda una vida.

Eso logra esta cinta, conducirnos por momentos, por pedacitos de vida. Siempre con el toque Jarmusch. Que puede no agradar a todos y que demanda reposo en el visionado, pero que deja una cierta satisfacción. No será suficiente para pasar a la historia, mas sobra para dejar un buen sabor de boca. Y es que, aunque no cuenta con las dimensiones ni los atractivos que consiguen premios, sabe jugar con la humildad de lograr algo grande con algo tan sencillo (y a la vez complejo) como un trozo de vida.


Lo mejor: los toques de humor a lo largo de toda la película
Lo peor: que por momentos sí pueda resultar demasiado lenta
Nota: 7,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 9 de enero de 2017

`La La Land´ y Meryl Streep se imponen en los Globos de Oro

Como cada año por estas fechas, el mundo del cine celebra sus grandilocuentes entregas de premios. Son actos de autocomplacencia que, más que seleccionar quiénes han sido los mejores del año, lo que buscan es reivindicarse como industria. Naturalmente, dan pistas al espectador sobre qué productos son más recomendables y reconocen el saber hacer de quienes hacen posibles las películas, pero, al final, estas galas no son sino un producto más que les reporta beneficios y publicidad adicionales.

FOTO: REUTERS/Mario Anzuoni
Un Oscar o un Globo de Oro pueden premiar un gran trabajo de un actor, que se sentirá reconocido y agradecido, pero en último término, también aportan a una película un nuevo argumento para su estrategia de promoción.

No obstante, hoy es un día para hablar de los premiados en los Globos de Oro, entregados esta madrugada por la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, y que encumbraron a La La Land, que consiguió los siete galardones a los que optaba, convirtiéndose así en la película más premiada de la historia de los Globos de Oro. Dentro de la categoría de drama fue Moonlight la que se llevó el premio a mejor película. La actriz Meryl Streep recibió el premio Cecil B. De Mille a su carrera y dejó un discurso plagado de mensajes a través del contexto político y social.


Ninguna de las dos se ha estrenado todavía en España: La La Land lo hará este viernes y Moonlight hará lo propio el 10 de febrero. De hecho, de las diez películas que, en uno o en otro grupo, estaban nominadas a mejor película, solo cuatro habían llegado ya a los cines españoles. Esto se debe al interés de las productoras que se ven con opciones de rascar algo de estrenar sus películas al final del año, de forma que estén frescas en la memoria de los jurados que deben votarlas. Así, dado que el doblaje precisa tiempo, estas películas suelen llegar a los mercados internacionales un tiempo más tarde. Además, estos reconocimientos pueden utilizarse como atractivo comercial, por lo que las productoras pueden posponer su estreno y aprovechar ese tirón comercial que aportan los premios. De hecho, es habitual ver reestrenos de películas que ya habían desaparecido de las carteleras si estas triunfan en las grandes entregas de premios.

La televisión también estuvo presente

Si en cine hubo una clara dominadora y pocas sorpresas, algo distinto sucedió entre las series de televisión. Fue The Crown, la producción de Netflix sobre los primeros años del reinado de Isabel II, la elegida como mejor serie de drama, imponiéndose a Game of Thones o Stranger Things, que a priori partían como favoritas. Mientras tanto, entre las series de comedia la galardonada fue Atlanta. De las mencionadas, ninguna se emite en abierto; es más, de las diez nominadas entre ambas categorías ocho son propiedad de plataformas de pago como Netflix, HBO o Amazon Prime.

No es coincidencia que estas tres, que llegaron a España en los últimos meses, acaparen la mayoría de nominaciones en las categorías de series. Estamos viviendo una época dorada para este formato, que cada vez atrae a un mayor número de actores y directores de cine y que está generando una auténtica revolución en la forma de consumir televisión. Los canales tradicionales están perdiendo cuota de mercado en favor de estas nuevas plataformas de vídeo bajo demanda. En Estados Unidos, la televisión por cable, de la que HBO es uno de los mayores exponentes, lleva mucho tiempo contando con una presencia importante, pero en los últimos años Netflix y Amazon, de vocación puramente digital, han aparecido para desatar la competencia. Y es precisamente esa lucha entre ellas la que impulsa productos de una calidad cada vez mayor.

Además, estas series, al ser las más exitosas y conocidas, también se acaban colando en entregas de premios como los Globos de Oro, pues es evidente que las series y películas presentes en ellas no son casi nunca productos marginales, sino que cuentan con un mínimo nivel de éxito. Así, la propia ceremonia se vuelve más atractiva, y cuanto más lo sea, más valor tendrá el premio. Porque estas galas nos dicen qué series o películas son buenas, pero por encima de eso, son un eslabón más en esta industria -mágica, pero industria al fin y al cabo- que es el cine.


(Publicado en bez.es)

sábado, 24 de septiembre de 2016

El arte en los tiempos del cólera

Que entre las virtudes de Meryl Streep están cantar y bailar nos lo había demostrado en ¡Mamma Mia! La película (Mamma mia!) o en la más reciente Ricki (Ricki and the Flash). Pero ahora hemos descubierto que también sabe cantar mal. Y eso es, posiblemente, más meritorio aun, como demuestra en Florence Foster Jenkins, en la que interpreta a la que muchos consideran la peor soprano de la Historia.

Florence Foster Jenkins (1868-1944) fue una rica heredera estadounidense, devota de la cultura y de la música, que aspiró durante toda su vida a convertirse en soprano. Aunque totalmente falta de talento y oído musical, su marido y sus círculos más íntimos nunca contradijeron su convencimiento de que poseía una voz providencial. A esa fantasía contribuyó el público, que acudía en masa a sus conciertos para comprobar en persona si de verdad la voz de la excéntrica soprano era tan mala como se decía.

Ya el año pasado vio la luz la francesa Madame Marguerite (Marguerite), inspirada en esa historia, pero ambientada en el París de los años 20. Dirigida por Xavier Giannoli y protagonizada por una excelsa Catherine Font, recibió cuatro Premios César del cine francés, destacando el de Mejor Actriz. Esta semana llega a nuestras pantallas una versión con toques más próximos al cine hollywoodiense, aunque provenga del Reino Unido. Stephen Frears dirige a un reparto encabezado por la citada Meryl Streep, a la que acompañan unos notables Hugh Grant y Simon Helberg (conocido por su papel de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory).

Más allá de la película, entretenimiento al estilo clásico de Hollywood con el trasfondo de una historia de amor poco convencional, hay un aspecto de gran interés en esta cinta: a pesar de transcurrir en 1944, en plena II Guerra Mundial, la mayor preocupación de los protagonistas es la promoción y defensa de la música. Y nuestra querida Florence llega a afirmar en un punto de la película que, a pesar de que el arte y la música puedan parecer algo frívolo debido a la guerra, es precisamente gracias a ella que se convierten en algo aun más necesario.

No fueron pocos los movimientos artísticos que evitaron el arte por el arte en una época tan oscura como fue la primera mitad del siglo XX. O en casos más cercanos en el tiempo, la declaración de un luto oficial en un país tras un ataque terrorista implica la suspensión de conciertos y otros eventos culturales. Sin embargo, la música, la literatura, el cine, la pintura...; el arte en general, con su belleza y libertad, nos ayuda a lidiar con el dolor y a demostrar que la vida tiene sentido tras el desastre.

La música sirve en la película para consolar, alegrar y agradecer a los soldados que regresan del frente. Pero el arte puede ir mucho más allá. También es una herramienta para conocer y decubrir esos dramáticos sucesos en nuestro pasado o en nuestro presente y así poder corregirlos. El arte es también, aunque resulte irónico, una de las armas más poderosas y la única que de verdad merece la pena y que no debe ser regulada.

¿No puede una canción levantarnos el ánimo en los días malos? ¿No puede una exposición fotográfica recordar a los asesinados por un grupo terrorista? ¿No puede una película conmovernos lo suficiente para animarnos a luchar por una causa justa? En esa capacidad reside también su belleza. Si no, ¿por qué se molestan los terroristas del Daesh en destruir tesoros artísticos? ¿No será que esa libertad y belleza que caracterizan al arte son contrarias a todo los que ellos defienden?

Por eso, en los momentos más oscuros es cuando más necesitamos la luz que nos proporcionan un buen libro, una alegre melodía o una cuidada escultura. Porque, al fin y al cabo, ¿no es un cuadro de Picasso el motivo principal por el que mucha gente conoce que se produjo un dramático bombardeo en un municipio vasco en abril de 1937? ¿Y no es ese mismo cuadro un poderoso alegato contra la brutalidad de la guerra y, al mismo tiempo, un maravilloso homenaje a sus víctimas?


(Publicado en Neupic)

viernes, 22 de abril de 2016

“Si vemos la Marca España como algo comercial, no hay duda de que nuestro idioma y nuestra cultura son sus productos estrella”

Aprovechamos el cuarto centenario de la muerte del autor del Quijote y las bodas de plata del Instituto Cervantes para hablar con Carlos Ortega, director del Instituto en Viena


Faltan unos días para que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Su legado literario es incuestionable, pero va mucho más allá de eso. De hecho, y aunque pueda resultar curioso, su creación más popular, el Quijote, “ha inspirado más música que literatura”. Son palabras de Carlos Ortega Bayón, que forma parte de la importante herencia del Príncipe de los Ingenios. 

Este vallisoletano nacido en 1956 dirige la sede del Instituto Cervantes en Viena desde septiembre de 2015, en la que es su segunda etapa al frente de la sede vienesa de esta institución. Entre medias estuvo al frente de la sede del Instituto en la ciudad alemana de Bremen. También ha dirigido la editorial Losada y la Biblioteca Nacional entre 1994 y 1996. Un hombre, por lo tanto, del mundo de la cultura y las letras. Una personalidad que no desentona en una sociedad “culta” como la del país centroeuropeo. 

Y menos en una ciudad como Viena, en la que “el aspecto cultural es esencial, por lo que se necesita hacer cosas de nivel”. Una de ellas pretende ser la semana cervantina que se celebrará en la capital austriaca entre el 6 y el 10 de junio para conmemorar el cuarto centenario de la muerte del polifacético escritor.

Y es precisamente “el multifacetismo de los muchos Cervantes que existen” el aspecto en el que se centrarán las actividades musicales, académicas, teatrales, cinematográficas y, por supuesto, literarias que se celebraran esos días. No olvidemos que el autor del Quijote fue un escritor que tocó prácticamente todos los géneros y que, además de la escritura, desempeñó muchos otros oficios para poder sobrevivir en aquella España de finales del siglo XVI y principios del XVII. Una figura que constituye un mundo en sí mismo; o, mejor dicho, un universo. Así se titulará el conjunto de actividades programadas: Universo Cervantes.

Esto en Viena. Pero el Instituto Cervantes no se ha olvidado del genio de quien toma el nombre, y sus sedes en todo el mundo han planeado numerosos actos con motivo del cuarto centenario de su muerte. Y no solo esta institución, pues Ortega defiende que, a pesar de haberse producido “cierto descuido en la comunicación, en parte debido a la falta de gobierno desde que se convocaron las elecciones”, sí se han planeado actos para celebrar esta efeméride, especialmente porque “parece que los poderes públicos tienen la necesidad de ensalzar periódicamente a alguna de sus figuras”. Y eso que el padre del Ingenioso Hidalgo no sería quien más los necesita, ya que “siempre tiene el foco puesto”.
“Parece que los poderes públicos necesitan ensalzar periódicamente a alguna de sus figuras”
Esto se debe a su condición de “clásico”. Una calificación que también podemos otorgar a William Shakespeare, con quien comparte homenajes derivados de su coincidente fecha de defunción. La obra de ambos “tiene validez en todas las épocas, algo que prueba su calidad”, pero no los convierte en los mejores escritores de la Historia de la Literatura. Ese título no existe porque “en la literatura, como en todas las artes, no valen los rankings. En el arte no existe el progreso”. Una conclusión muy acertada si nos paramos a pensar: “¿es mejor una obra de Andy Warhol que las pirámides de Egipto? ¿Qué posición ocuparían Homero, Sófocles o Platón dentro de la Literatura?”. 

El Instituto Cervantes y el español

Carlos Ortega, Licenciado en Filología Alemana y Francesa, habla como un hombre de letras. No esconde que hay cosas que escapan a su conocimiento, pero opina de forma fundamentada sobre aquellas que sí conoce, que no son pocas. Tampoco oculta la crítica cuando es necesaria, pero no la derrocha sin motivo. Y todo ello, con un tono calmado y suave. Solo alza la voz en un momento de la entrevista, tras ser preguntado por la labor realizada en los 25 años de vida del Instituto Cervantes. “¡Es una institución increíble!”, pues “a pesar de su juventud, se codea con instituciones hermanas como el British Council [fundado en 1934] o el Goethe-Institut [que data de 1951], que cuentan con más de 50 años a sus espaldas”. Además se trata de un organismo “baratísimo para el Estado y para la sociedad”, a través del que se consiguen “una importante presencia internacional y una diplomacia blanda o cultural, que consigue crear lazos más estables y profundos que las relaciones puramente económicas o políticas”. Naturalmente, sin olvidar la difusión de la lengua.
“En la literatura no valen los rankings. En el arte no existe el progreso” 
Una lengua, el español, que se habla en más de 20 países. “Uno de los aspectos esenciales del Instituto Cervantes es su riqueza, pues también nos permite acercarnos a Latinoamérica y servir así de vehículo y de lugar de encuentro de la cultura en español de todo el mundo”. 

Esa es la importancia del idioma, junto a la de “transmitir la mentalidad de las distintas sociedades”, repercutiendo en nuestra propia forma de ser. Una muestra: el alemán es un idioma “preciso, que exige una férrea disciplina y una elevada responsabilidad al permitir crear palabras a través de la unión de términos ya existentes”; el español, por su parte, es una lengua que nos permite “un alegre estado, con mayor libertad porque, por ejemplo, podemos colocar el adjetivo en el lugar que queramos”. Estamos describiendo lenguas, pero bien podría tratarse de un estudio de la diferente personalidad de españoles y austriacos.

No obstante, en la literatura “no hay grandes diferencias, puesto que ambos países pertenecen a la cultura europea y occidental”. Quizá la más reseñable sea la mayor introversión de los autores austriacos. Ortega cita como ejemplos a Joseph Winkler o Thomas Bernhard, sin embargo, también menciona que “esa timidez puede dispararse y dar lugar a una tremebunda audacia en algunas de las obras de escritores austriacos”.

Otro aspecto diferenciador entre ambos países, en este caso en lo referido al lector, es la afición de los austriacos por el teatro, lo que genera un “gran dinamismo en la producción de literatura para teatro”. Por lo demás, cabe mencionar que “la producción editorial austriaca es pequeña, con gran proliferación de la novela negra o policíaca por ser el género que más gusta al público”. En este sentido, Ortega lamenta que en España, sobre todo los jóvenes, lean poco. Mas se muestra escéptico ante estos datos porque, parafrasea a Winston Churchill, “hay verdades, medias verdades, mentiras y estadísticas”.

Otro lamento llega por la escasa habilidad de los españoles para aprender idiomas. Pero, existe una explicación histórica: “hasta ahora, nunca hemos tenido necesidad de conocer idiomas, eso lo ha marcado nuestra Historia, porque hemos vivido confinados y enclaustrados y solo el turismo fue capaz de abrir un poco las puertas a otras lenguas”.

Y tanto ese turismo, derivado del sol del que gozamos en España, como la producción automovilística -España es el segundo productor europeo de coches tras Alemania y está entre los cinco primeros a nivel mundial-, conforman para Carlos Ortega los “productos estrella de la Marca España, siempre que entendamos esta desde su vertiente más comercial”. Y sí, en ese trío de cabeza están incluidas nuestra lengua y nuestra cultura. 

Ambas le deben mucho a Miguel de Cervantes. Y mucho le debe también el Manco de Lepanto al Instituto que lleva su nombre por mantener viva su memoria. Y en especial, somos todos nosotros los que debemos mucho a quienes hacen posible que esta institución siga llevando la riqueza del español por el mundo.