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domingo, 29 de diciembre de 2019

[Series] Review: 'Bauhaus, una nueva era'. Recuerdos para retratar a una escuela rompedora

‘Bauhaus, una nueva era’ se estrenó el 23 de diciembre en Filmin para seguir rememorando el centenario del nacimiento de la Bauhaus, una escuela y movimiento de gran relevancia e influencia


Portada Bauhaus, die neue Zeit

Estamos ya enfilando los últimos días de 2019 y, de todas las efemérides que se han conmemorado este año, seguramente la primera que se nos viene a la cabeza cuando miramos hacia atrás no sea el centenario de la Bauhaus. Sin embargo, la serie que vamos a analizar aquí no es el único producto audiovisual estrenado este año para rememorar el nacimiento de una de las escuelas de arte más relevantes de la Historia. Hace algunos meses hablábamos de ‘Lotte am Bauhaus’, una producción de la televisión alemana que llegaba a España de la mano de Filmin. Dirigida por Lars Kraume y estrenada el pasado 23 de diciembre en la misma plataforma, la serie que hoy nos ocupa, ‘Bauhaus, una nueva era’, es un magnífico complemento. 

En realidad, más allá de cuestiones formales y de las indudables diferencias que se dan entre un largometraje y una serie de seis capítulos, el espíritu de ambas obras es cercano: una intención didáctica que busca transmitir la vocación rompedora de la escuela en un periodo convulso, poniendo en el centro de la trama –probablemente para intentar compensar y denunciar la falta de igualdad en la progresista y revolucionaria Bauhaus– a una figura femenina inspirada en personajes reales. Si en la película de la ARD la figura en la que se basaba la protagonista era Alma Siedhoff-Buscher –Lotte Brendel en la ficción–, en esta serie es Dörte Helm, interpretada por Anna Maria Mühe

A pesar de los méritos artísticos de esta pintora y diseñadora gráfica, la serie pone el foco en su relación con Walter Gropius, fundador y director de la Bauhaus al que da vida August Diehl. De hecho, la serie se estructura en torno a la narración y los recuerdos del propio Gropius, ya anciano, a una periodista en su residencia en Estados Unidos varias décadas después. Es cierto que esto limita el retrato de la escuela y del contexto social, artístico, cultural y político que la rodeaba, pero permite que la narración de los hechos desde la perspectiva de Gropius, recordando cosas diferentes a las que describe a la periodista, juegue con la verdad y la mentira, sin dejar claro cuál fue exactamente la relación entre los dos personajes principales. Por otro lado, la relación –intuimos que violenta– de la periodista con su marido queda también abierta, si bien es cierto que su inclusión no parece estar del todo justificada. El gran peso que tiene el romance de Gropius y Helm también impide en gran medida que la serie se centre en otros aspectos, por lo que no consigue capturar con fidelidad el Zeitgeist de la época de la República de Weimar; se muestra la convulsión política, la lucha de clases, el ascenso del nazismo o el surgimiento de la modernidad tras la Gran Guerra, pero no profundiza ni se adentra suficientemente en ello

Una excusa para describir una escuela 


Sin embargo, la historia de Dörte Helm, presente en aquel trascendental 1919, permite conocer la evolución y los desafíos de la Bauhaus en sus inicios, así como a sus principales protagonistas, incluyendo al propio Gropius, Johannes Itten, Gunta Stölzl o László Moholy-Nagy. Se trata, como ocurría con ‘Lotte am Bauhaus’, de una narración muy pedagógica, que busca justificar continuamente su estructura, intentando con ello transmitir la filosofía y los elementos diferenciales de la Bauhaus. De hecho, y regresando a la comparación con ‘Lotte am Bauhaus’, la mayor duración de la miniserie permite un mayor detenimiento en algunos personajes y momentos clave de la Bauhaus durante sus primeros años de vida, mientras estuvo situada en Weimar, antes de verse obligada a trasladarse por el ascenso del nazismo.

Fotograma 'Bauhaus, una nueva era'

Un elemento muy destacado y atractivo, que sirve como leitmotiv de los seis capítulos de 45 minutos de duración, y como complemento explicativo de lo que simbolizaba la Bauhaus, es la música, casi siempre diegética, proveniente de las fiestas celebradas en la escuela. Una escuela que cambió el arte, el diseño y la arquitectura para siempre, que ejemplificó el espíritu de una época y un país, –la Alemania de Weimar– y que conviene seguir recordando en este año que hemos celebrado el centenario de su nacimiento.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 29 de marzo de 2019

[Cine] Crítica: 'Bauhaus' (2019). La mujer en la centenaria Bauhaus

Coincidiendo con el centenario de la institución el 1 de abril, Filmin estrena 'Bauhaus', retrato de una institución y sus mujeres en una época convulsa y apasionante de la Historia alemana



El 1 de abril de 1919 se fundaba en Weimar, de la mano de Walter Gropius, la Bauhaus, una de las escuelas de arquitectura y arte –aunque reducirlo a eso es simplista e injusto– más influyentes de la Historia. Conmemorando el centenario de la institución se estrena en Filmin ‘Bauhaus’ ('Lotte am Bauhaus'), una producción para la televisión alemana basada en la vida de Alma Siedhoff-Buscher, diseñadora de juguetes y mobiliario infantil.

Concebida como una película con vocación didáctica, este largometraje emitido originalmente en la cadena alemana Das Erste, realiza dos reivindicaciones de gran relevancia. Por un lado, el de las mujeres de la Bauhaus y por el otro el de la propia institución. El de las mujeres resulta clave porque, a pesar del progresismo de la escuela, el recientemente adquirido derecho al voto de las mujeres alemanas y la etapa de rebelión y efervescencia socio-cultural que se vivía en esa época en algunas ciudades de Alemania, las mujeres seguían discriminadas, sus talentos, cuestionados, y sus voluntades, sometidas a las de los hombres. Así, la mayoría de nombres que se asocian a esta escuela son los de Walter Gropius, Mies van der Rohe, George Grosz o László Moholy-Nagy –en efecto, todos hombres–, si bien es cierto que la historia y los diseños de Alma Siedhoff-Buscher representan perfectos ejemplos del estilo y el espíritu de la Bauhaus

De la misma forma, y entrando ya en esa segunda reivindicación de la película, la cinta muestra cómo la Bauhaus ejemplificaba de forma idiosincrática el zeitgeist, el espíritu de los tiempos, de la República de Weimar. De hecho, no es pura coincidencia que Gropius fundara la escuela hace justo un siglo en la ciudad que daba nombre al periodo de la historia alemana que transcurre entre su derrota en la I Guerra Mundial en 1918 y la llegada de los nazis al poder en 1933. Esa época de conflictividad política y frecuentes brotes de violencia fue también el escenario para una creatividad artística y de pensamiento que dio lugar a figuras del nivel de Bertolt Brecht, Friedrich Wilhelm Murnau, Thomas Mann o Walter Benjamin y, ampliando el foco a la vecina y hermana Austria, a Stefan Zweig, Fritz Lang o Sigmund Freud. La mayoría de ellos, como los miembros de la Bauhaus, representaban esa apertura de mentes y ese arte "degenerado" que tanto soliviantaban al nazismo. 

Buen producto que no hace justicia a lo que representa


Tanto el papel de la Bauhaus como la situación de las mujeres de la institución, enmarcados ambos elementos en un convulso, aunque apasionante, momento histórico, son retratados en el film de una forma excesivamente convencional. La intención didáctica de la producción tal vez le reste atrevimiento, impidiendo que haga justicia a lo que significó el movimiento. La narración es poco elaborada, sin la fuerza y el dramatismo que demanda la historia. También las interpretaciones resultan correctas, destacando el gran trabajo protagonista de Alicia von Rittberg, pero infrautilizadas, sin explorar la profundidad y evolución de los personajes. En general, se desprende su concepción como producto televisivo masivo, correcto, pero sin complejidad ni sutileza.


La calidad de la obra es innegable, mas no corre los riesgos que sí corrían los rompedores diseños de una escuela que cambió el arte, la arquitectura y el interiorismo para siempre. Quizás la Bauhaus y, en concreto, las mujeres que formaban parte de ella, hubieran merecido algo más. No obstante, bienvenido sea este intento de poner en valor esta institución creada hace ahora 100 años. 

Lo mejor: la trascendencia de la historia 
Lo peor: la narración es sencilla y plana 
Nota: 7.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 28 de julio de 2018

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

‘El caso Kurt Waldheim’, sobre el pasado nazi del que fuera Secretario General de la ONU y Presidente de Austria, recibió el Premio del Público en el reciente Atlàntida Film Fest


En 1986, tras haber sido Secretario General de la ONU entre 1972 y 1981, Kurt Waldheim se presentaba como candidato a Presidente de la República de Austria por el ÖVP, el partido popular austríaco. Durante la campaña, se hicieron públicos datos sobre el pasado de Waldheim en las SA nazis y su posible participación en crímenes de guerra, una información que se había mantenido oculta hasta entonces. A pesar de estas acusaciones e informaciones, Waldheim fue elegido Presidente. 

Este hecho puso a la sociedad austriaca frente al espejo, pues el pasado de Waldheim, más allá de ocultaciones, mentiras y de la relevancia pública del personaje, no era excesivamente distinto del de muchos otros austríacos de su generación. La película conduce a la reflexión sobre las excusas de Waldheim, extensibles a toda la sociedad: que la población no sabía nada del Holocausto y que su comportamiento era propio de soldados o ciudadanos obedientes. 

Gracias a esto y a determinados intereses geopolíticos de la postguerra, la sociedad austríaca fue considerada, tanto a sí misma como por el resto de países, como la primera víctima del nazismo tras el Anschluss –la anexión de Austria por el Tercer Reich en 1938–y no como una parte culpable. Esa culpabilidad solo comenzó a asumirse tras lo ocurrido con Kurt Waldheim, y no por la gravedad de su historia, sino, precisamente, porque su rol no fue tan diferente del de otros compatriotas. 

Así, la película resulta de una relevancia incuestionable. Primero por la importancia de este fenómeno, poco conocido fuera de la sociedad austriaca, y por la fascinación que despierta que un miembro de las SA nacionalsocialistas alcanzara la presidencia de su país y la más alta posición de las Naciones Unidas. Segundo, por el momento en el que este documental vio la luz, coincidiendo con la llegada al gobierno austríaco de una coalición entre el Partido Popular de Austria (ÖVP), al que pertenecía Waldheim, y el Partido de la Libertad (FPÖ), de corte ultranacionalista y xenófobo.

Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

Salvando las distancias –algo que tal vez no se está haciendo con la suficiente frecuencia, cayendo en asociaciones fáciles e injustificadas–, es evidente que lo que se narra en la película ayuda a explicar los acontecimientos de la política actual del país alpino. En este sentido, la propia directora, Ruth Beckermann, afirma al comienzo del documental que “no fue casualidad que estos viejos materiales aparecieran justo ahora”, aludiendo a la cinta VHS que encontró con los documentos audiovisuales relacionados con el caso Kurt Waldheim que ella misma había rodado durante 1986.

Un auténtico vals audiovisual


Más allá de los intensos, inteligentes e interesantes debates políticos que despierta la cinta de Beckermann, debemos reparar en el título original: “Waldheims Walzer”. El Vals de Waldheim hubiera sido una traducción acertada, pues el documental transcurre con un ritmo extraordinario. Trata el tema con conocimiento, pero el saber hacer desde el plano formal no es menos atractivo, ayudando a su comprensión incluso para el público ajeno al tema. 

El material, tanto el captado por la autora en 1986 –con un estilo común al cine protesta germanoparlante de los años 80 y 90–, como el procedente de archivo –entrevistas en televisión, mítines políticos, sesiones parlamentarias…– no se obtuvo pensando en el documental, de ahí que el valor del montaje sea todavía mayor, logrando un muy buen trabajo desde el punto de vista del estilo y la narración. 

El premio en la Berlinale como Mejor Documental y el Premio del Público en el Atlàntida Film Fest confirman la calidad de esta obra. El mayor acierto reside en que el aspecto formal y el ritmo de la narración resultan incuestionables, permitiendo así que el tema de fondo sea capaz de abrir numerosos debates y reflexiones. 

Lo mejor: lo acertado del momento en el que aparece la obra 
Lo peor: la excesiva importancia que se otorga a EE.UU. en el film 
Nota: 8


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 22 de enero de 2018

Five Came Back: Hollywood y la II Guerra Mundial a través de cinco maestros del cine


Que en la actualidad la series están desplazando al cine como el producto audiovisual por excelencia es algo que ya se lleva sabiendo desde hace bastante tiempo. Que, al mismo tiempo, sobre todo gracias a plataformas como Netflix, el documental está viviendo una edad dorada es algo que también se conoce. Sin embargo, el interés que estos últimos han despertado en los medios ha sido mucho menor. Por eso en Los Lunes Seriéfilos estamos dispuestos a prestar un poquito más de atención a este género, casi siempre percibido como menos comercial o entretenido que la ficción, aunque con un potencial incuestionable. 

En este contexto, Five Came Back podría considerarse un paradigmático metadocumental que, además de reunir varias de las características del actual boom del género, trata sobre algunos de los documentales más famosos de la historia del cine, como Why We Fight. Producido por Netflix, narra en tres episodios cómo cinco de los cineastas más importantes de la historia –Frank Capra, John Ford, William Wyler, George Stevens y John Huston– abandonaron sus carreras en Hollywood para poner sus cámaras al servicio de una causa mayor: retratar la II Guerra Mundial y cambiar los designios de la batalla con su obra. Está narrada por Meryl Streep y comentada por Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Guillermo Del Toro, Paul Greengrass y Lawrence Kasdan.

La obra no plantea grandes innovaciones en el apartado visual, pues aprovecha los planos fijos de los comentadores y las imágenes de archivo y las propias obras de los protagonistas, que es lo más valioso. Tampoco lo hace en su narración, cronológica, aunque con detalles y elementos muy interesantes –como los créditos iniciales–. Se trata, en general, de una construcción sencilla, pero sin fallos, sabiendo que el verdadero interés está en el contenido. Un contenido tan potente, tan interesante y tan relevante que, solo con él, las posibilidades de hacerlo mal son casi nulas.

Aunque es cierto que el ritmo no siempre se mantiene y que los tres capítulos resultan parcialmente irregulares: el primero es el más sencillo, con unos personajes que, en su mayoría, todavía no eran las estrellas que llegarían a ser y con una contienda todavía en ciernes; la segunda parte llega a resultar monótona, centrada en el desarrollo del conflicto y en lo que cada uno de esos cinco realizó en pro de la propaganda o de narrar la guerra; y la tercera, la más emocionante, incluye la liberación de las ciudades tomadas por los nazis, la llegada a los campos de concentración, el fin de la guerra y el regreso de los directores a Hollywood.


La emotividad de esta tercera parte, con un montaje más interesante que en las anteriores, y con una carga dramática mucho mayor, la convierten en la mejor de las tres. De hecho, el título original, Five Came Back, hace alusión precisamente a este episodio. Más allá de la relevancia de sus obras durante el conflicto, lo verdaderamente interesante del documental es ver ese cambio que estos cinco directores habían experimentado en la guerra, así como comprobar que el Hollywood al que volvieron tampoco era el mismo.

Y el actual tampoco es como el de entonces. Muchas cosas han cambiado. Y, por suerte, se ha conseguido la suficiente perspectiva para contar esta historia en la que, tal vez, solo tal vez, falte cierta crítica, pero que consigue abrir un debate sobre la propaganda, la industria y el reflejo de la guerra y el enemigo. Y hacerlo no desde una óptica moralista actual, sino desde el reconocimiento cinematográfico y humano a esas producciones y esos directores, tiene un valor superior si cabe.

Pero es posible que no lo necesite. Solo con la historia que se narra y sus protagonistas, el atractivo de Five Came Back es innegable. Y debería ser de obligado visionado tanto para los amantes de la historia como, y sobre todo, para los amantes del cine. Porque es posible que no estemos ante una obra maestra, pero sí que trata sobre auténticos maestros.

Lo mejor: la perspectiva que se adopta
Lo peor: que resulte irregular
Nota: 8

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 4 de octubre de 2017

Crítica: 'Bye Bye Germany' (2017), de Sam Garbarski


Casi parece imposible que tras tantas películas, series y demás productos audiovisuales sobre el Holocausto sigan apareciendo obras novedosas que aporten matices o aspectos del genocidio nazi que apenas habían sido tratadas. Fue el caso, entre otros, de 'Los falsificadores' (Die Fälscher), el drama austriaco dirigido en 2007 por Stefan Ruzowitzky. Y es también lo que sucede ahora con 'Bye Bye Germany', o Es war einmal in Deutschland… (Auf Wiedersehen Deutschland) en el título original. Ambas cintas aportan, salvando las enormes distancias, visiones menos habituales o realidades menos conocidas dentro de este oscuro tramo de la Historia.

Mucho más dramática y trascendente, 'Los falsificadores' se ocupa de la historia real de un grupo de prisioneros de campos de concentración obligados por los nazis a falsificar libras y dólares a cambio de un trato algo menos inhumano y, en esencia, de su supervivencia. 'Bye Bye Germany' se centra ahora en otro grupo de judíos que ya han sobrevivido al nazismo y que buscan salir adelante en la ciudad de Frankfurt, bajo control estadounidense. Narrada como comedia, consigue reflexionar sobre los sentimientos de culpabilidad de todos los que poblaban esa Alemania de posguerra. 

La culpabilidad que acompañó, y que todavía acompaña, a los alemanes, avergonzados de haber permitido o participado en los crímenes y atrocidades del nacionalsocialismo. Y también la culpabilidad, mucho más visible en el film, de quienes lograron escapar del horror nazi o salieron con vida de los campos de concentración. E incluso se intuye la culpabilidad (más teórica que real) de los aliados que vencieron en la guerra, pero que no evitaron el genocidio y las masacres.

Pero más allá de esa reflexión, o de la que también podemos encontrar sobre los deseos de venganza o del reparto de Alemania entre las cuatro potencias aliadas, lo que destaca es el humor. Y es que Es war einmal in Deutschland es una película divertida y lo suficientemente ligera para hacernos reír sin demasiados complejos sobre tan dramático episodio. Y esto es en gran medida gracias al carisma y la vertiente cómica de Moritz Bleibtreu, que da vida a David Berman, el protagonista que articula la trama y que une la más cómica historia de un grupo de judíos que usan todo tipo de trucos para vender ropa de cama, con la más seria investigación de una oficial estadounidense sobre su sospechosa supervivencia a los campos de exterminio.


Y es en ese difícil equilibrio entre el humor y la tragedia donde la cinta de Sam Garbarski se muestra más débil. El intento de relajar los tramos más duros y la búsqueda de profundidad en los más ligeros impiden una diversión mayor, pero también una verdadera capacidad de trascender, como sí tenía 'Los falsificadores'. Las dos historias paralelas de Berman se entrecruzan con demasiada frecuencia, evitando que el espectador consiga centrarse en ninguna de ellas y sin dejar que disfrute del humor, ni que se conmueva con el horror.

Independientemente de este fallo, que lastra no obstante el conjunto de la obra y que impide que perdure en la memoria, quedándose como un cuento, la película tiene importantes atractivos, desde la riqueza de detalles hasta la banda sonora. Con todo, 'Bye Bye Germany' presenta una interesante, divertida y novedosa historia; un tanto indefinida e indecisa, pero necesaria, accesible y capaz de narrar una historia diferente y un punto optimista sobre el Holocausto. 

Lo mejor: Moritz Bleibtreu y los elementos humorísticos
Lo peor: ese intento (no conseguido) de equilibrar horror y humor
Nota: 7,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 13 de mayo de 2017

Mitten in Deutschland: NSU. El docudrama alemán que hace frente a una realidad menos mediática


Occidente vive desde hace unos años un ascenso muy notable de fuerzas políticas de extrema derecha y con marcados tintes racistas. Y en parte, esta tendencia se explica gracias a los atentados terroristas de inspiración islamista perpetrados en diversos países tanto dentro como fuera de Europa. Este es el contexto en el que aparece en marzo de 2016 la miniserie Mitten in Deutschland: NSU, emitida y producida por Das Erste, el canal público alemán, y compuesta por tres películas para televisión. Cada una de ellas está centrada en un grupo de protagonistas y narrada con estéticas y géneros diferentes, lo que, unido a unas interpretaciones bastante cuidadas, dota al proyecto de singularidad y atractivo.

Basada en hechos reales y con cierto ánimo documental, se centra en el grupo terrorista de extrema derecha NSU (Nazionalsozialistischer Untergrund), que durante la primera década del siglo XXI llevó a cabo, entre otras acciones, una serie de asesinatos de trabajadores inmigrantes en Alemania. Los sucesos sacudieron Alemania durante años, reflejando cómo el nazismo seguía presente en un país que durante tanto tiempo ha buscado reconciliarse con un pasado que todavía le persigue.

Por eso resulta tan necesaria esta serie. No solo por sacar a la luz la existencia de grupos neonazis que, aunque lamentable y muy preocupante, no deja de ser minoritaria, sino, sobre todo, porque consigue capturar la presencia latente de actitudes xenófobas y discriminatorias en la sociedad alemana. Este aspecto, a mi parecer el más relevante y actual, es el que se destaca en el segundo de los tres telefilmes que componen Mitten in Deutschland. Pero vayamos por partes:

El primero, Die Täter – Heute ist nicht alle Tage, está centrado en los criminales. Con una vocación y estética más propias del documental, bucea en las causas que llevaron a jóvenes desencantados a unirse a grupos radicales tras la Caída del Muro de Berlín. Dirigido por Christian Schwochow, narra la formación del NSU y describe la escena neonazi en una ciudad del centro de Alemania. Este episodio destaca por saber capturar esa sensación de desorientación de los jóvenes, con saltos temporales no siempre definidos, y por intentar comprender los motivos. En este sentido resulta llamativo cómo la protagonista, Beate, mira en varias ocasiones directamente a la cámara, incomodando al espectador, como si le preguntara “¿tú qué habrías hecho?”

La segunda parte, Die Opfer – Vergesst mich nicht, toma el punto de vista de Semiya Şimşek, hija del primer asesinado y autora de un libro en el que se inspira parcialmente el guion de este telefilme. Con esto, Züli Aladağ pretende personificar e ilustrar el sufrimiento de las familias de todas las víctimas del NSU, que no se quedaba en el lamento tras el asesinato. Y es que el dolor de quienes perdían a un familiar o amigo, iba más allá debido a las investigaciones por parte de la policía, obcecada en buscar culpables entre la propia comunidad turca y, como en el caso de Enver Şimşek, acusando a la víctima de haber traficado con droga. A eso se une la islamofobia que se vivió en muchos países tras los ataques del 11-S, y de los que los alemanes de origen turco también fueron objeto, o el tratamiento que las muertes recibían en la prensa alemana, que hablaba de “los asesinatos de los kebaps”. La narración en primera persona y un tono mucho más dramático hacen que este episodio sea el más trágico y complejo de los tres.


El tercer y último capítulo, Die Ermittler – Nur für den Dienstgebrauch, se adentra en la investigación policial y la búsqueda de los terroristas desde el nacimiento de la organización. Es quizás el menos interesante de los tres, al tratarse básicamente de una película policíaca como tantas otras que se producen en Alemania y Austria. A través de una narración basada en el flashback, consigue retratar los enfrentamientos entre distintos cuerpos policiales, con distintos intereses y con errores que ocultar, pero tanto en profundidad como en el aspecto interpretativo se queda por debajo de las dos primeras partes.

Volvemos ahora a Die Opfer, que es el que permite una reflexión más intensa y actual. Las actitudes racistas que muestra la policía ilustran la existencia de una cierta discriminación institucionalizada en la sociedad alemana. La investigación inicial, orientada a descubrir un crimen de honor o una red de tráfico de drogas, da una imagen de la visión que gran parte de los ciudadanos germanos tienen tanto de sus compatriotas de origen extranjero como de los inmigrantes recién llegados.

Y esto, que sucedía a principios de siglo, es lo mismo que ocurre, quizás aun con más intensidad, en la Alemania actual. No solo por el ascenso de un partido xenófobo y ultranacionalista como Alternativa por Alemania, sino por la visión negativa que muchos alemanes tienen hacia el colectivo turco, el más criticado por ser el más numeroso, pero que no deja de ser una representación de todos los inmigrantes o ciudadanos de origen extranjero.

Por eso es tan necesaria una serie como Mitten in Deutschland. Que puede caer en clichés, que en ocasiones intenta guiar de forma demasiado obvia al espectador y que cuenta con algunas escenas innecesarias o que rompen con la tónica de cada capítulo, pero que supone un intento muy interesante de abordar unos hechos y una realidad –la violencia neonazi y la discriminación normalizada– eclipsados por otros de mayores dimensiones –el terrorismo yihadista y el ascenso de los partidos de extrema derecha–, aunque igualmente presentes y con los que guardan una estrecha relación.

(Publicado en Culturamas)

martes, 2 de mayo de 2017

Egal wie. Filmkritik von 'Die Fälscher'


Bereits Viktor Frankl schrieb, dass es für einen KZ-Gefangenen vor allem um eines ging: zu überleben, egal wie. In Die Fälscher zeigt uns Stefan Ruzowitzky eine Option. Die Fälscher, die Kapos und die restlichen Gefangenen, aber auch die Soldaten, machen nur, was sie tun müssen, um noch einen weiteren Tag zu leben. Kaum einer hatte diese (un)gewisse Sicherheit zu überleben. 

Die Fälscher basiert auf einer wahren Geschichte von Leuten, die diese Möglichkeit hatten. Verantwortlich für das Überleben dieser Menschen war ein Verbrecher, der zum Held wurde. Es ist spannend zu sehen, wie ein unergründlicher Karl Markovics versucht Geld zu fälschen. Aber ist es ok diesen Nervenkitzel in einem Film über den Holocaust zu finden? Selbstverständlich ist dies kein gewöhnlicher Film über ein Thema, das schon oft im Kino behandelt wurde; er fokussiert auf eine wahre und kuriose Geschichte, aber er macht dies nicht manieristisch, sondern mit einer undeutlichen Linie zwischen Gut und Böse. Damit lernen wir nicht zu verurteilen. So eröffnete er einen Weg, dem kürzlich auch andere Filme, wie Saul fia (László Nemes, 2015), gefolgt sind.

Diese Neuheiten, sein Unterhaltungspotential und die enthaltenen Reflexionen, sind gute Gründe um den Oscar zu rechtfertigen. Dennoch –vielleicht ist das jedoch die einzige Option um den Film nicht zu dramatisch zu machen– vermisst man eine stärkere Entwicklung der Geschichte und eine Tiefe in den Charakteren. Charaktere, die, egal wie, trotzdem Ja zum Leben sagen.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Imperium (2016), de Daniel Ragussis


Empezar una crítica de una película protagonizada por Daniel Radcliffe mencionando su mágico pasado como Harry Potter es un tópico demasiado repetido. La sombra de las ocho películas que protagonizó como el mago con la cicatriz en forma de rayo es alargada. Y seguramente quienes escribimos sobre cine no conseguiremos nunca desprendernos del todo de esa asociación, aunque ya va siendo hora. De hecho, deberíamos considerar 2016 como el año en el que Daniel Radcliffe de verdad se consagró como un gran actor más allá de los muros de Hogwarts.

Hace pocas semanas llegaba a algunos cines españoles Swiss Army Man, la triunfadora del pasado Festival de Sitges. Radcliffe daba “vida” a un cadáver con flatulencias arrastrado por las olas hasta una isla habitada por un náufrago. Más allá de lo bizarro de la cinta, la interpretación de Radcliffe es muy meritoria. Los personajes con enfermedades mentales o físicas suelen suponer los mayores desafíos y también los mayores logros. Y en esta ocasión se confirma: llevar a la pantalla un cadáver no es sencillo, pero puede dar lugar a una interpretación memorable.

El otro filme protagonizado en 2016 por el inglés fue Imperium, en la que encarna a Nate Foster, un joven y brillante agente del FBI que se infiltra en círculos neonazis para evitar un supuesto ataque con una bomba sucia. Basado en la experiencia real de Michael German, un exagente que pasó años infiltrado en grupos supremacistas blancos, busca reflejar la realidad de ese submundo y las causas que pueden llevar a los jóvenes a unirse a ellos. Pero la película falla en ese aspecto, otorgando demasiado espacio a los símbolos y la iconografía y olvidando la reflexión detrás de ellos.

Donde sí acierta es en su concepción como thriller policíaco, controlando siempre la tensión a pesar de –o quizás gracias a– la casi total ausencia de violencia. Ese es el elemento diferenciador: Radcliffe da vida a un don nadie en el FBI, un cerebrito sin experiencia en el terreno que solo quiere hacerse un nombre en el cuerpo. En contraste con otras cintas de este género, en las que el enfrentamiento físico y la musculatura son elementos clave, aquí son la calma, el juego de personalidades, la sangre fría y la inteligencia las que marcan el devenir de la cinta. En un momento del largometraje uno de los líderes supremacistas le llega a comentar a Nate Parker que “parece demasiado maduro para un skinhead”.


Ahí reside otro de los atractivos de la cinta, en la retrato de las distintas facciones y de los enfrentamientos internos que hay en el seno del movimiento supremacista. Aunque en parte caricaturesco, sí que ilustra a grandes rasgos qué diferencia al Ku Klux Klan de los skinheads o de la Hermandad Aria, dejando caer que los monstruos más peligrosos a menudo son los menos visibles y los más inesperados.

Más allá no llega el análisis de Imperium, quedándose casi siempre en el nivel que mejor funciona, el de la intriga de un thriller de infiltrados. Y eso es así gracias a la magnífica actuación de Radcliffe, que despliega un rango de emociones amplísimo, sabiendo moderarlas o intensificarlas en los momentos adecuados. A pesar de estar rodeado por un buen reparto, con Toni Collete, Tracy Letts, Chris Sullivan o Burn Gorman, el peso narrativo e interpretativo recae indudable y casi exclusivamente sobre Radcliffe.

El potencial de Imperium es enorme –estrenada en Estados Unidos en verano, poco antes de la elección de Donald Trump como Presidente, y con una extrema derecha que sigue ganando adeptos en muchos países occidentales–, pero la cinta solo se salva gracias al destacado trabajo de Radcliffe como canalizador de emociones y de tensión. En Swiss Army Man, mucho más surrealista, era también su actuación la responsable del atractivo de la película. Cada vez quedan menos dudas de que Daniel Radcliffe se está confirmando como un actor de peso. Y el hecho de que se esté logrando independizar de una franquicia como Harry Potter gracias únicamente a su trabajo demuestra su calidad.

(Publicado en Culturamas)

domingo, 4 de diciembre de 2016

El discurso del miedo marca las elecciones en Austria

2016 ha sido el año que ha consolidado el ascenso de la extrema derecha y de los populismos en el mundo, el año de las sorpresas electorales y el año de la polarización de la política. Ahora que llega diciembre y toca hacer balance, Austria, que presume de eficiencia, parece querer hacer un resumen acelerado.

FOTO: REUTERS/Leonhard Foeger
Este domingo los austriacos están llamados a repetir la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebrada en mayo. Entonces, el candidato apoyado por Los Verdes, Alexander Van der Bellen, consiguió imponerse al ultraderechista Norbert Hofer por solo 30.863 papeletas. La impugnación de los resultados debido a irregularidades en el recuento del voto por correo, que fue el que decantó la balanza a favor del candidato europeísta, obligó a repetir los comicios a principios de octubre. Sin embargo, un problema con el pegamento de los sobres descubierto durante el verano obligó a retrasar la votación hasta este domingo. Las encuestas vuelven a mostrar a un país dividido entre dos candidatos totalmente opuestos.

Aunque parece que la votación volverá a decidirse por muy pocos votos, Hofer se sitúa como el ganador más probable pues, al impulso que supuso la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, se une un dato que en estos momentos resulta casi más fiable que las encuestas: las cotizaciones de ambos candidatos en las casas de apuestas, que otorgan una cierta ventaja al candidato nacionalista.

Una campaña tensa

La tensión, que ha quedado patente en todos los debates televisivos, lleva escalando desde que se conoció que el país centroeuropeo debería volver a las urnas. Hace pocas semanas, Heinz-Christian Strache, líder del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), al que pertenece Norbert Hofer, llegó a especular con la posibilidad de “una guerra civil a medio plazo” si seguían llegando extranjeros. Hofer, a pesar de mostrar un tono más moderado y una sonrisa más amable, también ha entonado el discurso del miedo contra los refugiados, apoyado en consignas populistas que le convierten en representante del pueblo frente a las élites.

Aunque con más sensatez, Van der Bellen también ha utilizado la carta del miedo, en su caso, al retorno del nazismo. Hace pocos días compartía en su página de Facebook el vídeo de una superviviente del campo de exterminio de Auschwitz, Frau Gertrude, que alertaba de cómo el fomento del odio que lleva a cabo el FPÖ le recuerda a lo que vivió Austria en los años 30.

Pero a pesar de la crispación en los debates y en los discursos políticos, la sociedad vive las elecciones con resignación tras ocho meses de incertidumbre. Si en España se criticaba la incapacidad de los políticos para lograr acuerdos, en Austria se critica la incapacidad de las autoridades electorales de contar los sobres o de hacer que el pegamento funcione.

El ascenso de los radicales

Ya en abril, en la primera vuelta de estas elecciones, los austriacos castigaron con dureza a socialdemócratas y democristianos, los dos grandes partidos tradicionales que gobiernan en coalición. Precisamente las decisiones erróneas de este Gobierno, que a la mala gestión de la crisis de refugiados tiene que sumar una tasa de desempleo creciente, son las que han aupado a fuerzas extremistas. Eso, en un país tan preocupado por su “identidad cultural” como este, se acaba traduciendo en el ascenso de partidos como el FPÖ.

Por eso estas elecciones son diferentes. No por el cargo en juego, pues la Presidencia de la República es más protocolaria que funcional, sino por lo que podría suponer que un país con la historia y la centralidad de Austria tuviera al frente un político de extrema derecha.

Esa es la posibilidad que preocupa a Europa, que este domingo tendrá un ojo en el referéndum que Renzi ha convocado en Italia sobre la reforma constitucional y otro en Austria, donde la extrema derecha podría apuntarse la primera victoria real en una Europa que sigue acercándose a un nacionalismo y populismo que parecían olvidados.


(Publicado en bez.es)

domingo, 8 de mayo de 2016

Viaje al rincón más oscuro de nuestra memoria

La visita al campo de concentración de Mauthausen-Gusen nos obliga a reflexionar sobre los errores que la humanidad no debería repetir 

Vista exterior del campo de concentración de Mauthausen

En Austria se vive estas semanas un intenso debate sobre qué debe hacerse con la casa en la que nació Adolf Hitler. El Estado expropió la vivienda, situada en la localidad de Braunau am Inn, hace unas semanas para evitar que pudiera caer en las manos equivocadas y convertirse en un lugar de peregrinación. Desde entonces, la sociedad austriaca se divide entre quienes defienden la necesidad de empujar al olvido determinados asuntos y quienes entienden que se debe mantener vivo su recuerdo para evitar repetir los mismos errores. La cada vez más restrictiva política de fronteras o la victoria del candidato de extrema derecha Norbert Hofer en las recientes Elecciones Presidenciales nos hacen pensar que la segunda opción todavía resulta necesaria para muchos austriacos. 

De los lugares que rememoran el Holocausto pocos resultan tan impactantes y significativos como un campo de concentración. El de Mauthausen-Gusen, a veinte kilómetros de Linz, capital del Bundesland de Alta Autria, y a menos de doscientos de Viena, fue el más grande de los levantados en Austria y el penúltimo en ser liberado por las tropas aliadas. Allí murieron, entre 1938 y 1945, más de 90.000 personas. Visitarlo supone una reflexión imprescindible para comprender la etapa más oscura del siglo XX en Europa.

Aunque el año está siendo inusualmente cálido en Austria, al llegar a Mauthausen la temperatura es poco superior a los cero grados y la sensación térmica disminuye por el intenso viento. Un día gris y triste que parece dotar de mayor realismo y dureza al escenario de una de las mayores atrocidades de la Historia. 

El pueblo de Mauthausen, a orillas del Danubio, en la frontera entre los Bundesländer de Alta y Baja Austria, resulta idílico; un típico pueblo austriaco lleno de encanto, con sus casas de colores y las plazas llenas de flores. A sus espaldas, sobre una colina, se aprecia el lugar al que inevitablemente está asociado esta población de menos de 5.000 habitantes. La ubicación del campo, visible desde el pueblo y con varias casas directamente en las faldas de la pequeña elevación en la que se asienta, parece contradecir lo que muchos austriacos argumentaron durante décadas para disculparse por el Holocausto: que la población no conocía lo que ocurría. 

Esto me lo explica una austriaca, graduada en Historia, que me acompaña. También me cuenta que todos los colegios e institutos del país llevan a sus alumnos de catorce o quince años a visitar alguno de estos infames campos. Sin embargo, más de un austriaco se extrañó ante el interés de un extranjero por acudir a un campo de concentración; aunque ya no se niega la responsabilidad, el sentimiento de vergüenza todavía está muy presente.

Esta es la filosofía que se sigue en el centro de recepción del Memorial de Mauthausen. Son conscientes de lo que supone ese lugar para la historia del país, por lo que se pretende evitar su frivolización y mercantilización. Así, nos explican que la entrada es gratuita y que únicamente es necesario pagar por las audioguías. Disponibles en varios idiomas, nos permiten hacernos una idea más detallada de las atrocidades cometidas entre aquellos muros. La inclusión de relatos reales nos deja en varios momentos sumidos en el silencio de quien no alcanza a comprender las dimensiones de lo ocurrido en el lugar en el que se encuentra.

Comenzamos la visita fuera del recinto amurallado, sobre la explanada en la que se encontraba el campamento para los enfermos. Al lado, los soldados jugaban partidos de fútbol con los habitantes del pueblo. De nuevo, la excusa del desconocimiento de la existencia del campo parece desmoronarse. 

Bordeando el muro de piedra, llegamos a uno de los puntos más sobrecogedores del recorrido: diversos países, asociaciones y organismos públicos austriacos han erigido aquí sus monumentos en recuerdo de las víctimas. A ellos se suman incontables pequeños homenajes particulares que van desde una foto hasta un trozo de bandera. Pero desde aquí también se divisa la cantera en la que los prisioneros eran explotados, la escalera por la que debían cargar las pesadas piedras que extraían y el barranco por el que eran empujados a capricho de los guardias.

El camino nos lleva a la puerta principal del campo, por donde se accede. A la izquierda se levantaban los barracones. A la derecha, los edificios comunes. Frente a nosotros, el amplio tramo central en el que se realizaban los recuentos y las marchas. 

Casi solos, deambulamos por las distintas zonas del campo de exterminio hasta llegar a la enfermería, donde ahora se ubica el museo. Este, por la inclusión de fotografías, entrevistas y grabaciones de los protagonistas reales, resulta más ilustrativo que el resto del conjunto, pero no alcanza el dramatismo de los edificios reales, vacíos y desnudos. 

Bajo el museo, el crematorio y la cámara de gas. Ese oscuro horno y ese amarillento habitáculo se convierten, por su significado, en uno de los puntos más inquietantes de todo el campo de la muerte.

Ya en el último tramo de la visita, encontramos nuevas muestras espontáneas de dolor y recuerdo. Y junto a ellas, un impresionante monumento con todos los nombres de quienes allí fueron víctimas de la barbarie. 

De regreso al centro de recepción cruzamos la puerta sobre la que se ubicaban la cruz gamada y el áquila imperial que representaban el poder del Tercer Reich. Una de las primera acciones de las tropas estadounidense tras la liberación del campo el 5 de mayo de 1945 fue el derribo, con la ayuda de algunos prisioneros, de estos símbolos. La guerra había terminado y, tras mucho dolor, la libertad llegaba a uno de los rincones que mejor ilustran los errores de nuestro pasado.

Pero el optimismo de esta imagen contrasta con otra que encontramos en el museo. En ella vemos uno de los muros exteriores del campo cubierto por un gran plástico blanco. Bajo él se esconde, según reza el pie de foto, una pintada con expresiones neonazis. La foto fue tomada en febrero de 2009. Y no ha sido el último caso. Esta imagen, a priori mucho más intrascendente e inofensiva que la cámara de gas, el crematorio o las alambradas, se convierte en la más impresionante de la visita. No por lo que muestra, sino por lo que implica: que el extremismo no pertenece únicamente al pasado.

Y es cierto que a la sociedad austriaca le ha costado décadas realizar la tarea de arrepentimiento, de asunción de responsabilidades y de compensación del daño. Pero no es menos cierto que, sobre todo en los últimos veinte años, los austriacos han alcanzado una reconciliación casi total con su memoria. 

Esa reconciliación no se ha logrado olvidando el pasado, sino manteniendo vivo el recuerdo. Y esa es precisamente la labor del Memorial de Mauthausen.