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miércoles, 4 de octubre de 2017

Crítica: 'Bye Bye Germany' (2017), de Sam Garbarski


Casi parece imposible que tras tantas películas, series y demás productos audiovisuales sobre el Holocausto sigan apareciendo obras novedosas que aporten matices o aspectos del genocidio nazi que apenas habían sido tratadas. Fue el caso, entre otros, de 'Los falsificadores' (Die Fälscher), el drama austriaco dirigido en 2007 por Stefan Ruzowitzky. Y es también lo que sucede ahora con 'Bye Bye Germany', o Es war einmal in Deutschland… (Auf Wiedersehen Deutschland) en el título original. Ambas cintas aportan, salvando las enormes distancias, visiones menos habituales o realidades menos conocidas dentro de este oscuro tramo de la Historia.

Mucho más dramática y trascendente, 'Los falsificadores' se ocupa de la historia real de un grupo de prisioneros de campos de concentración obligados por los nazis a falsificar libras y dólares a cambio de un trato algo menos inhumano y, en esencia, de su supervivencia. 'Bye Bye Germany' se centra ahora en otro grupo de judíos que ya han sobrevivido al nazismo y que buscan salir adelante en la ciudad de Frankfurt, bajo control estadounidense. Narrada como comedia, consigue reflexionar sobre los sentimientos de culpabilidad de todos los que poblaban esa Alemania de posguerra. 

La culpabilidad que acompañó, y que todavía acompaña, a los alemanes, avergonzados de haber permitido o participado en los crímenes y atrocidades del nacionalsocialismo. Y también la culpabilidad, mucho más visible en el film, de quienes lograron escapar del horror nazi o salieron con vida de los campos de concentración. E incluso se intuye la culpabilidad (más teórica que real) de los aliados que vencieron en la guerra, pero que no evitaron el genocidio y las masacres.

Pero más allá de esa reflexión, o de la que también podemos encontrar sobre los deseos de venganza o del reparto de Alemania entre las cuatro potencias aliadas, lo que destaca es el humor. Y es que Es war einmal in Deutschland es una película divertida y lo suficientemente ligera para hacernos reír sin demasiados complejos sobre tan dramático episodio. Y esto es en gran medida gracias al carisma y la vertiente cómica de Moritz Bleibtreu, que da vida a David Berman, el protagonista que articula la trama y que une la más cómica historia de un grupo de judíos que usan todo tipo de trucos para vender ropa de cama, con la más seria investigación de una oficial estadounidense sobre su sospechosa supervivencia a los campos de exterminio.


Y es en ese difícil equilibrio entre el humor y la tragedia donde la cinta de Sam Garbarski se muestra más débil. El intento de relajar los tramos más duros y la búsqueda de profundidad en los más ligeros impiden una diversión mayor, pero también una verdadera capacidad de trascender, como sí tenía 'Los falsificadores'. Las dos historias paralelas de Berman se entrecruzan con demasiada frecuencia, evitando que el espectador consiga centrarse en ninguna de ellas y sin dejar que disfrute del humor, ni que se conmueva con el horror.

Independientemente de este fallo, que lastra no obstante el conjunto de la obra y que impide que perdure en la memoria, quedándose como un cuento, la película tiene importantes atractivos, desde la riqueza de detalles hasta la banda sonora. Con todo, 'Bye Bye Germany' presenta una interesante, divertida y novedosa historia; un tanto indefinida e indecisa, pero necesaria, accesible y capaz de narrar una historia diferente y un punto optimista sobre el Holocausto. 

Lo mejor: Moritz Bleibtreu y los elementos humorísticos
Lo peor: ese intento (no conseguido) de equilibrar horror y humor
Nota: 7,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

martes, 2 de mayo de 2017

Egal wie. Filmkritik von 'Die Fälscher'


Bereits Viktor Frankl schrieb, dass es für einen KZ-Gefangenen vor allem um eines ging: zu überleben, egal wie. In Die Fälscher zeigt uns Stefan Ruzowitzky eine Option. Die Fälscher, die Kapos und die restlichen Gefangenen, aber auch die Soldaten, machen nur, was sie tun müssen, um noch einen weiteren Tag zu leben. Kaum einer hatte diese (un)gewisse Sicherheit zu überleben. 

Die Fälscher basiert auf einer wahren Geschichte von Leuten, die diese Möglichkeit hatten. Verantwortlich für das Überleben dieser Menschen war ein Verbrecher, der zum Held wurde. Es ist spannend zu sehen, wie ein unergründlicher Karl Markovics versucht Geld zu fälschen. Aber ist es ok diesen Nervenkitzel in einem Film über den Holocaust zu finden? Selbstverständlich ist dies kein gewöhnlicher Film über ein Thema, das schon oft im Kino behandelt wurde; er fokussiert auf eine wahre und kuriose Geschichte, aber er macht dies nicht manieristisch, sondern mit einer undeutlichen Linie zwischen Gut und Böse. Damit lernen wir nicht zu verurteilen. So eröffnete er einen Weg, dem kürzlich auch andere Filme, wie Saul fia (László Nemes, 2015), gefolgt sind.

Diese Neuheiten, sein Unterhaltungspotential und die enthaltenen Reflexionen, sind gute Gründe um den Oscar zu rechtfertigen. Dennoch –vielleicht ist das jedoch die einzige Option um den Film nicht zu dramatisch zu machen– vermisst man eine stärkere Entwicklung der Geschichte und eine Tiefe in den Charakteren. Charaktere, die, egal wie, trotzdem Ja zum Leben sagen.

domingo, 8 de mayo de 2016

Viaje al rincón más oscuro de nuestra memoria

La visita al campo de concentración de Mauthausen-Gusen nos obliga a reflexionar sobre los errores que la humanidad no debería repetir 

Vista exterior del campo de concentración de Mauthausen

En Austria se vive estas semanas un intenso debate sobre qué debe hacerse con la casa en la que nació Adolf Hitler. El Estado expropió la vivienda, situada en la localidad de Braunau am Inn, hace unas semanas para evitar que pudiera caer en las manos equivocadas y convertirse en un lugar de peregrinación. Desde entonces, la sociedad austriaca se divide entre quienes defienden la necesidad de empujar al olvido determinados asuntos y quienes entienden que se debe mantener vivo su recuerdo para evitar repetir los mismos errores. La cada vez más restrictiva política de fronteras o la victoria del candidato de extrema derecha Norbert Hofer en las recientes Elecciones Presidenciales nos hacen pensar que la segunda opción todavía resulta necesaria para muchos austriacos. 

De los lugares que rememoran el Holocausto pocos resultan tan impactantes y significativos como un campo de concentración. El de Mauthausen-Gusen, a veinte kilómetros de Linz, capital del Bundesland de Alta Autria, y a menos de doscientos de Viena, fue el más grande de los levantados en Austria y el penúltimo en ser liberado por las tropas aliadas. Allí murieron, entre 1938 y 1945, más de 90.000 personas. Visitarlo supone una reflexión imprescindible para comprender la etapa más oscura del siglo XX en Europa.

Aunque el año está siendo inusualmente cálido en Austria, al llegar a Mauthausen la temperatura es poco superior a los cero grados y la sensación térmica disminuye por el intenso viento. Un día gris y triste que parece dotar de mayor realismo y dureza al escenario de una de las mayores atrocidades de la Historia. 

El pueblo de Mauthausen, a orillas del Danubio, en la frontera entre los Bundesländer de Alta y Baja Austria, resulta idílico; un típico pueblo austriaco lleno de encanto, con sus casas de colores y las plazas llenas de flores. A sus espaldas, sobre una colina, se aprecia el lugar al que inevitablemente está asociado esta población de menos de 5.000 habitantes. La ubicación del campo, visible desde el pueblo y con varias casas directamente en las faldas de la pequeña elevación en la que se asienta, parece contradecir lo que muchos austriacos argumentaron durante décadas para disculparse por el Holocausto: que la población no conocía lo que ocurría. 

Esto me lo explica una austriaca, graduada en Historia, que me acompaña. También me cuenta que todos los colegios e institutos del país llevan a sus alumnos de catorce o quince años a visitar alguno de estos infames campos. Sin embargo, más de un austriaco se extrañó ante el interés de un extranjero por acudir a un campo de concentración; aunque ya no se niega la responsabilidad, el sentimiento de vergüenza todavía está muy presente.

Esta es la filosofía que se sigue en el centro de recepción del Memorial de Mauthausen. Son conscientes de lo que supone ese lugar para la historia del país, por lo que se pretende evitar su frivolización y mercantilización. Así, nos explican que la entrada es gratuita y que únicamente es necesario pagar por las audioguías. Disponibles en varios idiomas, nos permiten hacernos una idea más detallada de las atrocidades cometidas entre aquellos muros. La inclusión de relatos reales nos deja en varios momentos sumidos en el silencio de quien no alcanza a comprender las dimensiones de lo ocurrido en el lugar en el que se encuentra.

Comenzamos la visita fuera del recinto amurallado, sobre la explanada en la que se encontraba el campamento para los enfermos. Al lado, los soldados jugaban partidos de fútbol con los habitantes del pueblo. De nuevo, la excusa del desconocimiento de la existencia del campo parece desmoronarse. 

Bordeando el muro de piedra, llegamos a uno de los puntos más sobrecogedores del recorrido: diversos países, asociaciones y organismos públicos austriacos han erigido aquí sus monumentos en recuerdo de las víctimas. A ellos se suman incontables pequeños homenajes particulares que van desde una foto hasta un trozo de bandera. Pero desde aquí también se divisa la cantera en la que los prisioneros eran explotados, la escalera por la que debían cargar las pesadas piedras que extraían y el barranco por el que eran empujados a capricho de los guardias.

El camino nos lleva a la puerta principal del campo, por donde se accede. A la izquierda se levantaban los barracones. A la derecha, los edificios comunes. Frente a nosotros, el amplio tramo central en el que se realizaban los recuentos y las marchas. 

Casi solos, deambulamos por las distintas zonas del campo de exterminio hasta llegar a la enfermería, donde ahora se ubica el museo. Este, por la inclusión de fotografías, entrevistas y grabaciones de los protagonistas reales, resulta más ilustrativo que el resto del conjunto, pero no alcanza el dramatismo de los edificios reales, vacíos y desnudos. 

Bajo el museo, el crematorio y la cámara de gas. Ese oscuro horno y ese amarillento habitáculo se convierten, por su significado, en uno de los puntos más inquietantes de todo el campo de la muerte.

Ya en el último tramo de la visita, encontramos nuevas muestras espontáneas de dolor y recuerdo. Y junto a ellas, un impresionante monumento con todos los nombres de quienes allí fueron víctimas de la barbarie. 

De regreso al centro de recepción cruzamos la puerta sobre la que se ubicaban la cruz gamada y el áquila imperial que representaban el poder del Tercer Reich. Una de las primera acciones de las tropas estadounidense tras la liberación del campo el 5 de mayo de 1945 fue el derribo, con la ayuda de algunos prisioneros, de estos símbolos. La guerra había terminado y, tras mucho dolor, la libertad llegaba a uno de los rincones que mejor ilustran los errores de nuestro pasado.

Pero el optimismo de esta imagen contrasta con otra que encontramos en el museo. En ella vemos uno de los muros exteriores del campo cubierto por un gran plástico blanco. Bajo él se esconde, según reza el pie de foto, una pintada con expresiones neonazis. La foto fue tomada en febrero de 2009. Y no ha sido el último caso. Esta imagen, a priori mucho más intrascendente e inofensiva que la cámara de gas, el crematorio o las alambradas, se convierte en la más impresionante de la visita. No por lo que muestra, sino por lo que implica: que el extremismo no pertenece únicamente al pasado.

Y es cierto que a la sociedad austriaca le ha costado décadas realizar la tarea de arrepentimiento, de asunción de responsabilidades y de compensación del daño. Pero no es menos cierto que, sobre todo en los últimos veinte años, los austriacos han alcanzado una reconciliación casi total con su memoria. 

Esa reconciliación no se ha logrado olvidando el pasado, sino manteniendo vivo el recuerdo. Y esa es precisamente la labor del Memorial de Mauthausen.