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lunes, 7 de octubre de 2019

[Series] 'Héroes invisibles' (2019): Sobriedad nórdica, verismo latinoamericano

Filmin estrena el 8 de octubre ‘Héroes invisibles’, la historia real de un diplomático finlandés que salvó la vida a numerosos perseguidos tras el golpe de estado militar en Chile


fotograma héroes invisibles

Si bien es cierto que Finlandia cuenta con una historia bastante breve como Estado independiente y que su pasado no es del todo sencillo, su imagen actual, de forma semejante a la del resto de países nórdicos, es de paz, bienestar y neutralidad. En el caso chileno, aunque es, probablemente, el país más próspero y “desarrollado” de América Latina, una de sus asociaciones principales sigue siendo la de la brutal dictadura de Pinochet y el derrocamiento de Salvador Allende a través de un golpe militar. ‘Héroes invisibles’, una coproducción entre ambos países, retrata este hecho histórico, combinando las dos imágenes que se tienen de cada una de estas naciones y apoyándose también en dos formas de aproximarse a la ficción audiovisual.

La miniserie, de seis capítulos de 50 minutos, se centra en la figura de Tapani Brotherus, embajador finés en Chile que, tras el golpe de 1973, acogió, proporcionó visados e intercedió por numerosos chilenos perseguidos por la represión de la dictadura, desobedeciendo incluso órdenes y poniéndose a sí mismo y su familia en peligro. Aunque poco conocida para el público español, se trata de una figura de gran relevancia tanto en Finlandia como en Chile.

Quizá por eso, se echa en falta un estudio mayor de su personaje –que en ocasiones se aproxima excesivamente a un retrato hagiográfico– y, en general, de todos los que tienen protagonismo en la trama. Pero no porque se trate de personajes planos o sin profundidad, sino porque hay un potencial y una riqueza que no se explotan tanto como podrían. La serie se centra en reflejar lo que pasó en Chile y en intentar abordar el contexto histórico global, en el marco de la Guerra Fría, por lo que abandona en parte unos personajes que tienen mucho más atractivo e interés del que se muestra. En realidad, esto no sucede solo con los personajes, sino también con el propio análisis histórico; ambos aspectos están cuidados y presentados de manera correcta, mas queda la sensación de que podríamos adentrarnos más en ellos. Así, la figura un tanto caricaturizada del ministro Ismael Huerta o la del propio Tapani Bortherus, o hechos como las torturas en el Estadio Nacional, la muerte de Allende, el rol de la diplomacia de otros países o el entierro de Pablo Neruda, quedan esbozados, pero sin detenerse en ellos con excesiva profusión.

Acertada aproximación


De esta forma, aunque nos deje con ganas de más, la serie consigue no perderse ni irse por las ramas en su combinación entre drama histórico y thriller. Con esto, se trata de una narración sencilla y apasionante, con la garra suficiente para pegarte a la pantalla, pero sin despistarse con el ruido ni en generar tensión. Mantiene siempre esa sobriedad tan propia de la ficción nórdica, de la que también adopta una cierta sutileza y distanciamiento para no tomar partido de manera burda –si bien es evidente de qué lado se pone–, sino siendo consciente de la complejidad de la situación y sin la urgencia de buscar culpables.

brotherus embajador suecia entierro pablo neruda

Esa sobriedad finlandesa se complementa con un verismo propio de la producción latinoamericana, buscando el realismo y logrando una ambientación muy trabajada, con atención a los detalles. También se captura de manera notable el zeitgeist de la época, a lo que ayuda el uso del color, con abundancia de los tonos apagados y plomizos. Igualmente, los personajes –aunque insisto en que me gustaría un mayor detenimiento en su estudio interno– son fidedignos y creíbles, con un trabajo de casting y una dirección artística muy adecuadas, que permiten transmitir mucho con la sola presencia física de cada figura. 

Junto a lo interesante y relevante del tema, el mayor atractivo de la miniserie que llega a Filmin es precisamente esta combinación de sobriedad y realismo. Esta aproximación hace que podamos observar el golpe de estado chileno bajo un nuevo prisma y con nuevos protagonistas.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 6 de diciembre de 2018

[Series] 'Hakan, el protector': la primera serie turca de Netflix busca ser algo más que un homenaje a Estambul

El 14 de diciembre se estrena en Netflix ‘Hakan, el protector’, la primera serie turca producida por la plataforma de streaming


Hakan, el protector

Estambul es la ciudad más occidental del país en el que se unen oriente y occidente. Es precisamente en Estambul, en el Estrecho del Bósforo, que divide la ciudad, donde se separan –o unen– Europa y Asia. La gigantesca urbe, capital de grandes imperios, como el bizantino y el otomano, posee una riqueza cultural, artística e histórica inmensa. Se convierte así en un escenario ideal para la primera producción turca de Netflix.

‘Hakan, el protector’, que se estrena el próximo 14 de diciembre en Netflix, narra la historia de un joven vendedor de El Gran Bazar que, tras la muerte de su padre adoptivo, descubre que es el heredero de una antigua y secreta organización dedicada a proteger Estambul. Convertido en el último Protector, solo él podrá derrotar al Inmortal, asesino de su familia y amenaza de cuanto le rodea.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

La trama, semejante a tantas otras historias de aventuras, de míticas órdenes secretas y de guerreros fantásticos, es convencional y no presenta abundantes novedades. Como suele ocurrir en este tipo de productos, tiene un toque gamberro y divertido, oscuros y trajeados malos, y protagonistas (físicamente) atractivos y carismáticos. Es cierto que no se le puede exigir lo mismo que en producciones de las grandes industrias estadounidenses o europeas, pero es evidente que cae en frecuentes clichés y en elementos artificiales, además de no contar con una gran profundidad en la narración. No obstante, resulta llamativa por lo novedoso de su origen y ambientación.

Estambul, escenario único 


La serie es consciente de su potencial, y por eso convierte a la ciudad en un personaje más, probablemente el principal. Las imágenes aéreas, la recreación estética y vocación didáctica en torno a sus monumentos principales –con la imponente Santa Sofía como elemento central–, el contraste entre zonas y mundos dentro de la misma ciudad, las constantes referencias al pasado bizantino y otomano… Se percibe incluso una cierta vocación promocional. Y la sensación de que, tras los seis capítulos que Netflix ha adelantado a los medios, la metrópolis euroasiática seguirá ganando protagonismo.

También se pueden intuir algunas sorpresas y un desarrollo del guion que, aunque todavía sin explotar, creo que puede tener oculto más potencial del que hasta ahora se ha mostrado. Los primeros capítulos han sido de construcción de los personajes y planteamiento del universo, pero todavía quedan numerosas lados oscuros y ramificaciones de la historia que revisten interés y que pueden aprovecharse. Pueden quedarse en nada, pero también pueden sorprendernos.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

De hecho, se plantean algunas sorpresas al mostrar a una sociedad turca menos religiosa y más occidental de lo que podría esperarse. Estambul es la más cosmopolita, desarrollada y abierta y la menos ‘turca’ de toda Turquía, sin embargo, sí que permite desmontar algunos tópicos sobre la sociedad turca y abrir algunas mentes. Al mismo tiempo, esa proximidad cultural permite que el choque sea menor para el espectador occidental –mayoritario en Netflix– y generar menores recelos ante lo nuevo o diferente.

Veremos si la serie puede ofrecer algo más allá de los alicientes derivados de su procedencia o si se queda en una hermosa postal de Estambul. Y eso, que es posible, porque hay material para ello si se sabe aprovechar, tendría un mérito muy notable. Veremos si ‘Hakan, el protector’ consigue destacar por encima de la ciudad a la que su destino obliga a proteger.

Nota, Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 8 de noviembre de 2018

[Series] 'Regreso a Howards End': precioso y perfeccionista drama de época británico

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

‘Regreso a Howards End’, disponible en Filmin, combina casi todos los elementos del drama de época británico con unas grandes actuaciones para lograr una obra actual, sutil, inteligente, redonda y (tal vez demasiado) bonita


Pocos países cuentan con una producción tan reconocida y reconocible como el Reino Unido. ‘Downton Abbey’ no es ni de lejos el único, aunque sí es el más característico y al que es imposible no recurrir al analizar ‘Regreso a Howards End. Tampoco es posible separarse de la novela de E. M. Forster en la que se basa, ni de la película homónima de James Ivory estrenada en 1992.

La miniserie dirigida por Hettie MacDonald bebe de todos ellos, explotando al máximo los aspectos propios de los dramas de época británicos: tramas familiares, con un drama más bien ligero pero constante; ese humor británico tan popular y tan difícil de comprender; una banda sonora suave y frecuente; paisajes pintorescos y casas hermosas, con recogidos interiores y abiertos exteriores; el exceso de corrección y pompa de la sociedad, sobre el que constantemente se debate; y una profunda reflexión sobre la diferencia de clases, la revolución de la sociedad y la creciente independencia femenina, con el sufragismo como caso paradigmático. Cada uno de estos elementos puede observarse por separado, pues su riqueza es muy notable.

La trama: el camino de los hermanos Schlegel, sobre todo de las dos hermanas mayores, se cruza con el de la adinerada familia Wilcox y de el de la familia de clase trabajadora Bast. Una herencia disputada, un amor frustrado, un matrimonio casi de conveniencia, diversos líos inmobiliarios, dificultades económicas, alguna infidelidad... A pesar de su desigual gravedad, los temas se tratan con calma y sin excesiva gravedad, adentrándose en lo que significan para los personajes que los viven.

El humor: no abunda, pero es constante a lo largo de los cuatro capítulos, con el caprichoso y brutalmente sincero Tibby Schlegel como elemento cómico.

La música: de gran belleza, aparece en numerosos momentos, ayudando a comprender el tono y la sensación de secuencias que, en ocasiones, no resultan tan explícitas. Predomina la cuerda y el piano, también con presencia diegética.

El entorno: tanto la espléndida residencia rural de Howards End como las residencias urbanas son elementos centrales en la trama; tanto los edificios, más o menos lujosos, pero siempre coquetos y hermosos, como los exteriores naturales y urbanos (muy detallista y trabajada la combinación de carruajes y coches en las calles, un tanto sucias y embarradas) suponen uno de los aspectos más atractivos de la serie, gracias en parte a la preciosa fotografía, que cuida cada plano.

El lenguaje: la formalidad y la pompa británicas se tematizan aquí con personajes, sobre todo los tres Schlegel –de ascendencia alemana–, directos y honestos. La distinción entre la forma de hablar de las distintas clases sociales y entre géneros es sobra la que reposa el debate sobre sus desigualdades.

Regreso a Howards End

La reflexión sobre la desigualdad: es un tema recurrente en este tipo de obras, pues reflejan el momento en el que las brutales diferencias de clase y de género comenzaron a venirse abajo. Por supuesto, ese proceso no ha concluido en la actualidad, por lo que, sobre todo el contenido feminista, tiene una gran vigencia en el presente.

Perfección extrema


Cada uno de estos elementos es tratado con mimo, inteligencia y sutileza. De hecho, esa sutileza es la principal característica diferenciadora de esta miniserie, pues la maldad y la bondad son relativas, buscando comprender los motivos de cada personaje, y sin que sea sencillo incluir a cada uno de ellos en compartimentos estancos, pues su complejidad lo impide. Esto resulta especialmente interesante en lo referente a la discusión sobre la desigualdad social y de género, pues no se realiza un juicio desde la perspectiva actual, sino que, se observa desde la propia sociedad de aquel momento.

Así, la serie resulta cautivadora. Sin que esté sucediendo en la pantalla algo extraordinario, la inmersión en la trama es total, gracias en gran medida al lenguaje y carisma de los protagonistas. Sus actuaciones, en especial la de Hayley Atwell, son muy comprometidas y minuciosas.

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

Esto no impide, quizás incluso promueve, que la miniserie resulte excesivamente bonita y perfecta. El cuidado de cada plano, de cada situación y de cada diálogo llega a resultar un tanto empalagoso y a restarle credibilidad. Esto se ejemplifica en el último tramo del último episodio, en el que todo debe quedar resuelto y adornado. Sin embargo, el cierre resulta aséptico y precipitado, sin la profundidad y el nivel de detalle del resto de los capítulos, y con una inverosímil pulcritud.

Ese cierre deja una sensación agridulce, propia también de este tipo de producciones, si bien aquí no es una opción de la historia, sino una discutible decisión narrativa. Tal vez fuera este elemento el único que faltaba a esta miniserie para hacer un arte de todas las características del drama de época británico.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 2 de noviembre de 2018

[Cine] Crítica: ‘Asesinato en la universidad’ (2018), de Iñaki Peñafiel: notable en promoción, suspenso en cinematografía

‘Asesinato en la universidad’ (2018), de Iñaki Peñafiel

El telefilm de TVE aprovecha el pasado y la belleza de Salamanca y su ocho veces centenaria universidad, pero falla en una narración poco sutil y predecible


Asesinato en la universidad’ cumple su objetivo de servir como celebración del VIII Centenario años que ahora cumple la Universidad de Salamanca; repasa algunos momentos y personajes clave de su historia y explota la belleza y los tópicos –ese hornazo– de la ciudad y de la propia institución, poniendo de relieve el papel esencial que ambas han tenido en la evolución de la historia, la literatura, el pensamiento y el conocimiento en España. Es indiscutible el valor publicitario que el telefilm tiene para una ciudad de la hermosura y el recorrido histórico y educativo de Salamanca. Como película de drama o intriga, su valía es bastante más dudosa.

Y eso que la trama parece bien escogida: una historiadora es contratada por una congregación agustina para investigar el posible asesinato, cinco siglos atrás, de un catedrático de su orden, maestro de Fray Luis de León en la que era en aquel momento una de las universidades más importantes del mundo. En la investigación se verán involucrados oscuros intereses personales y eclesiásticos, pues lo sucedido en 1543 afecta a la no menos oscura Inquisición y a la lucha entre órdenes religiosas en el seno de la universitas salmantina. Esto, en el magníficamente explotado marco y con nombres como Patrick Criado, Leonor Watling, Javier Pereira o Daniel Grao, podría haber dado lugar a un trabajo mucho más rico e interesante.

Sin embargo, tanto la adecuación histórica como, y esto es más grave, la narración de la obra, se quedan lejos del aprobado. La falta de veracidad histórica es evidente mas, incluso cuando podríamos exigirle el rigor que se debería transmitir en una universidad, soy partidario de que la ficción se tome licencias históricas en favor de la narración. Más grave es, como digo, que esa narración resulte a ratos confusa, forzada y predecible. La estructura no es lo suficientemente clara como para mantener una doble línea argumental. Al mismo tiempo, los diálogos parecen artificiales, en especial por esa manía de muchas producciones españolas, sobre todo de televisión, de intentar demostrar cuántos detalles históricos conocen. Ese sabelotodismo, del que muchos hacemos gala en la universidad, transmite una cierta pedantería en la ficción, por mucho que se le quiera dotar a esta de una vertiente didáctica. Además, en todo momento le falta sutileza y parece querer darle al espectador todo migado para no hacerle pensar más de la cuenta. Esto lastra unas interpretaciones cuidadas en la expresividad, pero un tanto sobreactuadas en las conversaciones y en su deseo por explicar aspectos innecesarios.

‘Asesinato en la universidad’ (2018), de Iñaki Peñafiel

Tampoco se presta excesiva atención al vestuario, el maquillaje o los detalles, desde esa vaca en el medio de la carretera a ese coche que circula por la Plaza de Anaya, aunque sí hay dos de gran interés: por un lado, la forma en la que el maestro es enterrado vivo y despierta en el interior de la tumba recuerda a lo que le sucedió al propio Fray Luis de León en la realidad; por otro, existe una mención a una beca de doctorado que hará reír –o llorar– a múltiples doctorandos, tanto salmantinos como de otras universidades. 

Son estos guiños, junto a la imagen que se transmite de la capital charra y su universidad, los que permiten un notable interés, sobre todo para estudiantes, habitantes, visitantes o amantes de la ciudad del Tormes. Una lástima que los aspectos más puramente cinematográficos no estén a la altura.

Lo mejor: poder admirar la riqueza que ofrecen Salamanca y su universidad
Lo peor: que aprovechen la más mínima oportunidad para introducir datos históricos
Nota: 4.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

martes, 30 de octubre de 2018

[Especial Halloween] Crítica: 'Errementari' (2018), de Paul Urkijo: auténtico terror vasco


Paul Urkijo debuta con 'Errementari', una fantástica y terrorífica obra rodada en euskera sobre un herrero alavés del siglo XIX al que temía el mismísimo diablo


Más allá del incuestionable éxito que supone ganar diez Premios Goya, el principal mérito de ‘Handia’ tal vez sea el precedente que sienta para otras producciones, demostrando que el euskera y el folclore vasco tienen cabida mucho más allá de Euskadi. Si bien es cierto que ‘Loreak’ ya había esbozado el camino en 2014, fue la descomunal ‘Handia’ quien lo definió hace ahora un año. No es extraño, por lo tanto, que pocos meses después llegara a los cines ‘Errementari’, adaptación de un cuento popular vasco, que se sitúa lo suficientemente cerca de ‘Handia’ como para aprovechar su estela, y lo suficientemente alejada como para tener identidad y estilo propios.

La similitud más evidente se deriva de la presencia de algunos actores y miembros del equipo técnico de ‘Handia’, sobre todo un –de nuevo– magnífico y –de nuevo– casi irreconocible Eneko Sagardoy. Esta vez no se trata de un gigante, sino de un demonio llegado desde el mismísimo infierno. Situar la trama en el siglo XIX, con la Primera Guerra Carlista como punto de partida, es otra semejanza con ‘Handia’ y es, al mismo tiempo, un gran acierto, por la relevancia que el territorio vasco jugó en esta contienda y por la elección de una época oscura y misteriosa de la que, como afirmaba en una entrevista el director, Paul Urkijo, han salido otros monstruos como Drácula o Frankenstein. 


Una última semejanza es el uso del euskera. O, en realidad, de un dialecto del euskera que se hablaba en Álava en el siglo XIX y que supone una tarea encomiable de investigación y de búsqueda de la autenticidad. De nuevo, la cuidada ambientación histórica y estética es una cualidad más que comparte con ‘Handia’.


Es cierto que ‘Errementari’ no puede entenderse sin ‘Handia’, mas no es la única asociación que genera la obra de Paul Urkijo. Por un lado, es innegable ese toque de humor negro tan característico de Álex de la Iglesia, productor del film. Por otro lado, tanto el prólogo que introduce la historia, como el hecho de aprovechar la tradición religiosa y pagana de una región del norte de España, recuerdan a ‘O Apóstolo’, la cinta gallega que ya habíamos comentado en el Especial de Halloween de 2017

Terror con identidad propia 


Pero ‘Errementari’ va más allá de cualquier asociación. La apuesta por la fantasía –un género no tan habitual en el cine que se hace en España–, la imprevisibilidad de la historia, el horror gótico y lo dantesco de la trama son elementos propios y muy atractivos. Como muy atractiva es también la historia, inspirada en Patxi el herrero, un cuento de principios del siglo XX: años después del fin de la Primera Guerra Carlista, un comisario de la Diputación llega a una aldea de Álava en busca de un herrero que vive aislado en una alejada y siniestra herrería en el bosque. Allí se cuela una niña huérfana, que descubre el oscuro secreto que esconde Patxi, un herrero temido por el propio diablo. La leyenda traspasa la infernal fantasía, adentrándose en un debate sobre los prejuicios y sobre la absurda clasificación de las personas en malas y buenas.


Con todo ello, los pequeños errores en la narración, lo limitado de algunas interpretaciones y ciertos elementos estilísticos, que quizás no llegan a la altura de producciones más grandes y directores más experimentados, quedan casi ocultos. Esas imperfecciones le otorgan cierto toque auténtico y anticuado, como un viejo libro de leyendas que se preocupa más por la ambientación que por el estilo. Así, ‘Errementari’ consigue despertar un miedo cercano a ese terror ancestral que los alaveses del siglo XIX sentían ante las criaturas del Infierno. 

Lo mejor: la autenticidad de una obra que bebe de una fuente de terror y fantasía tan mágica y escalofriante 
Lo peor: la falta de experiencia del director y, sobre todo, no poder apreciar la valía de la versión original 
Nota: 8.5/10


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 28 de julio de 2018

[Atlàntida Film Fest] Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

‘El caso Kurt Waldheim’, sobre el pasado nazi del que fuera Secretario General de la ONU y Presidente de Austria, recibió el Premio del Público en el reciente Atlàntida Film Fest


En 1986, tras haber sido Secretario General de la ONU entre 1972 y 1981, Kurt Waldheim se presentaba como candidato a Presidente de la República de Austria por el ÖVP, el partido popular austríaco. Durante la campaña, se hicieron públicos datos sobre el pasado de Waldheim en las SA nazis y su posible participación en crímenes de guerra, una información que se había mantenido oculta hasta entonces. A pesar de estas acusaciones e informaciones, Waldheim fue elegido Presidente. 

Este hecho puso a la sociedad austriaca frente al espejo, pues el pasado de Waldheim, más allá de ocultaciones, mentiras y de la relevancia pública del personaje, no era excesivamente distinto del de muchos otros austríacos de su generación. La película conduce a la reflexión sobre las excusas de Waldheim, extensibles a toda la sociedad: que la población no sabía nada del Holocausto y que su comportamiento era propio de soldados o ciudadanos obedientes. 

Gracias a esto y a determinados intereses geopolíticos de la postguerra, la sociedad austríaca fue considerada, tanto a sí misma como por el resto de países, como la primera víctima del nazismo tras el Anschluss –la anexión de Austria por el Tercer Reich en 1938–y no como una parte culpable. Esa culpabilidad solo comenzó a asumirse tras lo ocurrido con Kurt Waldheim, y no por la gravedad de su historia, sino, precisamente, porque su rol no fue tan diferente del de otros compatriotas. 

Así, la película resulta de una relevancia incuestionable. Primero por la importancia de este fenómeno, poco conocido fuera de la sociedad austriaca, y por la fascinación que despierta que un miembro de las SA nacionalsocialistas alcanzara la presidencia de su país y la más alta posición de las Naciones Unidas. Segundo, por el momento en el que este documental vio la luz, coincidiendo con la llegada al gobierno austríaco de una coalición entre el Partido Popular de Austria (ÖVP), al que pertenecía Waldheim, y el Partido de la Libertad (FPÖ), de corte ultranacionalista y xenófobo.

Crítica: 'El caso Kurt Waldheim' (2018), de Ruth Beckermann

Salvando las distancias –algo que tal vez no se está haciendo con la suficiente frecuencia, cayendo en asociaciones fáciles e injustificadas–, es evidente que lo que se narra en la película ayuda a explicar los acontecimientos de la política actual del país alpino. En este sentido, la propia directora, Ruth Beckermann, afirma al comienzo del documental que “no fue casualidad que estos viejos materiales aparecieran justo ahora”, aludiendo a la cinta VHS que encontró con los documentos audiovisuales relacionados con el caso Kurt Waldheim que ella misma había rodado durante 1986.

Un auténtico vals audiovisual


Más allá de los intensos, inteligentes e interesantes debates políticos que despierta la cinta de Beckermann, debemos reparar en el título original: “Waldheims Walzer”. El Vals de Waldheim hubiera sido una traducción acertada, pues el documental transcurre con un ritmo extraordinario. Trata el tema con conocimiento, pero el saber hacer desde el plano formal no es menos atractivo, ayudando a su comprensión incluso para el público ajeno al tema. 

El material, tanto el captado por la autora en 1986 –con un estilo común al cine protesta germanoparlante de los años 80 y 90–, como el procedente de archivo –entrevistas en televisión, mítines políticos, sesiones parlamentarias…– no se obtuvo pensando en el documental, de ahí que el valor del montaje sea todavía mayor, logrando un muy buen trabajo desde el punto de vista del estilo y la narración. 

El premio en la Berlinale como Mejor Documental y el Premio del Público en el Atlàntida Film Fest confirman la calidad de esta obra. El mayor acierto reside en que el aspecto formal y el ritmo de la narración resultan incuestionables, permitiendo así que el tema de fondo sea capaz de abrir numerosos debates y reflexiones. 

Lo mejor: lo acertado del momento en el que aparece la obra 
Lo peor: la excesiva importancia que se otorga a EE.UU. en el film 
Nota: 8


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 12 de abril de 2018

[Documental] 'Dawson City: Frozen Time': homenaje al cine mudo gracias a la fiebre del oro

'Dawson City: Frozen Time': homenaje al cine mudo gracias a la fiebre del oro

Hace años (aunque reconozco que sigo haciéndolo de vez en cuando), solía jugar a un juego de estrategia en tiempo real en el que una de las partidas, mi preferida, incluía una gran mina de oro en el centro del mapa: esa partida se llamaba Klondike. Klondike es el nombre de un río, afluente del Yukon, en la zona noroeste de Canadá, en el que a finales del XIX se descubrió la presencia de oro, lo que dio lugar a una fiebre del oro breve e intensa.

Ha sido una casualidad que descubriera esto ahora a través de un documental de Bill Morrison titulado 'Dawson City: Frozen Time' que fue estrenado en 2016 y que llega mañana, 13 de abril, a la plataforma Filmin. Pero la historia que hizo posible la creación de dicho trabajo es mucho más casual y afortunada. 

En 1896, de forma también un tanto casual, se descubrió la presencia de grandes cantidades de oro en el río Klondike, cerca de Dawson City. Enseguida la noticia se expandió y en 1898 la población de esta ciudad alcanzaba las 40.000 personas. La fiebre del oro comenzó a apagarse al año siguiente y la población de Dawson City se redujo drásticamente.

Esa ciudad, casi en el fin del mundo se convirtió en el final de la trayectoria de las proyecciones cinematográficas de los primeros años del siglo XX. Así, los rollos de celuloide, que en ocasiones llegaban a Dawson con varios años de retraso, no regresaban ni continuaban su ruta siendo almacenados o destruidos allí. Los avatares de la historia hicieron que gran cantidad de esas películas se almacenaran en una piscina que sería cubierta de tierra y que, en 1978, seria desenterrada como parte de las excavaciones de una nueva construcción.

'Dawson City: Frozen Time': homenaje al cine mudo gracias a la fiebre del oro

Conservadas en cajas en condiciones de frío extremos, el azar permitió recuperar centenares de obras de cine mudo que, de otra forma se habrían perdido –se calcula que solo el 20% de las grabaciones anteriores a la entrada del sonoro se conservan en la actualidad–. 

Una historia fascinante, pura arqueología cinematográfica, narrada de forma casi exclusiva con el metraje encontrado en Dawson City y con fotografías y recortes de periódico de la época, y con el único acompañamiento de algunos comentarios impresos sobre la imagen y una banda sonora muy adecuada.

Esa banda sonora, así como el montaje de los materiales, permiten a la obra una atractiva búsqueda de belleza. Así, a pesar del indudable estilo documental, riguroso, cronológico y con escasa mediación, Frozen Time no permite únicamente la profundización en la historia, sino también el deleite y el disfrute con la misma. 

Un disfrute que tal vez se vea empañado por una duración –dos horas– un tanto excesiva. Excesiva porque el espectador actual puede no estar acostumbrado a obras mudas, mas escasa si se tiene en cuenta la ingente cantidad de material que se encontró y que merecería ser difundido. En este sentido se aprecia un magnífico trabajo de análisis y síntesis por parte de Bill Morrison, que de metraje encontrado y de filmes antiguos sabe una cosa o dos, y de su equipo.

Y todo ese material no hace sino confirmar una vez más que el cine no deja de ser un reflejo de la realidad. Incluso cuando no tiene vocación documental, actúa como muestra de cómo es el mundo que nos rodea, cómo lo percibimos y qué medios tenemos para hacerle frente. 

Y si, como dice McLuhan, el medio es el mensaje, 'Dawson City: Frozen Time' analiza ambos: el mensaje porque nos cuenta la historia de una ciudad y de una época; y el medio porque es una preciosa reflexión sobre el cine y sus orígenes. Y con ello demuestra que el cine y la historia, aun con sus formatos físicos desaparecidos, son eternos. 

Lo mejor: la combinación de repaso histórico con canto al cine 
Lo peor: que pueda hacerse ligeramente larga 
Nota: 8,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 2 de abril de 2018

[Series] 'The Terror': tensión y frío en el ártico

'The Terror': tensión y frío en el ártico

En 1845 partió de Inglaterra la Expedición Franklin con la intención de completar el codiciado Paso hacia el Noroeste. Inmersos en la época del colonialismo, los británicos aspiraban a dominar el paso por el Ártico que les permitiera conectar y comerciar con Asia sin bordear el continente africano. La expedición, compuesta por los modernos y poderosos navíos Erobus HMS Terror, quedó atrapada por el hielo y todos sus tripulantes fallecieron. Las investigaciones llevadas a cabo ya en este siglo han afirmado que las muertes se produjeron por neumonía, tuberculosis, escorbuto, así como por los efectos del frío y el hambre –se cree incluso que algunos de los expedicionarios llegaron a recurrir al canibalismo–, todo ello agravado por el envenenamiento derivado del plomo de las latas de conservas. 

Este 3 de abril se estrena en AMC 'The Terror', una serie de diez capítulos, producida por Ridley Scott y que ha despertado el aplauso de la crítica y una notable expectación. La novedad de la serie, inspirada en la novela homónima de Dan Simmons, es la incorporación de elementos ficticios que añaden a la desesperación, el aislamiento y el frío extremo un componente de terror inexplicable y paranormal.

Así, la zona que bordea la isla del Rey Guillermo, en el norte de Canadá, donde quedan atrapados los miembros de la tripulación se transforma en un entorno más amenazante si cabe. La tensión, la construcción de un peligro invisible, en un contexto especialmente duro y con personajes llevados al límite hacen que podamos sentir en nuestras casas una amenaza al acecho constante y, sobre todo, un frío helador como el que debían de sentir los protagonistas. 

Para descargar esa ansiedad la serie dirigida por Edward Berger incorpora interesantes flashbacks que, además de introducir una nota de color en una producción oscura y neblinosa, ayuda a construir la historia y el carácter de los protagonistas, dotándoles a ellos y a la trama de complejidad y profundidad.

'The Terror': tensión y frío en el ártico

Es inevitable la comparación con 'Master and Commander', ambientada en el mismo siglo y en también a bordo de una embarcación inglesa. Aun situada en el extremo opuesto del globo, la que probablemente sea la mejor película sobre aventuras navales podría encontrar una digna sucesora en esta serie. Y es que resulta ambiciosa, grandiosa, un prodigio técnico y visual, emocionante, narrada con pulso… Además de contar con las magníficas interpretaciones de notables actores británicos con amplia experiencia en exitosas series, como Tobias Menzies ('Juegos de Tronos' o 'Outlander'), Jared Harris ('Mad Men' o 'Fringe') y Ciarán Hinds ('Roma' o 'Juego de Tronos'). 

Todos estos elementos, junto a la combinación de hechos reales con aspectos ficticios que le añadan suspense, hacen esperar que la serie tenga un mejor desenlace –tal vez no en la trama, pero sí en su andadura televisiva– que el evento histórico. Como buen rompehielos, 'The Terror' avanza segura y firme, demostrando que en el mar de las ficciones televisivas hay sitio para los grandes navíos en los que navegan los buenos trabajos.

'The Terror': tensión y frío en el ártico

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 4 de octubre de 2017

Crítica: 'Bye Bye Germany' (2017), de Sam Garbarski


Casi parece imposible que tras tantas películas, series y demás productos audiovisuales sobre el Holocausto sigan apareciendo obras novedosas que aporten matices o aspectos del genocidio nazi que apenas habían sido tratadas. Fue el caso, entre otros, de 'Los falsificadores' (Die Fälscher), el drama austriaco dirigido en 2007 por Stefan Ruzowitzky. Y es también lo que sucede ahora con 'Bye Bye Germany', o Es war einmal in Deutschland… (Auf Wiedersehen Deutschland) en el título original. Ambas cintas aportan, salvando las enormes distancias, visiones menos habituales o realidades menos conocidas dentro de este oscuro tramo de la Historia.

Mucho más dramática y trascendente, 'Los falsificadores' se ocupa de la historia real de un grupo de prisioneros de campos de concentración obligados por los nazis a falsificar libras y dólares a cambio de un trato algo menos inhumano y, en esencia, de su supervivencia. 'Bye Bye Germany' se centra ahora en otro grupo de judíos que ya han sobrevivido al nazismo y que buscan salir adelante en la ciudad de Frankfurt, bajo control estadounidense. Narrada como comedia, consigue reflexionar sobre los sentimientos de culpabilidad de todos los que poblaban esa Alemania de posguerra. 

La culpabilidad que acompañó, y que todavía acompaña, a los alemanes, avergonzados de haber permitido o participado en los crímenes y atrocidades del nacionalsocialismo. Y también la culpabilidad, mucho más visible en el film, de quienes lograron escapar del horror nazi o salieron con vida de los campos de concentración. E incluso se intuye la culpabilidad (más teórica que real) de los aliados que vencieron en la guerra, pero que no evitaron el genocidio y las masacres.

Pero más allá de esa reflexión, o de la que también podemos encontrar sobre los deseos de venganza o del reparto de Alemania entre las cuatro potencias aliadas, lo que destaca es el humor. Y es que Es war einmal in Deutschland es una película divertida y lo suficientemente ligera para hacernos reír sin demasiados complejos sobre tan dramático episodio. Y esto es en gran medida gracias al carisma y la vertiente cómica de Moritz Bleibtreu, que da vida a David Berman, el protagonista que articula la trama y que une la más cómica historia de un grupo de judíos que usan todo tipo de trucos para vender ropa de cama, con la más seria investigación de una oficial estadounidense sobre su sospechosa supervivencia a los campos de exterminio.


Y es en ese difícil equilibrio entre el humor y la tragedia donde la cinta de Sam Garbarski se muestra más débil. El intento de relajar los tramos más duros y la búsqueda de profundidad en los más ligeros impiden una diversión mayor, pero también una verdadera capacidad de trascender, como sí tenía 'Los falsificadores'. Las dos historias paralelas de Berman se entrecruzan con demasiada frecuencia, evitando que el espectador consiga centrarse en ninguna de ellas y sin dejar que disfrute del humor, ni que se conmueva con el horror.

Independientemente de este fallo, que lastra no obstante el conjunto de la obra y que impide que perdure en la memoria, quedándose como un cuento, la película tiene importantes atractivos, desde la riqueza de detalles hasta la banda sonora. Con todo, 'Bye Bye Germany' presenta una interesante, divertida y novedosa historia; un tanto indefinida e indecisa, pero necesaria, accesible y capaz de narrar una historia diferente y un punto optimista sobre el Holocausto. 

Lo mejor: Moritz Bleibtreu y los elementos humorísticos
Lo peor: ese intento (no conseguido) de equilibrar horror y humor
Nota: 7,5


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

sábado, 30 de septiembre de 2017

El nacionalismo, el referéndum catalán y Los últimos de Filipinas

Voy a dejar claro desde la primera frase que esto es un ejercicio de abstracción en el que pienso mezclar churras con merinas y que no representa más que una serie de opiniones personales sobre un fenómeno de actualidad sobre el que, como tantos otros, no he conseguido quedarme callado.

Anoche me pareció gracioso y pertinente ver 1898. Los últimos de Filipinas. El suceso histórico que narra la obra de Salvador Calvo supuso la pérdida de las últimas colonias ultramarinas del otrora poderoso Imperio Español. Las semejanzas con lo que sucede estos días en Catalunya son más teóricas que reales, pero la película resulta particularmente interesante en su reflejo de unos sentimientos y unos comportamientos que ayudan a explicar la actualidad.

Los diálogos del film, poco sutiles y casi tópicos en ocasiones, muestran cómo el patriotismo y la idea de la grandeza de un imperio llevan a los hombres no solo a matar, sino a morir, por un país que nada ha hecho por ellos y bajo el mando de unas altas esferas totalmente alejadas de la realidad, ignorantes y cobardes que se sienten seguras y cómodas enviando a otros a morir por ellos. En estos momentos tanto el patriotismo españolista como el catalanista movilizan a importantes volúmenes de personas, no a matar y morir, aunque sí a sacar sus tractores a la calle, a encerrarse en colegios, a despedir a la Guardia Civil con cánticos y banderas o a emitir opiniones incendiarias. Esa gente se convierte así en escudos de unas naciones que no dejan de ser constructos históricos y de unos dirigentes que han mirado más por sus propios intereses que por los de sus ciudadanos. 

Algo que también se aprecia en la película es que los nativos no odian a los españoles, sino a los invasores, por eso la rivalidad con España da lugar más tarde a un enfrentamiento con los nuevos colonizadores, los estadounidenses. Pero para que el regimiento español sitiado en Baler se dé cuenta de esto y descubra que su guerra ha terminado necesita escuchar al otro bando, fiarse de unas noticias que parecen difíciles de creer y arriesgarse a fracasar en su misión. Y eso es en lo que están fallando tanto los nacionalistas de las esteladas como los de las rojigualdas: no están dispuestos a entenderse, las informaciones que deciden recibir solo les reafirma en sus posturas y no permitirán que su misión se frustre, sea esta misión mantener la unidad de España o lograr independizarse de ella.

También llama la atención cómo la obsesión del teniente al mando por seguir las normas al pie de la letra, sin cuestionar el contexto en el que se encuentra, solo alarga el enfrentamiento. Las normas son esenciales para convivir, especialmente en una democracia y especialmente cuando son normas aceptadas e interiorizadas, como ocurre con los códigos militares o la Constitución, pero eso no justifica escudarse en ellas para no aceptar lo que no podemos o queremos comprender. Así, las normas que en Baler llevaron a más muerte y sufrimiento llevan ahora a un enconamiento del conflicto. 

Otra figura interesante en la cinta es el sargento, que impide cualquier raciocinio con aseveraciones taxativas y con órdenes lanzadas a voces. Los “disparad al desertor” o “no podemos fiarnos del otro lado” de ese hombre, siempre enfadado, se sustituyen por los actuales “España nos roba”, “o estás con nosotros o estás contra nosotros”, “están dando un golpe de estado” o “los medios de comunicación están comprados”. Poco importa la veracidad cuando alguien, sobre todo si es un superior o una cierta autoridad, repite determinadas consignas a gritos.


Y como los ánimos están tan caldeados, voy a terminar como empecé, justificándome. Por si acaso. Los párrafos anteriores obedecen a un texto literario en el que predominan las metáforas y las generalizaciones. Por supuesto que hay dirigentes honrados, por supuesto que hay personas dispuestas a entenderse en ambos bandos y por supuesto que el incumplimiento de la ley debe ser el último recurso. Nada debe entenderse de forma literal, porque la crítica no es ni a quienes defienden ni a quienes se oponen al referéndum o la independencia, sino a quienes enarbolan una bandera como argumento definitivo. Porque creo que Los últimos de Filipinas es suficientemente paradigmática como para hacer ver, al que esté dispuesto a verlo, que enfrentarse por motivos nacionalistas es bastante ridículo.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 8 de mayo de 2016

Viaje al rincón más oscuro de nuestra memoria

La visita al campo de concentración de Mauthausen-Gusen nos obliga a reflexionar sobre los errores que la humanidad no debería repetir 

Vista exterior del campo de concentración de Mauthausen

En Austria se vive estas semanas un intenso debate sobre qué debe hacerse con la casa en la que nació Adolf Hitler. El Estado expropió la vivienda, situada en la localidad de Braunau am Inn, hace unas semanas para evitar que pudiera caer en las manos equivocadas y convertirse en un lugar de peregrinación. Desde entonces, la sociedad austriaca se divide entre quienes defienden la necesidad de empujar al olvido determinados asuntos y quienes entienden que se debe mantener vivo su recuerdo para evitar repetir los mismos errores. La cada vez más restrictiva política de fronteras o la victoria del candidato de extrema derecha Norbert Hofer en las recientes Elecciones Presidenciales nos hacen pensar que la segunda opción todavía resulta necesaria para muchos austriacos. 

De los lugares que rememoran el Holocausto pocos resultan tan impactantes y significativos como un campo de concentración. El de Mauthausen-Gusen, a veinte kilómetros de Linz, capital del Bundesland de Alta Autria, y a menos de doscientos de Viena, fue el más grande de los levantados en Austria y el penúltimo en ser liberado por las tropas aliadas. Allí murieron, entre 1938 y 1945, más de 90.000 personas. Visitarlo supone una reflexión imprescindible para comprender la etapa más oscura del siglo XX en Europa.

Aunque el año está siendo inusualmente cálido en Austria, al llegar a Mauthausen la temperatura es poco superior a los cero grados y la sensación térmica disminuye por el intenso viento. Un día gris y triste que parece dotar de mayor realismo y dureza al escenario de una de las mayores atrocidades de la Historia. 

El pueblo de Mauthausen, a orillas del Danubio, en la frontera entre los Bundesländer de Alta y Baja Austria, resulta idílico; un típico pueblo austriaco lleno de encanto, con sus casas de colores y las plazas llenas de flores. A sus espaldas, sobre una colina, se aprecia el lugar al que inevitablemente está asociado esta población de menos de 5.000 habitantes. La ubicación del campo, visible desde el pueblo y con varias casas directamente en las faldas de la pequeña elevación en la que se asienta, parece contradecir lo que muchos austriacos argumentaron durante décadas para disculparse por el Holocausto: que la población no conocía lo que ocurría. 

Esto me lo explica una austriaca, graduada en Historia, que me acompaña. También me cuenta que todos los colegios e institutos del país llevan a sus alumnos de catorce o quince años a visitar alguno de estos infames campos. Sin embargo, más de un austriaco se extrañó ante el interés de un extranjero por acudir a un campo de concentración; aunque ya no se niega la responsabilidad, el sentimiento de vergüenza todavía está muy presente.

Esta es la filosofía que se sigue en el centro de recepción del Memorial de Mauthausen. Son conscientes de lo que supone ese lugar para la historia del país, por lo que se pretende evitar su frivolización y mercantilización. Así, nos explican que la entrada es gratuita y que únicamente es necesario pagar por las audioguías. Disponibles en varios idiomas, nos permiten hacernos una idea más detallada de las atrocidades cometidas entre aquellos muros. La inclusión de relatos reales nos deja en varios momentos sumidos en el silencio de quien no alcanza a comprender las dimensiones de lo ocurrido en el lugar en el que se encuentra.

Comenzamos la visita fuera del recinto amurallado, sobre la explanada en la que se encontraba el campamento para los enfermos. Al lado, los soldados jugaban partidos de fútbol con los habitantes del pueblo. De nuevo, la excusa del desconocimiento de la existencia del campo parece desmoronarse. 

Bordeando el muro de piedra, llegamos a uno de los puntos más sobrecogedores del recorrido: diversos países, asociaciones y organismos públicos austriacos han erigido aquí sus monumentos en recuerdo de las víctimas. A ellos se suman incontables pequeños homenajes particulares que van desde una foto hasta un trozo de bandera. Pero desde aquí también se divisa la cantera en la que los prisioneros eran explotados, la escalera por la que debían cargar las pesadas piedras que extraían y el barranco por el que eran empujados a capricho de los guardias.

El camino nos lleva a la puerta principal del campo, por donde se accede. A la izquierda se levantaban los barracones. A la derecha, los edificios comunes. Frente a nosotros, el amplio tramo central en el que se realizaban los recuentos y las marchas. 

Casi solos, deambulamos por las distintas zonas del campo de exterminio hasta llegar a la enfermería, donde ahora se ubica el museo. Este, por la inclusión de fotografías, entrevistas y grabaciones de los protagonistas reales, resulta más ilustrativo que el resto del conjunto, pero no alcanza el dramatismo de los edificios reales, vacíos y desnudos. 

Bajo el museo, el crematorio y la cámara de gas. Ese oscuro horno y ese amarillento habitáculo se convierten, por su significado, en uno de los puntos más inquietantes de todo el campo de la muerte.

Ya en el último tramo de la visita, encontramos nuevas muestras espontáneas de dolor y recuerdo. Y junto a ellas, un impresionante monumento con todos los nombres de quienes allí fueron víctimas de la barbarie. 

De regreso al centro de recepción cruzamos la puerta sobre la que se ubicaban la cruz gamada y el áquila imperial que representaban el poder del Tercer Reich. Una de las primera acciones de las tropas estadounidense tras la liberación del campo el 5 de mayo de 1945 fue el derribo, con la ayuda de algunos prisioneros, de estos símbolos. La guerra había terminado y, tras mucho dolor, la libertad llegaba a uno de los rincones que mejor ilustran los errores de nuestro pasado.

Pero el optimismo de esta imagen contrasta con otra que encontramos en el museo. En ella vemos uno de los muros exteriores del campo cubierto por un gran plástico blanco. Bajo él se esconde, según reza el pie de foto, una pintada con expresiones neonazis. La foto fue tomada en febrero de 2009. Y no ha sido el último caso. Esta imagen, a priori mucho más intrascendente e inofensiva que la cámara de gas, el crematorio o las alambradas, se convierte en la más impresionante de la visita. No por lo que muestra, sino por lo que implica: que el extremismo no pertenece únicamente al pasado.

Y es cierto que a la sociedad austriaca le ha costado décadas realizar la tarea de arrepentimiento, de asunción de responsabilidades y de compensación del daño. Pero no es menos cierto que, sobre todo en los últimos veinte años, los austriacos han alcanzado una reconciliación casi total con su memoria. 

Esa reconciliación no se ha logrado olvidando el pasado, sino manteniendo vivo el recuerdo. Y esa es precisamente la labor del Memorial de Mauthausen.