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domingo, 31 de diciembre de 2017

Crítica: 'Bright' (2017), de David Ayer


Si hace un año discutíamos sobre el polémico anuncio de Narcos en la Puerta del Sol, estas navidades los anuncios que han llenado las marquesinas de los autobuses han sido de Las chicas del cable y de Bright. Dejaremos la segunda temporada de la primera series española producida por Netflix para centrarnos ahora en Bright, otra valiente apuesta de la plataforma que, en cierta medida, podría ilustrar lo que Netflix ha significado este año: una amenaza auténtica a las formas tradicionales de ver cine.

Y es que, si las productoras reservan gran parte de sus blockbusters para aprovechar el tirón navideño –Los últimos Jedi no se estrenó hace un par de semanas por casualidad–, también Netflix ha lanzado este año una de sus películas de producción propia más ambiciosas coincidiendo con la llegada de las fiestas. 

Y no se trata de una película menor que no tuviera cabida en las salas, sino de un interesantes y anunciado proyecto protagonizado por Will Smith y Joel Edgerton. Dan vida a una pareja de policías, humano y orco, que patrullan en una ciudad de Los Ángeles habitada por orcos, elfos y humanos. A pesar de sus diferencias y los conflictos del pasado, ambos tendrán que colaborar para proteger a una joven elfa y a una varita mágica de policías corruptos, orcos, pandilleros latinos y elfos maléficos.

Una cinta fantástica con buenas dosis de acción y con una trama a ratos caótica y compleja, a ratos excesivamente previsible. Solo en el desenlace conseguimos comprender, y no por completo, qué es lo que sucede, su por qué y qué busca cada grupo de personajes; tan pronto se introducen elementos o personajes que nunca se desarrollan como se habla de otros que todavía no conocemos. Es demasiado lo que la película quiere introducir en menos de dos horas y, a menudo, sin saber distinguir entre lo importante y lo superficial.

Sin embargo, la película resulta muy entretenida, tanto por las divertidas pullas entre los personajes de Smith y Edgerton como por la incesable acción. Y junto a eso, cabe destacar la originalidad de la premisa y las reflexiones sobre racismo y discriminación que, aunque faltas de profundidad, resultan muy interesantes.


Es cierto que la crítica no ha sido muy entusiasta con Bright, mas el público ha respondido con 11 millones de espectadores en su primer fin de semana –según Nielsen, la única empresa que proporciona datos de audiencia de Netflix, aunque sin total fiabilidad al no poder medir los visionados que no se produzcan en televisiones– y ya se espera una secuela y, tal vez, una saga de largometrajes que sigan combinando criaturas fantásticas y magia, cine policíaco y de acción, chistes y actores carismáticos… Porque Bright no hace sino mezclar los ingredientes que toda franquicia que se precie debe incluir; y en eso no podría ser un producto más típicamente hollywoodiense. Y, no obstante, este estreno está solo disponible para los usuarios de Netflix que, estas navidades, ni siquiera deberán acercarse a una sala para disfrutar de uno de los estrenos más destacados de este último tramo de 2017.

Y es que este que se nos va ha sido el año en el que nos empezamos a dar cuenta de hasta qué punto las plataformas de vídeo bajo demanda están poniendo patas arriba la industria del cine. Y esto no es ni bueno ni malo; es ambicioso, novedoso a pesar de no seguir más que patrones ya existentes y, aunque pueda apuntar hacia la originalidad y la calidad, suele quedarse más en lo comercial. Y esas son, precisamente, las palabras exactas que podríamos utilizar para describir Bright.

Lo mejor: el punto de partida
Lo peor: la farragosa narración
Nota: 6,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 11 de agosto de 2017

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (2017), de Guy Ritchie

Un Rey Arturo incapaz de ofrecer algo al público



Tiene los ingredientes para ser uno de los blockbusters del verano: una historia legendaria aderezada con magia y fantasía, un reparto cargado de talento y de intérpretes guapos –que, además, de vez en cuando no dudan en quitarse la camiseta–, un director con tirón como Guy Ritchie, generosos efectos especiales y de sonido, el cameo de David Beckham… Sin embargo, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur llega a la cartelera española tras haber protagonizado un importante fracaso en la taquilla internacional y sin la fuerza de otros grandes estrenos del verano, como Wonder Woman o Dunkerque.

Todd McCarthy decía en su crítica en The Hollywood Reporter que esta nueva adaptación del personaje del Rey Arturo es una obra “vulgar para tiempos vulgares”. Mas esa pobre actuación en la taquilla mundial desmiente sus palabras, demostrando que el público no es tan simple como algunos críticos piensan. La prueba es que los dos grandes éxitos estivales que acabamos de mencionar son tan completos y han recibidos críticas tan positivas –en especial la cinta bélica de Nolan– como muchas de las películas que triunfarán en la temporada de premios.

Y aunque es innegable la importante falta de nuevas ideas que sufre Hollywood y la banalización de muchos contenidos, los espectadores tienden a reconocer una mínima calidad y a desechar los productos que de verdad no aportan nada, como sucedió con la reciente adaptación de Los vigilantes de la playa, que ha pasado con más pena que gloria por los cines de casi todo el mundo. Y ahí reside la clave: para que una película triunfe, en términos generales, por supuesto, necesita ofrecer algo, preferiblemente nuevo, al espectador, porque la mayoría de personas que acuden a las salas no son estúpidas ni vulgares.

Y ese es probablemente el aspecto en el que falla La leyenda de Excalibur, pues no aporta nada a un personaje esencial en la cultura británica y mundial, que ya ha sido llevado en numerosas ocasiones a la gran pantalla. Ni el propio Arturo incorpora nuevos matices en su personalidad, ni el protagonismo de la espada como elemento articulador del relato es un elemento diferenciador, ni el componente fantástico y mágico destaca lo suficiente.

Sí es atractivo el uso de la cámara, con tomas oblicuas y poco habituales, así como de la banda sonora y de la estructura narrativa, con saltos temporales que añaden cierto desafío y motivación en el visionado. Se consigue así una cinta ágil y dinámica, pero de una forma que ya habíamos visto en el Sherlock Holmes del propio Guy Ritchie. Y lo cierto es que esa narración, a ratos acelerada y a ratos ralentizada, utilizando en ocasiones el montaje paralelo y con un protagonista tan sabelotodo y ocurrente se adapta mucho más al ingenioso inspector de Baker Street que al más solemne Rey Arturo. Con todo, esta estrategia es lo único que salva a la película, ya que consigue que resulte entretenida, algo muy apreciado en este tipo de pasatiempos veraniegos.

Por lo demás, un largometraje bastante pobre sobre un chico criado en un burdel que resulta ser el verdadero heredero al trono y que, con la ayuda de su pandilla callejera y de un grupo de fieles al antiguo rey, desafiará a su tío, que se hizo con la corona gracias a la magia negra. Charlie Hunnam, Jude Law, Erica Bana, Djimon Hounsou o Astrid Bergès-Frisbey son los encargados de dar vida a unos personajes demasiado fácilmente divisibles en buenos y malos, con escaso protagonismo de los roles femeninos y con un regusto a oscuridad y violencia que recuerda a Juego de Tronos, a la que aspira a parecerse. A ello contribuye la presencia de Aiden Gillen, Meñique en la exitosa serie de HBO. Pero en realidad esto, más que servirle de lanzadera, lo que consigue es que pierda identidad propia –si es que en algún momento la tuvo–, y que no consiga desprenderse de comparaciones, como ya ocurría con Sherlock Holmes, en las que sale perdiendo.

Por seguir comparando, son curiosas las semejanzas entre Arturo y el profeta Moisés, sobre todo en la huida de Arturo en una barca siendo un niño y en la posterior orden de Vortigern de apresar a todos los hombres con una edad similar a la que tendría entonces el heredero al trono. En cualquier caso, que nadie se piense que va a confundir al Arturo de Charlie Hunnam con el personaje bíblico, pues a lo que de verdad recuerda es a un hipster, con esa barba cuidada, ese pelo peinado hacia atrás con los laterales rasurados y esas vestimentas que, sin ser experto en la Edad Media, me recuerdan más a lo que podríamos ver en un bar moderno de Brooklyn que a lo que debían de vestir los habitantes de Londinium.


Una anacronía en el vestuario que se une a la de una banda sonora un tanto chocante en un largometraje de capa y espada y a la presencia de personajes racialmente diversos en la Gran Bretaña medieval. Aunque son toques interesantes, no dejan de ser detalles incapaces de dar el empaque suficiente a la obra en su conjunto.

Y al final, junto a dichos detalles, la única novedad de este Rey Arturo es ver a un hipster buenorro blandiendo una espada que sacó de una piedra y reclamando su legítimo trono. Y eso, por entretenida que resulte la película, no es suficiente para satisfacer a una audiencia que quizás no sea demasiado exigente, pero que no es del todo vulgar y que sabe que este Arturo no es digno de sacar la espada de la piedra.

(Publicado en Culturamas)

viernes, 21 de julio de 2017

Crítica: 'Gru 3. Mi villano favorito' (2017), de Kyle Balda, Pierre Coffin y Eric Guillon


La llegada de ‘Gru, mi villano favorito’ en 2010 fue una de las mayores sorpresas del cine de animación de los últimos años. No solo por aportar algunas ideas frescas y por su diversión, sino, y sobre todo, por crear a esas figuras amarillas de incomprensible lenguaje que se han convertido en un fenómeno cultural y comercial casi nunca visto. Y es que el merchandising generado por los Minions ha ido mucho más allá del material escolar, los juguetes o los productos para niños, fascinando también a numerosos adultos, que comparten los cortos en sus redes sociales y que han contribuído en las impresionantes cifras de taquilla de las películas de Illumination Entertainment.

Porque ya van tres largometrajes de Gru, además de los numerosos cortometrajes y del spin-off protagonizados íntegramente por los Minions. Y no parece que los seguidores se estén cansando o que el universo de Gru y los Minions ya esté agotando, porque la taquilla sigue respaldando cada nueva entrega.

Ha vuelto a ocurrir con ‘Gru 3. Mi villano favorito’, que debutó haciéndose con el número uno en las taquillas de casi todos los países donde se ha estrenado, incluyendo Estados Unidos (donde sale perdiendo ligeramente en comparación con las anteriores entregas) y España (donde ha superado a sus dos predecesoras). Y es muy probable que las cifras y el éxito se repitan cuando llegue la secuela de ‘Los Minions’, esperada para 2020.

Pero lo cierto es que, aunque siga contando con el favor del público, Gru y sus asistentes han perdido gran parte de su frescura. La fórmula no ha varíado un ápice y la combinación entre el humor tierno de las niñas y el humor gamberro y anárquico de los Minions cada vez resulta menos efectiva. Puede que todavía siga funcionando en ciertos momentos de la cinta, con algunas –aunque menos que en las anteriores películas– secuencias bastante divertidas, pero se va quedando escaso.


La tercera aventura de Gru ofrece algunos nuevos personajes con potencial para ser aprovechados en futuras entregas, pero apenas hay evolución en los ya existentes. Ese es en realidad el lastre de ‘Gru 3’, pues prácticamente todo lo hemos visto ya antes. Está claro que la fórmula funciona y parece que los creadores han apostado por mantenerla, pero se echa de menos una ambición mayor: una decisión comercialmente inteligente, aunque artísticamente pobre.

La trama sí resulta algo más rica, con dos historias paralelas: por un lado, el reencuentro de Gru con su hermano gemelo, cuya existencia desconocía tras haber sido separados al nacer; por otro, la lucha del antihéroe protagonista contra Balthazar Pratt, un antiguo niño estrella dispuesto a vengarse de Hollywood por haber cancelado su serie durante los ochenta y que pretende robar el mayor diamante del mundo. Mientras tanto, la mujer de Gru aspira a congeniar con las niñas y los Minions, por su parte, hartos de que Gru haya dejado de lado sus villanías, deciden abandonarlo.

Hay material, y está claro que los personajes, la música de Pharrell Williams (con Morat y Álvaro Soler en la versión en castellano), la agilidad de la narración y la animación tienen el carisma y el atractivo suficientes para lograr una película divertida y entretenida. Y lo es, pero, menos que las anteriores entregas. Y si la saga de Gru y los Minions aspira a seguir dominando las taquillas quizá sea necesaria cierta renovación. No de la fórmula, que se ha probado inmejorable, pero sí de alguno de sus ingredientes.

Lo mejor: algunos golpes de humor
Lo peor: la comparación con sus predecesoras
Nota: 6

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

miércoles, 19 de julio de 2017

Verano Syfy. Crítica: ‘La guerra de las galaxias. Episopio IV: Una nueva esperanza’ (1977), de George Lucas


No podía faltar. En este verano que en Los Lunes Seriéfilos estamos dedicando a la ciencia-ficción era inevitable volver la vista a la que es una de las películas más relevantes, exitosas e influyentes en la historia de este género –y de todo el cine, en realidad–.

Soy demasiado joven para comprender el fenómeno de la primera trilogía de Star Wars y lo cierto es que mi afición por el séptimo arte nació bastante tarde, por lo que también me perdí la segunda trilogía. Ahora, envueltos de nuevo en una nueva vorágine de aventuras galácticas, me intereso por estos estrenos como cinéfilo más que como fan de la saga. Y así es como he visto ‘La guerra de las galaxias. Episopio IV: Una nueva esperanza’: más como una pieza clave en la historia del cine que como una cinta con la que me sienta identificado. 

Porque le falta algo que me impide una mayor fascinación: tal vez cierta profundidad en la historia o quizás una mayor introspección que permitiera una película con valor por y para sí misma, sin estar tan condicionada por su revolución técnica y comercial, aspectos en los que reside su mayor interés. Y aunque estas podrían considerarse debilidades importantes en cualquier otro filme, lo cierto es que la valía de Star Wars, sobre todo de esta primera obra, reside en el significado de la cinta fuera del plano estrictamente cinematográfico. Y como tal es obligatorio admirar sus logros. 

Siendo el mayor de ellos, quizás, que ‘Una nueva esperanza’ puede ser considerada mainstream según la concepción actual. Y esto se debe a que constituye un elemento esencial para establecer lo que hoy consideramos como mainstream, fijando el rumbo que otras obras posteriores habrían de seguir. Y quizás nunca tanto como en la actualidad, con un Hollywood centrado en producir sagas capaces de generar merchandising sin parar y otorgando a los efectos especiales un papel preponderante. Precisamente las características que definían al clásico de George Lucas de 1977 y que son las que también determinan la mayoría de largometrajes que encabezan las listas de taquillazos de los últimos años. 

Y ya que mencionamos a George Lucas, hay que reconocerle como padre de la criatura. No por su magnífica dirección o por la calidad de su obra, ambas notables pero no sobresalientes, sino por lo que supuso. Su visión comercial –sobre todo esa conocida decisión de ceder los derechos de las películas a cambio de los futuros ingresos por merchandising–, su inagotable imaginación y su uso de tecnologías revolucionarias convirtieron al ‘Episodio IV’ en una pieza única hasta entonces y en el eslabón perdido que marcaría la evolución de todo el cine posterior. Y no solo del cine como arte, sino también, y sobre todo, del cine como industria. 

Y aunque nos estamos centrando en el papel que Star Wars juega en un plano extracinematográfico, no es tampoco desdeñable su calidad artística. Sin ser una obra maestra, desborda imaginación, entretenimiento y novedad. Desde la mítica y archiconocida introducción en la que ya se intuye la inolvidable banda sonora de John Williams, hasta la riquísima variedad de personajes, vestuarios, tramas y mundos, todo en el film nos hace ver que estamos ante algo único. 


Única y pionera, porque sus novedades no se ciñen a los efectos especiales o a la comercialización, sino también a un guion en el que se cuidan todos los detalles y en el que, por ejemplo, gracias a la luchadora Princesa Leia, se rompen parcialmente algunas concepciones sobre roles de género y de amor romántico que seguirían prevaleciendo todavía durante mucho tiempo. 

Y el mérito es adicional si tenemos en cuenta que este ‘Episodio IV’ se concibe como tal. Es la primera película de la saga, pero ya pensada como cuarto episodio de una historia mayor, algo que, indudablemente, complica y enriquece la construcción de la historia y de los personajes, haciendo que cada comentario o pasaje tenga que ser muy cuidado para mantener la coherencia con las tramas que sucederían a esta. 

Todas ellas colaborarían a engrandecer, de una forma u otra, la leyenda de esta saga y a desarrollar su universo. Pero lo veremos en próximas semanas. Por ahora, disfrutemos de todo lo que ofrece este clásico, sin olvidar que con él, en una galaxia muy, muy lejana, nacía uno de los mayores mitos del cine.

Lo mejor: su influencia en el cine que vendría después
Lo peor: la escasa profundidad de la narración
Nota: 7,5

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 24 de febrero de 2017

El autocine o la renovación de un modelo de negocio

FOTO: autocinesmadrid.es

Este viernes abre sus puertas el Autocine Madrid RACE, el primer autocine permanente en la capital desde 1959. Esta apertura acentúa la tendencia actual hacia la diversificación del modelo de negocio para hacer frente a la crisis del sector de exhibición cinematográfica.

La asistencia a las salas varía en función del precio de la entrada y de la calidad del producto: a medida que baja el precio o sube la calidad, aumenta la demanda. Al no tratarse de un bien de primera necesidad, la influencia del precio, así como de la situación económica de los consumidores, es bastante elevada. Así, la mayor parte de grandes apuestas para capear el temporal ha tenido que ver con esta variable: la Fiesta del Cine, los descuentos de los miércoles, etc.

Nuevos modelos de negocio

Sin embargo, los cines han apostado por otro tipo de estrategias, que han dado lugar a iniciativas novedosas para generar un valor añadido mucho mayor al visionado de una película. Sin ese valor añadido, las múltiples alternativas y mejoras técnicas para disfrutar del cine en casa acabarían con el negocio de la exhibición.

En el nuevo autocine de Madrid, además de una forma diferente y un punto romántica de ver películas, se ofrece una experiencia gastronómica y de ocio que trasciende lo cinematográfico. Los asistentes no acudirán solo por ver la película, sino por ser partícipes de la novedad, por la posibilidad de disfrutar del cine el aire libre o por la existencia de food trucks o de un diner americano.

Algo similar han buscado ofrecer desde hace ya varios años el resto de autocines españoles. El de Gijón, por citar solo uno, dispone de un autobús abierto desde el que ver las películas de una forma diferente o de terrazas para que a las dos horas de largometraje se pueda añadir un rato más de esparcimiento en un entorno distinto.

Pero no solo los autocines han ofrecido renovación. También los cines convencionales se han renovado, proyectando películas que en ocasiones escapan los circuitos habituales de exhibición. Películas independientes, jornadas temáticas, una mayor apuesta por la versión original -con o sin subtítulos- o la reposición de filmes antiguos han acompañado a los estrenos más comerciales a los que hasta ahora acostumbraban.

Otro cines han realizado proyecciones especiales con fines educativos para centros escolares, algunos han alquilado de salas para eventos o proyecciones especiales y otros aprovechan su pantalla grande para retransmitir otros espectáculos, como ópera o teatro. También, por supuesto, la técnica ha permitido la aparición de salas que aprovechan las últimas novedades sonoras o visuales.

Algunos cines incluso han comenzado a ofrecer cine a la carta; se crea un evento a través de Internet para proyectar una determinada película y solo tendrá lugar si se alcanza un cupo mínimo de espectadores interesados.

Pero la inventiva va más allá del contenido de la pantalla. A imitación del teatro, algunas compañías ofrecen ya desde hace años precios distintos dependiendo de la ubicación de la butaca en la sala o de su comocidad. También la variedad gastronómica ha aumentado, y ya son muchos los cines que han ampliado su menú fuera de las clásicas palomitas.

También han surgido iniciativas más humildes que han buscado mantener abiertos los cines o determinadas salas a través de cooperativas. Muchos cines han logrado salvarse del cierre gracias a espectadores comprometidos, pasando casi de ser un negocio a un bien cultural.

La renovación está dando sus frutos

Muchas de estas innovaciones reflejan una mayor cercanía a los intereses de los grandes aficionados al cine, que cuentan con nuevas opciones para disfrutar de una película. Pero también, dada su versatilidad, consiguen llegar a un público que hasta ahora no tenía incentivos para acudir a una sala de cine.

La originalidad de todas estas ideas está detrás de la supervivencia de muchas de las salas que, con el modelo de estrenos+palomitas, ya habrían cerrrado. Y también se ha visto reflejado en el repunte en la venta de entradas en estos últimos años. Obviamente, el precio, la mejora de la situación neconómica y el atractivo de las películas también han influído. Sin embargo, más allá de las cifras globales, la renovación del modelo de negocio de los cines es ya imparable. Y de momento, ni el IVA, ni la piratería, ni Netflix podrán acabar con el cine.

(Publicado en Mundiario)

lunes, 9 de enero de 2017

`La La Land´ y Meryl Streep se imponen en los Globos de Oro

Como cada año por estas fechas, el mundo del cine celebra sus grandilocuentes entregas de premios. Son actos de autocomplacencia que, más que seleccionar quiénes han sido los mejores del año, lo que buscan es reivindicarse como industria. Naturalmente, dan pistas al espectador sobre qué productos son más recomendables y reconocen el saber hacer de quienes hacen posibles las películas, pero, al final, estas galas no son sino un producto más que les reporta beneficios y publicidad adicionales.

FOTO: REUTERS/Mario Anzuoni
Un Oscar o un Globo de Oro pueden premiar un gran trabajo de un actor, que se sentirá reconocido y agradecido, pero en último término, también aportan a una película un nuevo argumento para su estrategia de promoción.

No obstante, hoy es un día para hablar de los premiados en los Globos de Oro, entregados esta madrugada por la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, y que encumbraron a La La Land, que consiguió los siete galardones a los que optaba, convirtiéndose así en la película más premiada de la historia de los Globos de Oro. Dentro de la categoría de drama fue Moonlight la que se llevó el premio a mejor película. La actriz Meryl Streep recibió el premio Cecil B. De Mille a su carrera y dejó un discurso plagado de mensajes a través del contexto político y social.


Ninguna de las dos se ha estrenado todavía en España: La La Land lo hará este viernes y Moonlight hará lo propio el 10 de febrero. De hecho, de las diez películas que, en uno o en otro grupo, estaban nominadas a mejor película, solo cuatro habían llegado ya a los cines españoles. Esto se debe al interés de las productoras que se ven con opciones de rascar algo de estrenar sus películas al final del año, de forma que estén frescas en la memoria de los jurados que deben votarlas. Así, dado que el doblaje precisa tiempo, estas películas suelen llegar a los mercados internacionales un tiempo más tarde. Además, estos reconocimientos pueden utilizarse como atractivo comercial, por lo que las productoras pueden posponer su estreno y aprovechar ese tirón comercial que aportan los premios. De hecho, es habitual ver reestrenos de películas que ya habían desaparecido de las carteleras si estas triunfan en las grandes entregas de premios.

La televisión también estuvo presente

Si en cine hubo una clara dominadora y pocas sorpresas, algo distinto sucedió entre las series de televisión. Fue The Crown, la producción de Netflix sobre los primeros años del reinado de Isabel II, la elegida como mejor serie de drama, imponiéndose a Game of Thones o Stranger Things, que a priori partían como favoritas. Mientras tanto, entre las series de comedia la galardonada fue Atlanta. De las mencionadas, ninguna se emite en abierto; es más, de las diez nominadas entre ambas categorías ocho son propiedad de plataformas de pago como Netflix, HBO o Amazon Prime.

No es coincidencia que estas tres, que llegaron a España en los últimos meses, acaparen la mayoría de nominaciones en las categorías de series. Estamos viviendo una época dorada para este formato, que cada vez atrae a un mayor número de actores y directores de cine y que está generando una auténtica revolución en la forma de consumir televisión. Los canales tradicionales están perdiendo cuota de mercado en favor de estas nuevas plataformas de vídeo bajo demanda. En Estados Unidos, la televisión por cable, de la que HBO es uno de los mayores exponentes, lleva mucho tiempo contando con una presencia importante, pero en los últimos años Netflix y Amazon, de vocación puramente digital, han aparecido para desatar la competencia. Y es precisamente esa lucha entre ellas la que impulsa productos de una calidad cada vez mayor.

Además, estas series, al ser las más exitosas y conocidas, también se acaban colando en entregas de premios como los Globos de Oro, pues es evidente que las series y películas presentes en ellas no son casi nunca productos marginales, sino que cuentan con un mínimo nivel de éxito. Así, la propia ceremonia se vuelve más atractiva, y cuanto más lo sea, más valor tendrá el premio. Porque estas galas nos dicen qué series o películas son buenas, pero por encima de eso, son un eslabón más en esta industria -mágica, pero industria al fin y al cabo- que es el cine.


(Publicado en bez.es)

martes, 10 de marzo de 2015

"El IVA cultural bajará del 21 al 10%"


O eso publicaba ayer el diario ABC ocupando toda su portada y con un rojo que ni los mejores tomates. Tras esta información, el secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre, declaró que "no hay nada que anunciar" sobre una posible bajada del IVA cultural y Rajoy, desde Nicaragua, ha dicho que “hoy no es posible pero no se descarta para el futuro”. Independientemente de si nos creemos lo que dice ABC, no parece extraño que el Ejecutivo opte por una bajada del IVA cultural en los próximos meses en vista de los comicios que asoman en el horizonte.

La subida del IVA cultural del 8% al 21% supuso un golpe muy duro para un sector que estaba sufriendo con dureza la crisis. La piratería e Internet habían dañado al cine y la música; mientras los altos precios hacían que el teatro y otros espectáculos artísticos se resintieran. En esas estábamos cuando en septiembre de 2012 se produjo ese aumento del IVA en nada menos que 13 puntos. Era más del doble. Y la industria veía peligrar muchos puestos de trabajo.

Pero no afectó a Javier Bardem. Afectó a los pequeños exhibidores, a los grupos de múscia que estaban empezando, a las compañías de teatro más desconocidas... A los de siempre, a la clase media y baja; en este caso de un sector. Y, por supuesto, también tocó el bolsillo del español medio, que tuvo que dejar de ir al cine y de comprar música. Porque había necesidades más acuciantes.

Muchas voces del mundo de la cultura abogaban porque esta subida del IVA era una venganza del Gobierno popular por su posicionamiento contra la Guerra de Irak y que, dicen, acabó costando las elecciones de 2004 al PP. Me cuesta creer esa teoría; me inclino más por la opción de que unas personas con no demasiadas luces adoptaron una serie de medidas que quizás hubieran debido llevarse a cabo de diferente manera. A esto hay que sumar la opinión, un tanto generalizada en nuestro país, de que la cultura es algo prescindible para la sociedad.

Efectivamente, comprar un abrigo en invierno, pañales para un bebé o comer a diario son mucho más importantes que ver una obra de teatro. Pero la cultura, que es el arte, no puede ser despreciada en una sociedad. No se puede dejar de lado un sector que aporta creatividad, educación e identidad a un país. Y, en términos más prosaicos, que mueve grandes cantidades de dinero y que emplea a muchas personas.

Por eso entiendo que el IVA cultural debería bajar. No solo para salvar al sector y que pueda seguir participando de la economía espaola, sino como elemento de creación de riqueza en términos de educación, entretenimiento, creatividad y valores.

Pero esto lo digo siendo consciente de que hay muchos otros productos que deberían ver su impuesto sobre el valor añadido reducido. De hecho, considero que el IVA de artículos de primera necesidad como pañales y compresas, que también se sitúa en el 21%, debería bajar con mayor urgencia que el de la cultura. Pero eso no creo que figuer en la agenda del Gobierno. Y de eso son responsables en gran medida los medios de comunicación, que prestan más atención a las reivindicaciones de los artistas que de las madres, otorgando mayor prioridad a la cultura que a la higiene. Yo mismo reconozco mi modesta parte de culpa y confieso, que de no ser por el dichoso IVA cultural, no habría descubierto que algo tan básico e imprescindible como los pañales o los productos de higiene femenina son grabados también con un 21%.

Pero los bebés no tienen la capacidad de movilización que tienen las estrellas de la gran pantalla. Y el Gobierno sabe que la reducción del IVA cultural llenará más portadas y abrirá más telediarios que el de los pañales. Y eso, con fines electoralistas, se valora mucho. Aun así, todo lo que sea aflojar el cinturón impositivo sobre los ciudadanos será bienvenido. Aunque el único motivo para hacerlo sea seguir apoltronado en el sillón del ministerio.

(Publicado en Neupic)

sábado, 8 de noviembre de 2014

El cine es una Fiesta para todo el año

La última edición de la Fiesta del Cine, celebrada durante los días 27, 28 y 29 de octubre, ha conseguido que más de 2 millones de personas acudan a las salas para disfrutar de la cartelera: en pantalla gigante y con sonido envolvente. Los cinéfilos hemos disfrutado de proyecciones a un precio asequible, toda una suerte dado los tiempos que corren y con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina. Para poder beneficiarse de este chollazo, los organizadores, en esta ocasión, han facilitado la adquisición de entradas promocionales, individuales y para grupos, desde la página web oficial; no obstante, los menores de 14 años y las personas mayores de 60 estaban exentos de obtener dichas acreditaciones. Todo había sido dispuesto para que las salas de cine recuperasen ese tono vivo que desde hacía tiempo se estaba apagando. No es de extrañar que el último día de la promoción fuese el que más afluencia de espectadores alcanzase, nadie quiso perder la oportunidad de ver los grandes títulos que conjugan la cartelera actual.

Son tantas las buenas producciones que una de las mejores opciones era hacer sesión continua para no dejar escapar ninguna. Por suerte, había cintas para todos los gustos, desde comedia española hasta cine de terror y superproducciones para ser admiradas, preferiblemente, en 3D. Según los datos de asistencia que se han recogido hasta el momento, las películas más vistas durante la Fiesta del Cine han sido: Drácula, la leyenda jamás contada, Torrente 5, Operación Eurovegas y The Equalizer: El protector. Otras, como Perdida, La isla mínimaEl juez o Annabelle, también han obtenido muy buenos datos. Todos los que asistimos a la fiesta del celuloide, sea cual fuere nuestra opción, reafirmamos nuestro gusto por el cine y comentábamos cuánto nos gustaría asistir con mayor frecuencia. Y es que ir al cine siempre ha sido una de las aficiones por la que más hemos optado cuando de disfrutar del tiempo libre se trata. El confort y el ambiente que se crea en las salas es inigualable a cualquier otro soporte donde se pueden reproducir películas.

Hacia la revitalización del cine


Las instituciones públicas, al igual que lo hacen en otros países, deberían apostar más por nuestras salas y filmaciones cinematográficas, los resultados obtenidos en esta pasada Fiesta del Cine lo requieren. La mayoría de los medios han evolucionado en la última década hacia nuevas formas y soportes para ofrecer contenidos, mientras que nuestras salas de cine han sido poco estimuladas y, por el contrario, han sufrido un fuerte mazazo con la desmesurada subida de precio de las entradas. El cine es parte de nuestra cultura, de nuestros hábitos, y algunas de las historias que hemos presenciado desde la butaca han sido cómplices de muchas de nuestras emociones, provocando más de una carcajada incontrolable y contribuido a que se produzcan esos inolvidables amores en el cine de verano.
 
FOTO: El Heraldo de Aragón
En la última década las producciones de cine se han visto afectadas por numerosos factores negativos que han causado un descenso brutal, tanto de las recaudaciones obtenidas como de las asistencia de espectadores a las salas. Estas adversidades no han hecho otra cosa que erosionar un sector que alberga a distintos profesionales que trabajan detrás de cada una de las filmaciones que después encontramos en la cartelera de nuestra ciudad. Advertimos que no pretendemos detenernos en las desgracias que sabemos llevan consigo los despidos y cierres continuos de empresas audiovisuales; sin embargo, sí tratamos de destacar los beneficios del cine en el espectador y reivindicamos, al igual que celebramos con energía, la tendencia positiva en la que se encuentra  el sector en los últimos meses.

Las ganas de los espectadores por recuperar el hábito de acudir con frecuencia a las proyecciones de películas en el cine se han visto revitalizadas con promociones tan interesantes como la Fiesta del Cine. Esto demuestra que los espectadores están dispuestos a pasar parte de su tiempo de ocio en las salas cinematográficas. Todos vivimos con ilusión los instantes previos al comienzo de una película: comentamos nuestras impresiones, charlamos sobre qué actores participan o, simplemente, esperamos con impaciencia a la historia que en breve se construirá sobre la gran pantalla. Asistimos en compañía, con nuestra pareja o bien con la familia al completo, hay quien, incluso, acude en solitario porque prefiere admirar la película sin que nada ni nadie le entretenga. El cine no concluye cuando termina la cinta, todo lo contrario, en ese momento asimilamos todo lo que hemos presenciado y forjamos nuestras opiniones y conjeturas para compartir con los demás: ¿recuerdas las ocasiones en que una película de terror sobrecogedora ha sido comentada con diferentes personas por la impresión que nos ha causado?; ¿cuántas veces hemos debatido esos finales incompletos con nuestros acompañantes durante muchas horas después? ¿Y la satisfacción que sentimos al ver a los pequeños de la casa sonreír y emocionarse con las aventuras que han estado viviendo hace tan solo un momento? Estas y muchas otras circunstancias son producto de esa magia que va adherida y nos proporciona el cine. Los que de verdad apreciamos el valor del cine sabemos que hay muchas maneras de disfrutarlo, y no nos perdemos los estrenos más esperados, por todos los medios, tratamos de asistir a un preestreno y no hacemos otra cosa que alabar las sensaciones que nos suscita el cine.

Por una Fiesta constante


Los precios bajos de las entradas son el aliciente perfecto para que volvamos a poblar las salas, y hagamos de la Fiesta del Cine una festividad para celebrar varias veces al año, con la misma afluencia e intensidad que se merece. ¡Todos al cine!: celebra Mortadelo en el spot promocional de la campaña, y razón no le falta cuando afirma que es la ocasión perfecta para que nadie se quede sin sus entradas. Es difícil encontrar a alguien que no acuda con regularidad al cine por otra razón que no sea por el elevado precio de las entradas. Por ello nosotros seguiremos defendiendo nuestra propuesta, mientras cruzamos los dedos para que la organización de la Fiesta del Cine nos traiga, cuanto antes, más días dedicados al espectador.


Autor: Víctor Manuel Arenas

jueves, 6 de noviembre de 2014

Una fiesta solo en el precio

Son muchas las personas que entre los días 27 y 29 de octubre que duró la Fiesta del Cine se acercaron a las salas a disfrutar de un placer que, habitualmente, no pueden o no quieren permitirse. Más de dos millones de entradas se vendieron al precio de 2,90 euros. Un nuevo récord para esta séptima edición de la Fiesta.

Para la gran mayoría, la conclusión es sencilla: la gente sigue queriendo ir al cine y si las entradas costaran todo el año este dinero muchísimas más personas acudirían a unas salas cada vez más vacías. Esa fue mi conclusión también tras la edición de 2013, la que puso a este evento en boca de todos. Pero tras las dos ediciones de este año me parece un análisis demasiado simple. No digo que esta campaña haga mal a la industria, pero creo que tampoco le hace demasiado bien.

¿Entonces por qué se adhiere el 95% de las salas a la promoción?

Pues precisamente por eso, porque es una promoción que quizás permita atraer a las salas a un público que había olvidado lo que se siente en un hall que huela a palomitas rodeado de gente o en un medio de una sala oscura con un sonido envolvente. Ojalá esa gente vuelva tras la Fiesta y pague los hasta 12 euros que se pagan en algunos cines habitualmente -que conste que con mi artículo no intento defender estos precios, me parecen aberrantes, dicho sea de paso-. El objetivo real es ese, recuperar espectadores en un corto o medio plazo, no llenar las salas durante un puñado de sesiones para así recaudar algo y que el resto de días esas salas continúen vacías.

Y esto no se ha cumplido si observamos las cifras del fin de semana que siguió a la Fiesta del Cine. Podríamos pensar que de esos casi 2,2 millones de espectadores, alguno se habría emocionado tanto con la idea del cine que habría vuelto más ilusionado que nunca durante el fin de semana. No sucedió tal cosa -ni en el fin de semana de Halloween cuando muchos acuden en busca de ciertas dosis de terror-, y las entradas vendidas fueron unas 950.000 según Rentrak Spain. Pensemos que solo el miércoles se habían cortado más 900.000 tickets.

Vale que hubiera un Madrid-Barça la tarde del sábado y que no había en cartel estrenos de grandísimo renombre, pero ya ha ocurrido en las anteriores ediciones de la Fiesta que los fines de semana anterior -aquí las cifras fueron todavía más duras puesto que muchos se reservaron el fin de semana para asistir al cine los días siguientes mucho más barato- y posterior suelen sufrir importantes descensos de espectadores. O lo que mi abuela definiría como pan para hoy, hambre para mañana. Y todavía más hambre para ayer, claro.

Otro motivo para que los cines se adhieran es que sería mucho peor no hacerlo. La alternativa es tener casi todas las salas vacías porque los espectadores están en los otros cines de la ciudad. Y eso sí que no cubre los costes.

Precios que no cubren costes

Juan Herbera analizaba en su ya clásico Desde la taquilla el reparto que se hace del precio de las entradas. Su conclusión era que un precio de 2,90 euros -o un poco superior, que viene a ser casi lo mismo- solamente permite ganar algo a los cines si se vende una cantidad ingente de entradas. Y esta cantidad es verdaderamente grande, porque incluso en estos tres días, con las colas que se han producido y con todo el furor que ha acompañado a la campaña, ha habido cines que han perdido dinero porque la asistencia a las salas no ha sido suficiente. Y es que ni siquiera concentrando la Fiesta del Cine en periodos de tiempo muy cortos se consigue llenar todas las salas.

Pero es innegable que la asistencia a las salas es masiva y, aunque agobiante, es una gozada ver tanta gente haciendo cola para ver una película. El hecho de que la promoción se concentre en tres días cada seis meses hace que la demanda sea la que es; cuando algo se reduce a una quinta parte de su precio habitual, la gente acude como loca. Cuando algo se percibe como una oportunidad casi irrepetible, el efecto llamada es más que notable. A esto se suma el ambientillo que hay en las salas y las ventajas ofrecidas por los organizadores para comprar las entradas por Internet. Pero no nos engañemos, si ese precio se mantiene constante en el tiempo, no vamos a volver a ver un miércoles con casi un millón de espectadores en nuestros cines.

No niego que con precios más bajos la asistencia a las salas aumente, pero no va a aumentar lo suficiente como para cubrir los cuantiosisímos -con "sí" extra incluido- gastos de los exhibidores: la tarifas de luz más cara de Europa, un 23% de IVA cultural, el inmenso porcentaje de las distribuidoras...

Otros factores relevantes

El precio es clave, y más en la coyuntura económica en la que nos encontramos, pero quizás las salas deban plantearse alternativas que vayan más allá del precio. Estados Unidos también está sufriendo su particular annus horribilis, lastrado por la falta de nuevas ideas y por la abundancia de secuelas, precuelas, remakes, spin-offs y reboots. El 3D, que cuando apareció casi de la mano de Avatar fue calificado como el avance más importante en el séptimo arte desde la introducción del color, se ha quedado un tanto estancado y no siempre la mejora de la experiencia sensorial justifica el sobreprecio.

Luego hay que pensar en los gastos complementarios de palomitas, refrescos y golosinas, que tampoco son baratos. La pérdida de calidad en el servicio, con menos empleados y acomodadores, y la falta de renovación en las campañas de marketing no centradas en el precio. Porque si, encima de subir los precios, el servicio no es bueno, entonces el problema se agrava.

Además, no podemos olvidarlo, es extremadamente fácil descargarse una película -legal o ilegalmente- y verla en tu salón en tu gran pantalla LCD y con la luz apagada mientras comes palomitas hechas en el microondas sin que nadie te moleste. Y es que hay cada vez más alternativas a las salas, y por mucho que baje el precio, nunca va a ser más barato que la televisión o el ordenador.

Yo he pagado recientemente 8,30€ en un cine en versión original en Austria para ver Perdida (Gone Girl, 2014, David Fincher) y la sala estaba casi llena. Vale que el nivel de vida sea más alto, pero no es una diferencia de precios tan grande. Así que habrá que buscar otras explicaciones. Algunos ejemplos pueden ser la distribución de mayor variedad de snacks y aperitivos -cierto que aquí también hay detractores, pero ampliamos la posibilidad de ingresos complementarios-; mayor importancia a las películas en VO y VOS; actividades especiales con proyección de clásicos... Son solamente algunas ideas, pero quizás sea bueno pensar en promociones más allá de las centradas en el precio.

En muchas ciudades tomarse una copa una noche es más caro que una entrada de cine. Y una entrada para un partido de fútbol, con una duración muy similar, es bastantes veces mayor que el acceso al cine. El placer que a cada uno será el que finalmente nos lleve a decidir en qué gastamos nuestros escasísimo dinero. Ojalá hubiera más personas dispuestas a pagar el precio de una entrada, fuera el que fuera, pero la afición al cine no aumentará únicamente con entradas más baratas.