jueves, 28 de mayo de 2015

Una película sobre sí misma

Supongo que habrá opiniones de todo tipo en lo que se refiere al cine de superhéroes, pero está claro que Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) es ya uno de los argumentos con más peso que se han generado al calor de esta discusión. Una crítica sin piedad a los blockbusters que salvan la taquilla año tras año pero que, salvo honrosas excepciones, siguen sin aportar nada al lenguaje cinematográfico y a la búsqueda del arte.

La propuesta de Iñárritu es tan arriesgada como la aventura en la que se embarca su protagonista, un actor que alcanzó la fama dando vida a un superhéroe en el cine y que ahora desea recuperar el prestigio de su profesión con una obra de teatro en Broadway. Y es arriesgada no solo por el desafío técnico que plantea el rodaje de dos horas de película en un solo plano secuencia, sino por la capacidad que tiene de introducirnos en la mente del actor venido a menos.

Un actor venido a menos en los últimos años era, precisamente, Michael Keaton, que regresa con una fuerza insuperable, logrando la más poderosa interpretación de su dilatada carrera. La elección del que diera vida al Batman de Tim Burton parece el mejor acierto de toda la cinta. Sin desmerecer el trabajo del resto del elenco, destacando a una Emma Stone más profunda y oscura de lo que esa cara de ángel nos da a entender.

No cabe duda de que el peso de la película recae en sus magníficas actuaciones, que destacan aun más dado el minimalismo de la película: un único plano secuencia guiado por el magistral trabajo de Emmanuel Lubezki con la cámara –por algo ha ganado dos Oscar consecutivos a la Mejor Fotografía-, el backstage de un teatro neoyorquino casi como único decorado, sin más vestuario y efectos especiales que los estrictamente necesarios, y una banda sonora que se reduce al efectismo de una batería y un sonido sobrio pero inmejorable. Oposición total a las películas de superhéroes que tan poco parecen gustar a Iñárritu.

Y si el blockbuster está hecho para vender entradas y que los espectadores acudan en masa, de nuevo, Birdman se opone a esta concepción. Explora los límites de la narración, de la interpretación y del guión, pero no es una obra fácil de ver y la conexión con el público no es total. Pero, al fin y al cabo, de eso trata Birdman, de producir obras prodigiosas que consiguen llenar una sala de 800 intelectuales, pero que no logran conectar con los millones de seguidores de un superhéroe con alas de pájaro.

viernes, 22 de mayo de 2015

Para nosotros no hay campaña electoral


Hoy termina la campaña electoral. No voy a criticar el ridículo que han hecho muchos políticos; descalificándose, suplicando votos, montando en bici, repartiendo piruletas a los niños, presumiento de llenar aforos... La campaña, la jornada de reflexión o la pegada de carteles son temas que ya se han tratado y en los que no voy a entrar.

Si no voy a criticar la campaña es, en parte, porque no la he seguido demasiado. ¿Uno de los motivos? Que no puedo votar. Y como yo, muchos españoles emigrantes se han visto privados de ese derecho. La participación entre los ciudadanos españoles que residen en otros países es irrisoria –un 1,84% en las Elecciones Europeas de mayo de 2014-. Y os aseguro no es por falta de interés. Porque las personas españolas con las que más relación tengo aquí no van a votar, pero todas tienen un sentido de la política y de la democracia que quisiera en muchos de los que agitan banderitas en los mítines.

Votar desde el extranjero se convierte en una odisea, por ese motivo, muchas desisten y ni siquiera lo intentan. Otras, se quedan atrapadas entre trámites y fechas de vencimiento, no logrando figurar en las listas definitivas a pesar de haberlo intentado. Otro grupo cumple el laborioso proceso en plazo y forma pero, ¡sorpresa!, la documentación no llega a tiempo o el voto por correo se pierde.

Partimos de la base de que tras la reforma de la Ley Electoral de 2009, se eliminó la posibilidad de que los emigrados votasen en las elecciones locales. Puedo comprenderlo, porque en algunos países puedes votar en las elecciones locales al registrarte, y es lógico que a alguien que vive en Oslo le afecte más la recogida de basuras de la capital noruega que la de su antigua ciudad española.

Pero ese no es el problema. Eso es, de hecho, lo único que siempre tuve claro; que solo iba a poder votar en las Elecciones Autonómicas. El resto de la información es confusa y escasa. No se hacen públicos con claridad ni los plazos, que son demasiado cortos; ni los procesos, que son demasiado complejos. 

Yo me registré en la Embajada Española en Austria en enero, y desde entonces figuro en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (Cera). Pero para estas elecciones de mayo era necesario hacerlo desde antes del 1 de enero, que es cuando se cerraba el censo. Tras eso, necesitaba hacer una reclamación para ser incluido en la lista para poder votar. Bien, hice mi reclamación en plazo –solo existía una semana, ente el 6 y el 13 de abril, para dicho trámite- y forma y al terminar, pregunté: “¿Esto es todo para votar?” “Esto es todo”, me respondieron. Por lo que deduje que el 24 de mayo podría acudir a la Embajada a depositar mi voto. Unas semanas después me llegó una carta de la Oficina del Censo Electoral en León en la que me comunicaban que ya no figuraba allí, sino que mi nuevo distrito electoral era la Embajada de España en Viena. Todo correcto.

Pero no estaba todo correcto. Pues los españoles emigrados debemos “rogar” el voto. Se debe hacer una petición formal para poder votar. Eso no hay que hacerlo si resides en España; es decir, quienes viven fuera tienen que rogar que se les permita ejercer un derecho. ¿No deberíamos ser todos iguales? Podría comprenderlo si supusiera un gran problema de logística, pero no es así.

En caso de haberlo sabido, también hubiera hecho este “ruego”, pero cuando en la Embajada me han dado a entender que la Reclamación “era todo”, supuse que la Reclamación habría servido directamente como ruego. Algo que, por otra parte, parece bastante obvio; ¿por qué otro motivo iba a hacer dicha Reclamación?. El plazo para la solicitar que me permitan ejercer mi derecho al voto terminó el 26 de abril.

Tras hablar con otros compañeros en mi misma situación, descubrí que no podría votar, pues ese día ya había pasado. Acudí a la Embajada para ver si existía alguna posibilidad; quien me atendió no supo decírmelo y tuvo que preguntar. Finalmente me confirmaron que era demasiado tarde para votar en estas elecciones. Y la campaña electoral ni siquiera había empezado...

Hay quienes, habiendo realizado ese ruego a tiempo, no recibieron la documentación en el plazo establecido. No era su culpa, pues los plazos son demasiado cortos contando con los posibles retrasos de los servicios de correos de todo el mundo, pero tampoco van a poder votar. También conozco gente que, en anteriores convocatorias, intentaron votar por correo desde el estranjero y su voto nunca llegó a contabilizarse. 

Yo me considero un emigrado con suerte, pues no he tenido que irme de España porque mi situación laboral fuera insostenible –es evidente que el contexto económico y social han influido en la decisión, pero no ha sido el único elemento-; de la misma forma que yo no culpo al Gobierno de mi marcha. No obstante, hay muchos ciudadanos españoles que sí se han visto empujados a hacer la maleta y muchos de ellos encuentran en las Instituciones Públicas a los culpables de eso. No hace falta un análisis demasiado exhaustivo para pensar que los grandes partidos no son los favoritos entre los emigrantes españoles. Quiero pensar que este proceso no es tan complejo para impidir a predecibles votantes “díscolos” ejercer su derecho. Pero creo que no soy el primero al que se le ha cruzado esta idea.

Nuestro amado Rajoy dice que “son exactamente 24.638” los jóvenes que han abandonado España por la crisis; el INE habla de medio millón más. Empujados por la crisis o no, lo cierto es que la cantidad de españoles en el extranjero, sobre todo jóvenes, es suficientemente grande como para pelear por que sus voces sean escuchadas, y sus votos, tenidos en cuenta. E incluso aunque fuera una sola persona, los organismos públicos deberían esforzarse para que nadie se vea privado de un derecho por el que tanto se luchó y por el que tantas personas dieron su vida.

Pero esta noche contabilizaremos cuántas personas congregó el PP en el Palacio de los Deportes de Madrid o cuántos acudieron a ver a IU en Sevilla. Y ni sumando todos esos, alcanzaremos la cifra de españoles que el domingo no podrán votar porque la burocracia se lo ha impedido.

(Publicado en Neupic)

miércoles, 15 de abril de 2015

No son solamente cifras

FOTO: EFE

Los factores de interés que hacen que un hecho se convierta en noticia vienen marcados por la actualidad, la cercanía y la influencia que pueda ejercer en la sociedad. Parece lógico. Y lo es. Por norma general, nos preocupan más los debates políticos españoles que los de Dinamarca porque tienen mayor influencia sobre nosotros. De la misma forma que 11 periodistas muertos en París tienen más repercusión mediática que 147 universitarios en Kenia. Además de la distancia física y psicológica que nos separa existen otros factores, como el simbolismo que se extrae de cada uno de estos hechos o la posibilidad de acceder a información relevante y contrastada.

La ventaja de no escribir para un medio de comunicación es que puedo saltarme el “agenda setting”, la tematización de la actualidad que realizan los medios de masas, y centrarme en lo que a mí me parezca más interesante. Por eso no voy a tratar ahora una noticia de gran repercusión. Sí se habrá colado en los medios, igual la viste mientras comías o la leíste de pasada en tu smartphone, pero no se ha hecho hincapié en ella. Como periodista, puedo comprenderlo. Como ser humano, no.

Porque unos 400 (¡cuatrocientos!) seres humanos han perdido la vida hoy en aguas del Mediterráneo cuando intentaban alcanzar Italia. La Guardia Costera de este país rescató anoche a 150 supervivientes, que fueron quienes advirtieron de la existencia de alrededor de 400 personas más en la embarcación que había salido el día anterior de Libia. La sitación meteorológica y de la mar ha hecho que solo en los últimos cuatro días, 7000 personas llegasen a las costas italianas. Las 400 últimas no tuvieron esa suerte.

Esos son los datos más importantes de la noticia. Si se indaga un poco en la red se puede encontrar alguna cifra más. Pero solo son cifras. Cifras de inmigrantes, de supervivientes, de víctimas. Cifras de personas.

Igual que una cifra son las 150 personas que murieron en la tragedia aérea de los Alpes el pasado 24 de marzo. Pero a esas personas se les ha puesto cara y nombre. Se ha ido una por una en la lista de pasajeros. Y se han investigado las cajas negras, y se han rendido homenajes, y se ha debatido, y se han buscado responsables, y se seguirá recordando aun durante algún tiempo.

También se sabe que el avión estuvo ocho minutos descendiendo y que los pasajeros eran conscientes de que iban a morir. Pensarlo te hiela la sangre. Pero nadie se ha dado cuenta de que las 400 personas que hoy han desaparecido en el Mediterráneo también eran conscientes de que iban a morir. Y no durante ocho minutos, sino desde siempre. Desde que les tocó nacer en África, en países asolados por la guerra y el hambre.

Estos 400 quedarán en el olvido del periódico de ayer y no se volverá a hablar de ellos. Como datos estadísticos quizás o al hacer balance del año en organismos europeos e italianos. Pero nada más. Porque no son europeos que viajaban en avión. Son pobres negritos africanos, tan desesperados que no les importa embarcarse en ruinosas barcazas a cruzar el Mediterráneo ni trepar por vallas plagadas de cuchillas en Melilla.

Esas personas, a los europeos blancos, nos dan igual. No son relevantes para nuestros medios de comunicación. Y lo peor de todo es que comprendo las razonas por las que, desde el punto de vista periodístico de nuestro país, podría ser correcto no prestar demasiada atención a este desgraciado suceso. Pero quizás deberíamos buscar un periodismo menos académico y más humano en el que la vida de 400 inmigrantes africanos no valga menos que la de 150 viajeros europeos.

(Publicado en Neupic)

martes, 10 de marzo de 2015

"El IVA cultural bajará del 21 al 10%"


O eso publicaba ayer el diario ABC ocupando toda su portada y con un rojo que ni los mejores tomates. Tras esta información, el secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre, declaró que "no hay nada que anunciar" sobre una posible bajada del IVA cultural y Rajoy, desde Nicaragua, ha dicho que “hoy no es posible pero no se descarta para el futuro”. Independientemente de si nos creemos lo que dice ABC, no parece extraño que el Ejecutivo opte por una bajada del IVA cultural en los próximos meses en vista de los comicios que asoman en el horizonte.

La subida del IVA cultural del 8% al 21% supuso un golpe muy duro para un sector que estaba sufriendo con dureza la crisis. La piratería e Internet habían dañado al cine y la música; mientras los altos precios hacían que el teatro y otros espectáculos artísticos se resintieran. En esas estábamos cuando en septiembre de 2012 se produjo ese aumento del IVA en nada menos que 13 puntos. Era más del doble. Y la industria veía peligrar muchos puestos de trabajo.

Pero no afectó a Javier Bardem. Afectó a los pequeños exhibidores, a los grupos de múscia que estaban empezando, a las compañías de teatro más desconocidas... A los de siempre, a la clase media y baja; en este caso de un sector. Y, por supuesto, también tocó el bolsillo del español medio, que tuvo que dejar de ir al cine y de comprar música. Porque había necesidades más acuciantes.

Muchas voces del mundo de la cultura abogaban porque esta subida del IVA era una venganza del Gobierno popular por su posicionamiento contra la Guerra de Irak y que, dicen, acabó costando las elecciones de 2004 al PP. Me cuesta creer esa teoría; me inclino más por la opción de que unas personas con no demasiadas luces adoptaron una serie de medidas que quizás hubieran debido llevarse a cabo de diferente manera. A esto hay que sumar la opinión, un tanto generalizada en nuestro país, de que la cultura es algo prescindible para la sociedad.

Efectivamente, comprar un abrigo en invierno, pañales para un bebé o comer a diario son mucho más importantes que ver una obra de teatro. Pero la cultura, que es el arte, no puede ser despreciada en una sociedad. No se puede dejar de lado un sector que aporta creatividad, educación e identidad a un país. Y, en términos más prosaicos, que mueve grandes cantidades de dinero y que emplea a muchas personas.

Por eso entiendo que el IVA cultural debería bajar. No solo para salvar al sector y que pueda seguir participando de la economía espaola, sino como elemento de creación de riqueza en términos de educación, entretenimiento, creatividad y valores.

Pero esto lo digo siendo consciente de que hay muchos otros productos que deberían ver su impuesto sobre el valor añadido reducido. De hecho, considero que el IVA de artículos de primera necesidad como pañales y compresas, que también se sitúa en el 21%, debería bajar con mayor urgencia que el de la cultura. Pero eso no creo que figuer en la agenda del Gobierno. Y de eso son responsables en gran medida los medios de comunicación, que prestan más atención a las reivindicaciones de los artistas que de las madres, otorgando mayor prioridad a la cultura que a la higiene. Yo mismo reconozco mi modesta parte de culpa y confieso, que de no ser por el dichoso IVA cultural, no habría descubierto que algo tan básico e imprescindible como los pañales o los productos de higiene femenina son grabados también con un 21%.

Pero los bebés no tienen la capacidad de movilización que tienen las estrellas de la gran pantalla. Y el Gobierno sabe que la reducción del IVA cultural llenará más portadas y abrirá más telediarios que el de los pañales. Y eso, con fines electoralistas, se valora mucho. Aun así, todo lo que sea aflojar el cinturón impositivo sobre los ciudadanos será bienvenido. Aunque el único motivo para hacerlo sea seguir apoltronado en el sillón del ministerio.

(Publicado en Neupic)

miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Qué coño pasa con los políticos?

FOTO: EFE

Las declaraciones de Pedro Sánchez desde las comarcas afectadas por las crecidas del Ebro del pasado martes se colaron en todos los medios. Pero no lo hicieron por su contenido, que es más de lo mismo en estas situaciones –el Gobierno no hace nada, pero nosotros hemos venido a ayudar a esta pobre gente porque somos mejores-, sino por la forma. "¿Qué coño tiene que pasar en este país para que Rajoy salga de Moncloa y esté con estos vecinos?" se preguntaba el líder de la oposición.

Y no es que se le escapara como le ha ocurrido a otros muchos cuando se creían a micrófono cerrado; ni fue fruto de un momento de auténtica indignación en el que las palabras salen solas. Son declaraciones medidas. De hecho, repite la frase varias veces, utilizando en tres de ellas el malsonante término. Sánchez fue a visitar esa comarca para poder recriminar al Gobierno su falta de previsión y de respuesta. Y la inclusión de la palabra “coño” le permitió ganar minutos de telediario, pudiendo mostrarse indignado y cercano a los ciudadanos.

Resulta un tanto chocante escuchar a un líder político de primera fila utilizar una expresión como esta. Pero las cosas están cambiando: los políticos españoles ya no quieren ser personajes de otro nivel, que siempre visten traje y que hablan con términos que al resto de la población le cuesta entender. Ahora quieren ser como sus votantes, la gente normal. Saben que para ganar votos deben mostrarse como uno más. Alguien digno de confianza por ser cercano al español medio. Y, como el español medio, también hay que decir palabrotas.

Cualquier cosa vale para no parecer casta y para no ser identificado con los señorones de la vieja política. Últimamente es frecuente que los políticos se quiten la corbata, que se desaliñen un poco –solo hay que ver a Pablo Iglesias-, que se hagan selfies, que pobliquen chorradas en las redes sociales, que lleven mochila, que participen en programas populares o que hagan un uso más vulgar del lenguaje. La clase política se quiere acercar a la ciudadanía. O, al menos, eso quiere aparentar.

Y es lógico que busquen ser identificados como un igual para recuperar la confianza perdida. Porque saben que la sociedad está harta de los políticos que llevan años creyéndose mejores que los ciudadanos y aprovechándose de ellos. Y es posible que esta aparente cercanía no sea mal método. Prueba es la simpatía que despiertan los líderes que se perciben más cercanos como Pablo Iglesias o Albert Rivera. Incluso Pedro Sánchez se puede mostrar satisfecho en ese tipo de encuestas.

Pero lo importante no es cómo vistan, ni qué palabras utilicen, ni si son guapos o feos, jóvenes o viejos. Lo importante es que aporten ideas y soluciones de verdad. Porque yo me pregunto: ¿qué coño tiene que pasar en este país para que empiecen a hacer algo decente de una vez y se dejen de tonterías?

(Publicado en Neupic)

miércoles, 25 de febrero de 2015

Premios y discursos políticos

Tenemos todavía en nuestras retinas las imágenes de la gala de entrega de los premios Oscar el pasado domingo. Y tampoco queda lejos la ceremonia de los Goya. Es buen momento para realizar algunas valoraciones sobre ambas y sobre la presencia de elementos de tinte político en ellas.

Los premios españoles se caracterizaron por un marcado triunfalismo tras un año de récord en el que casi 21 millones de espectadores compraron una entrada para ver una película hecha en España. Los 123 millones de euros recaudados suponían más de un 25% de la taquilla total. Datos muy positivos que se remarcaron una y otra vez durante la interminable gala.

Quizá por ese motivo, salvo en lo referente al IVA cultural del 21%, no hubo excesivas alusiones políticas durante la ceremonia. Al contrario que otros años, de lo que más se habló fue de cine. Eso alegró a gran parte de la audiencia, que veía la gala como aficionados al cine más que a la política. Pero enfadó a algunos sectores que demandan que las estrellas del celuloide actúen como referentes de la sociedad y den voz y denuncien fenómenos como la corrupción política o los desahucios.

En Estados Unidos, por su parte, se llegaba a los Oscar con un año más flojo que el anterior, especialmente debido a una pésima taquilla durante el verano. 2014 había estado marcados por la falta de ideas, con gran cantidad de secuelas y adaptaciones entre las películas más exitosas, y por un considerable descenso de la calidad de las producciones.

En cualquier caso, estos datos tampoco preocupaban a la Academia, que se sabe la reina del mambo y que ve que su liderazgo es incuestionable. No existe una industria cinematográfica como la de Hollywood. Y no se prevé que pueda haberla en un futuro cercano.

Lo que sí preocupa son las acusaciones de racismo y machismo que se han producido recientemente. Hubo actrices que denunciaron la dificultad de las mujeres para encontrar papeles una vez que llenan a la madurez. Y hubo fuertes críticas por la ausencia de intérpretes negros o latinos entre los nominados, así como por la teórica discriminación a la película Selma, centrada en la figura de Martin Luther King.

Quizá por eso este año se tocaron muchos temas controvertidos. Neil Patrick Harris comenzó la gala aludiendo a la exclusión racial en Hollywood. La ganadora del Oscar a Mejor Actriz de reparto, Patricia Arquette, reivindicó la igualdad salarial entre hombres y mujeres. El mexicano Alejandro González Iñárritu recibió de manos de Sean Penn el premio a la Mejor Película por Birdman, por la que había Ganado previamente el Oscar al Mejor Director; tanto Pean como Iñárritu se refirieron al problema de la inmigración. Graham Moore, que se llevó el Oscar a Mejor Guión Adaptado por The Imitation Game -sobre el genial matemático británico Alan Turing-, denunció las dificultades que tanto el protagonista de la película como él mismo habían sufrido por su condición de homosexuales.

Estas referencias, que van más allá de lo meramente cinematográfico, puede que no gustaran a los puretas que quieren que la política no sea protagonista en este tipo de eventos. En la otra cara de la moneda, hubo muchas voces que se mostraron encantadas con estas reivindicaciones.

Entonces, ¿política en las galas de entrega de premios sí o no? Pues hay momentos para cada cosa. Igual que hay personas y formas. ¿Son los Oscar o los Goya un buen momento? ¿Qué personas y de qué formas pueden implicarse?

Cuando el guionista Graham Moore defiende al colectivo de homosexuales, claramente marginado en muchas sociedades, tras ser premiado por una película inspirada en un homosexual, habiendo sido el propio Moore víctima de acoso por su orientación sexual y con un discurso respetuoso, sutil y optimista, yo me quito el sombrero. Estamos ante un claro ejemplo de cómo una reivindicación socio-política puede –y debe- estar presente en una gala cinematográfica.

Pero si Pedro Almodóvar saluda a todos los “amigos del cine y la cultura” y añade que el ministro Wert “no está incluido”, vemos que se da el caso contrario.

Así, mientras en los Goya se miraban únicamente su ombligo reivindicando el cine español y pidiendo que se rebaje el IVA cultural, pero sin apenas referencias a la complicada situación del país, en los Oscar se recordaba a los enfermos de ELA, los homosexuales, los inmigrantes o las mujeres. A la persona de a pie le da prácticamente igual si el cine español va bien o si Almodóvar es un maleducado, pero sí le preocupa que se discrimine a personas por su orientación sexual o que la igualdad salarial todavía no sea un hecho. Y eso hay que denunciarlo. También entre el glamour de las alfombras rojas.


(Publicado en Neupic)

lunes, 16 de febrero de 2015

No tienen futuro

En un vídeo hecho público este domingo los terroristas del autodenominado Estado Islámico advierten a los "cruzados" que solo alcanzarán seguridad en sus sueños. Este aviso lo realizan antes de decapitar brutalmente a 21 cristianos coptos en una playa de Libia.

Cruzados. El término se gestó para referirse a quienes participaron en las Cruzadas, las campañas llevadas a cabo en la Edad Media para enfrentarse a los enemigos de la Cristiandad y recuperar Tierra Santa. Lo cierto es que entonces, como ahora, también se cometieron innumerables salvajadas en nombre de un dios. 

Las semejanzas son abundantes y no parece descabellado comparar aquellas guerras santas cristianas con la guerra santa de los yihadistas actuales. En ambos casos la misión es imponer una religión gracias a las armas -sean espadas o kalashnikovs-. Y en ambos casos esa religión que se impone debe convertirse en ley y regir la vida de todas las personas -sea el derecho canónico o sea la sharia-. Las diferencias residen básicamente en las posibilidades técnicas y el alcance y la repercusión de las matanzas llevadas a cabo por los radicales, ya sea en nombre de una cruz o de una luna.

Con esto se podría afirmar que los terroristas del Estado Islámico y de cualquier fundamentalismo religioso que pretenda imponer sus creencias por la fuerza son no solo salvajes, sino que son RETRASADOS. Y eso es algo que tiene que ser difícil de asumir, porque nadie quiere aceptar que forma parte del pasado. Por eso aprovechan las modernas técnicas propagandísticas y los estudios sobre la materia, la globalización del mundo, el acceso a las redes sociales o las herramientas de rodaje y edición de vídeo para intentar engrosar sus filas y para que sus atrocidades impresionen y asusten a todo el planeta.

Es cierto que en muchos países, sobre todo de mayoría musulmana, todavía es muy importante el poder que acumulan las instituciones religiosas y la influencia de las leyes del derecho islámico. E incluso en los países occidentales hay quienes todavía buscan imponer sus leyes sagradas a los demás. Pero el futuro no les pertenece. Estos comportamientos están condenados a extinguirse porque desde la Ilustración las sociedades tienden hacia la laicidad y el respeto de las libertades, incluyendo la libertad religiosa, de forma que todos podamos profesar nuestras distintas creencias en paz y armonía.

Y es horrible que en la actualidad se decapiten personas en el norte de África, que se dispare a periodistas y policías en Francia o en Dinamarca, que se secuestre a niñas en Nigeria o que se criminalice a los homosexuales en Rusia. Son hechos que reflejan un pasado que, por suerte, se acabará. Por eso los radicales tienen miedo, porque saben que pertenecen al pasado. Porque saben que no tienen futuro. Y quizá habría que demostrárselo.

(Publicado en Neupic)

martes, 27 de enero de 2015

¿Qué vale más que la libertad?

“Parece tenebrosamente surrealista pero es lamentablemente real”

Estos términos utilizaba Carlos Boyero, crítico de cine de El País, para referirse a Timbuktu tras su presentación en Cannes allá por mayo. No vamos a detenernos en la calidad formal de la película, de la misma forma que nadie ha entrado a valorar la calidad artística de las viñetas de Charlie Hebdo. Hay aspectos mucho más importantes que el montaje o los planos utilizados.

Timbuktu es una coproducción entre Mauritania y Francia que muestra las atrocidades de un grupo radical islamista en la ciudad maliense de Tombuctú. Como toda expresión artística o comunicativa que huela a libertad, los grupos extremistas han intentado silenciarla.

Así hacen siempre: amenazan, atacan, asustan... Lo vimos hace unas semanas en París, ocurrió algo similar con Corea del Norte y The Interview. Y aunque no se haya hablado tanto de ellos ni nos hayamos manifestado en masa, también lleva pasando durante demasiado tiempo en Nigeria con Boko Haram o en Kenia con Al Shabab. Los casos son incontables. Aunque parece que únicamente hacemos caso de aquellos que nos tocan más cerca. De los que ocurren en Occidente, como si los de aquí fuéramos más importantes. Como si un dibujante francés valiera más que un minero keniano.

Si comencé hablando sobre Timbuktu es porque hace un puñado de días un festival de cine belga tuvo que ser suspendido por el "particularmente elevado" riesgo de atentado. Aunque no existe una confirmación oficial, se presupone que se debe a la proyección de esta película. Aunque se han buscado soluciones y la película se ha proyectado en otros cines de la ciudad y del país, la libertad de expresión es la que ha vuelto a salir perjudicada.

Y de nuevo, aquí estamos hablando de un festival de cine en Bélgica, olvidándonos de lo que ocurre fuera de Europa y de Estados Unidos.

Quizá sea porque nos sentimos impotentes, sabiendo que nuestras posibilidades de actuar en Kenia, Nigeria o Siria son reducidas, especialmente sin recurrir a los aviones, las bombas y las armas. Quizá sea porque pensamos que es más sencillo defender las libertades que tanto nos ha costado conseguir, demostrando de qué somos capaces cuando estamos unidos. Porque la millonaria tirada de Charlie Hebdo tras el ataque demuestra que no fueron capaces de acobardar a los dibujantes y periodistas. Porque las manifestaciones que llenaron las calles de toda Europa con pancartas a favor de la libertad de expresión y de culto demuestran que no fueron capaces de imponer sus leyes. Porque los espectadores que acudieron a los cines a ver Timbuktu o The Interview tras haber intentado ser censuradas por extremistas demuestran que no fueron capaces de silenciar las expresiones artísticas.

Al fin y al cabo, tampoco es mala forma de luchar. Utilizar nuestra libertad, ser libres, es lo que más duele a quienes intentan imponer sus ideas y sus leyes por la fuerza. Pero no nos olvidemos de aquellos que no pueden utilizar esa libertad. Sencillamente porque no la tienen. Y no se la merecen menos que un francés o un belga.


(Publicado en Neupic)

sábado, 8 de noviembre de 2014

El cine es una Fiesta para todo el año

La última edición de la Fiesta del Cine, celebrada durante los días 27, 28 y 29 de octubre, ha conseguido que más de 2 millones de personas acudan a las salas para disfrutar de la cartelera: en pantalla gigante y con sonido envolvente. Los cinéfilos hemos disfrutado de proyecciones a un precio asequible, toda una suerte dado los tiempos que corren y con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina. Para poder beneficiarse de este chollazo, los organizadores, en esta ocasión, han facilitado la adquisición de entradas promocionales, individuales y para grupos, desde la página web oficial; no obstante, los menores de 14 años y las personas mayores de 60 estaban exentos de obtener dichas acreditaciones. Todo había sido dispuesto para que las salas de cine recuperasen ese tono vivo que desde hacía tiempo se estaba apagando. No es de extrañar que el último día de la promoción fuese el que más afluencia de espectadores alcanzase, nadie quiso perder la oportunidad de ver los grandes títulos que conjugan la cartelera actual.

Son tantas las buenas producciones que una de las mejores opciones era hacer sesión continua para no dejar escapar ninguna. Por suerte, había cintas para todos los gustos, desde comedia española hasta cine de terror y superproducciones para ser admiradas, preferiblemente, en 3D. Según los datos de asistencia que se han recogido hasta el momento, las películas más vistas durante la Fiesta del Cine han sido: Drácula, la leyenda jamás contada, Torrente 5, Operación Eurovegas y The Equalizer: El protector. Otras, como Perdida, La isla mínimaEl juez o Annabelle, también han obtenido muy buenos datos. Todos los que asistimos a la fiesta del celuloide, sea cual fuere nuestra opción, reafirmamos nuestro gusto por el cine y comentábamos cuánto nos gustaría asistir con mayor frecuencia. Y es que ir al cine siempre ha sido una de las aficiones por la que más hemos optado cuando de disfrutar del tiempo libre se trata. El confort y el ambiente que se crea en las salas es inigualable a cualquier otro soporte donde se pueden reproducir películas.

Hacia la revitalización del cine


Las instituciones públicas, al igual que lo hacen en otros países, deberían apostar más por nuestras salas y filmaciones cinematográficas, los resultados obtenidos en esta pasada Fiesta del Cine lo requieren. La mayoría de los medios han evolucionado en la última década hacia nuevas formas y soportes para ofrecer contenidos, mientras que nuestras salas de cine han sido poco estimuladas y, por el contrario, han sufrido un fuerte mazazo con la desmesurada subida de precio de las entradas. El cine es parte de nuestra cultura, de nuestros hábitos, y algunas de las historias que hemos presenciado desde la butaca han sido cómplices de muchas de nuestras emociones, provocando más de una carcajada incontrolable y contribuido a que se produzcan esos inolvidables amores en el cine de verano.
 
FOTO: El Heraldo de Aragón
En la última década las producciones de cine se han visto afectadas por numerosos factores negativos que han causado un descenso brutal, tanto de las recaudaciones obtenidas como de las asistencia de espectadores a las salas. Estas adversidades no han hecho otra cosa que erosionar un sector que alberga a distintos profesionales que trabajan detrás de cada una de las filmaciones que después encontramos en la cartelera de nuestra ciudad. Advertimos que no pretendemos detenernos en las desgracias que sabemos llevan consigo los despidos y cierres continuos de empresas audiovisuales; sin embargo, sí tratamos de destacar los beneficios del cine en el espectador y reivindicamos, al igual que celebramos con energía, la tendencia positiva en la que se encuentra  el sector en los últimos meses.

Las ganas de los espectadores por recuperar el hábito de acudir con frecuencia a las proyecciones de películas en el cine se han visto revitalizadas con promociones tan interesantes como la Fiesta del Cine. Esto demuestra que los espectadores están dispuestos a pasar parte de su tiempo de ocio en las salas cinematográficas. Todos vivimos con ilusión los instantes previos al comienzo de una película: comentamos nuestras impresiones, charlamos sobre qué actores participan o, simplemente, esperamos con impaciencia a la historia que en breve se construirá sobre la gran pantalla. Asistimos en compañía, con nuestra pareja o bien con la familia al completo, hay quien, incluso, acude en solitario porque prefiere admirar la película sin que nada ni nadie le entretenga. El cine no concluye cuando termina la cinta, todo lo contrario, en ese momento asimilamos todo lo que hemos presenciado y forjamos nuestras opiniones y conjeturas para compartir con los demás: ¿recuerdas las ocasiones en que una película de terror sobrecogedora ha sido comentada con diferentes personas por la impresión que nos ha causado?; ¿cuántas veces hemos debatido esos finales incompletos con nuestros acompañantes durante muchas horas después? ¿Y la satisfacción que sentimos al ver a los pequeños de la casa sonreír y emocionarse con las aventuras que han estado viviendo hace tan solo un momento? Estas y muchas otras circunstancias son producto de esa magia que va adherida y nos proporciona el cine. Los que de verdad apreciamos el valor del cine sabemos que hay muchas maneras de disfrutarlo, y no nos perdemos los estrenos más esperados, por todos los medios, tratamos de asistir a un preestreno y no hacemos otra cosa que alabar las sensaciones que nos suscita el cine.

Por una Fiesta constante


Los precios bajos de las entradas son el aliciente perfecto para que volvamos a poblar las salas, y hagamos de la Fiesta del Cine una festividad para celebrar varias veces al año, con la misma afluencia e intensidad que se merece. ¡Todos al cine!: celebra Mortadelo en el spot promocional de la campaña, y razón no le falta cuando afirma que es la ocasión perfecta para que nadie se quede sin sus entradas. Es difícil encontrar a alguien que no acuda con regularidad al cine por otra razón que no sea por el elevado precio de las entradas. Por ello nosotros seguiremos defendiendo nuestra propuesta, mientras cruzamos los dedos para que la organización de la Fiesta del Cine nos traiga, cuanto antes, más días dedicados al espectador.


Autor: Víctor Manuel Arenas

jueves, 6 de noviembre de 2014

Una fiesta solo en el precio

Son muchas las personas que entre los días 27 y 29 de octubre que duró la Fiesta del Cine se acercaron a las salas a disfrutar de un placer que, habitualmente, no pueden o no quieren permitirse. Más de dos millones de entradas se vendieron al precio de 2,90 euros. Un nuevo récord para esta séptima edición de la Fiesta.

Para la gran mayoría, la conclusión es sencilla: la gente sigue queriendo ir al cine y si las entradas costaran todo el año este dinero muchísimas más personas acudirían a unas salas cada vez más vacías. Esa fue mi conclusión también tras la edición de 2013, la que puso a este evento en boca de todos. Pero tras las dos ediciones de este año me parece un análisis demasiado simple. No digo que esta campaña haga mal a la industria, pero creo que tampoco le hace demasiado bien.

¿Entonces por qué se adhiere el 95% de las salas a la promoción?

Pues precisamente por eso, porque es una promoción que quizás permita atraer a las salas a un público que había olvidado lo que se siente en un hall que huela a palomitas rodeado de gente o en un medio de una sala oscura con un sonido envolvente. Ojalá esa gente vuelva tras la Fiesta y pague los hasta 12 euros que se pagan en algunos cines habitualmente -que conste que con mi artículo no intento defender estos precios, me parecen aberrantes, dicho sea de paso-. El objetivo real es ese, recuperar espectadores en un corto o medio plazo, no llenar las salas durante un puñado de sesiones para así recaudar algo y que el resto de días esas salas continúen vacías.

Y esto no se ha cumplido si observamos las cifras del fin de semana que siguió a la Fiesta del Cine. Podríamos pensar que de esos casi 2,2 millones de espectadores, alguno se habría emocionado tanto con la idea del cine que habría vuelto más ilusionado que nunca durante el fin de semana. No sucedió tal cosa -ni en el fin de semana de Halloween cuando muchos acuden en busca de ciertas dosis de terror-, y las entradas vendidas fueron unas 950.000 según Rentrak Spain. Pensemos que solo el miércoles se habían cortado más 900.000 tickets.

Vale que hubiera un Madrid-Barça la tarde del sábado y que no había en cartel estrenos de grandísimo renombre, pero ya ha ocurrido en las anteriores ediciones de la Fiesta que los fines de semana anterior -aquí las cifras fueron todavía más duras puesto que muchos se reservaron el fin de semana para asistir al cine los días siguientes mucho más barato- y posterior suelen sufrir importantes descensos de espectadores. O lo que mi abuela definiría como pan para hoy, hambre para mañana. Y todavía más hambre para ayer, claro.

Otro motivo para que los cines se adhieran es que sería mucho peor no hacerlo. La alternativa es tener casi todas las salas vacías porque los espectadores están en los otros cines de la ciudad. Y eso sí que no cubre los costes.

Precios que no cubren costes

Juan Herbera analizaba en su ya clásico Desde la taquilla el reparto que se hace del precio de las entradas. Su conclusión era que un precio de 2,90 euros -o un poco superior, que viene a ser casi lo mismo- solamente permite ganar algo a los cines si se vende una cantidad ingente de entradas. Y esta cantidad es verdaderamente grande, porque incluso en estos tres días, con las colas que se han producido y con todo el furor que ha acompañado a la campaña, ha habido cines que han perdido dinero porque la asistencia a las salas no ha sido suficiente. Y es que ni siquiera concentrando la Fiesta del Cine en periodos de tiempo muy cortos se consigue llenar todas las salas.

Pero es innegable que la asistencia a las salas es masiva y, aunque agobiante, es una gozada ver tanta gente haciendo cola para ver una película. El hecho de que la promoción se concentre en tres días cada seis meses hace que la demanda sea la que es; cuando algo se reduce a una quinta parte de su precio habitual, la gente acude como loca. Cuando algo se percibe como una oportunidad casi irrepetible, el efecto llamada es más que notable. A esto se suma el ambientillo que hay en las salas y las ventajas ofrecidas por los organizadores para comprar las entradas por Internet. Pero no nos engañemos, si ese precio se mantiene constante en el tiempo, no vamos a volver a ver un miércoles con casi un millón de espectadores en nuestros cines.

No niego que con precios más bajos la asistencia a las salas aumente, pero no va a aumentar lo suficiente como para cubrir los cuantiosisímos -con "sí" extra incluido- gastos de los exhibidores: la tarifas de luz más cara de Europa, un 23% de IVA cultural, el inmenso porcentaje de las distribuidoras...

Otros factores relevantes

El precio es clave, y más en la coyuntura económica en la que nos encontramos, pero quizás las salas deban plantearse alternativas que vayan más allá del precio. Estados Unidos también está sufriendo su particular annus horribilis, lastrado por la falta de nuevas ideas y por la abundancia de secuelas, precuelas, remakes, spin-offs y reboots. El 3D, que cuando apareció casi de la mano de Avatar fue calificado como el avance más importante en el séptimo arte desde la introducción del color, se ha quedado un tanto estancado y no siempre la mejora de la experiencia sensorial justifica el sobreprecio.

Luego hay que pensar en los gastos complementarios de palomitas, refrescos y golosinas, que tampoco son baratos. La pérdida de calidad en el servicio, con menos empleados y acomodadores, y la falta de renovación en las campañas de marketing no centradas en el precio. Porque si, encima de subir los precios, el servicio no es bueno, entonces el problema se agrava.

Además, no podemos olvidarlo, es extremadamente fácil descargarse una película -legal o ilegalmente- y verla en tu salón en tu gran pantalla LCD y con la luz apagada mientras comes palomitas hechas en el microondas sin que nadie te moleste. Y es que hay cada vez más alternativas a las salas, y por mucho que baje el precio, nunca va a ser más barato que la televisión o el ordenador.

Yo he pagado recientemente 8,30€ en un cine en versión original en Austria para ver Perdida (Gone Girl, 2014, David Fincher) y la sala estaba casi llena. Vale que el nivel de vida sea más alto, pero no es una diferencia de precios tan grande. Así que habrá que buscar otras explicaciones. Algunos ejemplos pueden ser la distribución de mayor variedad de snacks y aperitivos -cierto que aquí también hay detractores, pero ampliamos la posibilidad de ingresos complementarios-; mayor importancia a las películas en VO y VOS; actividades especiales con proyección de clásicos... Son solamente algunas ideas, pero quizás sea bueno pensar en promociones más allá de las centradas en el precio.

En muchas ciudades tomarse una copa una noche es más caro que una entrada de cine. Y una entrada para un partido de fútbol, con una duración muy similar, es bastantes veces mayor que el acceso al cine. El placer que a cada uno será el que finalmente nos lleve a decidir en qué gastamos nuestros escasísimo dinero. Ojalá hubiera más personas dispuestas a pagar el precio de una entrada, fuera el que fuera, pero la afición al cine no aumentará únicamente con entradas más baratas.