domingo, 8 de mayo de 2016

Periodistas vivos y libres

La primera semana de mayo de 2016 ha sido de una intensidad inusual para el periodismo. El día 3, martes, se celebraba el Día Mundial de la Libertad de Prensa, un recordatorio anual de la importancia –y por desgracia, la todavía utopía- de unos medios de comunicación libres. El día siguiente el diario El País celebraba el 40 aniversario de su fundación: cuatro décadas de periodismo inevitablemente ligadas a cuatro décadas de democracia en España. Aun hoy, con sus luces y sus sombras, es el diario de referencia en nuestro país. Y a su estela desde hace ya muchos años, un diario valiente que, ese mismo día, por primera vez desde 1994, no salía a la calle. Sus trabajadores convocaban una huelga para protestar por los 224 despidos que el grupo Unidad Editorial tiene planeados. Y para sacarle brillo a la semana, la entrega de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo y el Premio de Novela Fernando Lara, que entregan El País y la Editorial Planeta, respectivamente.

Una celebración internacional, un aniversario, una huelga por un ERE y dos entregas de premios. Analizadas con cierta profundidad sirven para ilustrar la situación del periodismo en nuestro país de una forma bastante acertada: las reivindicaciones pendientes, la necesaria evolución de los soportes, la crisis de empleo y la diversificación y creciente concentración del sector han sido visibles a lo largo de estos días.

FOTO: ATLAS
Pero la gran alegría llegaba el sábado de forma inesperada. Los periodistas Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre eran liberados tras casi un año secuestrados en Siria. Tres periodistas valientes y comprometidos que, por fin, pueden volver a casa.

En una era en la que la información parece estar al alcance de la mano, son los periodistas que se atreven arriesgar su vida y su libertad, como hicieron Antonio, José Manuel y Ángel, los que nos demuestran que aun necesitamos profesionales que se acerquen a la realidad para contarnos lo que verdaderamente ocurre.

Necesitamos periodistas entregados que lleven a cabo una tarea ingente de análisis para descubrir qué nombres y por qué aparecen en los Papeles de Panamá.

Necesitamos periodistas responsables que sepan anteponer lo que importa, como los bombardeos sobre una campo de refugiados en Siria, frente a lo que vende, como el fútbol. Necesitamos periodistas valientes que realicen sátiras sobre Erdogan aunque eso les enfrente a la justicia de la idealizada Alemania. Necesitamos periodistas comprometidos que, desde la pluralidad, el debate y el respeto, nos proporcionen el análisis e información necesarios para poder tomar las decisiones adecuadas.

Necesitamos, si de verdad queremos democracia y libertad, que el periodismo, como Antonio, José Manuel y Ángel, siga vivo y libre. Y si necesitamos todo esto es porque todavía no lo tenemos. La entrega, la responsabilidad, la valentía y el compromiso son, en estos momentos, valores más escasos de lo que la sociedad necesita.

Pero ahora no toca lamentarse. Toca luchar por todo ello. Y toca, gracias al trabajo de quienes lo hicieron posible, alegrarnos porque tres periodistas están no solo vivos, sino libres. Y con ellos, el periodismo está un poco más vivo. Y es un poco más libre.

(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

lunes, 25 de abril de 2016

"No me jodas"

"No me jodas". Esa fue la expresión de casi todos los seguidores de Juego de Tronos (Game of Thrones, 2011, David Benioff y D.B. Weiss) tras la última escena de la quinta temporada de la serie. No voy a decir de qué se trata por si alguien no está al día con los capítulos, pero fue algo gordo. Como casi todo en esa serie grandilocuente y excesiva que, aunque será blanco de mis críticas en las próximas líneas, reconozco que también me tiene enganchado.

Ese es el mérito de la serie basada en el universo creado por George R. R. Martin. No es la mejor de la historia, pues hay muchas otras, actuales o no, que narrativa y conceptualmente son superiores. Pero las comparaciones en el arte (y las series de televisión lo son, igual que el cine o la música) son especialmente odiosas y no voy a entrar en ellas. Lo que sí parece claro es que la capacidad de generar interés, expectación y casi adicción de esta serie de la HBO es incomparable. Ya sea por el fenómeno fan, por la espectacularidad visual o por las campañas de marketing, medio mundo está paralizado ante la llegada este domingo de la sexta temporada de la serie.

Precisamente esa parálisis, esa atención desmesurada por parte de algunos medios de comunicación, me hace pensar que habrá diarios que titulen a cinco columnas: “Los Caminantes Blancos saltan el Muro de Hielo”. No sé si eso pasará en la serie (ojalá no, pobres habitantes de Poniente), pero lo que sí ocurre a diario es lo contrario: caminantes que llegan a fronteras y no pueden saltar sus muros. A ellos, que no son el peligro, sino que huyen de él, no les dedicamos esta semana entrevistas ni reportajes. Ese espacio está reservado para Cersei Lannister, Arya Stark o Daenerys Targaryen.   Sobre todo en las redes sociales y en los sitios web de los medios, pues ahí la atención prestada ha sido verdaderamente desmesurada.

Comprendo que los medios (insisto, solo algunos deben darse por aludidos) ofrecen determinados contenidos porque sus compradores y usuarios quieren informarse sobre ellos. Es totalmente comprensible que nuestros intereses sean esos. Somos libres para preocuparnos de asuntos banales. Y hacer uso de esa libertad, decidiendo que queremos divertirnos con una serie de televisión, es una forma de defenderla frente a quienes quieren imponernos sus normas y su terror. El problema no es de la sociedad, que está ejerciendo su derecho, sino de los medios, que no están ejerciendo su responsabilidad.

Porque hay una cantidad ingente de temas de mayor relevancia que una serie, y es responsabilidad de los medios de comunicación tratarlos con la profundidad que merecen aunque haya menos personas dispuestas a hacer clic en esa noticia. Y no solo por el hecho de ofrecer el contenido que verdaderamente importa independientemente de lo rentable que resulte, sino también porque no se debe sobredimensionar un fenómeno que, por popular que sea, interesa únicamente a una parte de la sociedad.

Ocurre algo parecido con el fútbol, salvo que en ese caso la parálisis y la concentración de los medios es mayor y más generalizada. Pero esa crítica no toca ahora mismo (junio está a la vuelta de la esquina), porque la actualidad lo que pone sobre la mesa es el fenómeno Juego de Tronos.

Y mientras tanto, Acnur teme que un naufragio en el Mediterráneo esta semana haya causado la muerte a 500 migrantes justo un año después del hundimiento en el que 700 personas perdieron la vida cuando intentaban llegar a Europa.

Ah, pero, eso sí, por favor, que alguien resucite a Jon Snow. No me jodas...


(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

viernes, 22 de abril de 2016

“Si vemos la Marca España como algo comercial, no hay duda de que nuestro idioma y nuestra cultura son sus productos estrella”

Aprovechamos el cuarto centenario de la muerte del autor del Quijote y las bodas de plata del Instituto Cervantes para hablar con Carlos Ortega, director del Instituto en Viena


Faltan unos días para que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Su legado literario es incuestionable, pero va mucho más allá de eso. De hecho, y aunque pueda resultar curioso, su creación más popular, el Quijote, “ha inspirado más música que literatura”. Son palabras de Carlos Ortega Bayón, que forma parte de la importante herencia del Príncipe de los Ingenios. 

Este vallisoletano nacido en 1956 dirige la sede del Instituto Cervantes en Viena desde septiembre de 2015, en la que es su segunda etapa al frente de la sede vienesa de esta institución. Entre medias estuvo al frente de la sede del Instituto en la ciudad alemana de Bremen. También ha dirigido la editorial Losada y la Biblioteca Nacional entre 1994 y 1996. Un hombre, por lo tanto, del mundo de la cultura y las letras. Una personalidad que no desentona en una sociedad “culta” como la del país centroeuropeo. 

Y menos en una ciudad como Viena, en la que “el aspecto cultural es esencial, por lo que se necesita hacer cosas de nivel”. Una de ellas pretende ser la semana cervantina que se celebrará en la capital austriaca entre el 6 y el 10 de junio para conmemorar el cuarto centenario de la muerte del polifacético escritor.

Y es precisamente “el multifacetismo de los muchos Cervantes que existen” el aspecto en el que se centrarán las actividades musicales, académicas, teatrales, cinematográficas y, por supuesto, literarias que se celebraran esos días. No olvidemos que el autor del Quijote fue un escritor que tocó prácticamente todos los géneros y que, además de la escritura, desempeñó muchos otros oficios para poder sobrevivir en aquella España de finales del siglo XVI y principios del XVII. Una figura que constituye un mundo en sí mismo; o, mejor dicho, un universo. Así se titulará el conjunto de actividades programadas: Universo Cervantes.

Esto en Viena. Pero el Instituto Cervantes no se ha olvidado del genio de quien toma el nombre, y sus sedes en todo el mundo han planeado numerosos actos con motivo del cuarto centenario de su muerte. Y no solo esta institución, pues Ortega defiende que, a pesar de haberse producido “cierto descuido en la comunicación, en parte debido a la falta de gobierno desde que se convocaron las elecciones”, sí se han planeado actos para celebrar esta efeméride, especialmente porque “parece que los poderes públicos tienen la necesidad de ensalzar periódicamente a alguna de sus figuras”. Y eso que el padre del Ingenioso Hidalgo no sería quien más los necesita, ya que “siempre tiene el foco puesto”.
“Parece que los poderes públicos necesitan ensalzar periódicamente a alguna de sus figuras”
Esto se debe a su condición de “clásico”. Una calificación que también podemos otorgar a William Shakespeare, con quien comparte homenajes derivados de su coincidente fecha de defunción. La obra de ambos “tiene validez en todas las épocas, algo que prueba su calidad”, pero no los convierte en los mejores escritores de la Historia de la Literatura. Ese título no existe porque “en la literatura, como en todas las artes, no valen los rankings. En el arte no existe el progreso”. Una conclusión muy acertada si nos paramos a pensar: “¿es mejor una obra de Andy Warhol que las pirámides de Egipto? ¿Qué posición ocuparían Homero, Sófocles o Platón dentro de la Literatura?”. 

El Instituto Cervantes y el español

Carlos Ortega, Licenciado en Filología Alemana y Francesa, habla como un hombre de letras. No esconde que hay cosas que escapan a su conocimiento, pero opina de forma fundamentada sobre aquellas que sí conoce, que no son pocas. Tampoco oculta la crítica cuando es necesaria, pero no la derrocha sin motivo. Y todo ello, con un tono calmado y suave. Solo alza la voz en un momento de la entrevista, tras ser preguntado por la labor realizada en los 25 años de vida del Instituto Cervantes. “¡Es una institución increíble!”, pues “a pesar de su juventud, se codea con instituciones hermanas como el British Council [fundado en 1934] o el Goethe-Institut [que data de 1951], que cuentan con más de 50 años a sus espaldas”. Además se trata de un organismo “baratísimo para el Estado y para la sociedad”, a través del que se consiguen “una importante presencia internacional y una diplomacia blanda o cultural, que consigue crear lazos más estables y profundos que las relaciones puramente económicas o políticas”. Naturalmente, sin olvidar la difusión de la lengua.
“En la literatura no valen los rankings. En el arte no existe el progreso” 
Una lengua, el español, que se habla en más de 20 países. “Uno de los aspectos esenciales del Instituto Cervantes es su riqueza, pues también nos permite acercarnos a Latinoamérica y servir así de vehículo y de lugar de encuentro de la cultura en español de todo el mundo”. 

Esa es la importancia del idioma, junto a la de “transmitir la mentalidad de las distintas sociedades”, repercutiendo en nuestra propia forma de ser. Una muestra: el alemán es un idioma “preciso, que exige una férrea disciplina y una elevada responsabilidad al permitir crear palabras a través de la unión de términos ya existentes”; el español, por su parte, es una lengua que nos permite “un alegre estado, con mayor libertad porque, por ejemplo, podemos colocar el adjetivo en el lugar que queramos”. Estamos describiendo lenguas, pero bien podría tratarse de un estudio de la diferente personalidad de españoles y austriacos.

No obstante, en la literatura “no hay grandes diferencias, puesto que ambos países pertenecen a la cultura europea y occidental”. Quizá la más reseñable sea la mayor introversión de los autores austriacos. Ortega cita como ejemplos a Joseph Winkler o Thomas Bernhard, sin embargo, también menciona que “esa timidez puede dispararse y dar lugar a una tremebunda audacia en algunas de las obras de escritores austriacos”.

Otro aspecto diferenciador entre ambos países, en este caso en lo referido al lector, es la afición de los austriacos por el teatro, lo que genera un “gran dinamismo en la producción de literatura para teatro”. Por lo demás, cabe mencionar que “la producción editorial austriaca es pequeña, con gran proliferación de la novela negra o policíaca por ser el género que más gusta al público”. En este sentido, Ortega lamenta que en España, sobre todo los jóvenes, lean poco. Mas se muestra escéptico ante estos datos porque, parafrasea a Winston Churchill, “hay verdades, medias verdades, mentiras y estadísticas”.

Otro lamento llega por la escasa habilidad de los españoles para aprender idiomas. Pero, existe una explicación histórica: “hasta ahora, nunca hemos tenido necesidad de conocer idiomas, eso lo ha marcado nuestra Historia, porque hemos vivido confinados y enclaustrados y solo el turismo fue capaz de abrir un poco las puertas a otras lenguas”.

Y tanto ese turismo, derivado del sol del que gozamos en España, como la producción automovilística -España es el segundo productor europeo de coches tras Alemania y está entre los cinco primeros a nivel mundial-, conforman para Carlos Ortega los “productos estrella de la Marca España, siempre que entendamos esta desde su vertiente más comercial”. Y sí, en ese trío de cabeza están incluidas nuestra lengua y nuestra cultura. 

Ambas le deben mucho a Miguel de Cervantes. Y mucho le debe también el Manco de Lepanto al Instituto que lleva su nombre por mantener viva su memoria. Y en especial, somos todos nosotros los que debemos mucho a quienes hacen posible que esta institución siga llevando la riqueza del español por el mundo.

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Mañana Madrid?

Los ataques en Bruselas nos han hecho revivir lo que hace pocos meses habíamos sentido tras la masacre de París. Que no era sino una repetición de lo ocurrido en Londres y en Madrid unos años atrás. Otro ataque que, no por esperado, pudo ser evitado.

Y hoy lloramos a las víctimas y nos solidarizamos con Bélgica. Como seres humanos no podemos hacer otra cosa. Pero tampoco podemos olvidar que más allá de Europa y de Occidente se siguen sucediendo los atentados, tanto o más dramáticos que el de la capital belga. De Turquía a Nigeria, pasando por Siria, Costa de Marfil o Libia. Debemos ser cuidadosos con nuestra eurocéntrica visión de la realidad y luchar para que no nos impida sentir dolor por las víctimas de países lejanos cultural y geográficamente.

Pero sabiendo que ninguna víctima vale más que otra, es cierto que el ataque de ayer no iba únicamente dirigido contra personas, sino también contra valores y principios. Son la solidaridad, la separación entre religión y estado, la seguridad, la libertad o la defensa de los Derechos Humanos. Son los valores que encarna una Unión Europea con sede en Bruselas. Son los valores que en los últimos meses en general, y en los últimos días en particular, nosotros mismos parecemos dispuestos a echar por tierra.

La política de rechazo a los refugiados, el cierre de fronteras o la islamofobia no hacen sino fomentar el odio de unos y otros. No se trata de levantar alambradas para que no entren los terroristas, porque solo frenan a otras personas que están huyendo del mismo o de otro terror. De lo que se trata es de evitar que nuestros propios ciudadanos o aquellos que se vuelven a nosotros en busca de ayuda sean discriminados, marginados y criminalizados. Se trata de evitar que aquellos que viven o quieren vivir con nosotros se conviertan en blanco fácil de la propaganda de unas organizaciones que consiguen lavar el cerebro a jóvenes a quienes nuestra sociedad ha dejado de lado.

El ataque de esta mañana a la mezquita de la M30 por radicales de extrema derecha nos muestra lo fácil que es dejarnos llevar por el odio y el miedo. Y por la ignorancia y la estupidez. Quienes acuden a esa mezquita a rezar no tienen nada que ver con quienes ayer pusieron bombas en Bruselas. Quienes acuden a esa mezquita a rezar tienen tantas posibilidades de ser víctimas en un posible ataque a Madrid como quienes vilmente lanzaron bengalas sobre el templo y desplegaron un cartel con el texto "Hoy Bruselas, ¿mañana Madrid?".

Los que lanzaron botes de humo y bengalas a la mezquita y los que ayer colocaron bombas en los medios de transporte bruselenses tienen muchas similitudes. Ambos fomentan el odio, se retroalimentan. El ataque de Bruselas hace soñar a los extremistas xenófobos europeos, porque ven un escenario en el que pescar votos para sus partidos políticos. El ataque de la mezquita madrileña hace sonreir a los terroristas, porque ven cómo se crea un caldo de cultivo ideal para captar más adeptos. Y tanto unos como otros tienen algo básico en común. El miedo. Son unos cobardes.

Por eso no podemos ceder al miedo. Debemos celebrar la vida, ser felices, viajar, reir y amar. Debemos ser libres y valientes. Eso no lo entienden los locos que quieren imponer su odio y su extremismo intransigente. Tienen miedo a la libertad. Por eso no podemos perderla cuando quieran imponernos su terror.

Rezo para que no haya más víctimas de la sinrazón. Y ojalá los dirigentes, la comunidad internacional y los cuerpos de seguridad del mundo consigan evitar futuras masacres. Pero la posibilidad de que puedan producirse no puede condicionar nuestra vida. No podemos ceder ante su chantaje. ¿Que esto es una guerra? Sed felices, generosos, respetuosos y valientes. Sed libres. Ellos no pueden ni soñar con esas armas.


(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

sábado, 12 de marzo de 2016

Los efectos de una nueva realidad informativa

La reconversión de El País ejemplifica cómo Internet y las nuevas tecnologías han obligado a medios de comunicación y a periodistas a emprender importantes procesos de renovación.


FOTO: Facebook
Es posible que sea una de las imágenes del año; Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, entrando sin ser visto en un salón del Mobile World Congress de Barcelona repleto de periodistas absortos en un mundo paralelo gracias a visores de realidad virtual. La estrella del congreso estaba pasando a su lado y los periodistas ni siquiera se estaban dando cuenta. Su atención al mundo virtual les impedía descubrir la noticia que se estaba produciendo a un par de metros. Los más agoreros pueden pensar que es una premonición sobre un futuro en el que la realidad digital nos impedirá vislumbrar lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que esa tendencia ya se aprecia en nuestra sociedad. Y el periodismo no está siendo ajeno a ella. 

Los medios digitales llevan ya años adquiriendo un protagonismo que afecta, además de al resto de medios, a la propia información y a la profesión periodística. Los medios tradicionales no solo compiten con las redes sociales, sitios web o blogs, sino que conviven y convergen con ellos. El ámbito digital es transversal al resto de medios y ya no se concibe una cabecera que no cuente con una página web de calidad, con abundantes y activos perfiles en redes sociales y con una notable actividad de promoción online. Tendemos, por lo tanto, a la primacía de empresas de comunicación multimedia. Además de por la fusión y concentración de grupos, por la inevitable tendencia de estos a diversificarse -o a intentar sobrevivir- gracias al digital. 

Ya en 2010 el catedrático Manuel Fernández Areal opinaba que la división entre los tres medios clásicos –prensa, radio y televisión- era una idea superada. Aunque pueda resultar exagerado, la tendencia es esa, pues Internet ha contribuido a derribar muros entre medios: periódicos digitales que realizan acciones en papel, radios que cuelgan vídeos en sus sitios web, cabeceras de prensa escrita que retransmiten determinados acontecimientos en su página web a través de streaming... 
“Ahora hay muchas herramientas para contar historias y eso no se puede obviar”
Y esta renovación de los medios tiene su extensión lógica en los profesionales de la información. Un presentador televisivo debe saber también cómo gestionar sus perfiles en las distintas redes sociales; un locutor radiofónico deberá conocer cómo realizar podcasts y cómo compartir archivos audiovisuales en plataformas online; y un redactor de una revista o de un periódico deberá saber adaptar sus textos para que sean bien acogidos en un entorno digital. Y todos ellos deberán reciclarse, porque a los criterios periodísticos tradicionales sobre qué es noticiable se unen ahora las reglas que rigen en la red y que permiten que un contenido se vuelva viral o goce de aceptación entre SEOs, community managers, bloggers, followers, etc. 

La variedad de tareas a las que debe enfrentarse el periodista ha aumentado de forma muy notable en el nuevo contexto informativo. En palabras de Álvaro Rigal, redactor jefe de El Confidencial, el “periodista de hoy debe ser más versátil que el de hace diez años: debe ser capaz de contar historias en tiempo real, no pensando en el periódico del día siguiente, y cada vez se valora más que pueda hacer fotos, o vídeo, o visualizaciones de datos...”. 

Aunque “es difícil generalizar”, estas nuevas funciones suponen un desafío para muchos profesionales, que han debido adaptarse y reciclarse, para sobrevivir en un entorno cambiado y cambiante. Cambiado porque poco tiene que ver con el que existía hace un par de décadas; cambiante porque las novedades se suceden ahora a velocidad de vértigo. Aun así, “cuanto mejor sea el periodista menos habrá sufrido con la transformación, porque la matería prima sigue siendo la misma: encontrar noticias y contar buenas historias”. 

La misma línea sigue Fernando Varela, redactor jefe de Infolibre, cuando opina que “las técnicas son las mismas, la esencia sigue siendo conseguir información; lo demás son herramientas, pero la base no es eso, cambian las formas de trabajar, pero no el trabajo en sí”. 

La necesidad de reinvención del periodista se explica por la existencia de nuevos aparatos y sistemas más eficientes, fiables y manejables. En palabras de Rigal, “ahora hay muchas herramientas para contar historias y eso no se puede obviar”. Es evidente que se debe hacer un uso adecuado y proporcional de las mismas, pero su aprovechamiento por parte de un buen profesional, debería permitir que la llamada sociedad de la información estuviera mejor informada que nunca. Que eso se cumpla o no, dependerá de la responsabilidad con la que se estén utilizando estas nuevas oportunidades. 

Renovarse para sobrevivir 

Ese podría ser el lema de una gran cantidad de grupos que han visto que sus únicas opciones para seguir en el mercado pasan por adaptarse a los nuevos tiempos. Álvaro Rigal opina que este contexto “obliga a reinventar la empresa por completo porque la gente está dejando de comprar su producto”. Y añade que es “a los medios cuyo modelo de negocio estaba ligado al papel a los que está obligando a una reconversión más complicada”. 

Fernando Varela, por su parte, entiende que Internet “ha puesto patas arriba los medios tradicionales, no solo el papel. La televisión también deberá adaptarse en el medio plazo; ahora manda el consumo a demanda”. Él entiende que la radio “por su facilidad de consumo, que permite combinarla con otras tareas como conducir o cocinar” podría ser la que tenga que enfrentarse a un menor reajuste. 

Algo en lo que discrepa José Luis Barrios, de la administración de Leonoticias, uno de los medios digitales líderes en la provincia de León. En su opinión, la radio deberá reformular su modelo de negocio, pues “tenderá a emitirse a través de la red, que es mucho mas económico y no precisa de licencias”. Pero también entiende que el cambio llegará a todos los medios porque “el futuro pasa por los contenidos multimedia y, sobre, todo por el video. El video en directo (streaming) y a demanda es el futuro de la información, y este tipo de contenidos solo se pueden soportar sobre plataformas en internet”. Se reafirma en este sentido al opinar que “el futuro del periodismo pasa por este tipo de plataformas [las digitales]”. 

Precisamente el futuro de Leonoticias está ligado al grupo Vocento, que lo adquirió hace dos años, siendo su primera cabecera digital pura. Barrios no duda al respecto: “cuando Vocento decide participar en nuestra empresa su apuesta es clara, el futuro son los medios digitales”. 

Una opinión que comparten los tres profesionales y que también parece compartir el diario de mayor difusión en España. El País, a punto de cumplir cuarenta años, busca convertirse en el referente digital en español a nivel mundial, para lo que está llevando a cabo un intenso proceso de renovación. Algo que no supo hacer Público, que tuvo que echar el cierre a su edición en papel a principios de 2012. Y no han sabido hacerlo otros muchos medios de comunicación -375 desde 2008, según el último Informe Anual de la Profesión Periodística elaborado por la Asociación de la Prensa de Madrid-, que han ido cerrando en los últimos años en los que, a los cambios en el sector, se unió la crisis económica. Eso es lo que quiere evitar el diario líder en España, y para ello busca hacer el mejor uso posible de las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías. 

Se mantendrá “una edición impresa de El País de la mayor calidad durante todo el tiempo que sea posible”, decía el director del periódico, Antonio Caño en una carta abierta a la redacción. Pero la renovación estará centrada en “la construcción de un gran medio digital de cobertura global que pueda responder a las demandas de los nuevos y futuros lectores”. Nuevos perfiles profesionales, nuevos nombres en los cargos directivos, nueva organización interna y una remodelada redacción central son los aspectos principales del cambio. El diario del grupo Prisa busca adelantarse a algo que para muchos parece inevitable. El propio Caño opina que “el trasvase de lectores del papel al digital es constante. Se puede dar ya por hecho que el hábito de la compra del periódico en el quiosco ha quedado reducido a una minoría”. 

Estamos ante un periódico que nació en papel, y que se ha ido convirtiendo en un soporte multimedia, que presta una atención cada vez mayor al digital, pero que en los últimos meses también ha retransmitido con comentaristas en directo debates y jornadas electorales o sesiones de investidura. Los periodistas que hace unos años solamente escribían noticias y reportajes han debido reciclarse, acogiendo además entre ellos a otro tipo de profesionales, para sacar adelante un medio de comunicación que difiere notablemente de lo que conocieron al llegar. Esos periodistas cuentan ahora con mayores y mejores oportunidades para informar, pero también se enfrentan a los retos de hacerlo de una forma y en una situación distintas a las que están acostumbrados. 

La demanda condiciona la oferta 

La explicación de todos estos cambios debemos buscarla en la modificación de los hábitos de compra, lectura y consumo de medios de información por parte de los usuarios. Dado que la actividad del periodista está influida por su público objetivo, es parte de su tarea conocer dónde están sus audiencias y cómo hacerles llegar su producto. Y estas, cada vez más, se encuentran en Internet, por lo que ahí es donde debe buscarlas. Para ello, las técnicas utilizadas y los contenidos producidos deberán ser diferentes, pero no ha cambiado la esencia, pues la autopromoción y la lucha por el público ha existido siempre.
El periodista debe conocer dónde se encuentran las audiencias
La necesidad de llegar al público para lograr que una empresa de comunicación sea rentable condiciona la información publicada. Igual que también condicionan esa información las características técnicas propias de cada medio, la línea editorial, los anunciantes, los directivos, los gobiernos... Estos condicionantes, que no son sino las 5 P’s de censura del trabajo del periodista -Propietarios, Publicidad, Política, Producción y Públicos- que el profesor Ramón Reig lleva años estudiando, no son novedosos ni inherentes a la red. Simplemente se han modificado, ya que los públicos son otros, como también lo son el proceso de producción o la gestión de la publicidad.

Para descubrir esos cambios solo hace falta comparar los contenidos publicados por un medio tradicional y lo que ese medio incluye en su página web o en sus redes sociales. El caso más claro es el de la prensa escrita. Podemos volver a utilizar el ejemplo de El País para comprobar que tanto la forma como el fondo de lo publicado en la red difiere de lo publicado en papel. El tono reposado y serio del periódico tradicional se enfrenta al estilo más ágil y multimedia de elpaís.com, mientras la actividad en Facebook pone el foco menos en la información y más en el entretenimiento, con rankings, polémicas y publicaciones curiosas, en ocasiones cercanas al sensacionalismo.

Y este cambio en los contenidos, que es el que afecta a la organización del medio y al trabajo del periodista, se debe a la demanda de los usuarios. Por eso, quizás lo que vimos en el Mobile World Congress sea simplemente un reflejo de este nuevo contexto, en el que la única forma de contactar y de satisfacer a nuestro público es a través de una realidad virtual que ha transformado por completo la propia realidad.

jueves, 10 de marzo de 2016

La responsabilidad de los acuerdos que firmamos


Turquía fue protagonista en los medios de comunicación el martes tras el acuerdo alcanzado con la Unión Europea, que está dispuesta a pagar 3.000 millones de euros y a hacer importantes concesiones al país otomano para que se quede con los refugiados que no queremos en esta tierra de idílica democracia y de derechos humanos para unos cuantos. Ese mismo día, 8 de marzo, se celebraba el Día Internacional de la Mujer. La llegada a los cines españoles de Mustang (2015, Deniz Gamze Ergüven) este viernes es quizás la mejor reflexión posible sobre ambos asuntos.

Esta cinta, nominada al Oscar y al Globo de Oro a Mejor película de habla no inglesa, ha sido galardonada en numerosos festivales y entregas de premios, además de haber sido alabada por la crítica. Rodada en turco en un pueblo a orillas del Mar Negro, cuenta con un magnífico reparto, sobre todo las cinco jóvenes protagonistas, y con una directora novel que da vida con maestría a un cuidado guion. Mustang narra la historia de cinco hermanas adolescentes que comparten el verano con los chicos de su escuela. Pero su condición de mujeres hará que unos juegos inocentes sean tachados de inmorales y escandalosos. Huérfanas de padre y madre, su abuela y su tío intentarán limitar el despertar sexual y las ansias de libertad de las chicas imponiendo estrictas normas y tratando de convertirlas en lo que se espera que sean: futuras esposas.

Se trata de una magnífica reflexión sobre la condición de la mujer en Turquía: sexualmente reprimida, limitada a su papel de esposa, expuesta a la violencia machista casi sin control y, en definitiva, privada de igualdad y libertad.

No podemos obviar la existencia de países y culturas mucho más discriminatorias hacia la mujer. Lugares en los que el empoderamiento y la rebelión contra el patriarcado –algo que también encontramos en la película- son aun imposibles de concebir, y en las que la violencia contra la mujer no solo no se pena, sino que se incluye en la legislación. Son batallas que también hay que luchar. Pero el caso turco nos toca de lleno y nos convierte en responsables.

Turquía lleva años intentando ser miembro de la Unión Europea. Hasta ahora sin éxito, pero el nuevo acuerdo firmado el martes supone un acercamiento muy importante. Este acercamiento no se ha producido porque Turquía haya dado pasos hacia una mayor democracia, ni hacia una mayor protección de las libertades de expresión e información, ni hacia una mayor igualdad de la mujer como la que se demanda en Mustang. Se produce el acercamiento porque van a quedarse con las personas que no queremos en Europa. Con personas que huyen de la guerra –de las que huyen de la miseria o de conflictos que no sean la Guerra de Siria ni hablamos, porque esas, como dijo el Presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, “que no vengan a Europa”-, y a las que se va a negar el derecho al asilo. En lugar de centrar nuestros esfuerzos en acoger a esas personas, los centramos en financiar a Turquía para que se queden ellos con los refugiados porque consideramos que se trata de un país lo suficientemente "seguro".

En Europa se nos llena la boca al hablar de democracia, de libertad, de igualdad, de derechos humanos... pero esas palabras no concuerdan con el régimen de Erdogan, que gobierna en Turquía con mano de hierro. Esos valores sí concuerdan con la mentalidad de muchos turcos, pero es con sus gobernantes con quienes firmamos los acuerdos. Y son ellos los que no tienen ningún respeto por esos valores sobre los que supuestamente se basa la Unión.

La Unión Europea, una idea que recibió el Nobel de la Paz en 2012, no vale nada si sus principios fundamentales se pueden activar y desactivar, abriendo y cerrando las fronteras, en función de nuestra disponibilidad y nuestro interés en ayudar a las víctimas de una guerra que –de una forma más o menos directa- también estamos alimentando.

Permitimos que el Reino Unido se salte los principios europeos para que no se rompa la Unión. Permitimos que los países miembros sigan levantando vallas y limitando el espacio Schengen para que la situación no se descontrole. Permitimos que Turquía siga violando derechos humanos mientras nos ayude en la contención de la ola de refugiados. Permitimos muchas cosas, pero lo que no permitimos es que personas que huyen de las bombas y los disparos se refugien en nuestros países.

Eso sí, cuando veamos Mustang diremos indignados que “estos moros que no respetan a la mujer no pueden venir aquí”. A lo mejor tenemos más responsabilidad en esa situación de la que pensamos.

(Publicado en Neupic)

viernes, 26 de febrero de 2016

La vida real no garantiza el final feliz


Este viernes llega a los cines españoles Brooklyn (2015, John Crowley), una de las películas que el domingo serán protagonistas en la gala de entrega de los Oscar en Hollywood. Junto a sus tres nominaciones para estos galardones, Brooklyn ha sido elegida Mejor Película Británica en los Premios BAFTA. A además de los numerosos reconocimientos, nominaciones y premios y los halagos de la crítica, cabe destacar la brillante y descomunal interpretación de Saoirse Ronan. La joven actriz estadounidense de origen irlandés, una de las intérpretes femeninas con mayor futuro, llena la pantalla con su presencia y no nos deja otra opción que empatizar con su personaje. Un personaje, Eilis, que en los años 50 decide dejar su casa en Irlanda, donde vive con su madre y su hermana, para emigrar a Estados Unidos en busca de un futuro con más oportunidades que en su deprimido país de origen. La trama se centra en las decisiones que tendrá que tomar entre dos vidas y dos amores a ambos lados del Atlántico.

Pero a esta historia de amor más o menos clásica, debemos añadir la dureza del viaje, la soledad y el inicial desconocimiento de su nuevo hogar, así como la distancia que le separa de su familia y el ingente esfuerzo para poder salir adelante y que el sacrificio haya merecido la pena. Porque al final, no estamos solamente ante un drama romántico, sino ante una conmovedora historia de emigración.

Y la historia se repite. Lo que ocurría a Eilis en la Irlanda de los años 50, le ocurre a otras muchas personas en la España del siglo XXI. Los motivos que impulsan a cada emigrante son incontables, algunos, tan poéticos como el amor. Pero, tras muchos otros, subyace la misma motivación, mucho más prosaica, de la película: la falta de oportunidades y la imposibilidad de vislumbrar un futuro.

En la vida, a diferencia de en las películas de ficción, no podemos elegir el final que queremos. Lo único que podemos hacer es luchar y esforzarnos por que sea lo más feliz posible. Lucha y esfuerzo son esenciales en esta aventura, pero no siempre son suficientes. Y si ese final feliz llega, será tras mucho tiempo: cuando las fronteras se hayan difuminado por completo, cuando no seas un visitante en tu tierra, y cuando el idioma, la cultura, la gastronomía, los valores y las costumbres hayan sido interiorizados hasta el punto de olvidar las comparaciones.

Pero antes de llegar a ese punto habrá que enfrentarse a diferentes obstáculos en el camino. Quizás lo tengamos un poco más fácil que Eilis, pues ya no precisamos días de trayecto en barco, sino unas pocas horas de avión; igual que tampoco necesitamos cartas que tardan semanas en recibir respuesta, sino Whatsapps o videollamadas por Skype que nos conectan con todo el mundo en fracciones de segundo. Pero la distancia, la soledad, las barreras sociales, culturales y linguísticas siguen estando presentes. Y se unen al vértigo, el miedo y la presión inherentes a una aventura como es la de hacer las maletas para probar fortuna en una tierra que no es la tuya. Al final, siempre falta algo, el emigrante no vuelve a estar completo.

Todo esto lo vivió Eilis en los años 50 cuando cambió las verdes praderas irlandesa por la gran urbe neoyorquina. Y también lo vivieron, lo vivimos y lo seguirán viviendo muchísimos españoles que, en busca de ese final feliz de las películas, deciden luchar por un futuro lejos de casa.

Y habrá quienes fracasen y quienes lo consigan sin apenas esfuerzo. Es imposible e injusto generalizar, porque cada caso y cada aventura son diferentes. Pero cuando se trata de compatriotas, a los que sentimos más cercanos, y al igual que ocurría en el caso de Eilis, sus historias consiguen conmovernos y despertar nuestra empatía.

Sin embargo, nos cuesta más empatizar con aquellos cuya historia está cargada por un dramatismo mucho mayor. Es lógico, las diferencias son mayores que con otros españoles. Pero pensad en quienes no contemplan la opción de regresar a casa porque su hogar fue destruido por una bomba, o porque allí son perseguidos, o porque en su país no encuentran más que miseria, desigualdad e injusticias. Pensad en quienes, en lugar de un avión, tuvieron que coger una barcaza a motor y cruzar el Mediterráneo de noche; o en quienes en lugar de cruzar un mero control de seguridad en el aeropuerto, saltaron un alambre de espino intentando escapar de los soldados desplegados en la frontera; o en quienes, en lugar de telefonear a casa para saber cómo va todo, deben hacerlo para saber si su familia sigue viva en medio de la guerra; o en quienes, además de las barreras culturales e idiomáticas, deben enfrentarse a las barreras levantadas por el odio, el miedo y el rechazo.

Pensad que Eilis, con todo el drama que nos muestra esta película, puede considerarse una afortunada. Y pensad que muchos emigrantes españoles de nuestros días, aun con sus penurias, problemas y sacrificios, se ven a sí mismos como privilegiados.

Y ojalá la vida, como en las películas, traiga a todos y todas las Eilis del mundo, el final feliz que buscaban al iniciar su aventura lejos de casa.


(Publicado en Neupic)

lunes, 22 de febrero de 2016

Escandalizaos

FOTO: J. B. Mundo
En estos días, en los que uno de los temas más mediáticos está siendo el juicio a Rita Maestre por su irrupción en la capilla de la Complutense, vuelve a ponerse de relieve la atención que los medios de comunicación prestan a todo tipo de polémicas y escándalos que fomentan la división ideológica. Abundan los ejemplos.

El Carnaval (una fiesta irreverente en sí misma) ha venido marcado por el escándalo que generaron unos títeres. En Navidad, todo lo que rodeó a Reyes Magos y Reinas Magas, también estuvo cargado de controversia. Y entre medias, la foto de un torero con su hija en brazos mientras se enfrentaba a una vaquilla fue objeto de acaloradas discusiones. Ya en los últimos días, un poema en el que se versionaba el Padrenuestro con una importante carga sexual fue protagonista de la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona. De nuevo, la polémica estaba servida, igual que había ocurrido un día antes, cuando la Policía decidió felicitar a través de Twitter San Valentín en tono de humor diciendo que si alguien te “roba” un beso no es delito.

Nos escandalizamos por casi todo; ponemos el grito en el cielo por un tuit, por un poema y por una función de títeres. Pero también por un chiste, por una vestimenta, por una foto o por una crítica. Según en qué contexto, y dependiendo del autor y del contenido, estas formas de expresarse pueden alcanzar unas dimensiones y una trascendencia desmesuradas dentro de la opinión pública. Por supuesto, no hace falta hacer oídos sordos ante estas manifestaciones. Pero tampoco se deben sobredimensionar. Igual que no puede indignarnos más un tuit o un poema que un desfalco millonario de dinero público o que una violación de derechos humanos. La discusión sobre las formas nunca puede impedirnos discutir sobre el fondo.

Pero además se produce un fenómeno que desvirtúa todavía más los escándalos centrados en palabras y gestos, y es el desconocimiento de su contexto o su contenido íntegro. Por eso yo no puedo defender ni atacar la obra de los titiriteros de Madrid, ni el poema “blasfemo” de Barcelona. Solamente conozco, como casi todos, la frase llamativa y polémica de la que se han hecho eco los medios mayoritarios. Pero en un contexto determinado, esa frase puede no implicar apología del terrorismo ni insultar una religión. O puede que sí. Pero se necesita conocer mucho más sobre ella para poder interpretarla.

Esto es requisito indispensable en cualquier debate, pero en los casos que hemos mencionado, en los que apenas se rasca la superficie y parece que lo único importante es la discusión encendida y polarizada, se vuelve aun más necesario.

Pero por encima de las polémicas y de la calidad de los debates, la verdadera esencia de este asunto es la defensa de la libertad de expresión. Es inherente al humor, al arte o a la crítica social su capacidad de hacer rodar cabezas o de generar incomodidad. Ese es su sentido de ser. Y es evidente que deben respetarse unos límites, pero estos son siempre difusos, y será misión de los organismos judiciales velar por que se garanticen los derechos de todas las personas.

Porque la libertad de expresión choca con frecuencia con otros derechos y opiniones, pero convendría intentar no ofendernos con tanta facilidad cuando algo va contra nuestras ideas y creencias. En estos casos, lo mejor será ignorarlas e intentar empatizar con quien se muestra contrario a lo que nosotros pensamos, confiando en que esa persona hará lo mismo cuando seamos nosotros quienes nos manifestemos contra algo que ella defiende.

Lo que sí debería ofendernos (y contra eso sí que parecemos ponernos una coraza con frecuencia) son las injusticias. Los hechos, más que las palabras. Porque son las acciones las que verdaderamente pueden suponer un perjuicio para la sociedad. Y si ignoramos estas acciones cuando no nos afectan, escondiéndolas tras debates injustificados sobre expresiones o gestos casi intrascendentes, estaremos permitiendo que quienes en realidad están dañando a los demás se sigan saliendo con la suya. No deberíamos estar preocupados sobre qué se puede y no se puede decir, sino sobre qué se puede y no se puede hacer.

FOTO: C. Pastrano
El arte, el humor y cualquier otra forma de expresión no pueden caminar con pies de plomo por el miedo a ofender, sino con la confianza de saberse protegidos, pudiendo así impulsar comportamientos deseables y denunciando aquellos lesivos, siempre desde la más amplia pluralidad que nos permita descubrir nuevas opciones y nuevas soluciones. Porque solo siendo conscientes de que nadie posee la verdad absoluta y de que el pluralismo es, no solo inevitable, sino deseable, conseguiremos que la sociedad avance en la dirección más favorable para todos.

(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

jueves, 14 de enero de 2016

¿Cuál es el auténtico debate?


El viernes pasado, tras el encendido debate a raiz de las Cabalgatas de Reyes, hablaba de la importancia de las redes sociales como medio de expresión de la ciudadanía en un sistema democrático. Aunque su uso no siempre sea el adecuado y se caiga con frecuencia en las exageraciones, las simplificaciones y las generalizaciones, la posibilidad que ciudadanos hasta ahora mudos tienen de llegar a una audiencia relativamente amplia me parece un aspecto esencial en una democracia. Mejorable, sin duda, pero esencial.

Hoy el debate se centra en las insólitas imágenes que ayer presenciamos en el Congreso de los Diputados. Si una diputada decide llevar a su bebé al Congreso y darle el pecho allí, sea por autopromoción, sea por concienciación, parece lógico que se hable de ello. De la misma forma, la presencia de diputados con rastas o con vestimentas poco habituales en el hemiciclo ha despertado acaloradas discusiones. Por supuesto cada persona puede vestir como desee, pero es comprensible que la imagen, por su novedad, genere comentarios, tanto a favor como en contra.  

Estas discusiones, además de inevitables, me parecen saludables, pues lo que acontece dentro del Congreso, que pertenece a todos los españoles, es siempre un tema de interés público abierto a la discusión, aunque se trate de actos simbólicos. 

FOTO: EFE
Una vez justificados estos debates, no voy a entrar en ellos. No solo porque ya se ha dicho todo lo que se tenía que decir, sino, y sobre todo, porque hay asuntos más importantes que se deberían debatir con más intensidad y vehemencia. Nos hemos centrado en el chico con rastas, pero poco se ha hablado de un hombre con una vestimenta mucho más formal que también se sentó ayer en la Cámara Baja. 

Este hombre, bien vestido, está siendo investigado por la Audiencia Nacional por un supuesto caso de cobro de comisiones ilegales. Este hombre, con un peinado correcto, había sido repudiado por su propio partido, que le había abierto expediente disciplinario y que durante la campaña electoral le había instado a abandonar las listas. Este hombre, que no llevó a sus hijos a la sesión, accedió al Congreso como número dos en la lista del Partido Popular por Segovia. Este hombre, que ayer no dio mucho que hablar, prometió su cargo como diputado, lo que le otorga condición de aforado, con una especial protección ante la Justicia, y pocas horas después de eso se dio de baja en el Partido Popular. 

También había ayer en el Congreso alguien que en la votación para elegir al Presidente del hemiciclo introdujo una papeleta en la que decía “el bebé de Bescansa”. Este diputado, hombre o mujer, del partido que sea, y vista como vista, es muy gracioso, no cabe duda. Pero lo que sí está en duda es su labor como diputado. Creo que este comportamiento deja bastante más que desear que la elección de un peinado o un atuendo. La política, aunque a veces lo parezca, no es una broma, y menos para alguien que representa la voluntad democrática de la ciudadanía. 

Los medios han hablado de estos asuntos bastante menos que de las cuestiones estéticas que todos conocemos. Se han quedado, en muchos casos, en los gestos simbólicos, sin prestar la suficiente atención a los verdaderos contenidos de la sesión inaugural de ayer en el Congreso de los Diputados. Ocurre a menudo, las formas se vuelven más relevantes que el fondo. 

Pero además de las formas, lo que parece auténticamente relevante es la novedad. Las rastas de un político son más novedosas que la investigación por corrupción de otro, pero eso no les otorga mayor relevancia en una sociedad democrática. Podemos debatir también sobre cuestiones estéticas, pero que haya corruptos en el Congreso tendría que ser el verdadero hecho novedoso, discutido y criticado en los medios de comunicación. 

Y el hecho de que la corrupción no sea novedosa no debería impedir que le demos su verdadera importancia. Igual que debemos dársela a otros muchos asuntos a los que la rutina hace desaparecer del debate de la actualidad una vez que su novedad se agota. Y si queremos discutir sobre estética, hagámoslo, pero que no se nos olviden los temas que de verdad importan a las personas.

(Publicado en Neupic)

viernes, 8 de enero de 2016

La tumba de la inteligencia, el elixir de la democracia

FOTO: EFE

Se ha hablado mucho en los últimos días de las cabalgatas de Reyes. Especialmente (y como siempre) de la de Madrid. Parte de la polémica se ha centrado en el tweet que Cayetana Álvarez de Toledo, antigua diputada del Partido Popular, dedicó a la actual alcaldesa de la capital prometiendo no perdonarle JAMÁS por la vestimenta de los Reyes Magos. Más allá de cuestionables decisiones estéticas, de Reyes y Reinas, de animales, de palcos VIP o de si merecemos carbón o juguetes, lo más interesante del debate no es el contenido, sino el debate en sí mismo. 

Resulta curioso que con el incierto panorama político nacional y catalán, con los conflictos diplomáticos y armados en Oriente Medio y con la infinidad de trascendentales asuntos que deberían ocuparnos, el debate más intenso de las últimas semanas tenga como protagonistas a unas cabalgatas que no deberían traer más que ilusión, magia y caramelos. Quizá nos espante tanto la realidad que nos refugiemos en debates más amables y más sencillos en los que las generalidades y las pasiones son más llevaderas. Además, y esto es muy importante, es casi inevitable utilizar el humor en una discusión sobre los vestidos de los Magos de Oriente; y, por suerte, el humor es inherente a los ciudadanos de este país. 

Aunque parece que no todos gozamos de ese sentido del humor tan patrio. La mencionada Cayetana Álvarez de Toledo parece tomarse estas cosas muy en serio (no me quiero imaginar entonces lo mal que lo pasará ante los casos de corrupción en su partido, la precaria situación socio-económica en la que viven muchas personas en España o las imágenes de los refugiados que arriesgan su vida para huir de la guerra). Álvarez de Toledo no está dispuesta a perdonar a Carmena, pero también se ha enfadado con quienes, a través de las redes sociales, se tomaron a risa su ya famoso: No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás. 

Y es que hoy, la portavoz de Libres e Iguales, ha publicado una columna en el diario El Mundo para opinar sobre quienes la han criticado en Twitter. Estoy de acuerdo con ella: las redes sociales permiten el comentario rápido sin razonamiento detrás, la exageración y la generalización, el insulto sin consecuencias, las teorías conspiranoicas (como las que utiliza la propia Álvarez de Toledo en su columna) y la crítica sin fundamento. Y todo ello amparado en el anonimato de la red. Es cierto que muchos de los internautas que publican en blogs, en Twitter o en otras redes sociales lo hacen sin pensar. Igual que siempre se ha hecho en los bares, pero lo que antes escuchaban cuatro colegas que te reían la gracia, ahora lo pueden leer miles de personas dispuestas a hacer un drama de ello. 

Pero de ahí a referirse a Twitter como “un vertedero, la tumba de la inteligencia” hay un gran trecho. Twitter, las redes sociales en general, son un reflejo de la sociedad, a la que dan voz. Hasta ahora esa voz estaba en manos de políticos (lo de tumba de la inteligencia igual también se puede aplicar aquí), medios de comunicación de masas y personajes famosos. Ahora, la peluquera, la doctora, el profesor, el fontanero, la estudiante o el parado pueden expresarse y llegar a las pantallas de todo el mundo. Y en ocasiones, su formación o su intelecto no les permiten hacer el análisis profundo y detallado, alejado de exageraciones y generalizaciones que realizan (solo de vez en cuando) los tertulianos de los medios de comunicación. 

Pero tanto unos como otros, fomentan el debate. Un debate a veces viciado, otras veces irrelevante, a menudo sacado de contexto y casi siempre inconcluyente. Pero eso no significa que debatir, mejor o peor, de un tema o de otra, sea negativo. Al contrario. Un debate siempre es positivo. Y deberíamos estar agradecidos de poder enfrentarnos dialécticamente, porque hasta hace no demasiados años, estaba prohibido. Sigue estándolo en muchos países, donde Twitter está cerrado por los gobiernos o donde opinar diferente implica la muerte. 

Las redes sociales permiten que el debate se abra a toda la sociedad. Y es posible que los tontos que ahora tienen voz entorpezcan este debate, pero, al contrario de lo que opina Cayetana Álvarez de Toledo, las redes NO están “arrasando con la política y el periodismo cultos, esforzados, incisivos e inteligentes”. Están enriqueciéndolos y planteándoles nuevas oportunidades y desafíos para que sean aun más cultos, más esforzados, más incisivos y más inteligentes.  

Y la plataforma donde me lees no es Twitter, pero este texto es parte de un debate que sí tiene lugar en Twitter, pero también en la calle y en los medios de comunicación. Neupic en sí mismo es un debate incesante; un debate imprescindible en una sociedad que pretende llamarse libre y democrática. Y no solo eso, puesto que si me estás leyendo, seguramente llegaste aquí gracias a Facebook o a Twitter. Por eso espero que, aunque decepcione a Álvarez de Toledo, no te hayas encontrado con un vertedero ni con la tumba de la inteligencia. 

Naturalmente, el respeto, la documentación previa y la responsabilidad deberán ser elementos básicos, pero ni los ciudadanos en Twitter, ni Monedero y Marhuenda en televisión, ni siquiera Pedro Sánchez en los debates electorales lo cumplen. 

Por eso, si la práctica hace al maestro, la única forma para que los debates sean verdaderamente constructivos, útiles y respetuosos es debatiendo. Así que, por el bien de nuestra sociedad, de nuestra libertad y de nuestra democracia, debatamos.

(Publicado en Neupic)