jueves, 24 de enero de 2019

[Cine] Crítica: 'Polar' (2019), de Jonas Åkerlund. Asesinos de cómic

Mañana se estrena en Netflix ‘Polar’, en la que Mads Mikkelsen da vida a un asesino a sueldo que, a punto de retirarse, es perseguido por su antigua organización. La obra adapta una novela gráfica de Dark Horse Comics e introduce un tono más liviano y una estética más colorida y espectacular que las historias clásicas sobre asesinos 


Polar, Mads Mikkelsen, Netflix

Estamos a pocos meses de que se estrene la tercera entrega de ‘John Wick’ y a pocas semanas de que vea la luz en Netflix ‘The Umbrella Academy’. A lo mejor no hace falta esperar tanto, porque mañana, 25 de enero, se estrena también en Netflix una película que, en gran medida, combina ambas. ‘Polar’ es, como ‘John Wick 3: Parabellum’, la historia de un asesino infalible que busca retirarse y al que su antigua organización querrá eliminar –y que, aunque sea por poco tiempo, también tiene un perro–; y también es una adaptación, como ‘The Umbrella Academy’, de una novela gráfica de Dark Horse, en la que oscuros personajes conviven con otros mucho más coloristas y casi paródicos, y en la que una trama cruda se adereza con toques de humor negro. 

No tiene la seriedad ni la dureza de las películas protagonizadas por Keanu Reeves, pero para quienes no somos devotos aficionados al thriller de fríos asesinos ultraefectivos, resulta novedosa y juguetona, además de tener momentos y guiños muy divertidos. Sin llegar a ser una parodia, sí que es consciente de las reglas del género, jugando con ellas e introduciendo una estética novedosa. Estética que se deriva de su origen como cómic y que incluye títulos sobreimpresos con caligrafías llamativas, pantallas partidas y vestimentas muy particulares y reconocibles. A esto se suma la música de deadmau5, que le imprime un ritmo muy ágil.

Podríamos, tal vez, cuestionar la adecuación de las herramientas que utiliza para la historia que se narra, y es cierto que en ocasiones parece no encontrar su sitio al caminar entre dos estilos. Sin embargo, esto le permite jugar con los contrastes. El más interesante, el que se da entre los coloridos, cómicos y brutales perseguidores y el gris y casi anodino protagonista, que también deja, no obstante, notas de su visualmente espectacular violencia. 

Es interesante el trabajo de Mads Mikkelsen ('La Caza') y el de una melancólica e inescrutable Vanessa Hudgens, pero ni sus personajes, ni mucho menos el resto, muestran un arco evolutivo desarrollado. Son personajes bastante estereotipados, algunos de ellos hasta el extremo, lo que aligera la trama, pero le resta profundidad. Tampoco se caracteriza la película de Jonas Åkerlund por una gran inteligencia, ni por la presencia de giros de guion ni grandes sorpresas. Pero esta sencillez no juega en su contra, pues permite un visionado mucho más relajado y disfrutable –a lo que se suman esos elementos cómicos y visuales–, y evita perderse en narraciones demasiado rebuscadas e irresolubles.

Polar, Mads Mikkelsen, Netflix

Y no podemos terminar sin señalar que, al contrario que en otras obras de asesinos, no hay peleas verdaderamente emocionantes en los que el enfrentamiento físico o el cruce de disparos sea intenso. Se trata más bien de choques muy breves resueltos de manera espectacular, pero sin haberse generado una gran dosis de tensión o interés. Aquí se nota, una vez más, la influencia del cómic en la presentación. 

Influencia muy interesante y bienvenida, que refresca un tipo de cine, como son las historias de asesinos implacables y efectivos, muy marcado por unos patrones. Sin la intensidad ni la fuerza de historias como el citado ‘John Wick’ o ‘Venganza’, ‘Polar’ sabe jugar sus cartas para lograr un trabajo menos normativo, pero muy entretenido. 

Lo mejor: es realmente divertida 
Lo peor: un poco más de profundidad en la narración no hubiera estado mal 
Nota: 7/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 13 de enero de 2019

[Series] Review: 'La verdad sobre el caso Harry Quebert'. Una adaptación fiel no siempre es lo mejor

‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’ fue un fenómeno editorial especialmente llamativo por su narración, intercalando varias épocas y pasajes de un libro ficticio con una escritura muy ágil y adictiva. Jean-Jacques Annaud intenta aprovechar este potencial para lograr una miniserie libre y entretenida, pero menos fluida y sorprendente que la novela 



Marcus Goldman es un joven y exitoso escritor que, en medio de una crisis creativa, descubre que su profesor y mentor, el también escritor Harry Quebert, ha sido acusado del asesinato de una joven de 15 años desaparecida hace más de treinta años y con la que había mantenido una relación amorosa. Dispuesto a ayudarle, se muda a su antigua residencia en la pequeña localidad de Maine donde sucedieron los hechos para descubrir la verdad sobre un caso que algunas personas pretenderán ocultar. La combinación de acción, romance y misterio, junto al debate en torno a la creatividad del escritor y las relaciones prohibidas, convirtieron a esta historia en uno de los fenómenos literarios más populares de los últimos años, incentivado por una estructura novedosa y plagada de saltos temporales. A pesar del desafío que planteaba su construcción, tanto su agilidad como la riqueza y fuerza de la trama la convertían en un material ideal para ser adaptado a la pequeña pantalla. 

Esto nos devuelve al eterno debate sobre las adaptaciones audiovisuales de obras literarias. Esta novela plantea un notable desafío por sus abundantes saltos temporales, algunos muy breves, y por la inclusión de extractos de un libro que forma parte de la trama. También los títulos y subtítulos de cada capítulo añadían riqueza al texto. Una miniserie como la que Movistar+ ha ofrecido semanalmente desde octubre –los giros de la trama y los cliffhangers han hecho que el material fuera ideal para mantener a la audiencia cautiva durante diez semanas, hasta el 21 de diciembre, cuando se emitió el último episodio– es, a priori, la mejor alternativa para llevar la novela de Joël Dicker a una pantalla, pues permite que la extensión y la atención a los detalles sean mayores que en una película. De hecho, la fidelidad de la miniserie al libro es casi absoluta, tanto en la narración cronológica como en la mayoría de aspectos de la trama, incluso en aquellos más pequeños. 

La fidelidad como fallo y acierto 


Pero hay elementos, sobre todo los pasajes más breves y los derivados del formato de la novela, que dificultan su traslación a la pantalla. También los constantes saltos temporales resultan ligeramente más complejos en la pantalla que en el papel –en el que es más sencillo regresar atrás o recapitular, independientemente de los repasos que la serie ofrece al principio de cada episodio–. De hecho, el propio libro de Joël Dicker se convierte en un nivel adicional sobre escritores que escriben sobre escritores; algo que, al igual que la narración en primera persona por parte de Marcus Goldman, también se pierde en la adaptación a la pequeña pantalla. Al mismo tiempo, el tono o determinados aspectos de la trama, que ya resultaban inverosímiles o estereotipados en el libro, en la serie parecen hacerse más visibles y restarle más fluidez que en el texto. Es posible que detrás de estos fallos esté el intento de Annaud de mantener la fidelidad absoluta a la obra, pues, aunque le permite explotar el potencial de su historia, le impide hacerlo de una manera más libre y auténtica.


No obstante, es evidente que la trama tiene una enorme capacidad de enganchar al espectador, y en esto Annaud sí sabe medir los tiempos para que la serie se mantenga siempre entretenida y sorprendente y que resulte casi imposible desconectar de ella. Es cierto que existen pasajes más aburridos y en los que el desarrollo de los acontecimientos resulta más pesado, pero en líneas generales hay una complejidad en la historia y una cantidad de giros de guion y de líneas argumentales que resultan muy atractivos. 

Como atractivo resulta también un Patrick Dempsey que, como productor y protagonista, se convierte en el principal reclamo de la serie. Suya es la interpretación más profunda de la serie, pues el resto de personajes resultan mucho más planos –algo que ya ocurría en el libro– y hay ciertas decisiones de casting o de maquillaje que no parecen apropiadas dada la edad que algunos personajes deberían tener en un momento u otro. 

En definitiva, el libro de Joël Dicker ofrece no solo el material ideal para la adaptación, sino también una estructura y composición que resultan difíciles de trasladar a formatos no literarios. La fidelidad al original es al mismo tiempo acierto y fallo de esta miniserie que, como la mayoría de best-sellers, ofrece un entretenimiento absoluto y adictivo, pero sin grandes dosis de calidad formal ni profundidad.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 11 de enero de 2019

[Series] Review: 'Lemony Snicket: Una serie de catastróficas desdichas'. Los Baudelaire y el conde Olaf saben poner punto final a sus aventuras

La tercera temporada de ‘Una serie de catastróficas desdichas’, disponible en Netflix desde el 1 de enero, adapta las últimas aventuras de la saga de novelas y cierra la serie con mayor madurez, autoconsciencia y libertad, pero explotando las particulares que desde su estreno en 2017 la convirtieron en una serie única



Con una estructura y un estilo tan particulares y definidos, con personajes excéntricos y estereotipados hasta la parodia y con una trama tan enrevesada, resulta muy adecuada la decisión de Netflix de no alargar ‘Una serie de catastróficas desdichas’ tras su tercera temporada. La serie, que ofrecía siete capítulos en esta última entrega, no ha dado muestras de agotamiento y todavía conseguía mantenerse fresca e ingeniosa, pero una mayor extensión podría haber arriesgado todos los elementos que han caracterizado la serie protagonizada por Neil Patrick Harris.

Su personaje, el conde Olaf, vuelve a ser el aspecto central y más atractivo de la serie, mostrando una profundidad mayor gracias a un pasado que ya se intuía complejo y definitorio de su carácter en la segunda temporada. También aparecerán nuevos personajes, aunque casi todos con roles muy secundarios, y, sobre todo, volveremos a encontrarnos con algunas de las figuras y escenarios de las temporadas pasadas que, al igual que Olaf, tienen un rico pasado. En este sentido, los últimos capítulos de la serie suponen un cierre muy correcto a la mayoría de historias secundarias. 

Quedan ciertos cabos sueltos y hay aspectos de la historia principal que se clausuran con menor ingenio del habitual. Tal vez la continua complicación de la trama, con elementos verdaderamente meritorios y con historias que se entrecruzan en una compleja e inteligente telaraña, llevara a situaciones casi imposibles de resolver, mas la sensación general es satisfactoria. Contribuye a ello la mayor libertad en la estructura, que rompe en parte los patrones de los episodios dobles de las anteriores temporadas. Esto motiva una evolución clara con respecto a las dos temporadas anteriores, mucho más unitarias en estilo y narración, pero en cierta medida agotadas en sus planteamientos. Este desarrollo da lugar a una serie más adulta y profunda, también más oscura y ambivalente, que sabe adaptarse para cerrar sus historias con solvencia, pero manteniendo sus señas de identidad.

Una seria que sigue siendo excepcional


Entre ellas vuelven a encontrarse escenarios y vestuarios extremos, en los que el color y la luz van ganando espacio; situaciones inverosímiles, resueltas o no por hechos igualmente increíbles; personajes caricaturizados con características o comportamientos muy marcados; abundantes toques de humor, provenientes tanto de comedia física y de la ridiculización de comportamientos como de pequeños guiños mucho más ingeniosos e inteligentes; así como cultas referencias literarias y una marcada e intencionada tendencia al sabelotodismo. Y, por supuesto, un Lemony Snicket que, como narrador resulta menos cenizo e impertinente que en el pasado, y como personaje, cierra su línea argumental de forma elegante. Con todo, es una serie menos extravagante y más madura, consciente de sus límites, aunque capaz de explotar sus inmensas peculiaridades y particularidades, pues hasta el final ha sido una producción única.


Se va en el momento adecuado, habiendo agotado las novelas publicadas por Daniel Handler bajo el pseudónimo de Lemony Snicket y manteniendo el interés por ellas hasta el final, sin caer en la tentación de alargarse más allá de la obra original y sabiendo hasta qué punto era capaz de llevar las aventuras de los Baudelaire y del conde Olaf.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

martes, 18 de diciembre de 2018

[Series] 'Shock Waves'. Antología suiza del crimen mediático e incomprensible

Hoy, 18 de diciembre, se estrena en Filmin la miniserie antológica suiza ‘Shock Waves’, centrada en cuatro crímenes horrendos que, durante las últimas décadas, sacudieron el país helvético.



Los cuatro crímenes que se narran en ‘Shock Waves’ (‘Ondes de choc’) no causaron un revuelo mediático en Suiza solo por su brutalidad y por el hecho de afectar a niños o adolescentes, sino también por tratarse de eventos aislados y de difícil comprensión, pues no tenían una aparente justificación lógica. De hecho, aunque es evidente que los factores político-sociales siempre están presentes, los cuatro casos que se muestran no parecen derivarse directamente de una sociedad machista, racista o culturalmente enferma, como sí parece ocurrir con otros casos mediáticos recientes que todos tenemos en la cabeza. 

Los cuatro episodios de alrededor de una hora no buscan lecturas analíticas ni el descubrimiento de nuevas aristas en los distintos casos, que comparten la gran visibilidad mediática que tuvieron en su momento, sino que se centran en los protagonistas de estos sucesos y en su forma de afrontarlos. Salvo esta aproximación, no hay otros puntos de unión, ni estilística, ni temática. También los equipos técnicos e interpretativos son diferentes en cada capítulo. 


El primero de los episodios, ‘Diario de mi mente’, coloca el foco sobre la profesora de francés de un joven que, tras matar a sangre fría a su padre y su madre, envía un diario a su maestra en el que relata cómo y por qué cometió el asesinato. No se trata de una narración arriesgada –junto al proceso judicial que sucede al crimen, el diario enviado a la profesora articula los flashbacks que lo ilustran–, pero sí se logra profundizar en los sentimientos de la profesora y el parricida con cierta solvencia

‘Nombre: Mathieu’ está centrado en un joven, violado y golpeado por un hombre que ya había cometido crímenes semejantes. Al ser el único que ha sobrevivido tras los ataques, su colaboración con la policía será esencial, mientras intenta continuar con su vida. Es el caso más salvaje y el que más incomodidad genera en el espectador, obligado continuamente a revivir el dramático suceso.


‘Sirius’ narra los últimos días de los miembros de una secta, que se preparan para un supuesto viaje. Es, quizás, el menos interesante de la antología, pues es el que menos profundiza en los personajes, limitándose a mostrar sus actividades. No hay explicación sobre qué hacen, por qué o cómo llegaron a unirse a la secta. No es el objetivo de la obra detenerse en explicaciones, pero sin ellas es mucho menos atractiva, pues resulta casi imposible introducirse en la narración. 

La historia más tensa se encuentra en ‘El valle’, que narra la huida de un joven, perseguido por la policía, tras haber robado coches de alta gama junto a varios compañeros. La ambientación en un entorno nevado y montañoso, con la persecución y el espíritu de supervivencia como hilo conductor, le añaden emoción. Destaca también la actuación protagonista, quizás la que más fácilmente consigue conectar con el espectador de entre las cuatro historias. 

Lo cierto es que las interpretaciones son en general muy notables, responsables en gran medida de la intensidad de los cuatro episodios. No obstante, el comportamiento de algunos personajes resulta incomprensible; tal vez sea algo derivado de enfrentarse a situaciones traumáticas o de gran estrés, o tal vez sean precisamente estos comportamientos extraños los que caracterizaron a los cuatro casos, pero parece restarle credibilidad al relato e impide un mayor atractivo. 

Salvo lo anterior y algunos elementos estéticos, como el abundante silencio o los intentos de profundizar en las conciencias de los protagonistas a través de algunos trucos visuales, no hay nada que podamos considerar especial en la miniserie. Sin embargo, hay algún ‘no sé qué’ escondido tras su halo de misterio por el que las cuatro historias resultan atrayentes. Y deduzco, que para el público suizo que conozca los casos en los que se basan, este atractivo será mucho mayor.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 17 de diciembre de 2018

[Series] 'El milagro': tensa, terrorífica, espiritual, profunda y, sí, milagrosa

La serie ‘El milagro’ llega a Sky España el 22 de enero con su combinación de política, ciencia y fe en una obra misteriosa, intensa y absolutamente adictiva tras convertirse en un fenómeno en Italia


El Milagro, Il Miracolo, Sky,

Hay una serie de elementos que definen a la sociedad italiana y que, como tales, acostumbran a estar presentes en la notable producción audiovisual del país. Esos temas son la mafia, la religión católica y la caótica política. Los tres se encuentran presentes en ‘El milagro’, conformando una santísima trinidad de la grandeza y la miseria italianas, y aprovechando elementos más o menos habituales para combinarlos de manera novedosa y actual. Porque la actualidad de la serie, que se estrena el 22 de enero en España a través de Sky, es incuestionable.

El Primer Ministro italiano, en medio de la campaña del referéndum que sacaría a Italia de la Unión Europea, debe decir qué hacer con la figura de una Virgen que llora sangre que había sido incautada a un capo de la mafia calabresa. Sin aparente explicación científica posible y en un contexto político que obliga a gestionar el hallazgo con discreción, tanto en su vida como en la de las personas que han tenido contacto con la figura comenzarán a sucederse eventos de difícil explicación.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

En cierta medida, podría asemejarse a algunas de las obras de Dan Brown. Sin embargo, la eliminación de un personaje sabelotodo y absolutamente racional y científico como Robert Langdom permite mantener la espiritualidad y el misterio religioso. Además, y contraponiéndose también a ‘El joven papa’ –con el que, entre otras asociaciones, comparte la presencia del actor español Javier Cámara–, ‘El milagro’ no se centra las instituciones religiosas, corrompidas por los hombres, sino que pone el foco sobre el aspecto transcendental y divino y sobre su efecto en las personas. Así, entra en juego un elemento fantástico para unos, religioso para otros, que se sitúa por encima de las normas que establecen las acciones humanas y las leyes de la naturaleza y que incorpora, por su misterio e imposibilidad de comprensión, ciertas dosis de terror. 

Un terror que se deriva de una tensión constante y que apela a la base del miedo, que es el desconocimiento. Si nos da miedo la muerte es, sobre todo, porque no sabemos qué hay tras ella. Tampoco nos atemoriza la falta de luz, sino lo que se pueda esconder en la oscuridad. Y una obra de terror perdería tal condición si conociéramos cuándo se va a producir el siguiente susto o qué explica la presencia sobrenatural que acecha al protagonista. La religión, misteriosa e incomprensible por definición, es de esta forma una fuente inagotable para las obras de terror. Y en esta producción el miedo se manifiesta porque el milagro y lo que le rodea es imposible de racionalizar y comprender

Misterio e intensidad 


Es en ese misterio sobre las causas y las consecuencias de las lágrimas de la figura religiosa donde reside el principal atractivo. La dosificación de la información que se entrega al espectador es magistral, lo que da lugar a una de las series más absorbentes que he visto en mucho tiempo. Saber de dónde procede la madonna y qué ha provocado sus lágrimas resulta tan misterioso como adivinar cuál será el comportamiento de los personajes y los efectos que el misterio tendrá sobre ellos.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

Los protagonistas son atractivos y enigmáticos y, aunque no ha habido capacidad de evolución –los tres capítulos que Sky pone a disposición por adelantado reflejan cada uno de los tres días posteriores al hallazgo–, sí se advierte una profundidad y complejidad notables. Además, aunque interconectadas, las distintas tramas aportan riqueza y variedad, con diferentes aproximaciones al milagro, a la religión, a la vida y a la familia. La familia que, como institución central de la religión, cobra una particular relevancia a lo largo de la narración. 

La fuerza de la serie de Niccolò Ammaniti no se deriva solo de la trama y el misterioso desarrollo de los acontecimientos, sino de su poder visual. Particularmente impresionantes son los planos de la cara de la virgen con las lágrimas de sangre, aunque también la composición de algunas secuencias, superponiendo imágenes de un momento con sonido de otro posterior o anterior, transmite la tensión y la mística de la serie. Asimismo, la banda sonora, que a veces juega con la discordancia y la contraposición a la imagen, incrementa la intensidad.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

De esta forma, ‘El milagro’ es magnífica como ficción audiovisual, pero también lo es su conexión con la política italiana y europea o con los debates entre la fe y la ciencia. Y es que es posible que en pleno siglo XXI para volver a tener fe –y no me refiero solo a la creencia en un ente divino– lo que necesitemos sea un milagro. Y no descartemos que para lograr una serie tan extraordinaria haya hecho falta algún tipo de intercesión divina.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 16 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: 'Una chica de Brooklyn' (2014), de Desiree Akhavan: detallista e inteligente retrato social contemporáneo

El pasado viernes 14 de diciembre se incorporó al catálogo de Filmin ‘Una chica de Brooklyn’, una obra escrita, dirigida y protagonizada por la hasta ahora desconocida Desiree Akhavan, que narra la historia de una chica bisexual de origen iraní que acaba de romper con su novia



‘Master of None’, una de las series del año pasado en Netflix, se caracterizaba porque siendo, como su propio título decía, maestra de nada ni nadie, era una obra tremendamente actual, que retrataba los problemas y la realidad (pos)moderna de la sociedad estadounidense. Con las limitaciones y la riqueza que implica el largometraje frente a la serie, es imposible no analizar ‘Una chica de Brooklyn’ en asociación con esta o, quizás de forma demasiado obvia, con trabajos de Lena Dunham como 'Girls' o 'Tiny Furniture'.  

Desiree Akhavan anticipa en esta obra de 2014 a Aziz Ansari –y, a su vez, imita a Lena Dunham– para, desde casi el anonimato, escribir, dirigir y protagonizar, con notable solvencia en los tres casos, un trabajo muy novedoso, ajeno a convenciones, que no necesita caras conocidas, efectos especiales o grandes giros de guion para captar la realidad que le rodea. Y si en ‘Master of None’ la historia es la de un joven hindú, Dev, que vive en Nueva York sin saber qué rumbo dar a su vida, en ‘Una chica de Brooklyn’ la protagonista es Shirin, una chica iraní bisexual que vive en Brooklyn y que acaba de romper con su novia. Tanto Dev como Shirin proceden de familias inmigrantes, de clase media acomodada, y, a pesar de vivir en una sociedad abierta, multicultural y progresista, como la que rodea a los jóvenes neoyorquinos, siguen teniendo que enfrentar situaciones complejas derivadas de su origen o, en el caso de Shirin, de su condición de mujer y de su orientación sexual. 


Todo esto se aborda con grandes dosis de humor. Un humor que no se basa en situaciones surrealistas o en gags descacharrantes, sino en ingeniosos diálogos y en un tono agradable y gracioso que, no obstante, a menudo resulta agridulce. Sobre todo en ‘Una chica de Brooklyn’, donde hay un cierto pesimismo –que también existe en algunos capítulos de ‘Master of None’– que a veces impide que el humor se abra paso. 

Normalidad para que brillen los temas de fondo


Ya centrados en ‘Una chica de Brooklyn’ –aunque la mayoría de lo que sigue siendo válido para la serie de Netflix y, de paso, para la de HBO–, lo más destacable es la aparente normalidad e irrelevancia de la obra, que la aproxima a su público. Al fin y al cabo, para que un personaje y su historia sean creíbles y cercanos, lo más adecuado es que sean tan normales como el espectador y su vida. La trama es muy sencilla: las aventuras de una joven tras una ruptura. En realidad, no sucede nada extraordinario, no hay un gran final, no se busca una redención, una nueva historia o un cambio radical. Tampoco la narración es particularmente novedosa, intercalando en el duelo tras la ruptura algunos flashbacks del periodo de romance. Todo esto, que considero un gran acierto, es evidente que le resta un punto de esa magia que el cine también necesita. Nunca llega a ser aburrida, para nada, mas tampoco se convierte en un trabajo especial e irrepetible. 

Esta normalidad y humildad de la trama y de la presentación no solo no impiden, sino que potencian un profundo análisis crítico de la sociedad. El título original de la película, ‘Appropriate Behaviour’, resulta mucho más ilustrativo e interesante en este sentido. Akhavan demuestra cómo sigue siendo necesario luchar contra las discriminaciones o injusticias que, incluso en nuestros modernos y desarrollados entornos, siguen existiendo. Ahí está su vocación de reivindicación del feminismo y de los derechos LGTBIQ+, así como su crítica a estos movimientos y a determinadas conductas que, aunque a menudo imperceptibles y bienintencionadas, siguen teniendo cierto corte xenófobo. Esta reflexión se logra con gran sutileza e inteligencia, sin ideas absolutas, y más a través de detalles que de burdas alusiones directas.


Y es que es en esa normalidad de lo que nos rodea donde de verdad podemos descubrir su complejidad y su multitud de aristas. Y donde podemos apreciar cómo somos, cuánto hemos avanzado y cuánto nos queda todavía de camino. 

Lo mejor: el análisis social que se esconde tras la normalidad 
Lo peor: que no resulta especial ni verdaderamente novedosa 
Nota: 7.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 7 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: ‘The Wild Boys’, de Bertrand Mandico. Única en su reflejo de la transexualidad

‘Les garçons sauvages’, disponible en Filmin, presente en el Atlàntida Film Fest y elegida por Cahiers du Cinema como película del año, es, además, la cinta que mejor capta la fluidez del género y la identidad transexual



La gran película americana. La voz de una generación. El reflejo de una época. El largometraje definitivo sobre el Holocausto. La película feminista por excelencia. La obra del año. De la década. Del siglo. Hablar de cine no es fácil. Caer en los tópicos, sí. Y realizar estas o alguna afirmación semejante es habitual, tanto con intención promocional como descriptiva. Lo más frecuente es equivocarse. Sin embargo, en ocasiones se presentan trabajos tan extraordinarios, transgresores y sorprendentes que recurrir a estas sentencias totales es casi inevitable. 

‘Les garçons sauvages’ es, probablemente, la película que mejor ha captado la fluidez de género y la transexualidad. Estoy de acuerdo con Carlos Laureda, de Fotogramas, que la define como “LA película queer y transgénero del siglo XXI”. Cahiers du Cinema la ha elegido como mejor película de 2018. Tanto en el contenido que destaca Laureda, como en un aspecto más estético que suele preocupar a la revista francesa, la cinta de Bertrand Mandico se convierte en algo único y rompedor. 

Cinco jóvenes burgueses son puestos en manos de un capitán holandés como castigo por la última de sus salvajadas. El Capitán, intentando doblegar su libérrima, violenta y desatada voluntad, los conducirá a una isla de exuberante vegetación, en la que se esconden lascivos placeres. Guiados por una voz en off omnisciente y un uso casi completo del blanco y negro –combinado en determinados momentos con secuencias en color–, nos vamos alejando de una narración convencional y de una película de aventuras marinas para encontrarnos con una surrealista sucesión de alegorías cargadas de simbolismo.


Lujuriosa, lúbrica y orgiástica, la práctica totalidad de las imágenes contienen referencias sexuales. Esto, sumado al hecho de que los cinco protagonistas estén interpretados por chicas, nos lleva a una profunda reflexión sobre la sexualidad, el feminismo, las barreras y la fluidez de género, el rechazo a la virilidad o la identidad. Si bien todos ellos puedan enmarcarse en la transexualidad, sus ramificaciones alcanzan otros muchos campos, lo que dota de mayor atractivo y de nuevas dimensiones a ‘The Wild Boys’. De todos los elementos mencionados, y esto es solo una opinión, son ese rechazo a la virilidad y la identidad los más interesantes, aunque solo sea por la posición que ocupa en la narración. 

Más allá de una película queer 


Visualmente, el componente onírico es muy poderoso, como también lo es la vegetación de la isla. Las actuaciones están muy cuidadas en todos los casos, mostrando una evolución, tanto física como psicológica, muy elaborada. Sin embargo, a pesar de que el aspecto cinematográfico podría considerarse tan novedoso y atractivo como su enfoque transgénero, palidece ante la fuerza de este aspecto, al que queda subordinado. 

Con todo esto, la película es muy compleja. No es lenta ni tan abstracta como para que resulte imposible seguir el desarrollo de los hechos, pero quizás sí acabe siendo demasiado densa. Tampoco es una obra inclasificable o incomprensible, aunque sí es extraña y demanda una visión muy reposada que permita desentrañar todas las alegorías y referencias ocultas. Es, por supuesto, una película muy particular. Y, sin ser un gran aficionado del surrealismo, reconozco que me siento muy atraído por ella. No sé si como un placer oculto o como deseo irrefrenable e incomprensible, pero hay algo en ‘Les garçons sauvages’ que me atrae y me distancia al mismo tiempo. Como la marea que mece el barco en el que viajan los chicos salvajes. O como los placeres de la isla que les transforma y seduce.


Y es que solo un trabajo tan especial y complejo puede aspirar a convertirse en la película que mejor retrata la fluidez del género y la identidad transexual. Sea o no digna merecedora, su tratamiento de una materia tan –todavía– marginal y su valiente apuesta en la que la normatividad es arrasada, la convierten en una experiencia única. 

Lo mejor: su simbolismo y su incursión en el debate sobre la identidad 
Lo peor: me gustan más todos sus elementos –tanto en la forma como en el fondo– que la película en sí misma 
Nota: 8/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 6 de diciembre de 2018

[Series] 'Hakan, el protector': la primera serie turca de Netflix busca ser algo más que un homenaje a Estambul

El 14 de diciembre se estrena en Netflix ‘Hakan, el protector’, la primera serie turca producida por la plataforma de streaming


Hakan, el protector

Estambul es la ciudad más occidental del país en el que se unen oriente y occidente. Es precisamente en Estambul, en el Estrecho del Bósforo, que divide la ciudad, donde se separan –o unen– Europa y Asia. La gigantesca urbe, capital de grandes imperios, como el bizantino y el otomano, posee una riqueza cultural, artística e histórica inmensa. Se convierte así en un escenario ideal para la primera producción turca de Netflix.

‘Hakan, el protector’, que se estrena el próximo 14 de diciembre en Netflix, narra la historia de un joven vendedor de El Gran Bazar que, tras la muerte de su padre adoptivo, descubre que es el heredero de una antigua y secreta organización dedicada a proteger Estambul. Convertido en el último Protector, solo él podrá derrotar al Inmortal, asesino de su familia y amenaza de cuanto le rodea.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

La trama, semejante a tantas otras historias de aventuras, de míticas órdenes secretas y de guerreros fantásticos, es convencional y no presenta abundantes novedades. Como suele ocurrir en este tipo de productos, tiene un toque gamberro y divertido, oscuros y trajeados malos, y protagonistas (físicamente) atractivos y carismáticos. Es cierto que no se le puede exigir lo mismo que en producciones de las grandes industrias estadounidenses o europeas, pero es evidente que cae en frecuentes clichés y en elementos artificiales, además de no contar con una gran profundidad en la narración. No obstante, resulta llamativa por lo novedoso de su origen y ambientación.

Estambul, escenario único 


La serie es consciente de su potencial, y por eso convierte a la ciudad en un personaje más, probablemente el principal. Las imágenes aéreas, la recreación estética y vocación didáctica en torno a sus monumentos principales –con la imponente Santa Sofía como elemento central–, el contraste entre zonas y mundos dentro de la misma ciudad, las constantes referencias al pasado bizantino y otomano… Se percibe incluso una cierta vocación promocional. Y la sensación de que, tras los seis capítulos que Netflix ha adelantado a los medios, la metrópolis euroasiática seguirá ganando protagonismo.

También se pueden intuir algunas sorpresas y un desarrollo del guion que, aunque todavía sin explotar, creo que puede tener oculto más potencial del que hasta ahora se ha mostrado. Los primeros capítulos han sido de construcción de los personajes y planteamiento del universo, pero todavía quedan numerosas lados oscuros y ramificaciones de la historia que revisten interés y que pueden aprovecharse. Pueden quedarse en nada, pero también pueden sorprendernos.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

De hecho, se plantean algunas sorpresas al mostrar a una sociedad turca menos religiosa y más occidental de lo que podría esperarse. Estambul es la más cosmopolita, desarrollada y abierta y la menos ‘turca’ de toda Turquía, sin embargo, sí que permite desmontar algunos tópicos sobre la sociedad turca y abrir algunas mentes. Al mismo tiempo, esa proximidad cultural permite que el choque sea menor para el espectador occidental –mayoritario en Netflix– y generar menores recelos ante lo nuevo o diferente.

Veremos si la serie puede ofrecer algo más allá de los alicientes derivados de su procedencia o si se queda en una hermosa postal de Estambul. Y eso, que es posible, porque hay material para ello si se sabe aprovechar, tendría un mérito muy notable. Veremos si ‘Hakan, el protector’ consigue destacar por encima de la ciudad a la que su destino obliga a proteger.

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(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 2 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: 'No hay salida' (2018), de Rasmus Kloster Bro: potencial desaprovechado

Filmin estrenó el 30 de noviembre ‘No hay salida’, una ópera prima danesa con gran potencial y enfoque erróneo, en la que tres personas quedan atrapadas en una cámara subterránea tras un incendio en unas obras de metro 



Supongo que es una comparación injusta y odiosa, pero tras el ‘Enterrado’ de Rodrigo Cortés es muy difícil realizar películas claustrofóbicas que no palidezcan ante los riesgos y minimalismo de la cinta protagonizada por Ryan Reynolds. ‘No hay salida’ –‘Cutterhead’ en la versión oficial por el nombre del cabezal de la tuneladora en la que se quedan atrapados– intenta transmitir un agobio y asfixia semejantes y, aunque sí tiene momentos intensos e incómodos, su verdadero punto fuerte nunca está ahí.

La ópera prima de Rasmus Kloter Bro, estrenada el pasado 30 de noviembre de Filmin, muestra cómo tres personas quedan atrapadas en una cámara hiperbárica en las obras de construcción de un metro en Dinamarca tras un accidente. Ignorantes sobre qué ha pasado exactamente, la situación va ganando dramatismo a medida que se agota el oxígeno. La posibilidad de que en el exterior el incendio todavía continúe activo, la ignorancia sobre cuándo vendrá alguien a rescatarlos y la necesidad de someterse a un proceso de descompresión para salir de la cámara llevarán a los dos obreros y a la periodista que ese día estaba retratando la vida de los empleados al límite de sus fuerzas físicas y mentales.


Es en la interacción entre los tres personajes principales, sus diferentes historias y sus personalidades donde reside el verdadero valor y atractivo de la película. La aproximación a la vida y la muerte es muy distinta entre una periodista danesa que en ningún momento parece haber tenido mayores preocupaciones, un padre de familia croata que apenas ve a sus hijos por trabajar en un país del otro extremo de Europa o un joven de Eritrea que tuvo que cruzar el desierto y fue secuestrado en su travesía hacia Europa, como tantos otros subsaharianos.

Sensación de potencial malgastado 


Había material para profundizar más en la riqueza interna de los personajes, sobre todo gracias a unas interpretaciones bastante notables, mas el intento de aprovechar el relato terrorífico y claustrofóbico parece impedirlo. Ahí reside el mayor fallo, pues la película, que podría despuntar mucho más como retrato del sueño europeo –algo que la propia protagonista enuncia y parece adelantar en un momento del film–, se pierde al orientarse hacia un género para el que tal vez no esté preparada.

Se aprecia esto en la cámara, que intenta jugar con el espacio y con los primeros planos, pero queda lastrada por la posible inexperiencia o falta de técnica del equipo. Así, lo que hubiera sido una película ideal para el Atlàntida Film Fest que Filmin acogió y que tan gratas sorpresas aportó –algunas de ellas, muy cercanas en estilo y temática, así como en europeísmo y en análisis social crítico–, se queda en un trabajo que se promociona como terror asfixiante sin ser ese su camino.


Y es una pena, porque el planteamiento, el contexto en el que se enmarca y los personajes que se comienzan a dibujar tenían capacidad para muchísimo más. La obra tiene indudables aciertos e interesantes detalles, pero es imposible no sentir que su enfoque le impide aprovechar todo su potencial.

Lo mejor: unas interpretaciones notables y unos personajes que tienen mucha más historia de la que se nos muestra 
Lo peor: precisamente eso, que no podamos rascar más allá de la superficie de los personajes 
Nota: 6/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 26 de noviembre de 2018

[Cine] Obituario: Bernardo Bertolucci, o la violación y los límites del arte

Bertolucci era uno de los directores esenciales del cine italiano y europeo, con títulos fundamentales como ‘El último emperador’ (1987), ‘Novecento’ (1976) o ‘El último tango en París’ (1972). La violación real que tuvo lugar en esta última empaña la película y hasta su carrera, y nos devuelve al debate sobre los límites del arte (curiosamente, el día que Dani Mateo comparece ante un juzgado por “sonarse” con una bandera) 


Bertolucci con su estrella en el Paseo de la Fama. FOTO: AFP

Tras años de lucha contra una larga enfermedad que le había dejado en una silla de ruedas, hoy ha muerto en Roma, a los 77 años de edad, Bernardo Bertolucci. Su excelsa trayectoria fue reconocida en 2007 en Venecia, en 2011 en Cannes y en 2012 en los Premios del Cine Europeo, a lo que se suman los múltiples galardones que recibió por sus casi veinte trabajos como director y guionista. Destacan, por encima del resto, los 9 Oscars que consiguió ‘El último emperador’ en 1988, incluyendo el de Mejor director y Mejor guion adaptado. 

Artista comprometido con sus ideas, nunca escondió su tendencia comunista, como se aprecia en ‘Novecento’. El erotismo de ‘El último tango en París’ le llevó incluso a verse privado de su derecho al voto por ofensas al pudor. La sociedad italiana, uno de los países occidentales en los que el comunismo y la religión católica tienen una presencia más clara, marcaron su biografía y su cine. Hijo de un poeta, su trabajo también ha buscado la belleza, el arte y la libertad

Libertad, que, como concedía a El País Semanal en 2013 con motivo del estreno de ‘Tú y yo’, a menudo ha buscado en espacios cerrados. El mejor ejemplo de ello fue ‘El último tango en París’, en el que dos desconocidos entablan una relación puramente sexual en un piso parisino. Esta obra, que podríamos considerar maestra, es la que, en los últimos años, más polémica ha levantado en torno al genio italiano. 

Los límites del arte 


El propio Bertolucci reconoció años después que Maria Schneider había sido engañada para que la icónica escena de la mantequilla, en la que el personaje interpretado por Marlon Brando sodomiza al de una joven Schneider de 19 años, resultase más realista y que el público pudiera percibir con absoluta veracidad la rabia que sus gritos y su llanto reflejaban. El director defendía, sin mayores remordimientos, que quería que su actriz “se sintiera de verdad violada”, pues "para hacer películas, a veces, tenemos que ser completamente fríos"

La escena de la mantequilla en 'El último tango en París'

Bertolucci argumentaría que eran otros tiempos y que eso sería imposible en la actualidad. Sin dejar de ser cierto, eso no puede ser una justificación. Y menos para el cineasta, crítico o espectador actual. Esto nos lleva a enfrentarnos, una vez más, con los límites del arte. Y lo hace en un día en el que un humorista ha tenido que declarar ante un juez por “sonarse” con un trozo de tela una bandera

La libertad es esencial para crear. El arte, o es libérrimo, o no es. Pero cuando esa libertad choca contra la ley –o, mejor dicho, contra una ley justa que defiende los derechos humanos de las personas–, no hay creación posible. Ninguna obra de arte justifica una violación. Igual que tampoco justifica el asesinato o la violencia de alguien que no quiera ser asesinado o violentado. 

Más cuestionable y borroso puede ser el límite cuando se trata de la utilización de animales, el erotismo y la pornografía, las ofensas a los sentimientos –patrióticos, religiosos, políticos, de clase, regionales, científicos, futbolísticos, cinéfilos...–. La discusión está abierta en todos estos casos. Y es bueno que sea así, porque el arte y el humor deben, al menos de vez en cuando, ofender y provocar

Pero hay otros casos, y ese es el de la violación de Maria Schneider, en los que no puede haber dudas. Y no hay obra de arte que valga más que la vida o la integridad de las personas. Salvo que el creador o el artista se exponga de manera voluntaria y consciente a ello. Lo que excluiría a un torero que arriesga su vida porque así lo desea, lo que excluye a Luis XIV de Francia al convertir su agonía en un espectáculo barroco, lo que excluye a un actor que para meterse en el papel decide por sí mismo someterse a torturas como las que experimenta su personaje o lo que hubiera excluido a Maria Schneider si, voluntariamente, hubiera querido ser víctima de una violación (que en ese caso no sería tal) para dotar de realismo a su personaje. 

¿Qué hacemos con la obra de Bertolucci? 


El debate que surge ahora es qué hacer con los obituarios de Bertolucci y con su legado. Destacar su condición de director imprescindible no quita reconocer esa gigantesca mancha. Lo que ocurre con dicha mancha es que no puede separarse de la obra.

Brando y Schneider conversan con Bertolucci. FOTO: Everett Collection

Pensemos en Kevin Spacey o –presuntamente en este caso– Woody Allen. Es evidente que no podemos enfrentarnos a ‘American Beauty’ o, mucho menos, a ‘Manhattan’ de la misma forma, sabiendo cómo han obrado sus protagonistas en la realidad, aunque sí podemos trazar una línea entre sus trabajos artísticos y entre sus vidas personales. Lo de Bertolucci –y por extensión lo de Marlon Brando y el resto del equipo, aunque hoy no sea su día– es diferente, pues su violación fue un medio para llevar a cabo su arte. Un medio injustificado, pero un medio, al fin y al cabo, una estrategia que probablemente sí otorgó veracidad y fuerza a una de sus películas más trascendentes. Es decir, la obra de Bertoluccci está determinada por un comportamiento despreciable, por lo que es imposible separar ambos

¿Hace eso que toda la carrera de Bertolucci quede mancillada? ¿No debemos aproximarnos a ese comportamiento desde una perspectiva histórica en la que la violación no era percibida en los 70 como lo es hoy (aunque algunos patanes sigan sin haber evolucionado)? ¿Es verdaderamente separable el contexto y la vida privada de un artista como Spacey o Allen de su trabajo? ¿Es posible seguir considerando a ‘El último tango en París’ como una obra maestra? 

Es difícil formular respuestas totales, pero lo que resulta evidente –a mis ojos, porque esto no es ninguna verdad absoluta– es que Bertolucci sigue siendo un genio. Y de la misma forma que algunos genios pusieron su talento al servicio del mal –los extraordinarios documentales de Leni Riefenstahl se realizaron como propaganda nazi–, otros, como Bertolucci, pusieron el mal al servicio de su genio.

Fotograma de 'El último emperador'

Más allá de los límites, más éticos que legales, que debe tener el arte, el genio se mantiene, a veces incluso crece, cuando se asocia con el mal. Al contrario que en el deporte, en el que hacer trampas es claramente malo y está claramente definido, en el arte no hay unas normas establecidas, por lo que tampoco hay trampas y por lo que tampoco hay posibles descalificaciones. Un deportista tramposo puede perder sus medallas. Un artista despreciable no tiene por qué ser menos artista, lo que será es más despreciable.

‘El último tango en París’ se puede comparar, salvando las insalvables distancias, con ‘El nacimiento de una nación’ de David Griffith. Como trabajos artísticos, ambos tienen una calidad indudable, que ni los medios utilizados ni el contexto pueden empañar. Lo que debe ser absolutamente imprescindible es aproximarnos a ellos con todo el cuidado y pudor necesarios, sabiendo la oscuridad que esconden. E igual que estudiamos historia para no caer en errores del pasado, debemos seguir observando, admirando y criticando estas obras maestras para que su arte perdure y para que las barbaridades que las rodean no vuelvan a repetirse

Y en ese sentido, por desgracia y por suerte, Bertolucci y su cine son irrepetibles.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)