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sábado, 17 de agosto de 2019

[Cine] Crítica: 'King Lear' (2019). Actuaciones memorables para revivir la tragedia shakespeariana

Con unas interpretaciones inconmensurables, el telefilm de la BBC y Amazon, nominado a los próximos Emmy, adapta la tragedia de Shakespeare, manteniendo los diálogos y situando la acción en el presente



Shakespeare, a pesar de haber sido uno de los autores más adaptados al cine y la televisión en diversos formatos, supone, en parte por eso y en parte por la complejidad de su universo, un desafío inmenso cada vez que es llevado a una pantalla –o, en realidad, a cualquier tipo de escenario o soporte–. Ese desafío aumenta cuando se introducen en las adaptaciones cambios o novedades, como puede ser la ambientación de la acción en el presente manteniendo los diálogos originales, lo que genera un contraste, por lo general, bastante apreciado tanto en el teatro como en la pantalla. Eso es lo que hace esta nueva versión televisiva de la BBC y Amazon de ‘King Lear’, que no rehúye el desafío, sino que lo enfrenta, dando lugar a una meritoria y satisfactoria versión de la tragedia del dramaturgo inglés.

Es cierto que hay momentos en los que la traslación de los diálogos shakespearianos a entornos y estéticas contemporáneos resbala y ese contraste que se busca se transforma en un choque de difícil cohesión. A su vez, hay una gran teatralidad en la obra, algo que plantea una nueva dificultad por la distinción entre el lenguaje teatral y el cinematográfico/televisivo. Desde luego, ni la fotografía ni el cuidado de los decorados y los efectos especiales son el punto fuerte de esta adaptación de ‘King Lear’


A esto se suma un aspecto relativamente secundario, pero cuyo efecto no podemos obviar; y es que para el espectador medio, el que no sea un gran experto en la obra de Shakespeare o, sobre todo, en su idioma, la versión original –imprescindible, dadas las inconmensurables actuaciones que conviene disfrutar en su máxima pureza– puede ser insuficiente, e incluso los subtítulos en inglés pueden no alcanzar para comprender la obra al completo y en profundidad en un primer visionado

Poderosísimas y muy teatrales interpretaciones 


Mas estas debilidades, que, en cualquier caso, son solo parciales o puntuales, quedan eclipsadas por el verdadero punto fuerte del telefilm. Los intérpretes alcanzan un trabajo coral único, como pocas veces he visto en una pantalla. Tienen un gran componente teatral, con una expresividad asombrosa, algo que ayuda en ese cruce de lenguajes y artes. Estamos hablando de Anthony Hopkins, Emma Thompson, Emily Watson, Florence Pugh, Jim Broadbent, Jim Carter, Tobias Menzies, John Macmillan o Andrew Scott, entre otras bestias de la interpretación. 

Anthony Hopkins completa una actuación memorable, capturando la esencia del personaje, su fragilidad, su decadencia y su locura. El suyo es uno de los ejercicios interpretativos más poderosos e impresionantes que recuerdo. Por la complejidad de su papel, también Andrew Scott, que no es la primera vez que da vida a un personaje con algún desequilibrio mental, está magnífico, igual que su hermanastro en la historia, John MacMillan, con un rol mucho más contenido y logrando trasladarnos las intenciones de una figura maquiavélica y cargada de secretos. También Emma Thompson y Emily Watson están en su línea habitual, con grandes trabajos.


En general, todo el reparto está magistral a las órdenes de Richard Eyre. Lo demás debe ser secundario. Puede haber imperfecciones, inevitables en cualquier adaptación de una obra de estas dimensiones, pero la labor de unión de cine, televisión y teatro es muy meritoria. Y las interpretaciones que la hacen posible, irrepetibles. 

Lo mejor: las interpretaciones, encabezadas por Anthony Hopkins 
Lo peor: una ambientación contemporánea imperfecta 
Nota: 8/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 4 de noviembre de 2016

Theaterkritik: 'Dorian Gray' (Akademietheater Wien)


Es gibt Stücke in der Kunstgeschichte, die nach vielen Jahrhunderten noch aktuell sind. Das Bildnis des Dorian Gray ist keines davon. Das Meisterstück Dorian Gray ist relevant wie nie und die Bedeutung scheint heute größer zu sein als am Ende des 19. Jahrhunderts.

Die Versuchung auf ewig schön bleiben zu wollen ist heute nicht nur ein Kampf gegen die Zeit, sondern auch gegen uns selbst und unsere Umwelt. Und dieser Kampf wird besonders in sozialen Netzwerken ausgetragen; die Versuchung mehr Likes zu bekommen und mehr Freunde zu haben wird zur heutigen Sünde, die unsere begehrte Schönheit und unseren Hedonismus dokumentiert und vergrößert. Unsere Bilder auf Facebook sind unsere eigenen Bildnisse, aber wir verstecken sie nicht am Dachboden, sondern wir veröffentlichen sie auf den sozialen Netzwerken.

Die Bedeutung dieser abwesenden Freude bzw. Lust könnte im Stück durch die Bildschirme repräsentiert sein. Bilder, in verschiedenen Größen, die auf verschiedenen Ebenen auf einem Gerüst montiert sind. Und dies produziert einen Effekt, der an jedem Platz des Raums anders ist: manchmal wird das Gesicht Grays oder ein Bildschirm unsichtbar für einen Teil des Publikums. Dieses Spiel ist sicher beabsichtigt, aber für die Zuschauer_innen, die das Gesicht Grays nicht sehen können, wenn er im Zentrum steht, ist das oft eher störend.

Der Effekt der Bildschirme, die ein gemeinsames Bild erstellen sollen, geht leider für die Zuschauer_innen, die nicht mittig im Theater sitzen, verloren. Und die Bildschirme, auch wenn sie bedeutend und eine originelle Idee sind, geben der Elektronik zu viel Raum in diesem Theaterstück. Damit ist gemeint, dass das Theater sich durch die Unwiederholbarkeit der schauspielerischen Darstellung auszeichnen soll und in diesem Fall verliert das Stück die Ebene der realen Präsenz der anderen Figuren, die alle am Bildschirm verkörpert werden. Die Nutzung der Bildschirme macht es jedoch noch schwieriger und verdienstvoller für Markus Meyer. 

Meyer. Er ist das Stück. 

Er spielt nicht nur Dorian Gray, sondern auch alle anderen Figuren –jedoch nur die männlichen Rollen, Sybil Vane kommt im Stück nicht vor- die auf den Bildschirmen erscheinen und mit denen er interagiert. Diese schon vorab gefilmten Gespräche können nicht warten und erlauben keine Pause für Meyer. Keine Pause auch weil er konstant durch das Gerüst, wo die Screens sind, wandert. Und auch in den ruhigen Momenten sitzt oder steht er in anstrengenden Positionen. All das macht er mit einer Intensität, die selbst die Zuschauer_innen müde und unruhig macht. Es gibt keine Pause für das Publikum, da das Stück nur eine Stunde dauert, jedoch trotz seiner Kürze ist das ganze Stück dicht im Inhalt und voller anregender Reflexionen. 

Anregende Reflexionen, die einiges über unsere Gegenwart zu sagen haben. Weil Dorian Gray keine unvergängliche Figur ist, sondern ein Pionier von Selfies, von YOLO und von Snapchat ist.