martes, 18 de diciembre de 2018

[Series] 'Shock Waves'. Antología suiza del crimen mediático e incomprensible

Hoy, 18 de diciembre, se estrena en Filmin la miniserie antológica suiza ‘Shock Waves’, centrada en cuatro crímenes horrendos que, durante las últimas décadas, sacudieron el país helvético.



Los cuatro crímenes que se narran en ‘Shock Waves’ (‘Ondes de choc’) no causaron un revuelo mediático en Suiza solo por su brutalidad y por el hecho de afectar a niños o adolescentes, sino también por tratarse de eventos aislados y de difícil comprensión, pues no tenían una aparente justificación lógica. De hecho, aunque es evidente que los factores político-sociales siempre están presentes, los cuatro casos que se muestran no parecen derivarse directamente de una sociedad machista, racista o culturalmente enferma, como sí parece ocurrir con otros casos mediáticos recientes que todos tenemos en la cabeza. 

Los cuatro episodios de alrededor de una hora no buscan lecturas analíticas ni el descubrimiento de nuevas aristas en los distintos casos, que comparten la gran visibilidad mediática que tuvieron en su momento, sino que se centran en los protagonistas de estos sucesos y en su forma de afrontarlos. Salvo esta aproximación, no hay otros puntos de unión, ni estilística, ni temática. También los equipos técnicos e interpretativos son diferentes en cada capítulo. 


El primero de los episodios, ‘Diario de mi mente’, coloca el foco sobre la profesora de francés de un joven que, tras matar a sangre fría a su padre y su madre, envía un diario a su maestra en el que relata cómo y por qué cometió el asesinato. No se trata de una narración arriesgada –junto al proceso judicial que sucede al crimen, el diario enviado a la profesora articula los flashbacks que lo ilustran–, pero sí se logra profundizar en los sentimientos de la profesora y el parricida con cierta solvencia

‘Nombre: Mathieu’ está centrado en un joven, violado y golpeado por un hombre que ya había cometido crímenes semejantes. Al ser el único que ha sobrevivido tras los ataques, su colaboración con la policía será esencial, mientras intenta continuar con su vida. Es el caso más salvaje y el que más incomodidad genera en el espectador, obligado continuamente a revivir el dramático suceso.


‘Sirius’ narra los últimos días de los miembros de una secta, que se preparan para un supuesto viaje. Es, quizás, el menos interesante de la antología, pues es el que menos profundiza en los personajes, limitándose a mostrar sus actividades. No hay explicación sobre qué hacen, por qué o cómo llegaron a unirse a la secta. No es el objetivo de la obra detenerse en explicaciones, pero sin ellas es mucho menos atractiva, pues resulta casi imposible introducirse en la narración. 

La historia más tensa se encuentra en ‘El valle’, que narra la huida de un joven, perseguido por la policía, tras haber robado coches de alta gama junto a varios compañeros. La ambientación en un entorno nevado y montañoso, con la persecución y el espíritu de supervivencia como hilo conductor, le añaden emoción. Destaca también la actuación protagonista, quizás la que más fácilmente consigue conectar con el espectador de entre las cuatro historias. 

Lo cierto es que las interpretaciones son en general muy notables, responsables en gran medida de la intensidad de los cuatro episodios. No obstante, el comportamiento de algunos personajes resulta incomprensible; tal vez sea algo derivado de enfrentarse a situaciones traumáticas o de gran estrés, o tal vez sean precisamente estos comportamientos extraños los que caracterizaron a los cuatro casos, pero parece restarle credibilidad al relato e impide un mayor atractivo. 

Salvo lo anterior y algunos elementos estéticos, como el abundante silencio o los intentos de profundizar en las conciencias de los protagonistas a través de algunos trucos visuales, no hay nada que podamos considerar especial en la miniserie. Sin embargo, hay algún ‘no sé qué’ escondido tras su halo de misterio por el que las cuatro historias resultan atrayentes. Y deduzco, que para el público suizo que conozca los casos en los que se basan, este atractivo será mucho mayor.

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 17 de diciembre de 2018

[Series] 'El milagro': tensa, terrorífica, espiritual, profunda y, sí, milagrosa

La serie ‘El milagro’ llega a Sky España el 22 de enero con su combinación de política, ciencia y fe en una obra misteriosa, intensa y absolutamente adictiva tras convertirse en un fenómeno en Italia


El Milagro, Il Miracolo, Sky,

Hay una serie de elementos que definen a la sociedad italiana y que, como tales, acostumbran a estar presentes en la notable producción audiovisual del país. Esos temas son la mafia, la religión católica y la caótica política. Los tres se encuentran presentes en ‘El milagro’, conformando una santísima trinidad de la grandeza y la miseria italianas, y aprovechando elementos más o menos habituales para combinarlos de manera novedosa y actual. Porque la actualidad de la serie, que se estrena el 22 de enero en España a través de Sky, es incuestionable.

El Primer Ministro italiano, en medio de la campaña del referéndum que sacaría a Italia de la Unión Europea, debe decir qué hacer con la figura de una Virgen que llora sangre que había sido incautada a un capo de la mafia calabresa. Sin aparente explicación científica posible y en un contexto político que obliga a gestionar el hallazgo con discreción, tanto en su vida como en la de las personas que han tenido contacto con la figura comenzarán a sucederse eventos de difícil explicación.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

En cierta medida, podría asemejarse a algunas de las obras de Dan Brown. Sin embargo, la eliminación de un personaje sabelotodo y absolutamente racional y científico como Robert Langdom permite mantener la espiritualidad y el misterio religioso. Además, y contraponiéndose también a ‘El joven papa’ –con el que, entre otras asociaciones, comparte la presencia del actor español Javier Cámara–, ‘El milagro’ no se centra las instituciones religiosas, corrompidas por los hombres, sino que pone el foco sobre el aspecto transcendental y divino y sobre su efecto en las personas. Así, entra en juego un elemento fantástico para unos, religioso para otros, que se sitúa por encima de las normas que establecen las acciones humanas y las leyes de la naturaleza y que incorpora, por su misterio e imposibilidad de comprensión, ciertas dosis de terror. 

Un terror que se deriva de una tensión constante y que apela a la base del miedo, que es el desconocimiento. Si nos da miedo la muerte es, sobre todo, porque no sabemos qué hay tras ella. Tampoco nos atemoriza la falta de luz, sino lo que se pueda esconder en la oscuridad. Y una obra de terror perdería tal condición si conociéramos cuándo se va a producir el siguiente susto o qué explica la presencia sobrenatural que acecha al protagonista. La religión, misteriosa e incomprensible por definición, es de esta forma una fuente inagotable para las obras de terror. Y en esta producción el miedo se manifiesta porque el milagro y lo que le rodea es imposible de racionalizar y comprender

Misterio e intensidad 


Es en ese misterio sobre las causas y las consecuencias de las lágrimas de la figura religiosa donde reside el principal atractivo. La dosificación de la información que se entrega al espectador es magistral, lo que da lugar a una de las series más absorbentes que he visto en mucho tiempo. Saber de dónde procede la madonna y qué ha provocado sus lágrimas resulta tan misterioso como adivinar cuál será el comportamiento de los personajes y los efectos que el misterio tendrá sobre ellos.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

Los protagonistas son atractivos y enigmáticos y, aunque no ha habido capacidad de evolución –los tres capítulos que Sky pone a disposición por adelantado reflejan cada uno de los tres días posteriores al hallazgo–, sí se advierte una profundidad y complejidad notables. Además, aunque interconectadas, las distintas tramas aportan riqueza y variedad, con diferentes aproximaciones al milagro, a la religión, a la vida y a la familia. La familia que, como institución central de la religión, cobra una particular relevancia a lo largo de la narración. 

La fuerza de la serie de Niccolò Ammaniti no se deriva solo de la trama y el misterioso desarrollo de los acontecimientos, sino de su poder visual. Particularmente impresionantes son los planos de la cara de la virgen con las lágrimas de sangre, aunque también la composición de algunas secuencias, superponiendo imágenes de un momento con sonido de otro posterior o anterior, transmite la tensión y la mística de la serie. Asimismo, la banda sonora, que a veces juega con la discordancia y la contraposición a la imagen, incrementa la intensidad.

El Milagro, Il Miracolo, Sky,

De esta forma, ‘El milagro’ es magnífica como ficción audiovisual, pero también lo es su conexión con la política italiana y europea o con los debates entre la fe y la ciencia. Y es que es posible que en pleno siglo XXI para volver a tener fe –y no me refiero solo a la creencia en un ente divino– lo que necesitemos sea un milagro. Y no descartemos que para lograr una serie tan extraordinaria haya hecho falta algún tipo de intercesión divina.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 16 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: 'Una chica de Brooklyn' (2014), de Desiree Akhavan: detallista e inteligente retrato social contemporáneo

El pasado viernes 14 de diciembre se incorporó al catálogo de Filmin ‘Una chica de Brooklyn’, una obra escrita, dirigida y protagonizada por la hasta ahora desconocida Desiree Akhavan, que narra la historia de una chica bisexual de origen iraní que acaba de romper con su novia



‘Master of None’, una de las series del año pasado en Netflix, se caracterizaba porque siendo, como su propio título decía, maestra de nada ni nadie, era una obra tremendamente actual, que retrataba los problemas y la realidad (pos)moderna de la sociedad estadounidense. Con las limitaciones y la riqueza que implica el largometraje frente a la serie, es imposible no analizar ‘Una chica de Brooklyn’ en asociación con esta o, quizás de forma demasiado obvia, con trabajos de Lena Dunham como 'Girls' o 'Tiny Furniture'.  

Desiree Akhavan anticipa en esta obra de 2014 a Aziz Ansari –y, a su vez, imita a Lena Dunham– para, desde casi el anonimato, escribir, dirigir y protagonizar, con notable solvencia en los tres casos, un trabajo muy novedoso, ajeno a convenciones, que no necesita caras conocidas, efectos especiales o grandes giros de guion para captar la realidad que le rodea. Y si en ‘Master of None’ la historia es la de un joven hindú, Dev, que vive en Nueva York sin saber qué rumbo dar a su vida, en ‘Una chica de Brooklyn’ la protagonista es Shirin, una chica iraní bisexual que vive en Brooklyn y que acaba de romper con su novia. Tanto Dev como Shirin proceden de familias inmigrantes, de clase media acomodada, y, a pesar de vivir en una sociedad abierta, multicultural y progresista, como la que rodea a los jóvenes neoyorquinos, siguen teniendo que enfrentar situaciones complejas derivadas de su origen o, en el caso de Shirin, de su condición de mujer y de su orientación sexual. 


Todo esto se aborda con grandes dosis de humor. Un humor que no se basa en situaciones surrealistas o en gags descacharrantes, sino en ingeniosos diálogos y en un tono agradable y gracioso que, no obstante, a menudo resulta agridulce. Sobre todo en ‘Una chica de Brooklyn’, donde hay un cierto pesimismo –que también existe en algunos capítulos de ‘Master of None’– que a veces impide que el humor se abra paso. 

Normalidad para que brillen los temas de fondo


Ya centrados en ‘Una chica de Brooklyn’ –aunque la mayoría de lo que sigue siendo válido para la serie de Netflix y, de paso, para la de HBO–, lo más destacable es la aparente normalidad e irrelevancia de la obra, que la aproxima a su público. Al fin y al cabo, para que un personaje y su historia sean creíbles y cercanos, lo más adecuado es que sean tan normales como el espectador y su vida. La trama es muy sencilla: las aventuras de una joven tras una ruptura. En realidad, no sucede nada extraordinario, no hay un gran final, no se busca una redención, una nueva historia o un cambio radical. Tampoco la narración es particularmente novedosa, intercalando en el duelo tras la ruptura algunos flashbacks del periodo de romance. Todo esto, que considero un gran acierto, es evidente que le resta un punto de esa magia que el cine también necesita. Nunca llega a ser aburrida, para nada, mas tampoco se convierte en un trabajo especial e irrepetible. 

Esta normalidad y humildad de la trama y de la presentación no solo no impiden, sino que potencian un profundo análisis crítico de la sociedad. El título original de la película, ‘Appropriate Behaviour’, resulta mucho más ilustrativo e interesante en este sentido. Akhavan demuestra cómo sigue siendo necesario luchar contra las discriminaciones o injusticias que, incluso en nuestros modernos y desarrollados entornos, siguen existiendo. Ahí está su vocación de reivindicación del feminismo y de los derechos LGTBIQ+, así como su crítica a estos movimientos y a determinadas conductas que, aunque a menudo imperceptibles y bienintencionadas, siguen teniendo cierto corte xenófobo. Esta reflexión se logra con gran sutileza e inteligencia, sin ideas absolutas, y más a través de detalles que de burdas alusiones directas.


Y es que es en esa normalidad de lo que nos rodea donde de verdad podemos descubrir su complejidad y su multitud de aristas. Y donde podemos apreciar cómo somos, cuánto hemos avanzado y cuánto nos queda todavía de camino. 

Lo mejor: el análisis social que se esconde tras la normalidad 
Lo peor: que no resulta especial ni verdaderamente novedosa 
Nota: 7.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 7 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: ‘The Wild Boys’, de Bertrand Mandico. Única en su reflejo de la transexualidad

‘Les garçons sauvages’, disponible en Filmin, presente en el Atlàntida Film Fest y elegida por Cahiers du Cinema como película del año, es, además, la cinta que mejor capta la fluidez del género y la identidad transexual



La gran película americana. La voz de una generación. El reflejo de una época. El largometraje definitivo sobre el Holocausto. La película feminista por excelencia. La obra del año. De la década. Del siglo. Hablar de cine no es fácil. Caer en los tópicos, sí. Y realizar estas o alguna afirmación semejante es habitual, tanto con intención promocional como descriptiva. Lo más frecuente es equivocarse. Sin embargo, en ocasiones se presentan trabajos tan extraordinarios, transgresores y sorprendentes que recurrir a estas sentencias totales es casi inevitable. 

‘Les garçons sauvages’ es, probablemente, la película que mejor ha captado la fluidez de género y la transexualidad. Estoy de acuerdo con Carlos Laureda, de Fotogramas, que la define como “LA película queer y transgénero del siglo XXI”. Cahiers du Cinema la ha elegido como mejor película de 2018. Tanto en el contenido que destaca Laureda, como en un aspecto más estético que suele preocupar a la revista francesa, la cinta de Bertrand Mandico se convierte en algo único y rompedor. 

Cinco jóvenes burgueses son puestos en manos de un capitán holandés como castigo por la última de sus salvajadas. El Capitán, intentando doblegar su libérrima, violenta y desatada voluntad, los conducirá a una isla de exuberante vegetación, en la que se esconden lascivos placeres. Guiados por una voz en off omnisciente y un uso casi completo del blanco y negro –combinado en determinados momentos con secuencias en color–, nos vamos alejando de una narración convencional y de una película de aventuras marinas para encontrarnos con una surrealista sucesión de alegorías cargadas de simbolismo.


Lujuriosa, lúbrica y orgiástica, la práctica totalidad de las imágenes contienen referencias sexuales. Esto, sumado al hecho de que los cinco protagonistas estén interpretados por chicas, nos lleva a una profunda reflexión sobre la sexualidad, el feminismo, las barreras y la fluidez de género, el rechazo a la virilidad o la identidad. Si bien todos ellos puedan enmarcarse en la transexualidad, sus ramificaciones alcanzan otros muchos campos, lo que dota de mayor atractivo y de nuevas dimensiones a ‘The Wild Boys’. De todos los elementos mencionados, y esto es solo una opinión, son ese rechazo a la virilidad y la identidad los más interesantes, aunque solo sea por la posición que ocupa en la narración. 

Más allá de una película queer 


Visualmente, el componente onírico es muy poderoso, como también lo es la vegetación de la isla. Las actuaciones están muy cuidadas en todos los casos, mostrando una evolución, tanto física como psicológica, muy elaborada. Sin embargo, a pesar de que el aspecto cinematográfico podría considerarse tan novedoso y atractivo como su enfoque transgénero, palidece ante la fuerza de este aspecto, al que queda subordinado. 

Con todo esto, la película es muy compleja. No es lenta ni tan abstracta como para que resulte imposible seguir el desarrollo de los hechos, pero quizás sí acabe siendo demasiado densa. Tampoco es una obra inclasificable o incomprensible, aunque sí es extraña y demanda una visión muy reposada que permita desentrañar todas las alegorías y referencias ocultas. Es, por supuesto, una película muy particular. Y, sin ser un gran aficionado del surrealismo, reconozco que me siento muy atraído por ella. No sé si como un placer oculto o como deseo irrefrenable e incomprensible, pero hay algo en ‘Les garçons sauvages’ que me atrae y me distancia al mismo tiempo. Como la marea que mece el barco en el que viajan los chicos salvajes. O como los placeres de la isla que les transforma y seduce.


Y es que solo un trabajo tan especial y complejo puede aspirar a convertirse en la película que mejor retrata la fluidez del género y la identidad transexual. Sea o no digna merecedora, su tratamiento de una materia tan –todavía– marginal y su valiente apuesta en la que la normatividad es arrasada, la convierten en una experiencia única. 

Lo mejor: su simbolismo y su incursión en el debate sobre la identidad 
Lo peor: me gustan más todos sus elementos –tanto en la forma como en el fondo– que la película en sí misma 
Nota: 8/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 6 de diciembre de 2018

[Series] 'Hakan, el protector': la primera serie turca de Netflix busca ser algo más que un homenaje a Estambul

El 14 de diciembre se estrena en Netflix ‘Hakan, el protector’, la primera serie turca producida por la plataforma de streaming


Hakan, el protector

Estambul es la ciudad más occidental del país en el que se unen oriente y occidente. Es precisamente en Estambul, en el Estrecho del Bósforo, que divide la ciudad, donde se separan –o unen– Europa y Asia. La gigantesca urbe, capital de grandes imperios, como el bizantino y el otomano, posee una riqueza cultural, artística e histórica inmensa. Se convierte así en un escenario ideal para la primera producción turca de Netflix.

‘Hakan, el protector’, que se estrena el próximo 14 de diciembre en Netflix, narra la historia de un joven vendedor de El Gran Bazar que, tras la muerte de su padre adoptivo, descubre que es el heredero de una antigua y secreta organización dedicada a proteger Estambul. Convertido en el último Protector, solo él podrá derrotar al Inmortal, asesino de su familia y amenaza de cuanto le rodea.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

La trama, semejante a tantas otras historias de aventuras, de míticas órdenes secretas y de guerreros fantásticos, es convencional y no presenta abundantes novedades. Como suele ocurrir en este tipo de productos, tiene un toque gamberro y divertido, oscuros y trajeados malos, y protagonistas (físicamente) atractivos y carismáticos. Es cierto que no se le puede exigir lo mismo que en producciones de las grandes industrias estadounidenses o europeas, pero es evidente que cae en frecuentes clichés y en elementos artificiales, además de no contar con una gran profundidad en la narración. No obstante, resulta llamativa por lo novedoso de su origen y ambientación.

Estambul, escenario único 


La serie es consciente de su potencial, y por eso convierte a la ciudad en un personaje más, probablemente el principal. Las imágenes aéreas, la recreación estética y vocación didáctica en torno a sus monumentos principales –con la imponente Santa Sofía como elemento central–, el contraste entre zonas y mundos dentro de la misma ciudad, las constantes referencias al pasado bizantino y otomano… Se percibe incluso una cierta vocación promocional. Y la sensación de que, tras los seis capítulos que Netflix ha adelantado a los medios, la metrópolis euroasiática seguirá ganando protagonismo.

También se pueden intuir algunas sorpresas y un desarrollo del guion que, aunque todavía sin explotar, creo que puede tener oculto más potencial del que hasta ahora se ha mostrado. Los primeros capítulos han sido de construcción de los personajes y planteamiento del universo, pero todavía quedan numerosas lados oscuros y ramificaciones de la historia que revisten interés y que pueden aprovecharse. Pueden quedarse en nada, pero también pueden sorprendernos.

Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

De hecho, se plantean algunas sorpresas al mostrar a una sociedad turca menos religiosa y más occidental de lo que podría esperarse. Estambul es la más cosmopolita, desarrollada y abierta y la menos ‘turca’ de toda Turquía, sin embargo, sí que permite desmontar algunos tópicos sobre la sociedad turca y abrir algunas mentes. Al mismo tiempo, esa proximidad cultural permite que el choque sea menor para el espectador occidental –mayoritario en Netflix– y generar menores recelos ante lo nuevo o diferente.

Veremos si la serie puede ofrecer algo más allá de los alicientes derivados de su procedencia o si se queda en una hermosa postal de Estambul. Y eso, que es posible, porque hay material para ello si se sabe aprovechar, tendría un mérito muy notable. Veremos si ‘Hakan, el protector’ consigue destacar por encima de la ciudad a la que su destino obliga a proteger.

Nota, Hakan, el protector, Netflix, Los Lunes Seriéfilos

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

domingo, 2 de diciembre de 2018

[Cine] Crítica: 'No hay salida' (2018), de Rasmus Kloster Bro: potencial desaprovechado

Filmin estrenó el 30 de noviembre ‘No hay salida’, una ópera prima danesa con gran potencial y enfoque erróneo, en la que tres personas quedan atrapadas en una cámara subterránea tras un incendio en unas obras de metro 



Supongo que es una comparación injusta y odiosa, pero tras el ‘Enterrado’ de Rodrigo Cortés es muy difícil realizar películas claustrofóbicas que no palidezcan ante los riesgos y minimalismo de la cinta protagonizada por Ryan Reynolds. ‘No hay salida’ –‘Cutterhead’ en la versión oficial por el nombre del cabezal de la tuneladora en la que se quedan atrapados– intenta transmitir un agobio y asfixia semejantes y, aunque sí tiene momentos intensos e incómodos, su verdadero punto fuerte nunca está ahí.

La ópera prima de Rasmus Kloter Bro, estrenada el pasado 30 de noviembre de Filmin, muestra cómo tres personas quedan atrapadas en una cámara hiperbárica en las obras de construcción de un metro en Dinamarca tras un accidente. Ignorantes sobre qué ha pasado exactamente, la situación va ganando dramatismo a medida que se agota el oxígeno. La posibilidad de que en el exterior el incendio todavía continúe activo, la ignorancia sobre cuándo vendrá alguien a rescatarlos y la necesidad de someterse a un proceso de descompresión para salir de la cámara llevarán a los dos obreros y a la periodista que ese día estaba retratando la vida de los empleados al límite de sus fuerzas físicas y mentales.


Es en la interacción entre los tres personajes principales, sus diferentes historias y sus personalidades donde reside el verdadero valor y atractivo de la película. La aproximación a la vida y la muerte es muy distinta entre una periodista danesa que en ningún momento parece haber tenido mayores preocupaciones, un padre de familia croata que apenas ve a sus hijos por trabajar en un país del otro extremo de Europa o un joven de Eritrea que tuvo que cruzar el desierto y fue secuestrado en su travesía hacia Europa, como tantos otros subsaharianos.

Sensación de potencial malgastado 


Había material para profundizar más en la riqueza interna de los personajes, sobre todo gracias a unas interpretaciones bastante notables, mas el intento de aprovechar el relato terrorífico y claustrofóbico parece impedirlo. Ahí reside el mayor fallo, pues la película, que podría despuntar mucho más como retrato del sueño europeo –algo que la propia protagonista enuncia y parece adelantar en un momento del film–, se pierde al orientarse hacia un género para el que tal vez no esté preparada.

Se aprecia esto en la cámara, que intenta jugar con el espacio y con los primeros planos, pero queda lastrada por la posible inexperiencia o falta de técnica del equipo. Así, lo que hubiera sido una película ideal para el Atlàntida Film Fest que Filmin acogió y que tan gratas sorpresas aportó –algunas de ellas, muy cercanas en estilo y temática, así como en europeísmo y en análisis social crítico–, se queda en un trabajo que se promociona como terror asfixiante sin ser ese su camino.


Y es una pena, porque el planteamiento, el contexto en el que se enmarca y los personajes que se comienzan a dibujar tenían capacidad para muchísimo más. La obra tiene indudables aciertos e interesantes detalles, pero es imposible no sentir que su enfoque le impide aprovechar todo su potencial.

Lo mejor: unas interpretaciones notables y unos personajes que tienen mucha más historia de la que se nos muestra 
Lo peor: precisamente eso, que no podamos rascar más allá de la superficie de los personajes 
Nota: 6/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

lunes, 26 de noviembre de 2018

[Cine] Obituario: Bernardo Bertolucci, o la violación y los límites del arte

Bertolucci era uno de los directores esenciales del cine italiano y europeo, con títulos fundamentales como ‘El último emperador’ (1987), ‘Novecento’ (1976) o ‘El último tango en París’ (1972). La violación real que tuvo lugar en esta última empaña la película y hasta su carrera, y nos devuelve al debate sobre los límites del arte (curiosamente, el día que Dani Mateo comparece ante un juzgado por “sonarse” con una bandera) 


Bertolucci con su estrella en el Paseo de la Fama. FOTO: AFP

Tras años de lucha contra una larga enfermedad que le había dejado en una silla de ruedas, hoy ha muerto en Roma, a los 77 años de edad, Bernardo Bertolucci. Su excelsa trayectoria fue reconocida en 2007 en Venecia, en 2011 en Cannes y en 2012 en los Premios del Cine Europeo, a lo que se suman los múltiples galardones que recibió por sus casi veinte trabajos como director y guionista. Destacan, por encima del resto, los 9 Oscars que consiguió ‘El último emperador’ en 1988, incluyendo el de Mejor director y Mejor guion adaptado. 

Artista comprometido con sus ideas, nunca escondió su tendencia comunista, como se aprecia en ‘Novecento’. El erotismo de ‘El último tango en París’ le llevó incluso a verse privado de su derecho al voto por ofensas al pudor. La sociedad italiana, uno de los países occidentales en los que el comunismo y la religión católica tienen una presencia más clara, marcaron su biografía y su cine. Hijo de un poeta, su trabajo también ha buscado la belleza, el arte y la libertad

Libertad, que, como concedía a El País Semanal en 2013 con motivo del estreno de ‘Tú y yo’, a menudo ha buscado en espacios cerrados. El mejor ejemplo de ello fue ‘El último tango en París’, en el que dos desconocidos entablan una relación puramente sexual en un piso parisino. Esta obra, que podríamos considerar maestra, es la que, en los últimos años, más polémica ha levantado en torno al genio italiano. 

Los límites del arte 


El propio Bertolucci reconoció años después que Maria Schneider había sido engañada para que la icónica escena de la mantequilla, en la que el personaje interpretado por Marlon Brando sodomiza al de una joven Schneider de 19 años, resultase más realista y que el público pudiera percibir con absoluta veracidad la rabia que sus gritos y su llanto reflejaban. El director defendía, sin mayores remordimientos, que quería que su actriz “se sintiera de verdad violada”, pues "para hacer películas, a veces, tenemos que ser completamente fríos"

La escena de la mantequilla en 'El último tango en París'

Bertolucci argumentaría que eran otros tiempos y que eso sería imposible en la actualidad. Sin dejar de ser cierto, eso no puede ser una justificación. Y menos para el cineasta, crítico o espectador actual. Esto nos lleva a enfrentarnos, una vez más, con los límites del arte. Y lo hace en un día en el que un humorista ha tenido que declarar ante un juez por “sonarse” con un trozo de tela una bandera

La libertad es esencial para crear. El arte, o es libérrimo, o no es. Pero cuando esa libertad choca contra la ley –o, mejor dicho, contra una ley justa que defiende los derechos humanos de las personas–, no hay creación posible. Ninguna obra de arte justifica una violación. Igual que tampoco justifica el asesinato o la violencia de alguien que no quiera ser asesinado o violentado. 

Más cuestionable y borroso puede ser el límite cuando se trata de la utilización de animales, el erotismo y la pornografía, las ofensas a los sentimientos –patrióticos, religiosos, políticos, de clase, regionales, científicos, futbolísticos, cinéfilos...–. La discusión está abierta en todos estos casos. Y es bueno que sea así, porque el arte y el humor deben, al menos de vez en cuando, ofender y provocar

Pero hay otros casos, y ese es el de la violación de Maria Schneider, en los que no puede haber dudas. Y no hay obra de arte que valga más que la vida o la integridad de las personas. Salvo que el creador o el artista se exponga de manera voluntaria y consciente a ello. Lo que excluiría a un torero que arriesga su vida porque así lo desea, lo que excluye a Luis XIV de Francia al convertir su agonía en un espectáculo barroco, lo que excluye a un actor que para meterse en el papel decide por sí mismo someterse a torturas como las que experimenta su personaje o lo que hubiera excluido a Maria Schneider si, voluntariamente, hubiera querido ser víctima de una violación (que en ese caso no sería tal) para dotar de realismo a su personaje. 

¿Qué hacemos con la obra de Bertolucci? 


El debate que surge ahora es qué hacer con los obituarios de Bertolucci y con su legado. Destacar su condición de director imprescindible no quita reconocer esa gigantesca mancha. Lo que ocurre con dicha mancha es que no puede separarse de la obra.

Brando y Schneider conversan con Bertolucci. FOTO: Everett Collection

Pensemos en Kevin Spacey o –presuntamente en este caso– Woody Allen. Es evidente que no podemos enfrentarnos a ‘American Beauty’ o, mucho menos, a ‘Manhattan’ de la misma forma, sabiendo cómo han obrado sus protagonistas en la realidad, aunque sí podemos trazar una línea entre sus trabajos artísticos y entre sus vidas personales. Lo de Bertolucci –y por extensión lo de Marlon Brando y el resto del equipo, aunque hoy no sea su día– es diferente, pues su violación fue un medio para llevar a cabo su arte. Un medio injustificado, pero un medio, al fin y al cabo, una estrategia que probablemente sí otorgó veracidad y fuerza a una de sus películas más trascendentes. Es decir, la obra de Bertoluccci está determinada por un comportamiento despreciable, por lo que es imposible separar ambos

¿Hace eso que toda la carrera de Bertolucci quede mancillada? ¿No debemos aproximarnos a ese comportamiento desde una perspectiva histórica en la que la violación no era percibida en los 70 como lo es hoy (aunque algunos patanes sigan sin haber evolucionado)? ¿Es verdaderamente separable el contexto y la vida privada de un artista como Spacey o Allen de su trabajo? ¿Es posible seguir considerando a ‘El último tango en París’ como una obra maestra? 

Es difícil formular respuestas totales, pero lo que resulta evidente –a mis ojos, porque esto no es ninguna verdad absoluta– es que Bertolucci sigue siendo un genio. Y de la misma forma que algunos genios pusieron su talento al servicio del mal –los extraordinarios documentales de Leni Riefenstahl se realizaron como propaganda nazi–, otros, como Bertolucci, pusieron el mal al servicio de su genio.

Fotograma de 'El último emperador'

Más allá de los límites, más éticos que legales, que debe tener el arte, el genio se mantiene, a veces incluso crece, cuando se asocia con el mal. Al contrario que en el deporte, en el que hacer trampas es claramente malo y está claramente definido, en el arte no hay unas normas establecidas, por lo que tampoco hay trampas y por lo que tampoco hay posibles descalificaciones. Un deportista tramposo puede perder sus medallas. Un artista despreciable no tiene por qué ser menos artista, lo que será es más despreciable.

‘El último tango en París’ se puede comparar, salvando las insalvables distancias, con ‘El nacimiento de una nación’ de David Griffith. Como trabajos artísticos, ambos tienen una calidad indudable, que ni los medios utilizados ni el contexto pueden empañar. Lo que debe ser absolutamente imprescindible es aproximarnos a ellos con todo el cuidado y pudor necesarios, sabiendo la oscuridad que esconden. E igual que estudiamos historia para no caer en errores del pasado, debemos seguir observando, admirando y criticando estas obras maestras para que su arte perdure y para que las barbaridades que las rodean no vuelvan a repetirse

Y en ese sentido, por desgracia y por suerte, Bertolucci y su cine son irrepetibles.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

viernes, 23 de noviembre de 2018

[Cine] Crítica: 'Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald' (2018). Vuelve la magia, pero más adulta, oscura y política

Los animales fantásticos de Newt Scamander regresan en esta segunda entrega de la saga que amplía el universo de Harry Potter. Las numerosas referencias a la socio-política muggle y al mundo mágico original permiten una película más atractiva y madura



Es esta la sexta película del universo Harry Potter que dirige David Yates. La evolución en ellas ha sido clara: se fue abandonando la estética infantil y juguetona y la fascinación por la magia de los primeros títulos para introducirnos en un mundo mágico mucho más oscuro, peligroso y complejo. El tono de las películas se ha ido adaptando a unos personajes que han ido creciendo y madurando para enfrentarse a fuerzas más malvadas y poderosas. ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’, aunque un tanto anárquica, alejándose de los personajes conocidos y recreándose en las criaturas mágicas, seguía esa clasificación. ‘Los crímenes de Grindelwald’ confirman ese camino, con una obra más sombría y política, que combina el mundo mágico que hereda de la saga de Harry Potter con el mundo no mágico.

La película mejora a su predecesora al llenarse de contenido real y mágico. Real porque las lecturas políticas que se extraen del film son claras, con una fuerte crítica a las ideologías totalitarias y el racismo o debates sobre el uso de la fuerza por la autoridad. La imagen de París cubierta por banderas negras recuerda inevitablemente a la decoración de las ciudades bajo el régimen nazi.


Y mágico porque los fans nos reencontramos con personajes y tramas conocidos, algo que aporta gran riqueza y amplía el universo con el que muchos crecimos. Sigue sin ser Harry Potter, pero es un largometraje muchísimo más reconocible y emocionante para los amantes de la saga original. De hecho, es muy útil serlo para poder extraer todo el contenido y los guiños que abundan en la obra. Gracias a ‘Los crímenes de Grindelwald’ se puede conocer el origen de figuras e historias anteriores, si bien es cierto que en muchas ocasiones todavía existe un hueco entre la historia de Harry Potter y la de Newt Scamander –deberá llenarse en las tres entregas que restan de la saga–, a la vez que el comportamiento de algunos personajes no está completamente justificado. 

Más magia que cine 


A esos fallos en los personajes se suman algunas decisiones que parecen buscar que la historia avance. También da la sensación, tal vez por la sobrecarga de explosiones y efectos especiales que ofrece el cine contemporáneo, que los efectos visuales palidecen en comparación con otros films y, sobre todo, en comparación con un sonido impresionante y esencial para atarte a la butaca. La narración es bastante convencional y, aunque pueda disfrutar con el mensaje y los guiños a la saga original, la calidad estrictamente fílmica de la película es cuestionable. Es más, si la obra no significara lo que significa es probable que este análisis fuera mucho más crítico. 

Por suerte, no podemos separar la obra de su contexto, del que, por cierto, esta película sabe nutrirse de forma única. Igual que tampoco podemos separarla de unas interpretaciones magníficas. No solo la tan comentada de Johnny Depp, sino también la de un Ezra Miller vulnerable y desorientado, y en torno al que gira toda la narración, y la de un Eddie Redmayne con un entrañable carácter autista, más cómodo en el contacto con criaturas que con personas. Me sobra, no obstante, el personaje de Jacob Kovalski; aunque casaba muy bien con la línea de ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’, aquí tiene menos sentido mantener un personaje cómico que aporta muy poco a la trama. 


Su presencia descarga la intensidad de un trabajo que no lo necesita, pues es precisamente en su intensidad donde encuentra su mayor potencial. Sigue sin resultar rompedora por sí misma y sin ser el Harry Potter que muchos extrañan –extrañamos–, pero encuentra su camino uniendo, con intensidad, nostalgia y trascendencia. Y demostrando así que la evolución del universo de J. K. Rowling continúa

Lo mejor: dos momentos que resumen el alma de la obra[1]
Lo peor: no se recrea en lo impresionante que es la magia 
Nota: 7.5/10

(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)


[1] [SPOILER] El regreso a Hogwarts con el Tema de Hedwig, muy emocionante para quienes pensamos que no volveríamos a la Escuela de Magia y Hechicería; y el mitin de Grindelwald, cargado de referencias a los fascismos del siglo XX, con la predicción sobre la II Guerra Mundial, y la posterior batalla.

domingo, 11 de noviembre de 2018

[Series] 'La ciudad y la ciudad' (2018): miniserie noir con lecturas políticos-sociales


Filmin estrena el martes 13 de noviembre la miniserie de la BBC Two ‘La ciudad y la ciudad’, protagonizada por David Morrisey y basada en la novela negra de China Miéville. Una obra inteligente, ambiciosa y compleja, con aciertos notables, pero que no consigue despertar toda la tensión que lleva dentro 


Dos ciudades físicamente unidas, pero radicalmente opuestas y separadas. En realidad, una ciudad dividida en dos. No por un muro o una valla, sino por la norma que impide mirar y cruzar hacia el otro lado. Los habitantes de una ciudad desconocen por completo cómo es y qué ocurre al otro lado. Y mientras tanto, la vida continúa en la decadente y nacionalista Besźel y en la más próspera y burocratizada Ul Qoma.
Puede sonar a una nueva alusión a la Berlín de la Guerra Fría, separada por el Muro, materialización del Telón de Acero que separaba los bloques capitalista y comunista. Incluso la torre desde la que se emite la propaganda para que los ciudadanos de Besźel solo vean Besźel recuerda a la Torre de Televisión en la Alexanderplatz berlinesa. No obstante, las referencias en la miniserie de la BBC Two que ahora llega a Filmin son mucho más escasas y sutiles que en otras obras semejantes, como la reciente ‘Counterpart’. 

Aquí el debate va un poco más allá, intuyendo críticas al nacionalismo y tanto al socialismo como al capitalismo, así como a la burocratización, la hipervigilancia o la propaganda. Tiene toques de ‘1984’, aunque sin la crudeza y el control extremo de esta, y realizando un cierto trabajo de aproximación de la distopía orwelliana al contexto actual. 

Construcción ambiciosa y compleja 


Más allá del mensaje y la crítica que subyace, lo llamativo de esta adaptación de la galardonada novela homónima de China Miéville está en su propia construcción. Los cuatro episodios de 60 minutos se organizan en torno a cuatro zonas: Besźel, Ul Qoma, Orciny (una mítica ciudad ubicada, supuestamente, entre las dos anteriores) y la Brecha (la frontera entre las dos primeras, regida por una poderosa y misteriosa organización). La línea argumental que une todo es la investigación del inspector Tyador Borlú del Equipo de Crímenes Violentos de Besźel, que se adentra en un entramado de mitos, conspiraciones y peligros al hacerse cargo del caso de una estudiante extranjera aparecida muerta en Besźel tras haber sido asesinada en Ul Qoma.


Hay un ligero caos en la estructura, que busca épica y complejidad en la narración, aunque parece perderse, generando sensación de desconcierto. Algo semejante ocurre con las visiones y recuerdos del mucho más desconcertado protagonista, notablemente interpretado por David Morrisey, que añaden capas a la historia, pero llegando a resultar en ocasiones innecesarios y hasta forzados, lo que hace que la historia sea más densa. 

Tal vez por eso, su capacidad de impedir al espectador apartar la vista de la pantalla es limitada. Es tensa y atractiva, sobre todo en su dimensión noir y en su valiente apuesta por el thriller político, si bien no consigue satisfacer toda su ambición. Ambición que se aprecia a su vez en la utilización de la imagen, con tomas y planos poco habituales, tendentes a la grandilocuencia y cargados de significado y simbolismo. También la suciedad de Besźel y la composición opuesta y equivalente de las dos ciudades transmite la opresión del entorno con acierto.


En general hay más aciertos –junto a los mencionados también encontramos algunos toques de humor gracias a personajes como la agente Corwi– que fallos –es más bien el hecho de saber que había posibilidades de mejora–. Mas, sobre todo, destaca un mensaje, que sobresale por encima de la alegoría de George Orwell o de las referencias al Muro de Berlín, y es que el dinero vale más que las ideas o los valores y que el nacionalismo no es más que otro negocio. Menos mal que el inspector Borlú no está de acuerdo.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)

jueves, 8 de noviembre de 2018

[Series] 'Regreso a Howards End': precioso y perfeccionista drama de época británico

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

‘Regreso a Howards End’, disponible en Filmin, combina casi todos los elementos del drama de época británico con unas grandes actuaciones para lograr una obra actual, sutil, inteligente, redonda y (tal vez demasiado) bonita


Pocos países cuentan con una producción tan reconocida y reconocible como el Reino Unido. ‘Downton Abbey’ no es ni de lejos el único, aunque sí es el más característico y al que es imposible no recurrir al analizar ‘Regreso a Howards End. Tampoco es posible separarse de la novela de E. M. Forster en la que se basa, ni de la película homónima de James Ivory estrenada en 1992.

La miniserie dirigida por Hettie MacDonald bebe de todos ellos, explotando al máximo los aspectos propios de los dramas de época británicos: tramas familiares, con un drama más bien ligero pero constante; ese humor británico tan popular y tan difícil de comprender; una banda sonora suave y frecuente; paisajes pintorescos y casas hermosas, con recogidos interiores y abiertos exteriores; el exceso de corrección y pompa de la sociedad, sobre el que constantemente se debate; y una profunda reflexión sobre la diferencia de clases, la revolución de la sociedad y la creciente independencia femenina, con el sufragismo como caso paradigmático. Cada uno de estos elementos puede observarse por separado, pues su riqueza es muy notable.

La trama: el camino de los hermanos Schlegel, sobre todo de las dos hermanas mayores, se cruza con el de la adinerada familia Wilcox y de el de la familia de clase trabajadora Bast. Una herencia disputada, un amor frustrado, un matrimonio casi de conveniencia, diversos líos inmobiliarios, dificultades económicas, alguna infidelidad... A pesar de su desigual gravedad, los temas se tratan con calma y sin excesiva gravedad, adentrándose en lo que significan para los personajes que los viven.

El humor: no abunda, pero es constante a lo largo de los cuatro capítulos, con el caprichoso y brutalmente sincero Tibby Schlegel como elemento cómico.

La música: de gran belleza, aparece en numerosos momentos, ayudando a comprender el tono y la sensación de secuencias que, en ocasiones, no resultan tan explícitas. Predomina la cuerda y el piano, también con presencia diegética.

El entorno: tanto la espléndida residencia rural de Howards End como las residencias urbanas son elementos centrales en la trama; tanto los edificios, más o menos lujosos, pero siempre coquetos y hermosos, como los exteriores naturales y urbanos (muy detallista y trabajada la combinación de carruajes y coches en las calles, un tanto sucias y embarradas) suponen uno de los aspectos más atractivos de la serie, gracias en parte a la preciosa fotografía, que cuida cada plano.

El lenguaje: la formalidad y la pompa británicas se tematizan aquí con personajes, sobre todo los tres Schlegel –de ascendencia alemana–, directos y honestos. La distinción entre la forma de hablar de las distintas clases sociales y entre géneros es sobra la que reposa el debate sobre sus desigualdades.

Regreso a Howards End

La reflexión sobre la desigualdad: es un tema recurrente en este tipo de obras, pues reflejan el momento en el que las brutales diferencias de clase y de género comenzaron a venirse abajo. Por supuesto, ese proceso no ha concluido en la actualidad, por lo que, sobre todo el contenido feminista, tiene una gran vigencia en el presente.

Perfección extrema


Cada uno de estos elementos es tratado con mimo, inteligencia y sutileza. De hecho, esa sutileza es la principal característica diferenciadora de esta miniserie, pues la maldad y la bondad son relativas, buscando comprender los motivos de cada personaje, y sin que sea sencillo incluir a cada uno de ellos en compartimentos estancos, pues su complejidad lo impide. Esto resulta especialmente interesante en lo referente a la discusión sobre la desigualdad social y de género, pues no se realiza un juicio desde la perspectiva actual, sino que, se observa desde la propia sociedad de aquel momento.

Así, la serie resulta cautivadora. Sin que esté sucediendo en la pantalla algo extraordinario, la inmersión en la trama es total, gracias en gran medida al lenguaje y carisma de los protagonistas. Sus actuaciones, en especial la de Hayley Atwell, son muy comprometidas y minuciosas.

Hayley Atwell y Matthew Macfadyen en Regreso a Howards End

Esto no impide, quizás incluso promueve, que la miniserie resulte excesivamente bonita y perfecta. El cuidado de cada plano, de cada situación y de cada diálogo llega a resultar un tanto empalagoso y a restarle credibilidad. Esto se ejemplifica en el último tramo del último episodio, en el que todo debe quedar resuelto y adornado. Sin embargo, el cierre resulta aséptico y precipitado, sin la profundidad y el nivel de detalle del resto de los capítulos, y con una inverosímil pulcritud.

Ese cierre deja una sensación agridulce, propia también de este tipo de producciones, si bien aquí no es una opción de la historia, sino una discutible decisión narrativa. Tal vez fuera este elemento el único que faltaba a esta miniserie para hacer un arte de todas las características del drama de época británico.


(Publicado en Los Lunes Seriéfilos)