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lunes, 6 de febrero de 2017

La Casa Blanca, en guerra contra la prensa




Las críticas de los medios de comunicación han contribuído a generar ruido y a encumbrar al fenómeno Trump


Hace más de una semana que Donald Trump tomó posesión como Presidente de Estados Unidos. Desde entonces los medios de comunicación de todo el mundo han realizado una cobertura nunca vista sobre sus medidas y declaraciones. Ya fuera por su discurso inaugural ultranacionalista, por su anuncio de que construiría el infame muro con México o por sus decretos para que Estados Unidos abandonara el tratado comercial con el Pacífico, el recién proclamado presidente ha tenido una gran visibilidad en los medios informativos estadounidenses y occidentales. Casi cada día, su foto, firmando las órdenes ejecutivas con las medidas que había prometido a sus votantes, se ha colado en las portadas de los diarios de ambos lados del Atlántico.

La mayor parte de estas aproximaciones han sido críticas, denunciando la xenofobia y el corte autoritarista de sus políticas. Encuestas, editoriales, manifestaciones, entrevistas a líderes políticos... Casi todos reflejaban rechazo hacia el presidente estadounidense.

Es difícil encontrar casos en los que la opinión pública se haya mostrado tan unánime en su crítica a un candidato. De la misma forma, es casi imposible encontrar precedentes en los que los votantes y la realidad hayan refutado tan tajantemente lo que indicaban los líderes de opinión y los medios de comunicación. Y quizás en ese interés por contradecir a la prensa resida una de las claves del triunfo de Trump.

Medios poco creíbles

Los ciudadanos perciben a los medios como elementos del establishment, alejados del ciudadano,  elitistas, sectarios y mentirosos. Según el instituto de opinión Gallup, solo un tercio de los estadounidenses dice confiar en los medios de comunicación de masas -en España ese dato alcanza el 43%, según el CIS-. En ese contexto, que Trump sea vilipendiado por los periodistas llega a resultar paradójicamente beneficioso. Y él sabe aprovecharlo, colocándose como el antagonista de los grandes medios, a los que acusa reiteradamente de mentir y de publicar “noticias falsas”.

Sus enfrentamientos directos con periodistas durante sus mítines y ruedas de prensa, en las que ha llegado a retirar la palabra o expulsar a determinados medios e incluso parece haberse burlado de la discapacidad de un reportero, no le han restado votos. Más bien al contrario, Donald Trump se siente cómodo en su enfrentamiento constante con los medios informativos. De hecho, ha llegado a afirmar que “está en guerra con la prensa” y que los periodistas están “entre los seres humanos más deshonestos de la tierra”, como hizo para acusar a la prensa de la publicación de cifras falsas sobre la asistencia a su toma de posesión, lo que ha molestado a los medios.

Trump gana la lucha en el barro

Un personaje televisivo como el magnate, que conoce el sistema mediático y que se ha curtido en mil peleas en el barro, está inmunizado contra la mala publicidad. Para él solo existe la publicidad, y esa la sabe canalizar hacia su figura, cada vez más mediatizada. En ella, la reiteración de las críticas acaba generando ruido. Por eso, acusarle de racista o totalitario, a pesar de su gravedad, ha llegado a resultar inocuo, pues entre el griterío, esos términos pierden su valor y se convierten en un insulto más.

Por eso, son los medios al hacer girar la actualidad en torno a Trump, a menudo cayendo en sus mismas trampas simplistas, los que, indirectamente, han creado al monstruo. Un monstruo que, no lo olvidemos, resulta muy beneficioso a los medios informativos. Un fenómeno tan sorpresivo y radical fascina a la audiencia, algo que los medios buscan aprovechar generando contenido sin cesar sobre sus medidas, sus polémicas y hasta sus pelos. Y esa batalla mediática, rentable para los medios, no hace sino reforzar la figura de Trump como defensor de la verdad en su lucha contra unos mass media de los que el ciudadano desconfía.

Ahora bien, la burbuja Trump pueden pincharla los propios medios que ayudaron (casi sin querer) a formarla. Pero para ello necesitan mayor seriedad en el análisis, cercanía en el estudio de las consecuencias y honestidad en la búsqueda de soluciones. Solo unos medios creíbles y responsables podrán ser los vigilantes del poder que toda democracia necesita.

(Publicado en bez.es)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Turquía: conflictos internos y externos en 2016

Tras el atentado con coche bomba que el pasado 4 de diciembre mató a más de 40 personas en Estambul, Turquía ha vuelto a estremecerse con otro acto terrorista. En esta ocasión ha sido contra un autobús militar en la ciudad de Kayseri, en el centro del país, y la cifra de muertos asciende a trece. Estos han sido los últimos, pero no los únicos ataques terroristas contra el país otomano este año.

FOTO: EP
Aunque menos mediáticos que los de Francia o Bélgica, los ataques terroristas en suelo turco han generado un fatídico flujo informativo, tanto por su reiteración como por la diversidad de los terroristas. Han sido hasta 16 los atentados de consideración que han sacudido Turquía este año (la mayoría contra policías y centros turísticos), perpetrados no solo por los yihadistas del ISIS y grupos afines, sino también por grupos kurdos, con los que el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan mantiene una intensa confrontación.

Precisamente el conflicto kurdo es una de las causas detrás del intento de golpe de estado que en julio intentó derrocar al gobierno turco. Aunque ha habido voces que lo consideran un movimiento para justificar una importante represión política, con detenciones y suspensiones de empleo masivas, parece que el golpe fue auténtico, a pesar de la existencia todavía de vacíos informativos en un suceso que se saldó con más de 250 muertos.

El retroceso del Estado de derecho que siguió a la asonada militar, y que ya se había hecho patente en meses anteriores, ha sido uno de los puntos de mayor tensión entre Turquía y la Unión Europea. Sobre todo, porque en marzo, Bruselas y Ankara habían firmado un pacto que permitía devolver a Turquía a demandantes de asilo llegados a países europeos sin permiso. A cambio, se prometía a los otomanos un acercamiento a la Unión Europea y compensaciones económicas.

Migrantes

Las llegadas de migrantes a países miembros de la UE han caído, pero las muertes en el mar han aumentado, pues los refugiados se han visto obligados a optar por la ruta del Mediterráneo Central entre Libia e Italia, mucho más peligrosa. El que ha sido denominado por muchos como “Pacto de la Vergüenza” ha permitido a Europa lavarse las manos, externalizando el problema a otros países de dudoso respeto a los Derechos Humanos. Sin embargo, en los últimos meses han crecido los reparos a seguir negociando con Turquía. Así, la Eurocámara votó a finales de noviembre por congelar esas negociaciones, a lo que el gobierno turco respondió amenazando con dejar pasar a Europa a los refugiados que se encuentran en suelo otomano.

A la cabeza del veto a Turquía se encuentra Austria. La relación entre ambos países hace mucho que no es sencilla y la convivencia entre la población turca en Austria y los ciudadanos locales tampoco es un camino de rosas. El papel de los medios en el país alpino, sobre todo de aquellos de corte sensacionalista, tampoco ha facilitado las relaciones entre ambos países. La escalada diplomática, que se ha reavivado en los últimos días, ha tenido al ministro de Asuntos Exteriores turco, Mevlüt Çavusoglu, y a su homologo austriaco, Sebastian Kurz, como protagonistas, y en ningún modo parece estar cerca de solucionarse.

Desde países como España se contemplan estos eventos sin demasiado interés. Se observa la deriva autoritaria de Erdogan y su participación activa en la guerra de Siria, pero nadie parece querer implicarse demasiado con un país y unos conflictos que resultan más lejanos de lo que en realidad son.

Y es que el país otomano volverá a jugar en 2017 un papel clave en la compleja situación de Oriente Medio. No solo como ruta de paso de refugiados procedentes sobre todo de Siria, sino por la trascendencia de sus decisiones en la guerra civil de este país. Ahora que Estados Unidos parece querer mantenerse al margen, el protagonismo de Turquía y Rusia -o lo que es lo mismo, de Erdogan y de Putin- hace presagiar un año complejo. Un año en el que el mundo volverá a estar pendiente de Turquía, tras haber sido pieza clave en la geopolítica de este 2016.

(Publicado en bez.es)

lunes, 22 de febrero de 2016

Escandalizaos

FOTO: J. B. Mundo
En estos días, en los que uno de los temas más mediáticos está siendo el juicio a Rita Maestre por su irrupción en la capilla de la Complutense, vuelve a ponerse de relieve la atención que los medios de comunicación prestan a todo tipo de polémicas y escándalos que fomentan la división ideológica. Abundan los ejemplos.

El Carnaval (una fiesta irreverente en sí misma) ha venido marcado por el escándalo que generaron unos títeres. En Navidad, todo lo que rodeó a Reyes Magos y Reinas Magas, también estuvo cargado de controversia. Y entre medias, la foto de un torero con su hija en brazos mientras se enfrentaba a una vaquilla fue objeto de acaloradas discusiones. Ya en los últimos días, un poema en el que se versionaba el Padrenuestro con una importante carga sexual fue protagonista de la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona. De nuevo, la polémica estaba servida, igual que había ocurrido un día antes, cuando la Policía decidió felicitar a través de Twitter San Valentín en tono de humor diciendo que si alguien te “roba” un beso no es delito.

Nos escandalizamos por casi todo; ponemos el grito en el cielo por un tuit, por un poema y por una función de títeres. Pero también por un chiste, por una vestimenta, por una foto o por una crítica. Según en qué contexto, y dependiendo del autor y del contenido, estas formas de expresarse pueden alcanzar unas dimensiones y una trascendencia desmesuradas dentro de la opinión pública. Por supuesto, no hace falta hacer oídos sordos ante estas manifestaciones. Pero tampoco se deben sobredimensionar. Igual que no puede indignarnos más un tuit o un poema que un desfalco millonario de dinero público o que una violación de derechos humanos. La discusión sobre las formas nunca puede impedirnos discutir sobre el fondo.

Pero además se produce un fenómeno que desvirtúa todavía más los escándalos centrados en palabras y gestos, y es el desconocimiento de su contexto o su contenido íntegro. Por eso yo no puedo defender ni atacar la obra de los titiriteros de Madrid, ni el poema “blasfemo” de Barcelona. Solamente conozco, como casi todos, la frase llamativa y polémica de la que se han hecho eco los medios mayoritarios. Pero en un contexto determinado, esa frase puede no implicar apología del terrorismo ni insultar una religión. O puede que sí. Pero se necesita conocer mucho más sobre ella para poder interpretarla.

Esto es requisito indispensable en cualquier debate, pero en los casos que hemos mencionado, en los que apenas se rasca la superficie y parece que lo único importante es la discusión encendida y polarizada, se vuelve aun más necesario.

Pero por encima de las polémicas y de la calidad de los debates, la verdadera esencia de este asunto es la defensa de la libertad de expresión. Es inherente al humor, al arte o a la crítica social su capacidad de hacer rodar cabezas o de generar incomodidad. Ese es su sentido de ser. Y es evidente que deben respetarse unos límites, pero estos son siempre difusos, y será misión de los organismos judiciales velar por que se garanticen los derechos de todas las personas.

Porque la libertad de expresión choca con frecuencia con otros derechos y opiniones, pero convendría intentar no ofendernos con tanta facilidad cuando algo va contra nuestras ideas y creencias. En estos casos, lo mejor será ignorarlas e intentar empatizar con quien se muestra contrario a lo que nosotros pensamos, confiando en que esa persona hará lo mismo cuando seamos nosotros quienes nos manifestemos contra algo que ella defiende.

Lo que sí debería ofendernos (y contra eso sí que parecemos ponernos una coraza con frecuencia) son las injusticias. Los hechos, más que las palabras. Porque son las acciones las que verdaderamente pueden suponer un perjuicio para la sociedad. Y si ignoramos estas acciones cuando no nos afectan, escondiéndolas tras debates injustificados sobre expresiones o gestos casi intrascendentes, estaremos permitiendo que quienes en realidad están dañando a los demás se sigan saliendo con la suya. No deberíamos estar preocupados sobre qué se puede y no se puede decir, sino sobre qué se puede y no se puede hacer.

FOTO: C. Pastrano
El arte, el humor y cualquier otra forma de expresión no pueden caminar con pies de plomo por el miedo a ofender, sino con la confianza de saberse protegidos, pudiendo así impulsar comportamientos deseables y denunciando aquellos lesivos, siempre desde la más amplia pluralidad que nos permita descubrir nuevas opciones y nuevas soluciones. Porque solo siendo conscientes de que nadie posee la verdad absoluta y de que el pluralismo es, no solo inevitable, sino deseable, conseguiremos que la sociedad avance en la dirección más favorable para todos.

(Publicado en El Blog del Suscriptor de El Español)

jueves, 14 de enero de 2016

¿Cuál es el auténtico debate?


El viernes pasado, tras el encendido debate a raiz de las Cabalgatas de Reyes, hablaba de la importancia de las redes sociales como medio de expresión de la ciudadanía en un sistema democrático. Aunque su uso no siempre sea el adecuado y se caiga con frecuencia en las exageraciones, las simplificaciones y las generalizaciones, la posibilidad que ciudadanos hasta ahora mudos tienen de llegar a una audiencia relativamente amplia me parece un aspecto esencial en una democracia. Mejorable, sin duda, pero esencial.

Hoy el debate se centra en las insólitas imágenes que ayer presenciamos en el Congreso de los Diputados. Si una diputada decide llevar a su bebé al Congreso y darle el pecho allí, sea por autopromoción, sea por concienciación, parece lógico que se hable de ello. De la misma forma, la presencia de diputados con rastas o con vestimentas poco habituales en el hemiciclo ha despertado acaloradas discusiones. Por supuesto cada persona puede vestir como desee, pero es comprensible que la imagen, por su novedad, genere comentarios, tanto a favor como en contra.  

Estas discusiones, además de inevitables, me parecen saludables, pues lo que acontece dentro del Congreso, que pertenece a todos los españoles, es siempre un tema de interés público abierto a la discusión, aunque se trate de actos simbólicos. 

FOTO: EFE
Una vez justificados estos debates, no voy a entrar en ellos. No solo porque ya se ha dicho todo lo que se tenía que decir, sino, y sobre todo, porque hay asuntos más importantes que se deberían debatir con más intensidad y vehemencia. Nos hemos centrado en el chico con rastas, pero poco se ha hablado de un hombre con una vestimenta mucho más formal que también se sentó ayer en la Cámara Baja. 

Este hombre, bien vestido, está siendo investigado por la Audiencia Nacional por un supuesto caso de cobro de comisiones ilegales. Este hombre, con un peinado correcto, había sido repudiado por su propio partido, que le había abierto expediente disciplinario y que durante la campaña electoral le había instado a abandonar las listas. Este hombre, que no llevó a sus hijos a la sesión, accedió al Congreso como número dos en la lista del Partido Popular por Segovia. Este hombre, que ayer no dio mucho que hablar, prometió su cargo como diputado, lo que le otorga condición de aforado, con una especial protección ante la Justicia, y pocas horas después de eso se dio de baja en el Partido Popular. 

También había ayer en el Congreso alguien que en la votación para elegir al Presidente del hemiciclo introdujo una papeleta en la que decía “el bebé de Bescansa”. Este diputado, hombre o mujer, del partido que sea, y vista como vista, es muy gracioso, no cabe duda. Pero lo que sí está en duda es su labor como diputado. Creo que este comportamiento deja bastante más que desear que la elección de un peinado o un atuendo. La política, aunque a veces lo parezca, no es una broma, y menos para alguien que representa la voluntad democrática de la ciudadanía. 

Los medios han hablado de estos asuntos bastante menos que de las cuestiones estéticas que todos conocemos. Se han quedado, en muchos casos, en los gestos simbólicos, sin prestar la suficiente atención a los verdaderos contenidos de la sesión inaugural de ayer en el Congreso de los Diputados. Ocurre a menudo, las formas se vuelven más relevantes que el fondo. 

Pero además de las formas, lo que parece auténticamente relevante es la novedad. Las rastas de un político son más novedosas que la investigación por corrupción de otro, pero eso no les otorga mayor relevancia en una sociedad democrática. Podemos debatir también sobre cuestiones estéticas, pero que haya corruptos en el Congreso tendría que ser el verdadero hecho novedoso, discutido y criticado en los medios de comunicación. 

Y el hecho de que la corrupción no sea novedosa no debería impedir que le demos su verdadera importancia. Igual que debemos dársela a otros muchos asuntos a los que la rutina hace desaparecer del debate de la actualidad una vez que su novedad se agota. Y si queremos discutir sobre estética, hagámoslo, pero que no se nos olviden los temas que de verdad importan a las personas.

(Publicado en Neupic)

viernes, 8 de enero de 2016

La tumba de la inteligencia, el elixir de la democracia

FOTO: EFE

Se ha hablado mucho en los últimos días de las cabalgatas de Reyes. Especialmente (y como siempre) de la de Madrid. Parte de la polémica se ha centrado en el tweet que Cayetana Álvarez de Toledo, antigua diputada del Partido Popular, dedicó a la actual alcaldesa de la capital prometiendo no perdonarle JAMÁS por la vestimenta de los Reyes Magos. Más allá de cuestionables decisiones estéticas, de Reyes y Reinas, de animales, de palcos VIP o de si merecemos carbón o juguetes, lo más interesante del debate no es el contenido, sino el debate en sí mismo. 

Resulta curioso que con el incierto panorama político nacional y catalán, con los conflictos diplomáticos y armados en Oriente Medio y con la infinidad de trascendentales asuntos que deberían ocuparnos, el debate más intenso de las últimas semanas tenga como protagonistas a unas cabalgatas que no deberían traer más que ilusión, magia y caramelos. Quizá nos espante tanto la realidad que nos refugiemos en debates más amables y más sencillos en los que las generalidades y las pasiones son más llevaderas. Además, y esto es muy importante, es casi inevitable utilizar el humor en una discusión sobre los vestidos de los Magos de Oriente; y, por suerte, el humor es inherente a los ciudadanos de este país. 

Aunque parece que no todos gozamos de ese sentido del humor tan patrio. La mencionada Cayetana Álvarez de Toledo parece tomarse estas cosas muy en serio (no me quiero imaginar entonces lo mal que lo pasará ante los casos de corrupción en su partido, la precaria situación socio-económica en la que viven muchas personas en España o las imágenes de los refugiados que arriesgan su vida para huir de la guerra). Álvarez de Toledo no está dispuesta a perdonar a Carmena, pero también se ha enfadado con quienes, a través de las redes sociales, se tomaron a risa su ya famoso: No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás. 

Y es que hoy, la portavoz de Libres e Iguales, ha publicado una columna en el diario El Mundo para opinar sobre quienes la han criticado en Twitter. Estoy de acuerdo con ella: las redes sociales permiten el comentario rápido sin razonamiento detrás, la exageración y la generalización, el insulto sin consecuencias, las teorías conspiranoicas (como las que utiliza la propia Álvarez de Toledo en su columna) y la crítica sin fundamento. Y todo ello amparado en el anonimato de la red. Es cierto que muchos de los internautas que publican en blogs, en Twitter o en otras redes sociales lo hacen sin pensar. Igual que siempre se ha hecho en los bares, pero lo que antes escuchaban cuatro colegas que te reían la gracia, ahora lo pueden leer miles de personas dispuestas a hacer un drama de ello. 

Pero de ahí a referirse a Twitter como “un vertedero, la tumba de la inteligencia” hay un gran trecho. Twitter, las redes sociales en general, son un reflejo de la sociedad, a la que dan voz. Hasta ahora esa voz estaba en manos de políticos (lo de tumba de la inteligencia igual también se puede aplicar aquí), medios de comunicación de masas y personajes famosos. Ahora, la peluquera, la doctora, el profesor, el fontanero, la estudiante o el parado pueden expresarse y llegar a las pantallas de todo el mundo. Y en ocasiones, su formación o su intelecto no les permiten hacer el análisis profundo y detallado, alejado de exageraciones y generalizaciones que realizan (solo de vez en cuando) los tertulianos de los medios de comunicación. 

Pero tanto unos como otros, fomentan el debate. Un debate a veces viciado, otras veces irrelevante, a menudo sacado de contexto y casi siempre inconcluyente. Pero eso no significa que debatir, mejor o peor, de un tema o de otra, sea negativo. Al contrario. Un debate siempre es positivo. Y deberíamos estar agradecidos de poder enfrentarnos dialécticamente, porque hasta hace no demasiados años, estaba prohibido. Sigue estándolo en muchos países, donde Twitter está cerrado por los gobiernos o donde opinar diferente implica la muerte. 

Las redes sociales permiten que el debate se abra a toda la sociedad. Y es posible que los tontos que ahora tienen voz entorpezcan este debate, pero, al contrario de lo que opina Cayetana Álvarez de Toledo, las redes NO están “arrasando con la política y el periodismo cultos, esforzados, incisivos e inteligentes”. Están enriqueciéndolos y planteándoles nuevas oportunidades y desafíos para que sean aun más cultos, más esforzados, más incisivos y más inteligentes.  

Y la plataforma donde me lees no es Twitter, pero este texto es parte de un debate que sí tiene lugar en Twitter, pero también en la calle y en los medios de comunicación. Neupic en sí mismo es un debate incesante; un debate imprescindible en una sociedad que pretende llamarse libre y democrática. Y no solo eso, puesto que si me estás leyendo, seguramente llegaste aquí gracias a Facebook o a Twitter. Por eso espero que, aunque decepcione a Álvarez de Toledo, no te hayas encontrado con un vertedero ni con la tumba de la inteligencia. 

Naturalmente, el respeto, la documentación previa y la responsabilidad deberán ser elementos básicos, pero ni los ciudadanos en Twitter, ni Monedero y Marhuenda en televisión, ni siquiera Pedro Sánchez en los debates electorales lo cumplen. 

Por eso, si la práctica hace al maestro, la única forma para que los debates sean verdaderamente constructivos, útiles y respetuosos es debatiendo. Así que, por el bien de nuestra sociedad, de nuestra libertad y de nuestra democracia, debatamos.

(Publicado en Neupic)

martes, 27 de enero de 2015

¿Qué vale más que la libertad?

“Parece tenebrosamente surrealista pero es lamentablemente real”

Estos términos utilizaba Carlos Boyero, crítico de cine de El País, para referirse a Timbuktu tras su presentación en Cannes allá por mayo. No vamos a detenernos en la calidad formal de la película, de la misma forma que nadie ha entrado a valorar la calidad artística de las viñetas de Charlie Hebdo. Hay aspectos mucho más importantes que el montaje o los planos utilizados.

Timbuktu es una coproducción entre Mauritania y Francia que muestra las atrocidades de un grupo radical islamista en la ciudad maliense de Tombuctú. Como toda expresión artística o comunicativa que huela a libertad, los grupos extremistas han intentado silenciarla.

Así hacen siempre: amenazan, atacan, asustan... Lo vimos hace unas semanas en París, ocurrió algo similar con Corea del Norte y The Interview. Y aunque no se haya hablado tanto de ellos ni nos hayamos manifestado en masa, también lleva pasando durante demasiado tiempo en Nigeria con Boko Haram o en Kenia con Al Shabab. Los casos son incontables. Aunque parece que únicamente hacemos caso de aquellos que nos tocan más cerca. De los que ocurren en Occidente, como si los de aquí fuéramos más importantes. Como si un dibujante francés valiera más que un minero keniano.

Si comencé hablando sobre Timbuktu es porque hace un puñado de días un festival de cine belga tuvo que ser suspendido por el "particularmente elevado" riesgo de atentado. Aunque no existe una confirmación oficial, se presupone que se debe a la proyección de esta película. Aunque se han buscado soluciones y la película se ha proyectado en otros cines de la ciudad y del país, la libertad de expresión es la que ha vuelto a salir perjudicada.

Y de nuevo, aquí estamos hablando de un festival de cine en Bélgica, olvidándonos de lo que ocurre fuera de Europa y de Estados Unidos.

Quizá sea porque nos sentimos impotentes, sabiendo que nuestras posibilidades de actuar en Kenia, Nigeria o Siria son reducidas, especialmente sin recurrir a los aviones, las bombas y las armas. Quizá sea porque pensamos que es más sencillo defender las libertades que tanto nos ha costado conseguir, demostrando de qué somos capaces cuando estamos unidos. Porque la millonaria tirada de Charlie Hebdo tras el ataque demuestra que no fueron capaces de acobardar a los dibujantes y periodistas. Porque las manifestaciones que llenaron las calles de toda Europa con pancartas a favor de la libertad de expresión y de culto demuestran que no fueron capaces de imponer sus leyes. Porque los espectadores que acudieron a los cines a ver Timbuktu o The Interview tras haber intentado ser censuradas por extremistas demuestran que no fueron capaces de silenciar las expresiones artísticas.

Al fin y al cabo, tampoco es mala forma de luchar. Utilizar nuestra libertad, ser libres, es lo que más duele a quienes intentan imponer sus ideas y sus leyes por la fuerza. Pero no nos olvidemos de aquellos que no pueden utilizar esa libertad. Sencillamente porque no la tienen. Y no se la merecen menos que un francés o un belga.


(Publicado en Neupic)