sábado, 24 de septiembre de 2016

El arte en los tiempos del cólera

Que entre las virtudes de Meryl Streep están cantar y bailar nos lo había demostrado en ¡Mamma Mia! La película (Mamma mia!) o en la más reciente Ricki (Ricki and the Flash). Pero ahora hemos descubierto que también sabe cantar mal. Y eso es, posiblemente, más meritorio aun, como demuestra en Florence Foster Jenkins, en la que interpreta a la que muchos consideran la peor soprano de la Historia.

Florence Foster Jenkins (1868-1944) fue una rica heredera estadounidense, devota de la cultura y de la música, que aspiró durante toda su vida a convertirse en soprano. Aunque totalmente falta de talento y oído musical, su marido y sus círculos más íntimos nunca contradijeron su convencimiento de que poseía una voz providencial. A esa fantasía contribuyó el público, que acudía en masa a sus conciertos para comprobar en persona si de verdad la voz de la excéntrica soprano era tan mala como se decía.

Ya el año pasado vio la luz la francesa Madame Marguerite (Marguerite), inspirada en esa historia, pero ambientada en el París de los años 20. Dirigida por Xavier Giannoli y protagonizada por una excelsa Catherine Font, recibió cuatro Premios César del cine francés, destacando el de Mejor Actriz. Esta semana llega a nuestras pantallas una versión con toques más próximos al cine hollywoodiense, aunque provenga del Reino Unido. Stephen Frears dirige a un reparto encabezado por la citada Meryl Streep, a la que acompañan unos notables Hugh Grant y Simon Helberg (conocido por su papel de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory).

Más allá de la película, entretenimiento al estilo clásico de Hollywood con el trasfondo de una historia de amor poco convencional, hay un aspecto de gran interés en esta cinta: a pesar de transcurrir en 1944, en plena II Guerra Mundial, la mayor preocupación de los protagonistas es la promoción y defensa de la música. Y nuestra querida Florence llega a afirmar en un punto de la película que, a pesar de que el arte y la música puedan parecer algo frívolo debido a la guerra, es precisamente gracias a ella que se convierten en algo aun más necesario.

No fueron pocos los movimientos artísticos que evitaron el arte por el arte en una época tan oscura como fue la primera mitad del siglo XX. O en casos más cercanos en el tiempo, la declaración de un luto oficial en un país tras un ataque terrorista implica la suspensión de conciertos y otros eventos culturales. Sin embargo, la música, la literatura, el cine, la pintura...; el arte en general, con su belleza y libertad, nos ayuda a lidiar con el dolor y a demostrar que la vida tiene sentido tras el desastre.

La música sirve en la película para consolar, alegrar y agradecer a los soldados que regresan del frente. Pero el arte puede ir mucho más allá. También es una herramienta para conocer y decubrir esos dramáticos sucesos en nuestro pasado o en nuestro presente y así poder corregirlos. El arte es también, aunque resulte irónico, una de las armas más poderosas y la única que de verdad merece la pena y que no debe ser regulada.

¿No puede una canción levantarnos el ánimo en los días malos? ¿No puede una exposición fotográfica recordar a los asesinados por un grupo terrorista? ¿No puede una película conmovernos lo suficiente para animarnos a luchar por una causa justa? En esa capacidad reside también su belleza. Si no, ¿por qué se molestan los terroristas del Daesh en destruir tesoros artísticos? ¿No será que esa libertad y belleza que caracterizan al arte son contrarias a todo los que ellos defienden?

Por eso, en los momentos más oscuros es cuando más necesitamos la luz que nos proporcionan un buen libro, una alegre melodía o una cuidada escultura. Porque, al fin y al cabo, ¿no es un cuadro de Picasso el motivo principal por el que mucha gente conoce que se produjo un dramático bombardeo en un municipio vasco en abril de 1937? ¿Y no es ese mismo cuadro un poderoso alegato contra la brutalidad de la guerra y, al mismo tiempo, un maravilloso homenaje a sus víctimas?


(Publicado en Neupic)

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